6 de septiembre de 2005

El cementerio de los deseos

Hay un agujero en el mar, en el océano profundo.
Lo asegura mi mente febril. Sólo los malditos conocemos de su existencia. Malditos somos porque sabiendo de su existencia, no lo hallamos.
Nos sentimos perdidos, olvidados.
Ajados por mil putadas, por mil errores.
Primero fue una leyenda infantil que se filtró en mi mente, luego fue un deseo romántico. De adulto se ha convertido en un hecho absoluto. En la certeza de que hay esperanza.
Tantos errores y momentos no deseados...
Es como una fatiga esta acumulación de fallos.
Hundo los dedos de los pies en la arena fresca buscando profundidad y humedad.
Una lágrima cae desde la mejilla y hiere cruelmente la arena dejando un profundo cráter. Llorando parezco un dios creador de simas de pena y ansia.
Volcanes de la frustración...
Las lágrimas densas y abrasivas se concentran en algún punto del mar asesino y creador de vida.
Ha habido tantas lágrimas que en algún punto del insondable han creado un sólido túnel apartando las aguas a su alrededor.
Cada lágrima ha destilado su deseo, su amor, su añoranza precipitando todo eso en el fondo de ese túnel.
Hay un agujero por el que meterse...
Allá, al final de ese túnel fabricado con desengaños, dolores, deseos incumplidos y encuentros prematuramente perdidos; hay un cementerio de deseos.
Maldito agujero que no veo. En los atardeceres del otoño es cuando el sol da relieve al mar. La franja anaranjada que el sol tiñe en la superficie es una llanto al rojo vivo; la pena del sol al morir de nuevo. Que se joda el sol como yo me jodo.
Estoy aquí para encontrar el agujero.
Llorando lágrimas que lo hagan más grande y sólido.
Visible.
Las lágrimas que desprendo surcan la superficie con una dirección decidida. Siempre la misma.
Tal vez son visiones mías. Tal vez el ansia de realizar mis deseos, de enmendar errores engaña a mi mente y da vida a mis líquidas frustraciones.
Pero yo sé que existe. El cementerio de los deseos existe.
Es por ello que te he escrito estas últimas palabras. Llegaré allí y desenterraré toda el ansia, todos mis deseos, mis penas. Mi afán de ti...
Cuando encuentre el agujero me precipitaré por el túnel. Y cuando haya llegado volveré a nacer muy cerca de ti. Y naceré antes que tú, para identificarte, para controlarte, para enamorarte día a día desde el principio.
No me equivocaré.
Te sonreiré aunque no me mires, me acercaré a ti para hacerme notar.
Serás mi objetivo.
¡Malditas sean tantas palabras escritas y no pronunciadas! Cada una de ellas es un error. Un error el no haber sido pronunciadas frente a ti.
Y si dios no existe, es culpa mía, entonces.
Es mi error, el de mis padres, el tuyo.
¿Por qué me dejaste escribir unas primeras palabras? La hemorragia no ha cesado desde entonces.
Y ahora debo encontrar ese agujero.
Y no me esperes, mi vida. No te escribiré más. No leerás nada de mí. No más palabras escritas.
Cuando me precipite por ese agujero, cuando los deseos llorados me acojan, el mundo entero cambiará. Unos seres no nacerán y otros nuevos, tal vez ocupen su lugar.
Cambiaré el mundo por ti.
No quiero llorar más, no es justa esta medida de desconsuelo. Es tan eterna como lejana tu presencia.
Cuando seamos niños nos sonreiremos sin saber porque.
Cuando seamos hombre y mujer nos diremos que nos hemos encontrado de nuevo. Será una broma de enamorados; un guiño que nos haga pensar en aquel agujero que nos llevó en otra vida al cementerio de los deseos.
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El hombre se zambulló en la fría agua de la playa, y nadando seguía el reflejo del sol. Una sombra viviente en la superficie del mar. Y cuando se perdió en el horizonte, un agujero de fluido sólido lo atrapó hundiéndolo, anegando sus pulmones con un líquido tibio que confortó su cuerpo frío.

Pequeños seres como gotas de lágrimas lo empujaban a la profundidad y él se dejó llevar. Se relajó con una sonrisa muriendo entre sus deseos. En otra lejana playa, una mujer vio como el sol se apagó y se sintió arrancada del mundo.
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El pequeño Raúl se acercó a la amiga de mamá.

- ¿Cómo se llama el bebé? - preguntó a la madre.
- Rosarito.
- ¿La puedo ver?
- Mírala.
Cuando la madre acercó al bebé a la altura del pequeño Raúl, éste cogió una manita y la besó.
- ¡Qué mono...! Mira, Luz, mi hija ya tiene novio. Vamos a ser consuegras dentro de nada.
Y el pequeño Raúl sonrió con ellas porque ellas reían y le contagiaron. Rosarito abría y cerraba su manita; tal vez saludando sin saberlo.
El pequeño Raúl pensó que todo estaba bien así. Y sintió ganas de crecer, de ser mayor. De reír como su madre lo hacía ahora.

Iconoclasta

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