10 de septiembre de 2005

Mi nómina o un descenso directo a los infiernos

Trabajo en una empresa que fabrica condones y yo soy el control de calidad, una vez fabricados me los pruebo y si no pierden ni tienen agujeros los vuelvo a meter en su bolsa y la sello. No es debido a que mi pene sea grande, todo lo contrario, es tan normal, tirando a miserable que soy el patrón de medida normal para todos los varones del mundo.

Y estaba yo tan ricamente enfrascado en mi faena cuando vi que se acercaban las dos tías buenas de recursos humanos con las nóminas y algo más en las manos. Se trataba de una calculadora de doble pantalla que convierte los euros a pesetas y al revés; porque no se fían que nuestro cerebro sea capaz de llevar a cabo semejante operación. Sirva de avance el hecho de que mi calculadora, comparada con las de los otros colaboradores tenía 3 dígitos menos y la risa sarcástica de las tías buenas no me hizo más que pensar un segundo debido a lo concentrado que me hallaba haciendo mi trabajo.


Fue cuando acabé mi jornada laboral y dirigiéndome al metro cuando, se me ocurrió ver la nómina. Nunca lo hago porque es algo que tengo asumido (lo que cobro). Cuando vi la primera cifra de 4 dígitos y dos decimales; entré en bucle cerrado y no paré de decir: "joder", mi mundo se hizo pequeño de golpe; creía estar dentro de una pesadilla y no conseguía despertar.


Toda mi vida desfiló delante de mis ojos en unos segundos. Me fue imposible despertar de nuevo y comenzar un nuevo día sin que al final de la jornada mirara la nómina en euros; era asquerosamente real.
Lloré y blasfemé. Insulté a mi mujer, a mis hermanos, primos/as y a mi madre. Grité de dolor y clavé mis rodillas en el suelo con el sentimiento del que ha sido violado y se siente sucio por dentro.
Elevé mis brazos al cielo y grité: "me cago en dios, la madre que los parió".


Un hombre se me acercó, su pelo era castaño, con barba castaña y túnica no castaña, si no blanca; sus ojos eran la bondad personificada y de un color verde intenso casi tan guapos como los míos; apoyó su mano en mi cabeza como si fuera su discípulo y díjome: "Tranquilo, todo se arreglará, busca la paz en tu interior.
Yo alcé mis ojos hacia él y díjele: "Encima no me toques los huevos, coño. Vafanculo*". Me sentía desgarrado.
Y esto me ha pasado hoy.
Suerte que he tenido una conversación erótica con una mujer sensual y tremendamente excitante, una auténtica bomba. Esto ha conseguido que el día no acabara en tragedia, aunque me haya salido un poco caro en teléfono.


*expresión italiana, pronúnciese como está escrita, es algo de culo.

Iconoclasta

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