18 de septiembre de 2009

Amorstruosidad

Soy víctima de la terrible amorstruosidad. Creía que se trataba de un mito, una fantasía de mi alocada imaginación.
Al principio pensaba que era una alucinación provocada por algún aire o agua contaminados. Pero tenía forma, piel, voz, ojos...
Ojos...




Fueron unas palabras, luego una sonrisa.
Unos labios entreabiertos que parecían esperar los míos. La amé sin querer, sin ser necesario, sin lógica.
No puedo precisar en que instante el amor mutó en ese monstruo de pasión voraz y voraz de pasión. Mi cerebro fatigado piensa que ocurrió cuando admiraba la profunda trascendencia de sus ojos oscuros. Un universo estallando en sus pupilas, y allí estaba yo, mi propio reflejo.
El mundo no mejora a través de ella; pero lo hace soportable.
De hecho, dejó de importar el mundo cuando la amorstruosidad hundió su amor en mí como se clavó Excalibur en la roca.
Quedé encerrado en sus ojos y todo lo que me rodea son creaciones, visiones de ella.
No importa, sé que ella me ama. Lo sé de la misma forma que sé que tengo que respirar.
Es innato amarla, ocurra lo que ocurra.
Y ocurre que no se da cuenta de su poder. La amorstruosidad no entiende de fuerza, sólo derrama amor y provoca tormentos en su víctima. He arañado mi piel desesperado en demasiadas ocasiones.
Un día el amor se expandió, ocupó todo el espacio físico y mental de mi cuerpo, se introdujo por poros que no creía por los que pudiera penetrar ni un virus y sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos.
La infección del amor invadió mi ser entero. No hay antibióticos, para ello. Estoy abandonado.
Ahora la amorstruosidad alienta mi ánimo, mi alma. Crea esperanzas y sonrisas donde había indiferencia e ira.
Soy un yonqui, un drogadicto de la amorstruosidad. Me ha creado una desesperada dependencia y no puedo dejar de pensar en ella.
No quiero...
Y necesito mi chute en vena de ella, me metería una aguja gorda como un cañón por tenerla en cada rincón de mi cuerpo.
Es mescalina de amor suicida que anula la auto-protección.
Peyote seductor.
La amorstruosidad es un ser fabuloso que desnuda a su víctima dejándolo indefenso en un mundo hostil. Y ante ella.
Es un amor hiperbólico, hipertrofiado, e hipercalórico. Una mutación excepcional que rara vez se da en la vida de alguien. Sabía de su existencia legendaria por mí mismo, por mis sueños.
Temía que pudiera existir:
“Es sólo amor-ficción”, pensaba.
¿Sabe alguien lo que es desesperar? ¿Retorcer los brazos buscándola? No es placentero abrazar la nada. Uno acaba hipando con el rostro anegado de lágrimas en un patético estado de fracaso y miedo.
Soy viejo y es tarde. La amorstruosidad es más fuerte que yo.
Es la degeneración de la suprema bondad, donde todo se da y lo amplifica hasta convertirse en una aberración; una membrana osmótica que separa el alma de la sangre. Es la degradación de mi voluntad. Soy un mierda sin ella, siempre fui un mierda.
Siempre he sido temeroso de que un día ese monstruo abriera un agujero en mi pecho y confortara el corazón. Que acaparara mi pensamiento íntegro.
La voz de la amorstruosidad posee la frescura de la eterna juventud, matices de sensualidad y lujuria de vivos colores cálidos, la sonoridad aterciopelada de la ternura, un tintineo embriagador es su sonrisa.



A veces sus ojos se cubren lentamente por unos párpados largos y sedosos. Está mirando su propia alma, me mira a mí también.
Es tan bella...
Pierdo un latido por el ansia de besar impunemente esos ojos cubiertos durante un segundo, a traición.



Siento el vehemente deseo de llorar ante la lisérgica amorstruosidad, un ácido que promete un viaje más allá de lo que mi pensamiento puede abarcar. Quiero llorar abrazado a ella, sin vergüenza. Dejarme fluir en un llanto tranquilo, el llanto del que tiene todo lo que deseaba tras una larga travesía por el desierto
No más oasis que al llegar sediento se convierten en asfalto negro.
Misericordia, mi amorstruosidad...
Una lágrima por ella. Como la brindaría a una magna obra de arte que jamás existirá. La amorstruosidad es la cúpula del universo y con ella se ha alcanzado la cima de todas las pasiones. El universo es finito, y pequeño. Y acaba en ella.
Un “te quiero” de la amorstruosidad lesiona el corazón irremediablemente. Yo diría que me lo parte en enésimos pedazos: uno para la ternura, otro para la pasión y un millón para cada uno de sus labios.
Labios que se reflejan en mi mente, en los suyos propios. La sala de los espejos del deseo...



