27 de julio de 2010

Cicatrices



Como náufragos del desierto, sedientos de si mismos, acarician sus cicatrices rindiendo culto a la lucha y a la muerte, al sufrimiento y al miedo. Al tesón y a la desesperación.
La piel sana y sin tacha es ignorada por carecer del valor del dolor. Se besan las cicatrices y a través de ellas, el alma directamente. Sin saberlo, sin pretenderlo. Sólo alguien desde la distancia puede entender lo que ocurre entre esos seres. Ellos se aman demasiado para intentar describir o comprender lo que les une tan íntimamente. Sólo quieren sentir.
Sólo pueden sentir.
No son conscientes de las heridas del alma. Creen no tener algo tan horrendo.
Pero quien quiera que los vea besarse y abrazarse, acariciar y dejar una pátina de saliva en la piel lacerada, concluirá que han sufrido lo inimaginable.
Nadie puede besarse con esa agónica pasión de quien vive el último segundo de su vida y pensar que la vida es un trigal dorado de espigas combadas por el peso de la mies. Lo han pasado mal. No han llegado a este momento por el camino de la alegría.
Me pregunto cómo pueden respirar sin gemir de dolor.
Pienso en coger un puñal y trinchar sus cuerpos hasta que no se reconozca ni una sola de sus asquerosas y tan queridas cicatrices.
Ellos son mi ignominia, mi fracaso ante el mundo.
Hacen patente mi aridez emocional.
Y despiertan mi profunda envidia que pulsando en mi cráneo se desarrolla como una monstruosa criatura. Una abominable frustración.
“Nunca serás como nosotros” dicen con cada beso, con cada abrazo, con cada paso que dan juntos.
Y se lo dicen también a la repugnante humanidad.
Tal vez revolcarme en sus cuerpos mutilados y ensangrentados me contagie de algo de trascendencia. Tal vez me infecte de amor.
La primera vez que los vi pasear por los jardines del parque de La Gloria, me sentí un intruso al observarlos. Un mundo diferente los rodeaba, todo lo demás, éramos atrezo. Algo a lo que no prestar atención.
Mi perro cagaba en el césped cuando sentí su imponente corriente de amor. Fue ofensivo.
Caminaban abrazados por la cintura, acumulaban eras de un amor agónico. Ella apoyaba la cabeza de vez en cuando en su hombro buscando descanso. El ensanchaba el pecho para coger más aire y superar el vértigo de la proximidad de su amada; pero sus pasos eran el resultado de un cansancio acumulado. Caminaba arrancando de algún lugar de su cuerpo las únicas fuerzas que aún le quedaban.
No lo he experimentado jamás, pero sé que el amor tiene que ser agotador.
Me sentí ofendido, me sentí excluido de los placeres y del sufrimiento. Y supe que jamás gozaría de algo tan intenso como lo que ellos llevaban enredado e insertado en la piel y extendían a su alrededor creando un aura de obscena belleza.
Fue una pesada condena dictada por un mal juez.
Aquellos amantes de magnético carisma que llevaban con sencillez su gran epopeya de amor, se convirtieron en el paradigma de lo que yo desconocía y ansiaba.
“No pueden vivir, no puede ocurrir de nuevo” la voz del mundo me provoca náuseas.
Hace tres meses que los encuentro casi cada día. He variado mis horarios para coincidir con ellos en el parque y seguirlos. Durante sus paseos cotidianos a los que acuden puntuales cuando el sol lanza sus rayos sesgados y crea un caleidoscopio de luces y sombras en todo el parque. Los colores saturados de la vegetación es una inyección de vida. Y la grava hace un delicioso ruido al ser pisada. Las tardes en el parque de La Gloria son pequeños paisajes de un otoño crónico que cada día un artista plasma en su lienzo.
Sólo que la grava bajo mis pies, suena solitaria y triste.
Soy la envidia del mundo personificada en un cuerpo solitario, en una mente aislada.
Yo quiero cicatrices, quiero unos labios aliviando la picazón de mis heridas, quiero ser héroe de amor. Un caído en la batalla. Ser algo, importar.
