17 de agosto de 2010

El hombre de vidrio



Despertar es mi pesadilla, el día es un tormento, empieza cuando su hermoso rostro se difumina en la espantosa realidad de un feo amanecer.
Esta mañana es tan horrible como todas, al despertar, un lado de la cama está ocupado por una extraña que lleva años compartiéndola. No es Ella, como en mis sueños. La he estrangulado y ha muerto sin entender.
He meado y luego he enterrado sin miedo y sin cuidado las manos en un cubo lleno de vidrios rotos que tenía preparado para cuando llegara un día como hoy.
Porque sabía que un día estallaría en mi cerebro la locura, estas cosas pasan.
Porque el vidrio invadiendo la carne no duele, cuando estás abandonado, cuando la desesperación es tal que te miras al espejo y te ves deshacer el rostro, no hay nada que pueda salvarte de sufrir.
Dicen que un dolor tapa otro dolor.
Pues el vidrio entre uña y carne, a pesar de lo doloroso que resulta el alzamiento sangriento de las uñas, no consigue tapar el dolor de mi rostro deshaciéndose de pena y de una sensación de soledad que se extiende por mi piel.
Se me descuelgan los labios y aunque con los dedos sangrando los sostengo en su lugar, se me vuelven a derramar y cuelgan lacios junto con las mejillas.
Exprimo los vidrios, tal vez consiga llegar a un nervio principal y envíe una descarga de dolor que rompa un vaso capilar en el cerebro y muera con los ojos ensangrentados.
Sé que nada podrá calmar este dolor.
Salvo la que está lejos, muy lejos.
¡Qué lejos, cielo!
Sí, el cerebro da la voz de alarma: hay un daño masivo en las manos, en las manos que tienen un reflejo de preciosa miniatura en la lejanía.
¿Por qué todo lo que amo está en el fin del mundo?
Yo a mi cerebro no le hago caso, he aprendido a actuar igual que mi polla, aunque duela, aunque la miseria me coma, aunque el cáncer del ansia se extienda por mi carne como un hongo negro, mi pene se mantiene duro. Es animal puro.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac...
Pasa el tiempo y esto no mejora.
¡Cielo, qué lejos!
Me froto las manos y entre ellas la sangre se derrama dulce, espesa. Me la extiendo por el dorso, como un jabón contra la pena. Un tratamiento de colágenos de amor. Porque yo lo valgo (lo dice Denise Richards en un anuncio de cosmética).
Yo no valgo una mierda, ahora no sirvo ni para estar escondido.
Se me escapa una risa que parece un graznido, me pregunto como todo este dolor me permite pensar en cosas tan banales. El cerebro tampoco es como para tirar cohetes.
Los dedos meñique y anular de la mano izquierda han quedado completamente rígidos, crispados. Como si estuvieran aterrorizados.
Y no duele...
A la mierda los tendones, me los he cargado y el dolor de mi ansia deshaciendo el pensamiento no ha mermado en absoluto.
Debería dedicarme a otra cosa, no se me da bien la psicología. Debería dedicarme a la jardinería y podar los dedos de los pies.
Esos no se parecen a los de nadie, son prescindibles.
Coño...
¿Por qué tan lejos?
¿Qué dirá cuando la intente acariciar con estas manos si consigo mantenerme vivo?
Todo lo estropeo.
Los párpados inferiores se han descolgado y los intento llevar al sitio, me da angustia verme así. Y me corto con los vidrios que hay clavados en mis dedos.
Esto no va bien.
No quería, pero es que no sé porque, hoy duele horrores su lejanía.
Mi pene está tan duro, está tan gallardo y emotivamente lleno de sangre...
Aprieto los dientes con fuerza y cierro el puño plagado de vidrios.
Mi pene es valiente, es bizarro y no pierde el tono cuando los vidrios cortan la sutil piel y la carne. Con la otra mano acaricio el vientre y cometo más castigos en mi cuerpo.
Mi rostro debería ser como mi polla. Duro, con forma, sin deshacerse.
¡Qué lejos, cielo!
Ya no sé si es placer o es dolor, o es simplemente un estado alterado de la conciencia; pero hay placer y le imprimo rapidez al puño. La sangre se derrama por el vello del pubis y gotea por los testículos.
Y el glande bañado en sangre, lubrica aún más el contacto.
Escupo pequeñas gotas de sangre en una falsa eyaculación aberrante.
Un poco más... El cerebro combate, ordena y toma por un momento el control, la mano ha soltado el pene que cabecea excitado esperando ser otra vez acariciado. Hay cortes tan profundos que pierdo la esperanza de que un día pueda ser útil.
Vuelvo a cerrar el puño en torno a él. Y he lanzado un grito atroz. Ahora sí que duele fuerte, potente como la luz de las estrellas.
Me tranquilizo un poco más, el dolor de la lejanía, por un segundo ha quedado solapado. Y cuando mis rodillas tiemblan ante el orgasmo y el semen se mezcla con la sangre, consigo no pensar más que en apretar aún más el puño para exprimir la última gota de mi pijo.
Soy el hombre de vidrio, una figura rota con el rostro fundido.
¡Qué lejos, cielo!
Me pregunto, que dirá de mis manos cuando me encuentre con ella, de mi pene destrozado.
Todo lo estropeo.
¿Podré sanar en seis días?
Seis días es una eternidad es una eternidad cuando se trata de esperarla, de encotrarla. Hay tiempo.
Sólo seis días para abrazarla, me hace tanta falta...
Voy a llamar a un taxi y que me lleve a urgencias.
Sólo seis días...
Todo lo estropeo, maldita impaciencia.



Iconoclasta
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