24 de diciembre de 2011

Una puerta se cierra y otra se abre


Una puerta se abre y otra se cierra.
Menuda mierda… No creo que haya una sola puerta buena.
La que se abre muestra a alguien muerto y da miedo, me mira ferozmente con sus ojos en blanco, con su cabello lacio enmarcando una cara demasiado oscura con una boca en forma de “o”, una mueca furiosa de odio y asesinato. Todo lo que hay más allá de su cara es oscuridad.
Me da pánico su mudo grito, su dedo que me señala.
¿Hay otra puerta? Ofrezco tres meses de vida. ¿Es suficiente para comprar una nueva puerta?
Se cierra la puerta y se abre otra. Durante ese instante he sentido como Dios me arrebata ese tiempo de vida. Me ha dolido en el corazón, no he podido respirar.
La puerta abierta da a un lugar hermoso, una montaña de suaves laderas poblada de altos abetos con una cima nevada.
Heidi podría estar allá arriba.
Hay una casa de madera y dos coches aparcados. Un perro me ladra contento moviendo la cola. Está bien, me gusta.
Avanzo hacia ese paraíso aplastándome la nariz contra el vidrio invisible que hay en el umbral. Es infranqueable.
El perro gira la cabeza mirándome con curiosidad y yo lo observo a través de la mancha de sangre.
Dios se ríe. Yo diría que se está revolcando de risa.
Bueno, no importa, aún tengo vida.
Es un macabro monopoly este juego de puertas.
¿Hay otra puerta? Ofrezco otros tres meses de vida.
Antes de cerrarse la puerta un hombre alegre y contento que aparece de algún lugar de la oscuridad que me envuelve, pasa por la puerta. Tiene más suerte que yo y corre hacia la casa con el perro jugueteando a su alrededor. Es un santo varón: no fuma.
Le ha debido de comer la polla a Dios.
Es una putada.
Caigo de rodillas al suelo, es como si una mano me exprimiera el corazón. Y por primera vez en muchos años lloro por un dolor físico. Creo que no se ha llevado tres meses de vida; me ha quitado al menos siete.
Dios es un ladrón.
Se abre otra puerta y observo con desconfianza su lento movimiento.
Un niño me mira y me acerca sus manos para que las tome. Se encuentra en una playa solitaria. Hay un mar tranquilo que impregna mi nariz de olor a sal y arena. El sonido de las olas me relaja y calma el dolor del tiempo de vida que Dios me ha robado.
Parece un buen lugar.
El niño debe tener unos siete años. Su piel es muy blanca, su pelo negro está sucio de arena. Sus ojos son oscuros como una broma de mal gusto en esa tez tan pálida.
¿Cómo puede ser tan blanca la piel bajo el sol? Y pienso en un cadáver al observar sus manos arrugadas e hinchadas como si llevara horas en el agua. Sin embargo está seco.
—Ven conmigo, es una bonita playa.
Dudo en cruzar la puerta porque su voz está llena de dolor, habla entrecortadamente, con pesar. Con un respirar fatigado. La voz es ronca.
No hay nadie más en la playa y el ruido tranquilizador de las olas ha cesado. Esa puerta se ha quedado sin sonido.
Dios no hace bien las cosas.
—¡Ven! —me vuelve a decir con urgencia.
Sus dientes están rotos, su lengua llagada.
Un escalofrío baja desde mi corazón a la polla y me la hace pequeña. Da media vuelta agitando sus manos descoordinadamente, haciendo ademán de ser seguido.
Toda su pequeña espalda es un hervidero de cangrejos que anidan en profundas llagas. Cangrejos sucios que chascan sus pinzas manchadas de sangre y tejido.
El niño llega al agua y da media vuelta para mirarme de nuevo a los ojos.
Abre la boca para gritarme algo; pero sus ojos se abren con sorpresa cuando se le desliza desde el interior de su boca una morena negra como la muerte dilatando y deformando su cara, cuando el animal cae al agua, de la boca del niño sale una gran bocanada de sangre. Se lava la cara con el agua rosada que moja sus pies, cierra los ojos y vuelve hasta el umbral de la puerta.
Con el mismo gesto de la primera vez y sin recordarme, lleva sus manos hacia mí.
Pienso en el eterno dolor y que la inocencia no libra a nadie de la tortura y la maldad. La inocencia es campo abonado para los hijos de puta.
Confirmo que Dios es un degenerado, una mente poderosamente narcotizada.
Cierro la puerta de una patada y no con malhumor, sino con una inquietud de pesadilla. Lo malo es que no sueño.