Sentir...
“No pueden mostrar al mundo su amor, los vulgares no podemos sentir. Los vulgares ordenamos su muerte, porque ellos hacen que nuestra vida carezca de valor.”
No calla, la conciencia del planeta transmite en mi cerebro a una frecuencia que destroza mi voluntad.
Viven a veinte minutos del parque, en el ático de un edificio de cuatro pisos. Donde la ciudad deja de serlo abruptamente. Tras su edificio se extienden las viejas montañas redondeadas, desgastadas y cubiertas de pinos que desde lejos parecen bolas verdes apiladas al tres bolillo. Las torres de alta tensión son pequeños defectos que salpican la naturaleza sin que parezca importar demasiado al artista de esta creación.
Ellos gozan de una vista impresionante de la ciudad, que se extiende hasta meter los pies en el mar. Yo vivo de cara a la montaña, de cara a ellos. Al menos desde hace cinco semanas. Alquilé un piso desde el que pudiera verlos, a unos prudentes seiscientos metros, seguro y anónimo con un pequeño telescopio de observación astronómica situado en un trípode.
Me encuentro ligeramente más alto que ellos, lo que me da una visión plena de sus vidas, de sus actos; tanto dentro de la casa como en la terraza. Los he visto follar en su habitación y en la terraza, creyéndose a salvo de las miradas por la distancia que separa el edificio que se encuentra frente a ellos, el mío. Les gusta que la brisa fresca de la noche entre en su casa. Las cortinas se extienden como enormes alas celebrando el amor.
A mí no me gusta que entre la brisa en mi casa, porque en muchas ocasiones, junto con la brisa, se cuelan voces de otros seres que contaminan mi intimidad. Y con ellas, el adocenamiento de siempre. La misma mierda que respiro cada día.
Las cortinas de mi casa son alas de buitre que inmóviles en la penumbra esperan que la vida se haga cadáver.
A veces me olvido de cenar, de comer, sólo fumo y estoy atento a sus vidas. Mi trabajo son ellos. Mi paga es el dinero que la conciencia de la colmena me ingresa puntualmente cada mes para que ejecute sus voluntades cuando así es requerido. Vivo con comodidad y hasta que ellos aparecieron en el parque aquel día llevando consigo su propio universo, no tenía ningún trabajo importante.
El mundo me ha reclamado, la conciencia colectiva, el conjunto de todas las envidias de todos los seres humanos del planeta, ha reclutado mi locura para exterminar lo que afea sus vidas.
Por las noches cenan en la pequeña terraza, en una mesa de cristal y en hamacas de madera con cojines de color azul. Se ríen a menudo. Ella se levanta, lo coge del cabello y le da un beso intenso y rabioso. Yo aprieto el puño con fuerza y se me cae un hilo de saliva que pende cargado de envidia y frustración desde mi labio.
Él le responde dándole un manotazo en las nalgas y la obliga a sentarse en sus rodillas. Más veces de las que yo quisiera y puedo soportar, cenan sirviendo el uno al otro en los labios pequeñas porciones de comida. Fuman del mismo cigarro y cuando han acabado, reclinan el respaldo de las hamacas y miran al cielo sin decir palabra, sin rozarse.
Y de repente...
Estoy preparado y desnudo de cintura para abajo, mi erección es tal que mi pene tropieza continuamente con una de las patas del trípode.
“Mátalos, mátalos, mátalos” atruenan las voces de la conciencia humana.
“Son la blasfemia de nuestra cotidianidad, no pueden vivir, no pueden sentir como dioses, son humanos. Mátalos, mátalos, mátalos”.
Me sangra la nariz por la presión de las voces.
Aumento la longitud focal para captar los detalles, porque sé lo que va a ocurrir, he de apresurarme. Preparo el fusil, al lado del telescopio y bajo la persiana hasta quedar justo por encima de la mira telescópica. Los amantes aparecen aislados en un círculo redondo, resaltando su universo. Apuntando a su universo.
