1 de julio de 2010

Mundo Gris



Ni siquiera hay muerte en este paraje. Se respira asepsia, como si no hubiera existido vida jamás.
En medio de este desierto de dunas de ruinas y escombros, en el páramo urbano y desolado se eleva una estructura de hormigón gris, vieja como la propia eternidad. Sólo son columnas y suelo, rampas sin escalones, no hay paredes. En cada planta el suelo forjado se extiende hasta difuminarse con los pilares, el cielo y la nada.
Quise hacer un cubo perfecto, que jamás pudiera confundirse con algo natural por mucho que el planeta lo cubriera con su mierda. Que jamás nadie pudiera pensar que pretendiera hacer arte.
Es lo más feo del universo.
El vanidoso reflejo de mí en el universo.
Las retorcidas varillas de acero que nacen de las columnas, son raíces intentado clavarse y enterrarse en el gris que lo domina todo. Son peligrosas a pesar de su inmovilidad.
La silueta de la construcción muerta se recorta sin apenas relieve y se integra contra un cielo de plomo triste y plano. Sólo hay vacío y más gris.
Es tan sórdido...
Es del mismo tono que mi alma, me siento así. Soy así. De otra forma no puedo entender que me sienta familiarizado con esto. Es como volver a casa, pero sin ningún tipo de alegría, con resignación. Más de lo mismo.
Siento el peso de mi obra. Los cadáveres callan allá aplastados. Si no callan, su voz no llega. Lo importante es no oír.
Me sobrecoge el ánimo y siento la ausencia de color como una tragedia que se forma y crece constantemente, es un tumor imparable.
Y sin embargo, avanzo directo a esa ruina funesta por un camino de polvo de cemento donde dejo unas profundas huellas. Es terrorífica la quietud, la ausencia de movimiento de aire que ni el polvo mueve y queda suspendido durante una eternidad a escasos centímetros de mi pisada.
No hay ruido alguno. Apenas oigo mis pasos.
Apenas recuerdo qué hago aquí, porque estoy aquí.
La memoria es caprichosa. La memoria es cobarde de sí misma.
Enciendo un cigarrillo y el humo se queda ante mí, quieto; no se aparta de mi camino ni cuando rompo la nube al atravesarla. Ni siquiera el vacío que dejo en mi caminar agita las volutas.
“La muerte es ingrávida. La vida pesada. La risa un sarcasmo. El llanto una cuchilla. Mi sangre veneno”. Es mi oración, es mi único rezo y las únicas palabras que pronuncio con mis labios desde que lo aniquilé todo.
Un día me convertí en Dios y provoqué el Juicio Final.
YO, un humilde químico, soy Dios.
Me rezo a mí mismo porque existo.
Aún.
Me duelen los párpados y bendigo la no luz.
Lo neutro relaja mis ojos dañados de tantos años de luminosidad y color.
Aunque no recuerdo la luz, está lejana como mi sonrisa.
Alcanzo la rampa de acceso al edificio, no sé cuando, no sé como. Sólo sé que tras de mí hay un rastro de polvo suspendido que mis pasos silenciosos ha alzado y que ningún aire barre.
Tal vez el aire fuera el aliento de la humanidad. Su apestoso aliento.
Si no hay humanidad el aire se pudre estancado.
Prefiero el aire estancado que el viento que traía sus voces y olores.
Es todo tan neutro que cuando intento esbozar una sonrisa patética, mis labios se agrietan. Tampoco se puede llorar, porque los ojos están demasiado secos. El cemento tapona los lacrimales y siento que todo se va hacia dentro, no puedo desahogar la presión de mi miseria.
De mi ruina mental.
Las lágrimas que no se vierten fermentan rápidamente.
Mi semen también se hace yogur en mis testículos, no me he vaciado en milenios.
Los retorcidos dedos de acero que surgen caprichosa y maliciosamente como arbustos entre el forjado de la construcción muerta, parecen agitarse ante mi proximidad. Algo cruje en el interior desnudo de la monstruosidad de hormigón. Y siento mis venas palpitar con el seco ritmo de mi corazón: un martillo que golpea sin inercia, con un golpe definitivo que distancia demasiado el siguiente movimiento.
Jadeo cansado.
Llego a la rampa de la planta baja, el cemento se extiende uniforme en toda la extensión del forjado, y no hay potente luz para que los pilares creen sombras que hagan algo verosímil toda esta tristeza, esta hostilidad que me infecta el alma.
Mis dedos se encogen dentro de los zapatos al pisar el rugoso piso porque temen contagiarse de gris. Hacerse piedra.