He de ser lascivo, espetarle las más aberrantes obscenidades para intentar interrumpir el llanto, para evitar la total absorción de mi alma. Para buscar algo de paz y no morir de amor por mucho que lo desee. A veces las células de mi cuerpo se obstinan en seguir viviendo a pesar de mis deseos. La pornografía es sólo una triste e ineficaz defensa. La última de mis armas.
Me masturbo llorando, eyaculo semen y lágrimas. El puño se cierra peligrosamente en el pene ante la presión de la amorstruosidad; pero cuando ella lo aferra, es tener al Creador ahí y soy sólo una cosa que gime.
Mi amorstruosidad provoca mudos alaridos que hacen eco en mi cabeza y la convierten en un caleidoscopio de promesas de amor convulso y salvaje que duelen con cada giro; con cada rayo de luz que refracta cada uno de esos oscuros cristales.
Duele amarte, duele toda esa potencia inhumana.
La amorstruosidad es una bestia de amor y placer desmesurados e implacables. Es un vientre inquieto que se contrae impúdico con cada envite, con cada uno de mis descontrolados pistonazos.
Amante, esclava.
Esclavizadora...
Su vientre se contrae pornógrafo y blasfemo con cada espasmo de placer. Su vientre me hace hombre.
Me hace más hombre de lo que soy.
Es en el vientre de mi amorstruosidad donde anida y se expande la voluptuosidad.
Quiero llegar a él por su coño.
Llorar en su cálido vientre no puede hacer daño, ya no.
Y reír con su venia.
Piedad...
Debería gritar de alegría; pero la amorstruosidad no permite alegrías, no permite más que la adoración y la entrega absoluta.
No sé si en algún momento sonrío, porque yo sólo la amo.
Es implacable.
Es la belleza unida a la belleza, encadenada a la belleza, penetrada en la belleza, aplastada en la belleza. Belleza remachada en belleza y belleza y belleza...
Estoy loco...
Es la belleza que destroza la serenidad del hombre-mierda que tanto tiempo ha perdido. Tantos años buscando...
Me cago de miedo de amarla.
Todas mis venas palpitan ante ella y las brújulas la siguen, la señalan indicando el único rumbo posible e inevitable.
Ella hace odioso el mundo. La humanidad no resiste su comparación y todo es sacrificable.
Incluso yo.
No puede haber un final feliz, acabaré fusionándome a ella, dejando de mí unas lágrimas en el polvo. Un gemido al viento.
Y aún así, mi amorstruosidad, aunque hayas aparecido en el declive de mi vida, te ofrezco lo que me queda de vida. Porque tú le has dado trascendencia.
Porque las lágrimas han lavado mi alma, y tu vientre la ha templado.
Sigo temiéndote a pesar de todo, porque no sé si tengo suficiente corazón para contener el arrollador amor que me inspiras, con el que me cubres.
¿No te das cuenta de lo poco que soy? Soy vulgar, soy mediocre.
A veces me siento tan pequeño...
Mi monstruosa amante...
¡Qué importante es morir de amor!
Son importantes los detalles.
Ya no hay nada, sólo miro desde dentro de sus ojos, y no necesito lo de ahí fuera. Algunos se preguntan que fue de mí. Discuten que razones me llevaron a abandonarlo todo y desaparecer para siempre.
Los veo desde aquí dentro, desde los ojos de mi amorstruosidad y nada de lo que hay ahí fuera, puede compararse a estar en ella.
No soy un prisionero, no he sido raptado. Soy su bendita víctima.
Viviré en sus ojos por siempre jamás, hasta que ella me susurre confidencias de amante y disgregue en el aire mi alma, como hizo con mi cuerpo.
Si tuviera cuerpo aquí dentro de sus ojos, si me arrancara los brazos como a un muñeco, me desangraría amándola.




Iconoclasta

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