Mi fusil es un Barret M82 A1. Calibre 12,7 mm. con mira telescópica de diez aumentos. Con un alcance eficaz de 1.800 m.
Alguien dice que disparar a un cuerpo con este calibre desde esta distancia, es un acto de sadismo.
La policía, bajo las órdenes del ministerio del interior, me ha proporcionado el arma. El ejército me ha entrenado en un solitario campo de tiro, donde otros dos cerdos como yo, impregnan su envidia y su mediocridad en la munición anti-amor.
Soy bueno. En el amor no valgo una mierda, pero con las armas, soy bueno de una forma instintiva.
Siguen tumbados en las hamacas. Él lleva la mano al vientre de ella, sus dedos se internan entre la ropa. Ella mantiene los ojos cerrados y sus labios se abren ligeramente ante el placer del roce. Me excito... No quiero tocarme aún, porque no podría parar.
El telescopio me da más detalle, vuelvo a él.
El hombre baja el short de su amada y deja al descubierto un breve tanga negro que cubre un pubis totalmente rasurado, se adivina la pálida piel bajo la transparencia de la tela y la unión de los labios vaginales.
El hombre ostenta una aparatosa erección bajo la tela de su pantalón mientras su mano evoluciona por la piel de la mujer.
Ella extiende los brazos tras la cabeza y relaja las piernas, dejando que se separen ligeramente los muslos. Su sensualidad es prácticamente un tormento que colapsa mi pensamiento.
Él sube la camiseta sin dejar al descubierto los pechos, y aparece nítida la cicatriz del vientre que nace de un ombligo herido hasta un poco por debajo de la línea del pubis, después de besarlo y hundir la lengua en él, el dedo corazón del hombre se posa suavemente en el ombligo, y baja siguiendo la cicatriz lentamente, hasta donde acaba. Prosigue hasta llegar al vértice de su sexo, allí se detiene. Ella separa aún más las piernas. Sus pechos se mueven notoriamente con la excitación creciente. Él le dice algo y ella sonríe sacando lujuriosamente la lengua por los labios entreabiertos.
“Que dejen de respirar, que dejen de amar. Mátalos, mátalos, mátalos”.
Me está prohibido, alguien, algo o mi propia personalidad, decidió que yo no gozaría de la vida como ellos. Son seres privilegiados.
El dolor y el sufrimiento pasados, es sólo un trámite, una tasa por una entrega absoluta y eterna, yo pagaría con mis dos piernas por sentir así, como ellos. Por tener mi propio universo.
Ella se incorpora para sacarse el tanga. Se aproxima a su hombre para jalar de su pantalón y desnudarlo. Vence con dificultad la resistencia que ofrece el falo erecto contra el elástico y éste se libera de golpe, apareciendo agresivo y firme como un mástil azotado por el huracán. Ella besa el glande aún cubierto por el prepucio y él se lleva la mano a los testículos.
Ella me muestra sus nalgas perfectas, lamibles y penetrables cuando hace lo de siempre: ha dejado el pene para besar una cicatriz en el pecho del hombre, nace por encima de los pectorales y se prolonga hasta la boca del estómago, es una cicatriz vieja bordeada de pequeños puntos de sutura. Ya curtida, mucho más vieja que la de la mujer. Es la cicatriz de una operación de corazón.
Ella la recorre con la punta de sus uñas haciendo un cosquilleo que provoca escalofríos en él; la besa, la lame, la inunda de saliva y se extiende ésta pecho abajo.
Él ha metido la mano entre sus piernas y puedo observar como los dedos masajean su coño. Su delicioso torso se dobla de placer y baja sus nalgas para que los dedos penetren más profundamente en su vulva.
Él la conduce de nuevo al sillón, la ayuda estirarse. Su polla cabecea atacada por espasmos. Como la mía.
Estoy dejando un goteo viscoso en el suelo.
Hundo la navaja en mi pectoral izquierdo, muy cerca del hombro y corto hacia el centro del pecho. Quiero cicatrices, aunque sean de envidia, aunque sean de una podredumbre letal para la cordura. No me duele, no dolerá jamás como a ellos les duele, como a ellos les lleva al placer.