Yo estaba trabajando hace un rato, tal vez una hora, en un taller de electromecánica. Reparando el motor un millón de mi vida, con el cigarro colgando de mi belfo y las manos sucias de polvo y grasa vieja. Meditaba con calmada fatalidad que estaría toda mi vida reparando motores, hasta que los dedos se desprendieran de las manos cansados de hacer siempre lo mismo.
Dios me arrancó de allí, hace una hora, tal vez una eternidad.
Echo de menos los motores. No me gustan las puertas, no me gusta la carpintería.
—¡Has sido elegido para El Juego De Las Puertas Alternativas A Mundos Exóticos Para Desencantados De La Vida Que Les Ha Tocado Padecer! —dijo con su atronadora voz de subnormal ricachón.
—Vaya porquería de nombre tiene el dichoso juego —dije en voz alta hace unos minutos.
Solo un Dios con todo el tiempo del mundo podría inventar semejante juego con un nombre tan maratoniano.
Un Dios imbécil.
Aún tengo las manos sucias y tabaco en el bolsillo.
Dios dijo algo así como: “cretino” y yo respondí que me la chupara. No soy bueno con la cuestión de la humildad y la obediencia. No me deslumbra nadie.
He encendido un cigarrillo y Dios no me lo ha apagado.
Menudo detalle…
Aún está en mi cerebro la imagen del niño de la playa con su espalda repleta de cangrejos que chascan sus pinzas: clac, clac clad… Obscena como la espalda de un sapo llena de huevos. La negra serpiente escurriéndose de su boca…
Es mejor vomitar, aunque no es mi decisión, es cosa del estómago. Mi cigarrillo ha caído entre el vómito.
Me siento afortunado de ganar dinero para tener siempre una cajetilla en el bolsillo y enciendo otro.
Me lo fumo entero, sin decir nada. Tampoco tengo demasiadas ganas de hablar y menos con un Dios mierdoso.
—¿Quieres otra puerta? —me ofrece Jesucristo mostrándome sus perforadas y sangrantes manos.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Te quedaste con la primera puerta que abriste?
Cristo mira hacia el techo (si es que lo hay) y como un niño malcriado grita:
—¡Papaaaa…!
Un chorro de luz del tamaño de la torre Eiffel lo eleva sacándolo de mi campo de visión.
—¿Qué pasa si no quiero ninguna puerta?
—Te traeré y crearé todos los motores del universo hasta que mueras reparándolos sin descanso.
Dios es un cochino explotador.
En el taller (debe estar aquí cerca camuflado tras lo negro que me rodea) gritan mi nombre. Se preguntan donde puedo estar: es hora de comer.
Y yo me pregunto sin demasiado interés que pasará con mi esposa, mis tres hijos y mi amante.
Creo que no voy a volver a ver a nadie conocido en las próximas eternidades o ratos que me quedan de vida. No importa demasiado, me parece todo un craso error: no debería haber sido mecánico, no debería haberme casado, no debería haber tenido hijos y no debería haberme buscado a una puta con la mierda que cobro.
Si lo pienso bien, cualquier puerta por mala que sea me irá bien; seguro que me deja en otro lugar, en otro tiempo o la puta dimensión que sea.
Cuando Dios te abduce, nunca te devuelve al mismo lugar como hacen los extraterrestres, eso es bueno. Y por otro lado no me gusta la idea de que me sonden analmente aunque me den besos sagrados en el cogote.
Debo llevar como mínimo seis meses de vida tirados a la basura. Si todo fuera bien llegaría a los ochenta años de vida. Me quedan cincuenta años por vender a cambio de otras puertas. No tengo más remedio que jugar.
Son demasiadas puertas, puede ser cansado. Monótono…
Otra vez.
Llevo un destornillador en el bolsillo, si las cosas salen peor de lo que van ahora, me lo clavo en el cuello.
¿Qué pasará cuando tenga ganas de cagar y mear?
Estas cosas me preocupan. Soy higiénico.
—Tres meses más de vida por otra puerta.
Y ahora caigo hecho un ovillo de dolor sujetándome las entrañas, creo que se ha cobrado directamente del hígado.
La puerta se abre, en ella se encuentra mi hijo, el pequeño. Está subido en el alféizar de la ventana, tiene cuatro años y quiere alcanzar el molinillo de viento barato que se encuentra en la pared lateral.
Va a caer.
Y caerá desde el quinto piso en el que vivimos. No pienso asistir al entierro de mi hijo, hay mejores momentos en los que aparecer de nuevo. Bastante mierda es la vida como para meterse en una alcantarilla por gusto propio. Se me han ido a la basura directamente tres meses de vida.
