23 de julio de 2010

Mercurio



Estoy maldito, mujer.
Te amo con tal intensidad que sé que te provoco ese ardor intenso en la boca del estómago. Porque es el mismo maravilloso pesar que me ataca en cualquier momento, a cualquier hora.
Lees mis palabras y se convierten en manos rudas que rozan tus mejillas, con delicadeza. Me encanta tu sonrisa al leer esto, crees que soy un romántico acabado y que mi maldición es una metáfora.
Ojalá lo fuera, mi amor.
Estoy maldito, créelo mi amada. Es una condena que duele y daña el alma y el cuerpo.
Oyes mi voz y te deshaces para mí; te conviertes en un ser sensual de dramática importancia para mi vida.
Y tú y yo ¿qué culpa tenemos de amarnos así, mi cielo?
No hay culpa en amarse. No debería haberla.
Nadie nos enseñó a amar sin lógica, precipitadamente.
Compulsivamente.
Nacimos intensos como el color rojo de Marte.
Soy culpable de mi maldición, te deseo tanto, que no siento aprecio ni por mi vida. Pero no soy culpable de enamorarte con mis palabras, exijo tu amor palabra a palabra. Firmaría con sangre mis súplicas de amor. Mi desbocada pasión por ti.
Y he hecho de mi maldición la tuya.
Bendito sea tu cuerpo y tu alma.
Soy mercurio, no un dios. No un planeta.
Soy ese metal líquido que se deshace al rozarte. Ante tu proximidad.
Y no me creías…
Un día pedí a los dioses que me convirtieran en líquido para deslizarme bajo la puerta y entrar en tu habitación.
Y resulta que esos dioses rieron, oí sus carcajadas poderosas que se metieron por los poros de mi piel como un malsano deseo cumplido.
No puedo ponerme delante de tus ojos porque me deshago. Literalmente mi vida.
¿Tienes un frasco de vidrio?
Méteme en él. No quiero ser hombre; prefiero ser una gota plateada, cromada; pero a tu lado, cerca de ti y reflejar tu mirada porque es la única forma de hacer soportable esto.
Quiero ser la gota que refleje tus sonrisas y lágrimas.
Quiero ser importante en tu vida, una presencia constante en tu pensamiento.
Soy una maldición sin esperanza, un cuerpo que se disgrega ante tu amor y sensualidad. Ante tu proximidad.
No todo está perdido, no soy un espejismo. Me puedes guardar, puedes jugar con mi cuerpo convirtiéndome en mil gotas metálicas de amor.
Mis letras en un papel y tus dedos que lo acarician anticipándose a un encuentro.
Cada vez que intento tocarte me deshago en multitud de gotas metálicas que luchan por unirse y alzarse ante ti.
Saber que no puedo abrazarte ni mirarte a los ojos me convierte en algo tan triste y desolador como un delfín varado y abandonado en la playa. Gimiendo mientras el sol lo abrasa.
Hasta la rana encantada tenía el privilegio de rozar a su amada. No lo digo con humor, mi vida. Es una afirmación amarga como la hiel que vomito.
Yo no puedo abrazarte, mi vida. Yo sólo me disgrego ante ti.
Tan solo un color intenso ofrezco, cuando tus labios se reflejan en mi múltiple fractura de gotas plateadas.
Y reflejo con dolorosa luminosidad la inmensa tristeza de que no me reconozcas en esas gotas que se filtran por el suelo, en el subsuelo.
En el infierno de mi maldición.
En el infierno de tu sufrimiento de no encontrarme.
No sé, mi vida. Yo no quería esto, yo no sabía cuando decidí amarte que me transformaría en una gota de mercurio antes de poder besarte.
Una gota densa y pesada, llena de amor y pasión.
Es que no lo sé todo, preciosa; no sabía lo que me iba a ocurrir.
Y esto no es un cuento, no tiene moraleja ni final.
Tan sólo un dolor continuo y eterno.
No hay final de fuegos artificiales, de amantes abrazados. Felices.
Jamás habrá un beso espectacular.
Sólo un ansia inconsolable de ambos por ambos.
Volveré a ser hombre cuando tú te alejes de nuevo, cuando tu presencia vuelva a ser lejana.
Cuando pienses que por enésima vez no me he atrevido a presentarme en el encuentro pactado y secreto. Y no mirarás al suelo, sólo el reloj y al cielo con tristeza cuando tengas la certeza que no me presentaré.
Y leerás esto con una triste sonrisa; pensando con cariño en mi imaginación desbordada.
Una metáfora de un loco enamorado.
Y yo con solo imaginar la humedad de tus labios, veré con tristeza como la pluma cae sobre el papel entre una lluvia de gotas de plata, son mis dedos que han ido más allá de la imaginación y han sentido tu roce.
Guarda estas gotas en un frasco, mi amor.
No sé como hacerlo, pero un día podré llegar completo a ti en una carta.
Y si me reconoces, no me beses, porque soy venenoso.
Los dioses han sido desproporcionadamente malvados. Nunca he hecho tanto daño para que me hicieran esto.
De verdad, mi vida. Sólo quería estar cerca de ti.
Nunca me permitirán ser hombre ante ti.
Me conformaré conque te reflejes en mí.
Y así hasta que me evapore, hasta que haya perdido tantas partículas que mi masa no sea más que un triste átomo que se destruye en un microcosmos terrorífico en su cuántico tamaño.
Es tan triste deshacerme ante ti…
Es tan hermoso reflejar tu luz en mí…


Iconoclasta
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