24 de septiembre de 2009

Actos de pena y tristeza



Acto I: El ojo crea una lágrima y esta rebosa. Hay algo en la atmósfera que la ha provocado, a pesar de estar abierta la ventana de la habitación. Apenas ha posado un pie en el suelo.

Acto II: La lágrima desciende muy pegada a la nariz, resbala por el labio superior y se filtra entre la comisura de los labios.

Acto III: La boca tiembla. Parece querer decir algo sobre el salobre gusto de la lágrima. Sobre una pena envuelta en belleza. La cortina se agita silente como las blancas alas de una lechuza. Y la luz de la calle que apenumbra, parece hacer foco en su piel.

Acto IV: Es un hecho que la pena sale por todos los poros de la piel. La mujer destila una tristeza que se extiende por el aire y encoge corazón y entrañas. Iperita sintetizada de pura desolación.

Acto V: Desde que se ha creado la lágrima hasta que se la ha bebido, su bello cuerpo no se ha movido. Sigue en la cama acostada de lado. Abandonada a un dolor, a una soledad inmensa. Un llanto quedo.

Acto VI: Está tan terriblemente sola que duele mirarla. No es popular el tormento en alguien de tanta hermosura. Tal vez, toda esa pena la hace inmensamente bella.

Acto VII: La lágrima no es de ella, es de alguien que ha entrado a robar.

Acto VIII: El ladrón comprende que el destino ha querido que la mujer desnuda que desfallece en soledad, sufra más. Se siente el sucio ejecutor de una voluntad pérfida.

Acto IX: De la misma forma que un rayo de luz nos da claridad. Otra lágrima del ojo del ladrón, le da la perfecta idea de lo que es el mundo. Es una lágrima amarga, nacida del hígado. De la hiel.

Acto X: El mundo es hiel y cirrosis. Un juez degenerado.

Acto XI: Concluye que el mundo no merece el magno e íntimo acto de soledad y pena de la mujer. La Tierra es un cerdo al que tanto le dan las margaritas.

Acto XII: El cuchillo es negro como boca de lobo, no lanza destellos su filo. No hay aviso previo. Noche y muerte son íntimas amigas que sonríen tapándose la boca, son risas de sadismo y locura que anhelan el grito desgarrador de dolor y terror.

Acto XIII: Confirma que la bella mujer que llora es un diamante en un estercolero. Vuela el acero, silencioso como la cortina que aletea llamando a muerte.

Acto XIV: El mundo no es un buen lugar para la belleza de la desolación.

Acto XV: La mujer abre sus inmensos ojos sucios de un rímel trágico, cuando el acero penetra por un costado y le roba el aire de un pulmón. Es tanta su tristeza que no ha sentido dolor ni miedo. Si el ladrón mirara su rostro, vería una sonrisa. Paz.

Acto XVI: La cortina se agita con una repentina ráfaga de aire y la tela cruje, un trueno en medio de aquel silencio. El ladrón se acuesta al lado de la mujer y la abraza. Besa la herida por donde se escapa el aire impregnado de una pena. De toda la pena.

Acto XVII: La mujer retiene con sus manos los brazos que la rodean. Y los presiona más contra sí. Parece musitar un agradecimiento. Su calor conforta el brazo asesino.

Acto XVIII: Pompas de sangre se forman en la herida, el sonido del aire a través del estigma de la soledad parece acallar el mundo entero con cierto embarazo. La noche y la muerte son dos chiquillas que en silencio saltan sobre sus zapatitos con emoción.

Acto XIX: El ladrón abraza con fuerza a la mujer. Con la mano del brazo que rodea su cuello, clava el cuchillo bajo la base del cráneo, hacia arriba. Dulcemente, como si pudiera ser tierno amputar la vida. La mujer se desconecta de la vida con una súbita presión de los dedos en su brazo.

Acto XX: La lágrima que ahora rebosa cauteriza su corazón que parece retorcerse abrasado en su pecho. El ladrón aspira el corrosivo vapor de la tristeza.

Acto XXI: Se ha quedado muy solo. Coloca el cuchillo en la inerte mano de la mujer desnuda; conduce mano y cuchillo hasta su propio cuello

Acto XXII: Clava y corta en redondo.

Acto XXIII: Nadie se preguntará porque el hombre mató a la mujer y a si mismo. Ladrón y víctima. Y lo que es peor: nadie se preguntará porque se abrazan con tanta fuerza aún muertos. Los que no saben, los que no han visto, dirán que es pura violación.

Acto XXIV: Están muertos, que más da.

Acto XXV: La soledad y la pena han abandonado la habitación. Se han esfumado junto con las risas de la noche y la muerte, las lágrimas y las respiraciones. Nadie podrá jamás probar que la pena es un dolor que viaja por el aire e infecta el organismo de los seres que tienen ese raro poder de sentir la vida con una intensidad lacerante.

Acto Final: Una tela negra que lanzan al aire dos policías, bate sus alas lóbregas y cubre la escultura de los cuerpos muertos. Un telón que baja sin que nadie aplauda.


Iconoclasta

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