No puedo seguir adelante no quiero avanzar por la tundra de columnas grises. Giro a la derecha para subir la próxima rampa. En el rellano hay un charco de sangre líquida, reciente. De mis dedos gotea sangre. Y algo pasa con la gravedad, porque se deslizan las gotas en suave caída por el aire, formando esferas perfectas. Caen sin aplastarse, perdiendo su forma sin prisa, sin salpicar.
El silencio se come hasta mi aliento, y cuando gimo con angustia, no hay sonido. Este lugar me lo arrebata todo. No deja de ser un alivio, porque todo es pena.
Sé que hay algo parecido a la vida, porque el olor de los excrementos de rata es inconfundible, como espeluznante el cosquilleo de centenares de pulgas que metiéndose en mis pantalones, se enredan en el vello de mis piernas.
Podría vomitar, pero no quiero verter más miseria, podría convertirme en ella.
“La muerte es ingrávida. La vida pesada. La risa un sarcasmo. El llanto una cuchilla. Mi sangre veneno”.
El charco de sangre ahora se extiende y rellena grietas como arterias y el hormigón parece respirar. Las pulgas abandonan mis piernas y siento melancolía, porque ahora me encuentro mucho más solo. Se bañan en la sangre, se ahogan en ella.
Me parece impúdico. Una obscenidad.
Una rata avanza desde el profundo gris, arrastrando veloz y dolorosamente sus cuartos traseros convertidos en una masa de cemento, se aproxima hacia mí. De su boca emerge una pequeña varilla de encofrado que no le permite cerrarla. Sus ojos cuelgan de las cuencas, le dan un aspecto diabólico. Sus patitas son manos pequeñas, manos humanas de uñas ensangrentadas.
Tiene sed, tiene hambre. Subo por la rampa sin dejar de mirar porque siento asco y miedo. Si hubiera sonido, el animal chillaría, lo sé por la forma en que su garganta se inflama. Las pulgas la abandonan, como a mí, y se sumergen en el lago de mi sangre para ahogarse felices. La rata quiere beber la sopa de pulgas, pero el acero que destroza su boca, no le deja. Cuando la sangre como una marea perezosa baña sus patas, sus manitas se disuelven y sus ojos me miran con pena y dolor.
¬-Es triste deshacerse aquí –dice directamente en mi cerebro.
Continúo avanzando y resbalando por la rampa hacia arriba, penosa y temerosamente. Tengo un miedo cancerígeno. Otra vez la misma extensión en el siguiente piso, nada varía en el horizonte salvo algún jirón de una nube gris que por alguna caprichosa depravación de un ser ignominioso, se mueve como una amenaza de muerte.
Nunca debí dejar por acabar mi obra, pienso con convicción. Las paredes pueden tapar lo horrendo.
En el segundo rellano, hay sangre que no es mía. Amo la sangre porque rompe el gris, amo la muerte porque romperá la uniformidad de lo letal. El rojo sobre gris es una buena combinación. Aunque cualquier combinación es buena si rompe la plomiza locura.
La sangre mana por la base un pilar, y alguna gota cae desde los muñones negros de acero que sobresalen como sarmientos agostados de su unión con el techo. No son buenos acabados, las venas jamás deberían salir del cuerpo. Los sexos deberían estar siempre húmedos y dispuestos para la cópula, la sangre dentro. Y los cadáveres no tendrían que ser base de cimientos.
He pisado algo que ha cortado la suela del zapato y mi pie. Ahora mi sangre mana dulcemente, la piel resbala en el calcetín y una incómoda sensación de infección se apodera de mí.
Todos estaban muertos cuando llegué aquí, todos los huesos y todos los tejidos humanos calcinados, podridos y macerados, se encontraban en el cráter donde estalló aquello. Me propuse eliminar todo rastro de vida, y desde un lugar seguro a centenares de metros bajo la superficie, hice estallar el fin del mundo.
Y me quedé solo, era mi sueño.
Construí la estructura sobre sus cuerpos, quise sentar las bases de mi vida sobre sus muertes. Empezar de nuevo encima de sus huesos. Yo sobreviví, porque no estaba entre ellos. Siempre he estado solo.
Y muero solo.
Y loco. La soledad y el veneno del aire han podrido mi pensamiento de la misma forma que han pervertido la poca vida que ha quedado.
No tengo miedo, no me arrepiento.
Se ha desprendido mi brazo que cae silencioso, el aire quema el muñón ensangrentado y no me deja morir más tiempo. El aire cauteriza con su veneno. Algo bueno tenía que tener, algo lógico. Algo útil.
