6 de junio de 2006

El follador invisible y el pecado

Hay instantes en los que recapacito, en los que hago examen de una conciencia que no tengo, al menos no al uso teológico que le conceden algunos. A veces me siento… ¿místico?
No me arrepiento de nada, es mi condición.

Da igual que naciera humano, ahora soy un monstruo que no conoce límites. Lo afirmo con apasionado orgullo.
Puede ser que algún día me encuentre con mi creador y todo acabe para mí como si de una buena lección se tratara; pero desde aquel día en que mi cuerpo agonizaba y él insufló su espantoso aliento en mis pulmones, he olvidado lo que es ser humano. He olvidado tener miedo a castigo alguno.
Y es bueno porque no siento el dolor y miedo que hago sufrir. No soy capaz de imaginar esas sensaciones.
Formo parte directa del equilibrio y desequilibrio del planeta, soy una fuerza evolutiva un tanto caprichosa.
Someter a un humano al terror de lo invisible es una necesidad para mí.
Vivo para ello.
Haga lo que haga, mis víctimas conocerán la locura. Si han disfrutado, pasarán lo que les queda de vida buscando ese placer. Si han sufrido, temerán volver a encontrarse conmigo.
Sólo los que mueren tienen paz.

No sé lo que me apetece hacer con mi víctima, no sé si matarla o regalarle más instantes de vida. Muchas veces improviso sobre la marcha, la intuición de hacer lo correcto me guía.
Pero vosotros no hagáis lo que yo. Estaría mal este comportamiento en un humano.

Ahora estoy trabajando a una anciana y sé que goza en algunos momentos, pero no solo por el placer sexual; está senil y cree que ha sido bendecida por algún santo, por su marido, por dios…
Llevo trabajándola más de seis semanas y está a punto de romperse.
Aunque no es mi pieza exclusiva, es aburrido trabajar mucho tiempo con la misma.
De vez en cuando doy vueltas por ahí y me dejo llevar por el romanticismo de la aventura ¡Ja!

En una ocasión acudí a una iglesia y bebí de la pila del agua bendita, no lo hagáis; es sucia y asquerosa. Tuve que escupirla y a punto estuve de ser indiscreto.
Me acerqué hasta el confesionario, allí la gente es más sincera de lo que dios y el cura quisieran.
Hay muchos pecados que son pensamientos lujuriosos. Normal, hay mucho viejo que no ha follado en años, están nerviosos y ponen nervioso al cura.
Yo tampoco soy delicado.

Aquella vieja de collar de perlas y pelo violeta desvaído en forma de nube de algodón se arrodilló en el confesionario y yo me acerqué mucho a ella, íntimamente casi.
Era perfecta, delgada; poca cosa. Un bolso que no pesaba colgaba de su brazo, sus manos temblaban continuamente. Sus dedos se abrían y cerraban en un tic molesto cuando llevabas un rato mirándola. Su cabeza parecía decir “no” a ratos. Si no estaba rota, le faltaba muy poco y decidí acelerar su derrumbe.
Antes de arrodillarse se cubrió el pelo con un pañuelo negro.
Yo me encontraba tan cerca de ella que se sentía incómoda sin saber porque. Giró la cabeza hacia atrás, escudriñando un pasillo de bancos vacíos.

-¡Juana! Ave María Purísima.

Se había distraído con la presión que mi aliento ejercía en su nuca y el cura la urgía para que comenzara a soltar su basura mental.

-Sin pecado concebida.-contestó la vieja.-Perdone don Damián, me había distraído.

Y la vieja comenzó su confesión.

-Hace días que siento un dolor muy fuerte en mis partes y siento ganas de acariciarme. Padre, sé que si empiezo no podré parar.

Yo flipaba con la vieja, sabía que estaba mal pero no tanto, coño.
Oí carraspear incómodo al cura.

-Tienes que ir al médico, lo que te ocurre no es pecado.

Yo dije en un susurro y pegado a la ventanita de confesión:

-Don Damián, estoy caliente.

Estoy seguro de que si el cura estaba tomándose un ácido en aquel momento, lo debió escupir contra la pared del confesionario.

-Juana… No creo que eso le interese al Señor.

-Padre, yo no he dicho eso, es un espíritu el que habla.

-Aquí no hay nada ni nadie más que nosotros.

Esa vieja era una mina, así que cogí uno de sus pechos pequeños y fofos, pero protegidos por un sostén que parecía una coraza, y presioné con fuerza. Abrió los ojos como platos y sus dedos parecían bailar descontrolados.

-Me acaba de tocar, don Damián.

-Juana, te repito que has de ir al médico y ahora mismo. No estás bien, lo que te ocurre no es normal.

Don Damián se enjugaba un sudor inexistente con la estola. Estaba nervioso.
Se me escapó una risotada, no tengo aguante para estas cosas.

