10 de diciembre de 2005

¡Hola pequeña idea!


¡Hola pequeña idea! ¿Se puede saber qué coño haces chocando entre mis neuronas? ¿No ves acaso, que estoy descansando de cosas como tú?
No te quiero, eres egoísta como todas.
Te engordarás, te harás enorme.
Aplastarás otras ideas más tranquilas que están ahí, pasando el tiempo distraídas, cada una en su neurona, en su propia célula. Discretas.
Moléculas de imaginación…


Y llegas tú como un cáncer, expandiéndote. Como un virus invasor que se hace omnipresente.
Y me obligas a dejarlo todo de lado para hacerte sólida, entendible.
No tienes corazón maldita idea egoísta.
Hagamos un trato: yo te doy forma ahora mismo, te doy cuerpo con palabras, te leo a través del papel y cuando ya se libere con ello espacio en mi cerebro, te conservo para siempre en mi libreta; como mi creación que eres.
Así que no te resistas y cuando seas letras y tinta, deja de oprimir, de ocupar espacio.


Serás así más eterna (es que en cualquier momento moriré, no soy una guarida segura) que mi pensamiento, que mi cerebro.
Porque a veces temo no ser capaz de escribir toda esta fuerza que siento. Temo ser devorado por cosas como tú.
O por un tiempo seco y árido…
Por este mundo real.
Sin ideas.


Ahora son propuestas, los malditos seres que en forma son parecidos a mí, sólo crean propuestas; propuestas colectivas para que nadie pueda atribuirse un error. Nada individual. Es la miseria, la mierda de muchos cerebros estúpidos.


Una idea individual, arrolladora y que desprecia todo lo demás es algo anómalo.
Incluso penado por la ley. Moriría por ti.
Las propuestas son una intención, un proyecto de idea que apenas presiona en las mentes de millones de idiotas. Y son tan sólo eso, conatos de actos.


Por eso, idea mía, no pulses más en mi cabeza; dame tiempo a plasmarte en el papel y hacerte casi eterna y tangible.
Algo raro, algo espectacular en estos tiempos.
Quiero ser un puto dios en estos tiempos de fariseos.



Iconoclasta


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