6 de agosto de 2009

La Blanca

He cerrado los ojos y me he zambullido en mi oscuridad, dulce y cansadamente. Soy un viejo héroe cansado que sólo araña unos segundos al tiempo para recuperarse.
Me gustaría ser héroe.
Y ahí está, esplende como una perla. Mi estrella, la única.
Mi Blanca.
La Blanca viaja por mi cosmos negro, mi pensamiento derrotado. Orbita por zonas oscuras, se eclipsa en amores rotos, abortados, arrancados, imposibles, dolientes y dolidos. Sobrevive al cuerpo y sus dolores, rompe maleficios y enfría la piel caliente. Revienta la maldición de la soledad y la convierte en paz.
Y hoy luce de nuevo. Es tan bonita...
Por mi alma rota...
Vale la pena su eclipse si he de experimentar el vértigo de sus renacientes rayos plateados surcando mi pensamiento, cuando crea un cénit de luz. Es un cometa que arrastra recuerdos brillantes, que recoge migajas de felicidad en un cosmos de negros e invisibles asteroides. Peligrosos como perros hambrientos.
Soy un espacio con una única estrella que brilla como el platino. No es mucho; pero sin ella yo no...
Ella alimenta mi vida, es la nodriza de la esperanza.
Es bella en su soledad, pulsando, venciendo lo oscuro. Desafiando miedos.
Ella sí que es una heroína.
Es una reina.
Mi Blanca.
Soy un cosmonauta en su busca. No hay cordón umbilical que me asegure a la nave, ni oxígeno, sólo su luz. Su visión me mantiene vivo. Si viajando a su encuentro se apagara, yo también moriría.
Lo prometo.
Cuando la sangre quiere correr fuera del cuerpo, cuando los pulmones ya están ahítos de oxígeno, cansados de respirar y las manos ciegas se abren demandando una caricia. Ahí sale ella, mi Blanca salvadora.
Y barre con su luz tinieblas y penumbras. Los monstruos aúllan y se repliegan.
Avanzo por una pasarela de plata.
El héroe ya no se siente cansado, y sus heridas han valido la pena.
Su luz es proteica.
Regenera células.
He dejado que mi sangre gotee en su pista de luz, ofreciéndome y llorando sin vergüenza. Un sacrifico por ser parte de ella, por ser ella.
Cuando inicie de nuevo su travesía por las galaxias oscuras, cuando deje mi cuerpo cansado de nuevo en la tierra, mi Blanca no estará; pero sentiré su luz correr por mis venas.
Mi Blanca, he de volver. He de dejarte, mi reina.
El cuerpo quiere ponerse en pie y caminar.
No tardes en regresar. Soy un héroe viejo.
Me llevo un poco de tu luz. Cuando vuelva a la oscuridad, cuando prefiera morir, cuando odie la vida que castiga el cuerpo y el ánimo; aparece. Destruye mi desánimo, anula la autodestrucción. Llena mi esperanza, mi Blanca. Estaré demasiado cansado para pedírtelo.
Si tardaras, no podría detener la cuenta atrás. No vale la pena sin ti; el cosmos dejaría de serlo. Y yo también.
Una mano rozó su hombro y abrió los ojos.
Una mujer estaba en cuclillas aún con la mano en su hombro.
—¿Juan? ¿Juan el Conan?
Miró a la mujer con los ojos deslumbrados, su cabello contra el sol formaba un halo de oro.
—¿Vero? La pecosa Vero —su voz era pura sorpresa y en su cabello quedaron prendidas briznas de césped cuando se incorporó.
La mujer sonrió y los ojos del hombre se relajaron.
—Octavo curso, la tía más buena de la clase.
—Siempre te gustó estirarte en el césped de los parques —dijo sonrojada y divertida.
—Tú eras mi novia.
—Tú mi héroe.
—Tantos años sin saber de ti...
Juan se puso en pie y se saludaron con un beso en la mejilla.
Las manos se entrelazaron sin que pudieran evitarlo.
Y la luz corrió por sus venas, rauda como una nave en el espacio.
De un recuerdo perdido, de un recuerdo bañado por la luz de la Blanca, se creó otra estrella. Otra luz.
El cosmos se expandió en un instante.


Iconoclasta

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