Siento pena y excitación por ellos, siento mi fracaso y hago mío su universo tranquilo donde no les falta nada, donde el círculo se ha completado. Esas cosas uno las siente, las reconoce aunque sepa que está condenado a no experimentarlas jamás.
“Han vivido mucho tiempo, un círculo jamás se debe cerrar, han de morir. Mátalos, mátalos, mátalos. Te lo ordenamos”.
Él ha descapullado su glande, y levanta una pierna para dejar las de ella entre las suyas, con poco margen de movimiento.
Lleva la húmeda cabeza amoratada de su pene al ombligo y presiona en él como si quisiera penetrarla.
Juraría que he sentido un gritito de placer de la mujer.
Deja un rastro brillante de humedad, y el glande sigue su camino cicatriz abajo, haciendo pequeños círculos, demorándose en llegar adonde ambos desean. Ella mueve nerviosa los pies, las piernas de su hombre no le permiten abrirse más, diríase que desespera por ofrecer su vulva abierta a la piadosa brisa de la noche.
El glande se detiene en la raja húmeda, en el inicio, ella ha llevado sus manos allí para separar los labios. El hombre no hace caso y deja su pene para llevar las manos a los pechos, sin levantar la camiseta, trabaja sus pezones, los endurece. Ella le dice algo con muecas de placer y ansia.
Aferro con fuerza mi polla e imprimo movimientos bruscos con el puño atrás y adelante, mis cojones se contraen con la excitación. La sabia que deja ir mi glande ha empapado mi puño y las pieles se hacen resbaladizas y ello me obliga a dar más velocidad a la masturbación.
Él ha vuelto a coger su pene y le ha permitido alzar las piernas, ella las aguanta en alto con sus manos dejando su sexo indefenso ante la invasión, se abandona a él y puedo leer en sus labios: “Métemela ya...”
En lugar de eso, se arrodilla ante ella para besar su puto coño. Joder...
“Deberían estar muertos ya”, dice la voz de la envidia de la humanidad. Yo vomito algo de bilis que me deja un sabor repugnante en la boca.
Introduce dedos en su vagina mientras lame y mueve su lengua violentamente en esa vulva brillante, mojada. Ella agita sus pechos con más fuerza ante una respiración violenta.
Yo me lastimo la polla cerrando el puño con fuerza a su alrededor. Me duelen los cojones, porque el puño los aplasta con cada vaivén.
Esto no puede seguir así, me estoy muriendo emponzoñado de la humana envidia. Me pudre mi propia insania.
Soy el reflejo de la humanidad refractado en agua pútrida.
“Que mueran los amantes del tiempo, no hay lugar para ellos. Mátalos, mátalos, mátalos”.
Él se incorpora, y aguantando su pene erecto con la mano derecha, la penetra con fuerza y rapidez. A la mujer se le ha escapado un grito de sorpresa y lujuria, quedando por unos instantes con la boca abierta y los ojos cerrados.
Los pechos sufren con los embates furiosos a los que es sometida.
Él está tenso, concentrado y una de sus manos masajea sin piedad el clítoris.
Cuando el vientre de la mujer comienza a contraerse con fuertes espasmos y sus piernas se cierran en la espalda de su hombre para meterlo más adentro, dejo el telescopio y me coloco frente al fusil. El centro de la cruz milimetrada apunta al pecho izquierdo que se mueve frenéticamente en todas direcciones, sus pezones están contraídos y duros. Presiono el primer recorrido del gatillo.
Ella lleva sus manos a su sexo y extiende el semen por su pubis apetecible, por su cicatriz, por sus pechos, por sus labios.
Disparo.
Su pecho se agita y explota en un surtidor de sangre. De su boca sale una bocanada roja.
El hombre se abalanza sobre ella, coge su cabeza entre sus brazos sacudiéndola, como si pudiera ahuyentar la muerte.
