29 de enero de 2012

Aquel vacío




A la bendita soledad y silencios
de mi Iconoclasta.

Su vacío lo mantenía lleno. Lo ilógico le sentaba bien. La decepción es su alimento diario y entre nubes grises trenza su sonrisa todas las mañanas para sostener el gesto retorcido y la mueca arrugada.
Sus ojos, se han secado. Podría contratar al cirque du Soleil en un evento privado para cantarle “Alegría” y seguirían cayendo trozos de costras desde sus pestañas. La tonta contorsionista hizo el esfuerzo de su vida pero su gracia solo la ridiculizó ante el gesto acartonado del hombre.
No teme, no le duele. Secciona día a día, milímetro a milímetro sus dedos con la navaja de cuchilla intercambiable. Tira gestos al aire de desgano mientras secciona el tendón de su dedo índice. Y cuando las heridas cicatrizan y sus manos son guantes hemoglobínicos, practica el movimiento con ellas haciendo rodar entre sus dedos el dado viejo de marfil para terminar de borrar los puntos, terminar de borrar todo.
El dado cae y una gota de baba que se desliza desde sus labios moja el punto negro de una de las caras. Recuerda cuando su lengua se deslizaba en el ano abierto de ella y sus dedos abrían sus contracciones.
Ha sacado la lengua sin querer cerrando los ojos. Odia los recuerdos. Nada le ha regresado ese tiempo.
Hay una habitación en la que solo el entra cuando nadie le ve. La puerta que empuja solo puede moverse con la fuerza que él tiene, esa es la llave, la contraseña para adentrarse. Sale de ella con los zapatos empolvados, arrastrando gruesos granos de arena de su playa. Suda y ya no se sofoca. Un halo de sal en nube le devuelve el aliento. Nadie conoce la habitación pero a veces se logran escuchar ladridos, risas y notas sueltas.
El vacío le tiñe los dedos de un tono amarillento y tritura cenizas de agonía en la piel que no se carcome. Se sabe eterno y desearía una septicemia para tener algo que vomitar, una ligera febrícula que le diera señales de no vida.
Eyacula sin tocarse y el suelo se astilla con las gotas que recibe de su semen, pesado como el plomo. Todo en él pesa.
La decepción no implica el deseo y sus dedos se agitan involuntarios frotando un clítoris invisible mientras duerme. Cree escuchar gemidos y la ausencia de la calidez en su piel lo despierta para levantarse con rabia y meterse en la tina quemando su piel con trozos de hielo. La memoria no borra las caricias dadas, podría desollarse entero y colgar el traje de su piel en el perchero de púas, pero la esperanza gana en silencio y se disfraza de orgullo con la clámide arrugada de cartón.
Olvidó el término temor y su vida se alarga lejos de su voluntad.
Se inyecta furia en las uñas con la jeringuilla sucia de la vieja puta que compró hace unos años. Ha comprendido que los anticuerpos no están de su lado, son fuertes como él, invencibles…
Ensaya la farsa de una sonrisa frente al espejo. Acomoda cada uno de los músculos de su cara. Con golpes de cemento modela gestos duros para que nadie pueda cambiarlos y no haya cincel que lo esculpa.
Nada queda afuera, solo existe aquel vacío que lo inunda y lo inmortaliza. Es la brevedad de una respiración y el trozo duro de pan que lo alimenta. Es tan necesario como la muerte misma.
Rompe sus nudillos en las paredes mientras camina con ellos queriendo arrastrar vida. Pedazos de vagina a sus pies. Ella ha muerto y la impotencia de no poderla eternizar no le brinda más que tristeza sin llanto. Furia y más furia.
Un silencio callando a otro.
Ha abierto de nuevo la puerta, tal vez hoy un respiro de mar le devuelva la muerte, el vacío deje de llenarse y la noble sonrisa del orgasmo compartido al fin gane para lograr su sueño.

Aragggón

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