4 de septiembre de 2005

Pesadilla

Es una rambla oscura porque el día es tan plomizo que se pierde la noción de la tarde o la mañana; la luz es tan mortecina que el gris se pega a la piel como una infección del espíritu. El paseo central está atiborrado de gente. Dos calzadas para el tráfico y dos aceras laterales, estrechas. Llenas de comercios.

Hay algo en todo esto que me da escalofríos, yo no debería estar aquí. El aire húmedo y pesado me agobia y camino al lado de alguien que no se quien es. Pero no me siento aliviado por su compañía.
Me esfuerzo en dominar el impulso de salir de aqui. Debo ser valiente. Es sólo un sueño.

En la calzada central relinchan unos caballos que no estaban allí hace unos segundos. Forman una reata larga, una caravana de viejos caballos sucios y enormes. Decadentes. Cuando se mueve el primero a la orden de algún hombre vestido de negro, el resto de animales levantan sus cascos para avanzar. Sus lomos se mueven indolentes, cansados.
Dan miedo. Son al menos 12.

Esto no va bien. Quiero despertar, es un sueño de esos que se quedan latentes durante el día, durante la vigilia. Rondando y anidando en el cerebro. Quitando espacio a lo trivial y sencillo. Devorando cordura y alegría.

La gente se aparta de esos animales e invaden la calzada por la que bajan los coches; algunos caballos de la larga reata bajan a la calzada también.
Uno de ellos se halla a pocos metros frente a mí y deberé pegarme a la pared para no rozarlo. No quiero tocar esos extraños caballos.
No quiero mirarlos. No quiero que mi propia mente cree cosas horribles.

Y yo estoy ahí en el sueño, en un universo feo y apático. Abandonado a mí mismo, quiero que venga mi padre y me ayude.

Cuando llego a la altura del caballo, es tarde. Ya lo he visto. Yo no debería escribir esta obscenidad. Llevo todo el día con esa imagen, llevo forzando mi cerebro a que elimine esa imagen. No quiero ver más la cabeza de hombre cosida al costado del caballo, alimentándose de su sangre y sus fluídos a través de gruesos capilares artificiales.

La cara amoratada, hinchada y llena de costras abre los ojos desmesuradamente y los músculos de la cara se mueven formando horribles muecas de una condena, de un dolor nacido de querer seguir viviendo. Miro los ojos del ¿hombre? y él me devuelve la mirada esforzándose por clavar los suyos en los míos. Yo siento un asco y un terror totales.
No es un hombre bueno, no la ha sido nunca. Puedo sentir sus pensamientos pútridos infectando los míos.

Yo me quiero ir de aquí, quiero abrir los ojos y encenderme un cigarro.
Que angustia...
Y en su mirada puedo ver su orgullo insano de estar vivo; es un monstruo egoísta y repugnante. He catado la locura de una cobardía a la muerte que va más allá de mi comprensión y se aloja en mi estómago para crear una náusea interior que me encoge las tripas.

No quería ver eso, estoy sobrado de conocimientos no quería saber de esa mirada, de esa voluntad de vivir por cualquier medio, a cualquier precio.
No puedo evitar fijar la vista hipnotizado cuando la respiración del caballo lo incomoda; cómo su breve cuello injertado en el costado del caballo parece desgarrarse y la serosidad de unas heridas húmedas que nunca sanarán dan el toque de color en todo este gris.

Sus ojos están derramados en sangre por el traumático injerto. Su boca se mueve intentado hablar, pero ni aire sale de allí. El caballo se mueve y sus ojos se cierran durante un segundo y la cabeza se agita inerte, como una garrapata enorme colgando del animal, bamboleándose con cada paso.
Sigo avanzando, el hombre que conduce la caravana sale de una pollería en la que varios dependientes posan en el mostrador, limpios y arreglados. Veo sus caras pálidas y atemorizadas, parecen contar los caballos que pasan ante ellos. Una chica con delantal blanco y remates azules se lleva las manos a la cara para no mostrar sus lágrimas y el temor a la visión.

Porque la cabeza es el dueño de esa pollería y acude a visitar su negocio, a decirles a sus empleados que aún vive.
Lo sé porque es mi puta pesadilla.

No he podido sacar de mi mente la imagen de ese rostro deforme que movía su boca incontroladamente pendiendo obscenamente del caballo.
No puedo borrar de la mente los ojos locos de ese ser repugnante y su mirada que reprocha con ferocidad mi asco.
Ni puedo dejar de sentir una pena dolorosa por esa chica que asustada se tapa los ojos para no ver ese horror de vida. Esa insania de un ser que vive a toda costa.

Me he despertado asqueado, no he podido permanecer ni un segundo más en la cama y he cerrado los ojos en el sofá intentando volver a dormir para que ese sueño fuera borrado por otro.
Y aquí lo dejo, como si el blanco fuera un atrapasueños, un conjuro contra la angustia más atroz.
Buen sexo y felices sueños.
Iconoclasta

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