Disparo y media cabeza estalla, desaparece todo su cuerpo, que ha quedado tumbado, oculto al lado de la hamaca.
Ella está ahí, con su cicatriz tersa, brillante de esperma y deseo. Ahora un reguero de sangre baja hacia el vientre para bañar también su coño aún hirviendo.
Se vacían de sangre al tiempo, y el tiempo es vengativo como es la envidia de la colmena. El universo que habían creado, se ha roto como un espejo, mi envidia se diluye lentamente.
Mi pene está fláccido y mi mano llena de semen que gotea en mis pies.
Mi perro lame el semen de mis dedos, saco la navaja de mi bolsillo y acciono la apertura. He sentido el deseo de cortarle el cuello. El perro pertenece a la conciencia de la colmena. Busca y rastrea amores eternos que burlan el tiempo y la distancia para que yo los ejecute.
Me ducho, me visto y coloco el collar al perro para sacarlo a pasear. Las voces de la humana envidia han cesado. No hablan cuando han de agradecer, cuando has cumplido la misión para la que has nacido, no hay nada que alegar.
Callan como cerdos, siguen disfrutando de sus miserables vidas, como yo llevando a cagar a mi perro.
Se tiran a sus mujeres y a sus hombres, hacen ignorantes a sus hijos, una pizza barata para disfrutar del partido semanal y un libro viejo sirve de calzo a una pata de una mesa que cojea. Así vive la humanidad, aunque los detalles pueden variar según el grado de incultura geográfica.
Ni conocen el amor ni lo conocerán jamás. Se reproducen adocenadamente y alardean: ellas de haber sido jodidas por sus machos. Ellos de su esperma eficaz ante otros machos.
Es repugnante cuando el macho camina con una sonrisa chulesca por delante de su jodida mujer que lo sigue anadeando ostentosamente con sus piernas separadas por una gran barriga. Metería una bala en esa barriga, para matar las dos vidas. Y otra en la boca del macho para matar hasta su descendencia.
Pero no serviría de nada. Hay tantos...
Escupo una flema densa en el impoluto parabrisas de un coche aparcado.
Soy el ejecutor a sueldo de la humana envidia, pero siento un profundo asco por ellos. Los mataría a todos, aunque no me pagaran por ello.
Tal vez lo haga.
Me acerco hasta el banco. Han ingresado una suma de dinero tan importante que por primera vez en mucho tiempo se me escapa una sonrisa.
Se volverán a encontrar en algún lugar y tiempo como se prometieron hace centenares de años. Siempre lo hacen y yo estoy encadenado a su voluntad inquebrantable.
Cuando regreso y entro en casa, ya no está el telescopio ni el fusil de larga distancia. Han limpiado hasta el semen en el suelo.
Han dejado un sobre. Contiene las pieles aún ensangrentadas con las cicatrices de los amantes pulcramente recortadas por un forense. Abro el álbum fotográfico, donde guardo las otras pieles, los trofeos de anteriores cazas. Son exactamente idénticas a las primeras de hace trescientos años. A las segundas, que datan de hace doscientos cincuenta, y a las otras siete.
Las distancias se acortan, los amantes eternos adquieren más fuerza y habilidad con el tiempo. Pronto habrá que buscarlos en los úteros, antes de que nazcan.
Se prepara una nueva guerra donde millones de seres serán exterminados en un intento desesperado por acabar de una vez por todas con los amantes eternos.
No tiene sentido, Hitler no consiguió evitarlo. No aprenden, ni siquiera la historia deja huella en sus minúsculos cerebros adocenados.
La conciencia de la colmena, no es inteligente, sólo es avaricia y envidia.
No siento alegría alguna, despliego la hoja de la navaja y la clavo en la garganta del perro y corto. Éste gime durante un segundo y muere con una mirada tierna y acuosa: “Me has matado, compañero”.
No es difícil matar un perro, es casi una liberación cuando has asesinado a los amantes eternos.
La herida en mi pecho ha desaparecido, la conciencia humana no permite cicatrices de pasión.



Iconoclasta

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