-Juana, estás muy mal. Si no vas ahora mismo al médico, hablaré con tu hijo; si es por un riesgo de salud romperé el secreto de confesión. Esto no es una película.

-Salga y mire, don Damián. Me está aplastando el pecho y me duele. Mire la blusa como está arrugada.

-¡Ya está bien! Te absuelvo sin penitencia, pero vete ya…
El cura dejó de hablar interrumpido por el “ay” de la Juana.

Solté su pecho y a través de la falda metí mi mano contra su coño. Era una posición incómoda para mí.

-¡Ay! Me está tocando mis partes.

-¡Ya está bien! Ahora mismo llamo a urgencias.

La Juana se santiguó y cuando se incorporaba, le di una fuerte palmada en el culo. Perdió el equilibrio y le dio un cabezazo al confesionario.
Don Damián salió del confesionario más rápido que la mano de Judas cerrándose sobre las tres monedas de oro. La ayudó a incorporarse y la guió hacia el banco más cercano.

-Voy a llamar al 061. Espera aquí tranquila, te traeré un vaso de agua.

Yo pensé que si le daba agua bendita, encima se cagaría por la pata abajo.

-Déjelo don Damián, si ahora ya me encuentro mejor.

-Sí claro… No te muevas, vuelvo enseguida.

Y el viejo y pequeño cura se hizo invisible entre las sombras camino de la sacristía.
Juana estaba a punto de romper a llorar, estaba muy asustada. Huelo el miedo.
Le susurré al oído:

-Te pica ahí abajo, Juana. ¡Ráscate!

Se sobresaltó, los dedos se le crisparon en el regazo de la falda a punto de tocar su sexo. Pero dominó el impulso y cogió el bolso con fuerza con las dos manos. Como una náufraga a una tabla.
Don Damián se hizo visible de golpe y fue él quien me sobresaltó a mí.
¡Qué cabrón!

-La ambulancia llegará enseguida, también he llamado a tu hijo. Sale ahora del trabajo hacia el hospital para acompañarte.

Juana lloraba muy nerviosa, hablaba a nadie en concreto.

-Dios me castiga por haber engañado a Manolo.

Al final uno se entera de cosas si sabe presionar lo suficiente. Sin piedad.
Así que la viejecita fue un poco guarrona con el buenazo de Manolo…
Como siempre, entraron los sanitarios con gran escándalo haciendo toda clase de ruidos con la camilla de ruedas. El médico tenía pegado un móvil en la oreja y debía reírse con las obscenidades de alguna guarra.
Piensa bien y acertarás…

-Fuiste una puta.-me apresuré a decirle antes de que llegaran los tres hombres de vistosos y alegres chalecos.

Parecía querer hablar, pero era un incontenido temblor de sus labios. No era miedo, era mortificación, la angustia de sus católicos remordimientos.
Uno se siente como dios jugando con estos seres. El poder supremo reside en la capacidad de acabar con alguien, de empujarlo hasta que caiga y se haga añicos.
Esta vieja pedía a gritos un castigo.

Los sanitarios la invitaron a subir a la camilla a pesar de que ella no quería.
Cuando se estiró, le sujetaron las muñecas y rodillas con las cintas, como buena enferma mental que era.
Una vez asegurada y tranquilos de que no saltara de la camilla y saliera en veloz carrera en pos de la libertad, se dirigieron hacia el médico y el cura que cuchicheaban retirados.
Me la dejaron sola de nuevo.

-Tu coño es sucio, Juani.-y le atenacé el chocho hasta que su rostro frágil se convirtió en una mueca de dolor.

Sufría con un silencio escandaloso.
Y dejé que mi pene se posara en una de sus manos inmovilazadas.

-¿Buscabas una más gorda que ésta?

Yo no sé una mierda de psicología, sólo soy un ser invisible sin más pretensiones; pero de pura lógica es que su marido la llamara Juani y que el reproche de buscar una polla gorda la haría sentirse una mierda.
Estoy seguro de que era una buena mujer, no soy un carca del opus y no creo en la infidelidad; pero como he dicho, soy completamente insensible al dolor ajeno. Cuando comienzo algo no puedo parar, debo llegar hasta un final. Hasta aquel coño canoso que me hubiera follado en ese momento si con ello la pudiera haber destruído impunemente. Sin testigos. Luego la hubiera matado, por supuesto.
Los cuatro hombres se acercaban a la camilla.
Don Damián acarició la mano que sobresalía de la camilla.

-Todo irá bien, Juana, no te preocupes. Te harán unas pruebas y pronto tu hijo te llevará a casa.

El médico la auscultó por segunda vez antes de llevarla a la ambulancia.
La vieja lloraba.

