24 de noviembre de 2006

Hombres y árboles

Hay días alegres de luz clara y viento piadoso. Días de luz cegadora y de un aire que parece arrancarnos trozos de alma.
Días en los que los hombres y mujeres sonríen por nada en especial, sin que haga falta.
Son días crueles para otros, para nosotros, para mí...


Días en los que una luz cruel nos baña, y sin filtro alguno nos muestra al mundo y a nosotros mismos como realmente somos.
Nos despoja de todo nuestro misterio si alguna vez lo tuvimos.
Si alguna vez lo tuviera...


Y nos muestra esa luz diáfana con todo esplendor a un mundo indiferente.
A un mundo al que apenas importamos; siendo quizás, ese apenas, un lujo que nos permite creernos algo. Un regalo de nosotros mismos para nosotros.


Y el viento...
Y luego el viento que nos roba temperatura, nos deja fríos, insensibles a otra fuente de calor.
Inmóviles, quietos, estáticos, sin poder huir o protegerse. No hay consuelo.
La piel se desengaña en esos días claros y despejados; no espera caricias, sólo siente la desnudez de la indiferencia.
Se encostra la piel y los insectos anidan entre la seca corteza. Nos mortifican.


Hubo un tiempo en el que caminamos.
O no... Tiendo a imaginar cosas que pudieran dar valor a la vida, a ésta que padezco.
Arboles de monstruosas y retorcidas raíces profundizando en tierra estéril. Saciando sed con arcilla húmeda que sólo nos permite no desecarnos.
No nos deja ni morir.
Una tierra cruel, falsa y mentirosa.


¡Qué angustia da ver nuestras hojas arrastradas por el viento, secadas por un calor que no es necesario!

Se arremolinan nuestros restos en sucias esquinas infectadas de orines, de vergüenzas.
Se escurre la reseca savia como un engrudo, no son lágrimas. Las lágrimas se evaporan.
No se llora a plena luz, es tan sólo sudor, es lo que cuesta, el colosal esfuerzo de aspirar un hálito más.


Es en estos días, donde el brillante amor y el triste hedor se hacen patentes como alimañas que nos devoran poco a poco, incesantemente.
No nos podemos rascar.


El amor brillante y cristalino es agua que se escurre entre las manos, entre las ramas.
Se va, se pierde.
Y queda el hedor, la paranoia de la soledad que se hace profunda y dura cicatriz.
Una poda, un doloroso corte que le reste peso al hedor. Que libere al menos la savia, una grumosa hemorragia que alivie la presión.
No puede hacer daño.


Arbol, hombre...
Una vez fui hombre, y ahora pago errores.


¡Qué más da ser árbol u hombre cuando la prisión, el castigo, es la tierra, el suelo, el polvo!

Soy un árbol milenario, o un hombre ancestral. Algo acabado, como ellos. Somos unos cuantos, lo sé, debe haber más gente como yo.
No quiero ser el único.


Maldecidos por alguna razón que está enterrada ya en las entrañas de la tierra, por algún error que no consigo recordar entre tantos cometidos.
Quedan tantos años de ser bañado por esta luz inmisericorde. Ignorado.
De no importar.


Verlos reír, mirarse los unos a los otros. Reconocerse.
Duele ser nada, ser indiferencia.


Es demasiado larga la vida.

Retorcida...

Iconoclasta

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