El cielo continúa emponzoñado de gris muerte. Lo envenenaron.
Yo solo lo hice, la humanidad fue el detonante, todos somos culpables de algo, los muertos y el vivo: yo. Y derramé el vapor de un nuevo mundo vacío.
Aún es corrosiva la ponzoña gris que cubre el mundo. Aún da vida a lo muerto, aún exige dolor y locura.
Aún amalgama cuerpos y objetos, animales y hombres, ruina y miseria.
Es mejor de lo que me pensé, más terrorífico.
Mi vida ha ganado en emoción.
En el forjado de la planta se forma una red de finas tuberías que sobresalen como caminos de gusanos y me duele la sangre de ser conducida por esos conductos duros.
El veneno diluye mi memoria y a menudo tengo la impresión de vivir un sueño deprimente. Y no sé donde estoy, hasta que el peso de los muertos golpea y da razón a mi conciencia.
“La muerte es ingrávida. La vida pesada. La risa un sarcasmo. El llanto una cuchilla. Mi sangre veneno”.
Un hombre-paloma se dirige a mí, batiendo sus alas-brazos, sus dientes están rotos por el pico que nace desde dentro de su boca rompiendo el paladar y su buche gris irisado, se abre dejando escapar sangre. Cuando se acerca gigantesco ante mí, extendiendo sus alas forradas de cucarachas, parece no verme y picotea con glotonería la sangre y mi brazo tirado en el suelo.
Le duele, cada picotazo es un diente que se mueve y desgarra las encías. A mí me da asco. Y quiero que muera. De algún sitio ha salido un pico oxidado, que al coger su mango astillado, se integra en mi piel doliendo. Le golpeo la cabeza que se abre sin ruido y algunas cucarachas saltan de su cuerpo muerto para prenderse en mi muñón buscando vida.
El hombre-paloma lanza un graznido silencioso y una pluma deshilachada queda flotando en el aire.
No podía seguir construyendo, por los cimientos subía mutada muerte alimentado la estructura. No podía seguir porque el miedo me paralizaba. Mi obra me ha sobrepasado.
No hay dios que me castigue y no quiero ser esto, no quiero...
Destruí el mundo por no ser ellos, como ellos.
Tal vez ayer, o tal vez hace cien años, desperté sintiéndome loco, sintiéndome enfermo. No conseguí acabar el Palacio sobre los Muertos como era mi sueño.
Abandoné la obra porque el pánico me ablandaba los huesos.
Tercer piso. Yo no tallé esa vagina en el pilar. Y tanto da, porque siento pulsar mi miembro haciéndose duro de una forma dolorosa. Las omnipresentes varillas de hormigón, rasgan mis pantalones y desnudan mi pene amoratado. Es una obra impresionista de vivos colores en medio de esta soledad neutra.
“La muerte es ingrávida. La vida pesada. La risa un sarcasmo. El llanto una cuchilla. Mi sangre veneno”.
El otro brazo se ha desprendido de mí, ahora sólo tengo dos piernas, una cabeza y un pene.
La vagina se hace carne, se hace elástica sin perder el gris y de sus labios mayores rezuma una sustancia lechosa que incrementa mi deseo.
La penetro en un tullido vaivén de pelvis. Dentro es dura, dentro son filos que hieren. Su útero corta y rasga. Y de la unión de los sexos, sangre rosa mana. Leche y sangre, sangre y humor sexual. Y entre todo ello, mi locura que parece desvanecerse y hacerse cruda realidad con la eyaculación de un semen abundante y viejo. Con la dolorosa destrucción de mi glande.
La vagina crece, y quiere más de mí. Me succiona partiendo en dos mi espinazo.
Y un escalofrío recorre toda mi piel, porque no muero, con la médula espinal partida, sufro sin el desahogo del grito cada dolor y cada miedo en mi carne.
Me duele cada hueso al crujir y me incordia el llanto de los millones de muertos que sube desde los cimientos de mi obra. Y soy cosa y soy sangre y soy piel y soy alienación.
No quiero ir con ellos, quiero morir.
“La muerte es ingrávida. La vida pesada. La risa un sarcasmo. El llanto una cuchilla. Mi sangre veneno”.
Soy una pesadilla de una pesadilla parida por el coño de mi obra.
Una puta vida.
No me arrepiento de nada, sólo duele.
Encontraré la forma de matar a los muertos desde dentro de este Mundo Gris del que soy Dios y Sacrificio. El miedo no libera de odio.
Sólo lo alimenta. Y tengo hambre.
No dejaré nada, lo mataré todo. Soy Dios.
Como sea.
Amén.


Iconoclasta

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