-No llore mujer, está usted muy bien.-le mentía el médico.-A su edad algunas venas no logran llevar toda la sangre necesaria al cerebro; pero tiene un sencillo tratamiento; cuando llegue al hospital le harán unas pruebas indoloras y a la noche podrá descansar en casa. Animo, Juana.

Empujaron la camilla hacia la salida y aún cuando la subieron a la ambulancia, no pronunció ni una sola palabra.
Los sanitarios subieron a la cabina tras cerrar la unidad con Juana, el médico y yo en el interior.
El médico se sentó al lado de Juana, a la cabecera. Yo me quedé a los pies y cuando cerraron las puertas casi me caí encima de ella.

Cuando la ambulancia ya estaba rodando, atenacé con fuerza su vagina, el médico hablaba ensimismado por le móvil y no se percataba del extraño bulto que formaba la falda de Juana; no se enteraba de que una mano invisible deformaba la tela ni de la intensa angustia que desfiguraba el rostro de la vieja.
Aparté sus bastas bragas a un lado de la entrepierna y le metí tres dedos con un fuerte y seco empujón.
Tensó los brazos y las cintas chasquearon en la barandilla, las hebillas hicieron un ruido metálico que captaron la atención del médico.
Este se metió el móvil en el bolsillo del chaleco.

-Doctor, otra vez esa presión ahí abajo. Me duele tanto…

-Le voy a inyectar un calmante.

-Se me ha metido dentro, en mi cosa.

El médico dirigió la mirada hacia su falda y percibió mi movimiento saca-mete en la tela.

-¿Pero que está haciendo, mujer?

Levantó los bajos de la falda y descubrió su vagina retorcerse y abrirse por mis dedos clavados en ella. Los labios vaginales absurdamente separados.
No podía dar crédito a lo que veía.
Llevó la mano hacia aquel coño móvil para palpar, pero no llegó.
Posó su mano en mi antebrazo antes de llegar a su sexo y lo siguió con incredulidad hasta llegar a mi muñeca. Sentí su escalofrío en mi piel.
Aquello sí que era miedo.
Se retiró asustado al fondo de la ambulancia y golpeó la venta corredera de la cabina.

-¡Parad! ¡Parad, por el amor de Dios!

Me gusta exhibirme, pero tampoco puedo crear demasiada expectación porque luego hay rumores y no conviene. Es mejor que sólo los locos conozcan mi existencia.

-¡Daos prisa, hay algo aquí!

Aún no había acabado de pronunciar estas palabras cuando le abrí un gran tajo en la garganta con un bisturí.
Parecía una fuente decorativa y casi me hace visible cuando su sangre me salpicó la cara.
La Juana daba pena con el rostro cubierto de sangre, al ver al médico echar toda aquella sangre, se le escapó un “¡IIIIIIIII!” muy agudo que parecía la sonrisa de una posesa.
Yo me retorcía de risa con unas sonoras carcajadas.

-¡Ay Manolo…! Mátame a mí, no lo pagues con este joven.

-Puta Juani, eres una puta.-le decía mientras le liberaba la mano derecha y las rodillas.

La ambulancia estaba aminorando la velocidad.

-Tócate para mí, Juani. Tócate y te perdonaré. No pares hasta que yo te lo diga; aunque abran la puerta. Quiero tu vergüenza. Es tu castigo, marrana.

Y comenzó a masajear su coño descolorido y seco con vehemencia, deseosa de purgar su pecado. Había separado mucho sus piernas y los dedos huesudos se perdían por entre la vulva.
Temblaba violentamente cuando se rozaba el clítoris.
Tenía práctica la vieja, incluso me puso cachondo.
Porque no soy materialista y como he dicho, me siento místico en algunas ocasiones; si hubiera sido más vulgar, lo hubiera grabado en DVD.

Cuando los sanitarios abrieron las puertas retrocedieron espantados.
Y yo salí de allí con el paquete de cigarrillos ensangrentados que el médico llevaba en un bolsillo.
Me encendí uno al resguardo de la sombra de un árbol en aquel ancho paseo y me deleité con el miedo e incomprensión de aquellos hombres, con los gemidos viejos y ajados de la vieja masturbándose loca.
Ellos hablaban con sus móviles y la Juana se tocaba y se tocaba…

La gente se empezó a apiñar en torno a la ambulancia y los sanitarios cerraron las puertas al fin.
Cuando me acabé el cigarro, pensé si se sería inmune al cáncer de pulmón y me acordé que tenía que acabar con el otro ser que tenía a medio destruir. Y me largué de allí con un renovado hambre de destrucción. El placer supremo sólo dura unos segundos.

Y aquí estoy ahora, bendiciéndola, como dios.
Amén.
Ego os absolvo.


Iconoclasta

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