Quiero que cierren la puerta
—¿No quieres salvar a tu hijo? Aún estás a tiempo — dice Dios con su voz de ricachón pretencioso.
Le clavaría el destornillador en los ojos si se hiciera corpóreo, no me gusta que me hablen en ese tono.
No puedo cerrar la puerta y tengo que ver con morbosa fascinación como al pequeño le falla un pie, pierde el equilibrio y cae al vacío, su manita se aferra a una maceta; no sirve de nada, la maceta cae con él y no la suelta de la mano. En la caída su cabeza da contra el alfeizar de una ventana dos pisos más abajo y muere con la cabecita deshecha. Su sangre queda suspendida en el aire mientras cae con sus ojos mirando al vacío. Su mano suelta la maceta. Cuando choca contra el suelo, todos sus huesos se rompen, rebota.
La maceta no rebota, simplemente se rompe dejando un borrón de tierra negra y un geranio hecho pedazos.
Todo es sangre en su cara. Pobre hijo mío…
Si lo amara más, me clavaría ahora mismo el destornillador; pero estas alturas no voy a ser hipócrita y el Dios idiota este, dicen por ahí que lo sabe todo. Así que no me voy a hacer el padre santurrón y sensiblero.
Mi hijo, uno de mis errores, ha salido de la ecuación de mi vida: un fallo menos en el que pensar. Me pregunto de donde me sale este ingenio para crear metáforas tan cientifistas. Soy un mecánico demasiado simple. Eso debe ser a que he cambiado de aires y mi intelecto se desarrolla como es debido. No siento presión ni prejuicio alguno.
A más peso más veloz la caída. ¿Cómo reaccionará el cuerpo de mi amante o de mi mujer al caer como el pequeño David desde la ventana?
Me da igual.
La puerta se ha cerrado en el momento en el que mi esposa grita ante el cuerpo roto de nuestro hijo, lleva falda y no tiene cuidado cuando se lanza al suelo para abrazar a David o lo que queda de él. Lleva las bragas de blonda blanca, no tiene la regla y se ve con total claridad el vello negro.
Esta puerta me ha regalado una buena erección. Tengo esperanzas de que la próxima sea mejor.
—Tres meses más de vida por otra puerta. Vamos allá.
Odio el momento de pagar. Ahora alardea de homosexual deidad, arrancándome la vida de los testículos. Mi erección desaparece dejando un dolor que huele a óxido en mis narices.
La puerta se abre: hay una mujer arrodillada con los pechos desnudos y prietos entre sus brazos, se acaricia el sexo de forma extraña con los dedos. El clítoris lo masajea por los lados deslizando los dedos corazón y anular de la mano derecha. Con la izquierda tensa el monte de Venus para descubrirlo bien.
No puede acariciarlo presionando porque del centro sale una gruesa espina negra.
—Quítamela, me duele.
Acerca los dedos a la espina y la mueve para que observe lo que ocurre. Y cuando la toca, se hunde hacia dentro, se retrae. Su cuerpo se arquea de dolor y sus enormes tetas caen a los lados, pesadas, con los pezones aún duros. Intenta contener un grito de dolor pero le es imposible y las venas de su cuello se inflan peligrosamente.
—Se hunde hasta dentro, esta puta espina se me hunde en las entrañas cada vez que la toco.
Separa más sus rodillas y me muestra su vagina abierta, poderosa y hermosa. Rosada y húmeda, quiero meter mi lengua, mis dedos y mi polla ahí.
La púa vuelve a emerger por el clítoris y su vagina derrama una gran cantidad de sangre. Está pálida.
—No es la menstruación, hijo, es el dolor punzante de un placer que tu padre nunca me dio. Dámelo tú.
Es mi madre. Lo sé por la voz, porque nunca la había visto tan desnuda y tan joven.
Se abalanza hacia mis rodillas, baja la cremallera de mi bragueta y con dificultad saca mi pene erecto. Se lo lleva a la boca y mama de él como si bebiera. Mis rodillas flaquean , no sé que hace pero eyaculo en su boca en cuestión de segundos. Mi madre es buena de veras mamando.
Y yo un tanto precoz.
—No puedo tocarme mi cosita, necesito sentirlo. Ahora quítame esto del coño. Tu padre murió por fin, no es justo que ahora me salga este pincho.
Dios ríe con malicia, como una tosecita disimulada mientras acabo de sacudir el semen residual entre sus tetas.
—No puedo quitarte eso, no traigo alicates.
—¡Serás el responsable de mi desangrado, hijo de puta!
Presiona con fiereza su clítoris, la púa atraviesa su uña antes de retraerse y cuando separa los labios de su vulva, la sangre salpica mi pantalón.
