19 de septiembre de 2005

Una piedra (runing stone)

A veces uno camina distraídamente y le da una patada a la piedra que se encuentra en su camino.
La piedra le dice que no está bien ir dando patadas a las piedras, mientras se aleja rodando, casi irritada.
¿Qué se le puede contestar? Pues nada, se le pega otra patada y tarareamos a Dylan con su rolling stone.
Un runing stone.
Una simple asociación de ideas, no puede hacer daño. Se ha de sonreír ante la ocurrencia.
Hay días que el ingenio se apodera de nosotros de la misma forma, que la estupidez se cierne sobre el pequeño cerebro del triste conductor que mata a toda su familia al salirse de la carretera.
Así de inopinada y sorpresivamente.
Súbitamente.
Súbita como...
Se debe tomar nota de esa ocurrencia ingeniosa y jamás creer que las piedras hablan.
Sólo se quejan, no quieren ni buscan conversación.
Ojalá pudiera la piedra apartarse del camino (piensa ella); la pobre.
Ojalá pudiera usar su experiencia para salvarse de la patada.
Ser un rolling stone por voluntad propia y no por voluntad de algún caprichoso cualquiera. Sólo quiere ser eso, un runing stone; nada más, una piedra con capacidad de rodar por ella misma. Sin deseos de pensar, reír, hablar o sentir.
Un simple rodar cuando haga falta, cuando sea necesario.
Lo neceseario para no llorar súbitamente.
Súbita como...
Ser justo lo necesario para no tener ingenio y no parecerse al gracioso de la patada.
A ése que teniendo la libertad de movimiento y albedrío no puede evitar patadas de otros.
¡Maldita piedra y maldito ingenio!
Estúpidas reflexiones de una simple patada.
Hace mucho calor, hay mucha verticalidad en el sol y no es necesario gastar energías en dar otra patada. Ya se suda lo suficiente sin dar patadas.
La piedra parece esperarle en mitad de su camino, incluso parece jadear tras los metros que ha rodado.
Llega a ella y le pega otra patada que la lanza a rodar erráticamente por la ancha acera de la arbolada avenida. Esquivando otros pies.
Súbitamente la piedra, el runing stone, cambia de dirección.
Súbita como...
La piedra acaba estrellándose contra el pie de granito de un banco.
La piedra se parte en tres trozos con un quejido ¿lastimoso?
Parece haber sangrado. Como si hubiera habido muerte.
Y la sombra de la pena se dibuja en su mirada, como si un viejo amigo hubiera muerto.
Da algo de pena, tanto ingenio a cuenta de la pobre piedra.
Se ha roto de forma súbita.
Súbita como...
Hace dos meses que encontraron al pequeño Ramón muerto en su cama, un domingo.
Pálido entre las sábanas que ahora hacían de sudario. Y la boca tapada con ellas como a él le gustaba.
La mortaja.
Pálido y frío. Pálido como la cera.
La vida le pesa como una losa.
Frío como el metal, un frío que le congeló el brazo y el corazón al tocarlo, al abrazar y besar y acariciar su cabello muerto. A su mujer muerta en llanto y gritos. Ni un sólo hálito salía de la boca de Ramón, ni un poco de calor arrancó de su cuerpo muerto.
La muerte súbita.
Estaba dormido y no pudo apartarse del camino de la muerte, no pudo convertirse en un runing stone.
Y sus pulmones se olvidaron de respirar, de coger aire.
Angelito... (a veces su mujer dice esta palabra y él pierde un latido de corazón).
Ellos dormían tan tranquilos al otro lado del tabique mientras Ramón se apagaba. Se moría.
Una súbita muerte de la muerte súbita. De una piedra, de un runing stone que no era necesario ser sacrificado.
Cuatro años de vida, de amor por el pequeño Ramón... Y ahora ha de dedicar el resto de su vida, todos sus años al dolor, a la ausencia de su hijo. A olvidar su voz y sus risas. Y los llantos que a veces le partían el corazón.
Su hijo murió con la misma facilidad y sorpresa que la piedra.
Ahora él es una piedra, y no tiene ganas de correr, de rodar.
Y la vida se afianza en sus hombros dejándose caer en ellos con todo su peso; se nota en su espalda encorvada.
Detiene sus piernas ante la valla que le separa de una profunda sima, de los cimientos de una obra en construcción 25 metros abajo.
Los hierros retorcidos del forjado de los pilares parecen querer subir. Son como nervios rasgados que afloran de un muñón seco y encostrado.
No quiere ser piedra (runing stone), apenas una sonrisa interior aflora ante el ingenio.
¡Ja!
Quiere ser ángel, como su hijo, está cansado de patadas.
De un rodar errático y doloroso.
Y sorteando la valla se sitúa en el borde del abismo. Otro acceso de ingenio que le hace sonreír.
Ahora ha de hacer el salto del ángel.
Una simple asociación de ideas.
Extiende los brazos en cruz, junta las piernas y las mantiene rectas. Su pecho se ensancha tomando aire y con un elegante impulso se lanza al vacío, siente en el vuelo como todo el peso de la vida desaparece de sus hombros al mismo tiempo que las negras terminaciones nerviosas de los muñones evitan que toque suelo.
Iconoclasta

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