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12 de octubre de 2011

La mamada



La puta aceptó pensando que era un loco. Un loco que agitaba cuatro billetes de cien euros hacia ella.
Demasiado dinero.
Por tanto dinero, no podía ser un servicio normal, ella era una puta tirada, de la calle pura y dura.
Se acercó al anodino coche del que salía la mano que ondeaba el dinero.
El obsceno poder del dinero… Su coño tenía un precio distinto según el cliente y según la ocasión. Y su alma también. Al fin y al cabo la prostitución es un estado mental y dices amar a quien te follas, a quien se la chupas.
Se es puta de pensamiento y de coño.
Si le pedían un beso en la boca, no hacía remilgos idiotas.
Sobre las altas plataformas de sus zapatos blancos movía sus aún bien conservadas nalgas, a pesar de los veintiún años, haciendo de puta el cuerpo se estropea mucho. Su coño estaba blando y sus pezones casi encallecidos. Una blusa de tul negro a medio abotonar dejaba ver parte de las areolas, le llegaba al ombligo y no cubría el culotte blanco de encaje que mostraba sin pudor una franja negra de vello en su monte de venus. Hay que cuidar la presentación, a las putas no se las quiere por simpatía o por inteligencia. Es solo carne para ser follada y untada en semen.
Cuando se acercó el cliente miró directamente a su coño, sin expresión alguna.
—Necesito una mamada; pero saldrá algo más que leche —le dijo el tipo de pelo ralo, de barba desigual.
—No importa, por esa pasta te saco lo que quieras.
La voz de la puta estaba rasgada por alcohol, tabaco y demasiado esperma.
Una noche como otra cualquiera, nada extraño. Mamada y dinero.
La puta, antes de subir al coche observó la calle: dos amigas suyas se habían metido en sendos coches y ya estaban felando los penes que les habían pagado. Un grupo de cinco putas hablaba animadamente frente a la sala de baile. Eran las tres de la madrugada.
Vació una bolsita de coca en el dorso de su mano y la esnifó dando la vuelta al coche por la parte posterior. Cuando se sentó al lado del cliente aún se limpiaba la nariz.
—¿Te la chupo aquí mismo? —dijo acariciando los genitales del tipo por encima del pantalón.
—No. Preferiría en una habitación.
—Está bien, tú pagas. Dos calles más arriba está la pensión.
El hombre olía mal, estaba sucio. Nada extraño, había mamado pollas con olor a vómito y mierda.
No hablaron durante el corto trayecto. En un acto casi de amabilidad, el hombre metió la mano dentro de sus bragas y le acarició el vello con escaso interés.
En la funcional habitación observó el cuerpo desnudo: estaba enfermizamente delgado.
Su pene fláccido. No quería estar demasiado tiempo con el tipo, tendría que emplearse a fondo para que eyaculara y poder volver a su sitio para conseguir otro cliente.
—¿Quieres que me desnude?
—No. Solo quiero que me la chupes.
—Si no me avisas y te corres en mi boca, te cobraré doscientos más. Me da igual que sea semen con sangre o chocolate.
—No sé si te podré avisar a tiempo. Toma los doscientos —le ofreció cuatro billetes de cincuenta que sacó del bolsillo del pantalón tirado en la cama.
A pesar de su aspecto enfermizo y desastrado, la mirada del hombre era cálida, sus ademanes tranquilos. No había amenaza en sus ojos; tal vez algo de tristeza.
Era de esos tipos que no te das cuenta de que existen, que ellos mismos son conscientes de lo poco que pesan en el planeta. Importan poco, son invisibles.
A pesar de su negativa, desabrochó la blusa y dejó libres sus pechos grandes, los duros pezones tan castigados por las caricias y pellizcos de cientos de dedos. Tomó una almohada para ponerla en el suelo y aliviar la dureza en las rodillas.
Se arrodilló, él está atravesado en la cama con las piernas abiertas y los pies en el suelo. Una posición cómoda para la puta.
Aferró su pene y bajó el prepucio para descubrir un glande sin apenas color, los glandes hambrientos tienen un color morado por tanta sangre agolpada. Aquel glande era de un rosado pálido como el de un niño.
El olor de los genitales ya no la ofendía, aunque era capaz de apreciar la falta de higiene por la calidad del olor.
Y aquel olía especialmente mal.
Él miraba al techo con las manos bajo su cabeza. Solo su vientre se había contraído al sentir las manos de la mujer sobarlo y desnudar el glande.
Se lo metió en la boca y con los labios acarició desde la mitad del bálano hasta la punta del glande. El hombre respondió tensando las piernas y la polla adquiriendo rigidez.
Con la mano libre acariciaba y estimulaba los testículos. El hombre ya había variado imperceptiblemente la respiración por algún placer. Eso creía ella.
