30 de julio de 2015

Vengo a amarte


¡Hola, vengo a amarte!

Sé que es raro y podría decirse que precipitado.

Al grano.

He quemado mucha vida ya y si no aligero los trámites no tendré tiempo a ofrecerte la fuerza que aún poseo, me refiero a la pasión. No vayas a pensar que me voy a poner a realizar una exhibición gimnástica. De ahí estos cohetes propulsores que llevo a la espalda. Tengo prisa como el Coyote por cazar al Correcaminos.

Está bien, mi cultura es un tanto básica, pero  lo puedo arreglar leyendo a Nietzsche o a Kierkegard, incluso a Stephen King.

Opción A: Puedes amarme de buena fe, sin miedo, porque en esencia soy bastante corto e inofensivo (pero hasta cierto punto, no te frotes las manos con esa sonrisa endiabladamente hermosa).

Opción B: Me envías a la mierda sin ningún tipo de alegría ni sutileza. Ya te digo que el tiempo apremia para todo.

Porque si optas por la B, emplearé dos semanas en hundirme: me insultaré cruelmente frente al espejo todos los días, todas las horas. Caminaré hasta que me sangren los pies y aguantaré los cigarrillos encendidos entre los labios, todo el tiempo que ardan, para que me escalde y enrojezca el humo estos preciosos ojos verdes que dios me ha dado. Seré absoluta, decidida y tenazmente cruel conmigo.

Lo juro por la vida de los vecinos de arriba que dejan la escalera perdida de meados de perro.

Si optas por A (no sería nada extraño dada la calidad de la mercancía que te ofrezco rápidamente) no te asustes. No habré muerto ni mi cerebro habrá sufrido parálisis.
Simplemente se tratará de un ataque de virulenta emoción. Fulgurante y aguda como el sarampión de los niños. El babeo pasará en dos minutos, no te vayas a pensar que siempre será así tu hombre. Y la erección no indicará un exceso de lujuria, soy romántico hasta el empacho.

Lo que ocurre es que el pene se olvida que forma parte del conjunto de órganos del resto del cuerpo y se luce por su cuenta, independientemente que el alarde sea justificado o no a sus proporciones.

Dijéramos que es orgulloso; pero no vanidoso.

Somos dos buenos tipos en general.

En cuanto pase mi patético marasmo, besaré esos maravillosos labios que me enloquecen, te tomaré la mano y te diré cuanto te quiero haciendo cosquillas en tus oídos. Te contaré lo que he esperado y soñado caminar de la mano de mi bella amada. Luego compartiremos todo eso que llaman vida y dentro de unos años (espero que muchos) serás una feliz viuda. Esto último, es el típico toque de tragedia que todo romance intenso y devastador que se precie de serlo, ha de tener como contrapunto a tanta felicidad que podría rozar la cursilería. Está todo controlado, mi amor.

¡Qué nervios!

Vaya...

He de confesar que la opción C: quedarme hablando solo, no la había previsto.

Ni que le hubiera estado vendiendo un seguro...

La tomaré como la opción B: a la mierda sin ningún tipo de alegría ni sutilezas.

¡Maldita sea...! ¿Qué habrá salido mal?

He de comprar colirios.

Vaya dos semanas me esperan.

Si pongo un circo me crecen los enanos.





Iconoclasta

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