25 de septiembre de 2005

El follador invisible: En el manicomio

Era la más bella, orgullosa y engreída. Una futura modelo que mostraba con sus pantaloncitos de tiro bajo el inicio de un rasurado pubis.
Yo se lo rozaba bajo la mesa de la terraza del bar en el que se reunían a la hora del almuerzo. En el descanso entre clases, mientras reían con simpatía por nada en concreto.
Cuando sentía mi caricia se metía la mano discretamente bajo el pantalón y con sus uñas rosas se rascaba aquella piel tierna e hidratada. Maquillada para que no se vieran los pequeñísimos pelos que tendían a crecer.
Eliana se llamaba, lo sé por sus amigas de la escuela de modelos. A veces me acerco allí para excitarme y masturbarme. Muchas de ellas están calientes como perras y se besan y acarician en los vestuarios del gimnasio. Y claro luego pillan a un tío y literalmente lo devoran.
No son tan delicadas como aparentan con sus sonrisas cordiales de buenas nenas.
Ni tampoco son lo inteligentes que se creen. Si las vierais masturbarse con esa violencia y prisa. Van a mil por hora, maltratan sus coños como yo lo haría.
Y yo saco mi polla justo enfrente de ellas y me masturbo, les salpica mi semen invisible y se limpian algo que no ven con suma extrañeza.
A veces están tan empapadas y concentradas haciéndose pajas que cuando les rozo un pezón, ellas lo vuelven a tocar otra vez para sentir ese placer pero; no es lo mismo.
Eliana era posiblemente la más sensual, siempre extremada y buscando las miradas de los hombres. Sus pezones normalmente estaban erizados y cuando iba al lavabo, aprovechaba muchas veces para mirarse al espejo, meter las manos por dentro de las bragas y olerse los dedos después.
La seguí hasta su casa, y saludó jovial a su madre, le contó las idioteces del día y tras una ducha se estiró en la cama con una simple camisa holgada de alguno de sus ligues.
Y la acariciaba cuando cerraba los ojos para dar una ligera cabezada, y ella se despertaba sobresaltada.
Las primeras veces había terror en su mirada y salía corriendo de la habitación para ver si podía ver en el pasillo a alguien.
Pero yo insistí día a día. Durante dos semanas la sometí a caricias cada vez más prolongadas. Ella acabó dejándose hacer con sus piernas abiertas, con los ojos enfocando a todas partes. Se acariciaba ella misma el coño cuando veía como sus pechos eran deformados por mis labios.
Llegó a presionar mi cabeza entre sus piernas para que la lamiera más profundamente.
Dejó de tener miedo y pasó a desearme. A mí no, sino a ese placer.
Se filmaba así misma cuando yo la follaba, sacaba primeros planos de su vagina dilatada, de ese agujero negro que se movía con cada embestida de mi pene.Y llegó a desear esas sesiones de sexo con vehemencia, perdió la sonrisa y llegó a encerrarse en su habitación durante horas y días esperando que la follara, que le lamiera el coño y mordiera sus pechos. Quería verse follada por nadie en las películas que filmaba. Yo de vez en cuando le dejaba oír mi ronquido de placer al eyacular.
Y sus padres comenzaron a preocuparse en el momento en el que dejé de visitarla tan a menudo. Lloraba sin previo aviso y se encontraba nerviosa, extremadamente nerviosa.
No encontraba el mismo placer con hombres normales. Folló como una bestia en celo y se ganó una importante infección vaginal.
Ella lloraba, decía que ya no sentía su coño latir solo.
Que había perdido la capacidad de imaginar sus propios placeres. Se sumió en una profunda depresión y su madre encontró todas las filmaciones que se hizo así misma.
Las venas de sus brazos estaban destrozadas de tantos pinchazos para inyectarse la droga que la llevara a aquel placer extremo. Una droga que no existía.
Ahora está en el manicomio, está atada a la cama porque la última vez que se masturbó pensando en aquellos placeres, se metió un bolígrafo y se hirió la vagina al penetrarse con un ansia enferma.
Cuando su madre la visita, ella llora y le dice:

-Ya no me folla, mamá… - y la infinita tristeza que expresan los ojos de la madre, se podría cortar con un cuchillo por lo patente que es.

Y me gusta así atada a la cama.Es de noche, fuera del horario de visitas y cuando las enfermeras ya han administrado la medicación y se relajan.
Le aparto la sábana ante su mirada atónita; ante sus ojos ojerosos y vacíos de voluntad por los sedantes levanto su camisón y bajo sus bragas.
Y empieza a suspirar, su cuerpo debilitado y esquelético se convulsiona cuando mis dientes acarician sus pezones indefensos, cuando presiono llevándola al límite del dolor.
Cierra los ojos cuando ve como su vientre se hunde al apoyar mis labios para mojárselo con mi lengua, dirigiéndome a su ahora velludo pubis.
Y jadea, suspira:”Así mi dios, así mi demonio; que no pare." Abre sus piernas y se muerde los labios cuando mis dedos abren su coño para poder pasar mi lengua por su raja brillante.
Se lacera las muñecas con los grilletes de velcro cuando la penetro con fuerza, haciéndola expulsar el aire con cada embestida.
Y grita, grita cuando le viene ese orgasmo empujado por mi polla invisible, cuando nota la corriente cálida de mi semen por sus muslos. Se abandona cuando mi lengua se mete en su boca.
Apenas le he sacado la polla entra le enfermera y le inyecta un sedante en el brazo.
Cuando nos quedamos solos y se le cierran los ojos, le susurro:

-Volveré a follarte Eliana, llámame cuando tu coño esté caliente. Grita cuando necesites que mi polla te llene.
Y se queda dormida, sonriendo.

Posiblemente le inyectarán otro chute de psicotrópico cuando empiece a pedir a gritos que la follen.
Posiblemente, de aquí en mucho tiempo, cuando la quiera follar, estará tan fea y demacrada que no le acariciaré ni el pelo.
Porque hay más seres con los que gozar. Y éste se ha acabado ya.
Iconoclasta

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