No había placer en su expresión, se concentraba y tensaba el abdomen más de lo habitual. Se metió la mano en la boca cuando su erección fue total y brotaron lágrimas de sus ojos.
Eran lágrimas de dolor, las putas distinguen esas cosas.
—¿Estás enfermo?
—Sí.
—Yo también, tengo el sida —respondió ella.
—Lo mío no tiene nombre…
Y calló de repente tenso por una fuerte convulsión, se mordió la mano con fuerza, hasta sangrar, por algún alienante dolor-placer. Las venas de su vientre eran varices a punto de estallar.
El glande se ensanchó en la boca de la puta y le separó las mandíbulas. Se asustó.
—No me dejes ahora, no ocurrirá nada, puta. Sigue mamando y te daré cuatrocientos más.
Ella aceptó sin poder remediarlo con todo su miedo, con todo su asco.
El hombre gritaba a la vez que lanzaba su pelvis hacia arriba, hundiendo más el pene en la boca de la puta, provocándole náuseas y dolor en las mandíbulas. No podía abrir más la boca para liberarse de aquella puta polla.
Algo viscoso y blando sintió en la boca, algo se agitaba en su lengua a medida que el pene disminuía de tamaño. El cliente se relajaba y sus gritos se convirtieron en jadeos, en gemidos de placer y cansancio.
Entre un vómito salió de su boca una oruga ambarina, parecía vieja como la tierra misma: una oruga del tamaño de su dedo corazón. Se retorcía en el vómito, como si la hubieran sacado de su atmósfera. El gusano agonizaba. El hombre la aplastó con el pie desnudo y se limpió en las sábanas.
Unas gotas de sangre cayeron de la nariz de la puta.
—No te asustes, es solo una reacción alérgica a la podredumbre, se pasará pronto.
La puta vomitó otra vez al sentir de nuevo el hedor de aquel gusano en su boca.
El hombre la abrazó, la consoló. Ella lloraba.
Sus mejillas tenían ahora color, se le veía menos enfermo. Más fuerte y seguro.
—Soy la nueva generación humana, soy el primero de una nueva especie. La mutación de la corrupción humana. Mi semen es lo que la humanidad ha creado. Soy hijo de una pareja de idiotas, de dos seres tan vulgares que solo tienen parangón con los gusanos.
La puta oía aquellas palabras como una locura, como un delirio. Aunque el gusano en su boca, fue tan real como repugnante.
El hombre se vistió y alcanzó el picaporte de la puerta.
—Me ha gustado, lo has hecho bien. No siento tu asco y tu incomprensión. Todo yo soy podredumbre, huelo mal como los pensamientos humanos. Huelo mal como la mediocridad de los millones de humanos y no siento nada por vosotros. Soy el hambre y la hipocresía. Y mi semen es la semilla de todo ello. Soy la religión y el respeto. Gusanos en mis huevos. Y éstos fertilizarán óvulos. Y pudrirán a la madre que morirá momentos después de haber parido. Has tenido suerte, puta. Te podría haber follado.
El hombre podredumbre se marchó.
La puta entró en el lavabo y se limpió de vómito la ropa y las tetas. Se llenó varias veces la boca de agua y la escupió, lamentó no llevar pasta ni cepillo de dientes.
Se sentó con las piernas abiertas en el bidé y mientras dejaba que se llenara con agua fría pensó en la maldita naturaleza, en las mutaciones y en la podredumbre. En la humanidad repugnante que le importaba una mierda que su cuerpo se descompusiera por dentro por un virus. Que sus uñas se cayeran y le salieran llagas en los pliegues de la piel.
Se untó una crema en la vagina, y como le enseñó su madre, tiró fuerte de sus labios vaginales para abrir la vulva cuanto pudiera. Respiró profunda y repetidamente y emergió de su sexo la inquieta cabeza de una cucaracha que se ahogó en el agua. Era del tamaño de su mano.
Se preguntó si antes de morir por la infección, podría comprar una mamada a un chapero para poder soltar su cosa en la boca. Que otro tragara como ella había tragado.
No es justo no tener dinero para darse un placer como ese podrido se había dado con ella.
Una nueva especie… Tal vez sí, tal vez el gusano sea más discreto que las cucarachas que salen de su coño.
—Me da igual el puto gusano que la cucaracha —dijo en voz alta con el enorme insecto muerto en su puño— que se jodan todos como me joden a mí.
Mordió la cabeza de la cucaracha y la escupió, se puso la blusa y se ajustó las bragas para que se marcara la raja de su coño. Salió de la habitación hacia su esquina, a la puta calle de nuevo.



Iconoclasta

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3 comentarios:

cazh dijo...

como minimo interesante, mis saludos cordiales.

Iconoclasta dijo...

Gracias por creerlo así, Cazh.
Saludos.
Buen sexo.

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