Doy un paso atrás y la puerta se cierra.
Aunque la chupe bien, no quiero estar tan cerca de mi madre durante toda la vida o lo que me queda de ella.
—Tres meses por otra puerta.
No sé, pero me parece que cada vez es más avaricioso Dios. Se me ha escapado un vómito de sangre a presión, este dolor no es de tres meses. Conocí a un amigo con cáncer de pulmón y cuando vomitó sangre así, duró dos días. En definitiva, aquello era como dar treinta años de golpe.
La puerta se abre.
Y yo me siento cansado, la sangre baja por el esófago dejando sabor a hierro viejo en mi boca.
Hay un viejo árbol de retorcidas ramas en un páramo de amarillas y raquíticas hierbas, su tronco está lleno de tumores, excreciones redondeadas como los bubones que aparecen en las axilas e ingles de los infectados por la peste bubónica.
Está solo y no se queja, sus ramas se mecen tranquilas con la brisa. Su copa forma una sombra que me quita el aliento ante su tamaño y frescura.
Cruzo la puerta desnudándome, no hace excesivo calor; pero mi piel necesita aire fresco. Aire nuevo.
Cada tumor es una cara que conozco, pero sus bocas están selladas, solo sus ojos se mueven.
El único sonido es el de las miles de hojas que el viento acaricia.
No ha sido una buena vida la mía, cada persona que ha estado cerca de mí ha sido un tumor, algo que no debería estar. Una enfermedad.
Mi indiferencia no es una opción, me parieron así. No soy culpable.
Dios cierra la puerta tras de mí, ya no hay oscuridad allá atrás. Escucho sordos aplausos de público tras la puerta.
Me siento cansado.
De mi pene caen unas gotitas de sangre, a lo mejor son los restos de la mamada que me ha hecho mi madre. No importa.
Descanso fumando un cigarro con la espalda apoyada en el tronco mientras el sol corre a ocultarse. Cuando el cielo adquiere un tono anaranjado ya he descansado, me pongo en pie y acuchillo con el destornillador cada uno de los tumores del tronco. Los destrozo haciendo círculos con el destornillador hundido. Los tumores con los rostros de mis hijos son los últimos que despedazo, no era mi intención; tal vez he empezado por los más bajos. No hay ninguna lectura psicológica que hacer de ello.
Ha medida que avanza la oscuridad la savia negra que mana de los tumores parece sangre.
El árbol baja sus ramas, estaba cansado también. Se ha relajado, se ha sanado.
La noche se cierra completamente y todos los errores se han borrado de mi cabeza; por primera vez en mi vida quedo dormido sin darme cuenta. Sin pesar, sin pensar.
Despierto cubierto por las ramas del viejo árbol, él me ha protegido del frío de la noche. Él tiene tan poca piedad como yo, ha sido tan indiferente a la mediocridad como yo. Ambos hemos vivido con tumores, con decepciones.
Somos viejos amigos.
No existe nada alrededor que se deba hacer, paso el día comiendo pequeños insectos que reptan por su tronco y bebo el rocío que ha caído de sus ramas recogido en un cuenco que he tejido con sus hojas.
Nunca he necesitado de nadie, me han necesitado a mí.
Y ha sido deshonesto por mi parte crear tantos lazos de cariño y amor a mi alrededor. Ellos lo exigían y yo no podía pasarme la vida negando a tantos seres. Hice lo que pude…
Ya no me acuerdo de sus rostros, y no hablo con el viejo árbol, no pronuncio ni una sola palabra. Quiero olvidar que un día hablé.
El sol se pone de nuevo, es hora de dejar de existir, de olvidar más aún que un día estuve entre ellos, con ellos. De dormir…
Mi primer día con el árbol no ha ido mal, hemos sido buenos compañeros, no nos hemos molestado demasiado.
Aunque sé que el árbol es como yo, a medida que han ido pasando las horas, sus ramas se han crispado, no se han relajado como ayer cuando destrocé los tumores.
Creo que lo irrito y me parece bien. Me parece lógico.
El árbol es más fuerte que yo y ya no me necesita. Sus ramas no me arropan a la hora de dormir, me asfixian con dulzura y mis ojos desorbitados y lacrimosos por la falta de oxígeno observan las estrellas creando nebulosos y difusos brillos.
No importa, morir no es tan malo.
Hay estrellas rojas, verdes, azules y anaranjadas. Es un buen decorado, una forma elegante de largarse de aquí.
No siento una especial necesidad de respirar.
No es nada malo morir.
Una puerta se cierra, ninguna se abre.
Por fin…



Iconoclasta

Ilustrado por Aragggón



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