5 de octubre de 2011

666 y los niños pobres



Si no estás atento, morirás. Y no porque tengas buenos reflejos te salvarás; porque jamás podrías esquivar mi embestida.
Has de estar atento a la variación de la frecuencia del sonido y el enmudecimiento de algunos animales.
Has de estar atento a la sutil bajada de temperatura en el ambiente.
Y es por eso que mueren unos más pronto que otros.
Los que están más cercanos al mundo animal e irracional, al del instinto, tienen más oportunidades de detectarme: los niños.
El motor del Aston-Martin ruge intranquilo e impaciente esperando que el semáforo cambie a verde; y espero porque hay coches delante, no me importaría pasarlo en rojo y provocar un accidente que decapitara a seis primates.
Esperamos bajo la sombra de un árbol plantado en la mediana ajardinada de la avenida.
La calle que la cruza es pequeña y estrecha, no hay tráfico y menos cuando el sol cae tan a plomo en el maldito mediodía. Dos coches están delante de nosotros y mi Dama Oscura se ha subido la falda dejando desnudo su rasurado sexo, separa los labios para que el chorro de aire acondicionado le enfríe su siempre hirviente coño.
Tomo con la mano su vagina y presiono, ella responde mojándome. Yo ensucio el pantalón con mi fluido denso. Ella acaricia la gota que coincide justo con mi sobredimensionado glande.
Nací para el placer y para dar muerte. Mi polla es enorme; pero carezco del instinto de la reproducción. De hecho, soy todo lo contrario.
La zona ajardinada da acomodo a unos trece o catorce cachorros de primates miserables que venden sus miserias por diez pesos y por menos si el conductor está dispuesto a regatear.
El niño que se encuentra ahora ofreciendo sus obleas insípidas al conductor del primer vehículo, es de piel genéticamente oscura e higiénicamente lleno de excrementos de todo tipo. Desde aquí huelo su hedor y su sangre enferma, ese crío tiene una leucemia que nadie ha detectado. Conozco la muerte y la miseria mejor que ese Dios maricón al que rezáis.
— ¡Obleas a nosotros! —dice entre risas mi Dama Oscura.
¡Qué ironía, hostia puta!
Si el niño hubiera tenido más experiencia, hubiera observado la anómala y repentina quietud de las ramas de los árboles. Si el niño no estuviera amenazado por su amo, habría notado la hostilidad que emana a nuestro alrededor.
Si no tuviera hambre y sed por llevar ya siete horas entre los coches ofreciendo su mierda de dulces, no se habría acercado a MÍ. A Nos.
Cuando los dos primeros coches han negado las hostias al niño y se dirige a nosotros, se asombra ante la fastuosa línea del Aston.
Saco por la ventanilla un billete de cien pesos y el miserable primate acelera el paso con sus manos llenas de tiras de obleas.
—Cinco obleas por treinta pesos —me ofrece el pequeño primate de pelo negro aplastado en las sienes y los dedos llenos de costras.
A los primeros coches se las ha ofrecido por diez pesos.
Como estoy sentado y no puedo sacar el puñal que llevo metido entre los omoplatos, le coloco el cañón de mi Deserte Eagle en la boca y disparo.
La sangre me salpica y un trozo de mandíbula reposa ahora frente al coño de la Dama Oscura, como una broma macabra sobre un infantil y póstumo cunillingus.
La muerte tiene una de las sexualidades más impactantes. Es cabrona.
El cuerpo del niño desaparece de mi campo de visión y asomándome por la ventanilla dejo caer el billete en lo que queda de su cabeza.
Es uno de esos países en los que es fácil matar. La verdad es que mato sin problemas en cualquier parte del planeta; pero aquí es especialmente aburrido. Es tan habitual la muerte que a nadie espanta demasiado.
Los dos coches detenidos delante de nosotros se han puesto en marcha tras el disparo y los de atrás desearían poder dar marcha atrás con la suficiente rapidez para alejarse de nosotros.
El vehículo que está pegado al nuestro es una camioneta Ford Lobo y su ocupante es un tipo con sombrero de alas dobladas al estilo cowboy, camisa blanca ajustadísima con florecitas a la altura del pecho y unas gafas de sol tan grandes como el parabrisas de su vehículo. Desde el disparo apenas han pasado diez segundos e intenta salir del interior con las llaves en la mano.
Ya tiene medio cuerpo fuera cuando la Dama Oscura clava su estilete entre dos costillas superiores del lado izquierdo y corta hacia el esternón. Es un corte preciso y letal, ya que atañe directamente al pulmón y al corazón del primate. Esto no es una escuela, no se aprende. Yo se lo enseñé de un modo completamente filantrópico.
Recuerdo pasar mi glande por sus costillas antes de metérselo en la boca. Presionaba y le dejaba un rastro húmedo allá donde era letal clavar el acero. Ella se estremecía deseando que presionara así en su vulva de grandes labios.
La observo caminando tranquilamente hacia el último vehículo, en el que la conductora está tan asombrada, que en lugar de salir se mantiene inmóvil en el asiento aferrando con fuerza el volante con ambas manos. Sus tres hijos lloran en el asiento de atrás de un chevy salido de un desguace.
Disparo a los tres niños al pecho y a la madre en la sien, el coche se tiñe de rojo por dentro y por las lunas resbalan restos de primate y ropa. Enseguida puedo detectar el aroma insano de la sangre de primate.
Ningún animal descuartizado huele tan mal como un primate.
Escuchando los pulmones de los cuatro primates luchar por tomar aire, observo al cowboy morir bajo la mano de la Dama Oscura; la mancha roja que se extiende por su camisa ha empezado en el pecho y como una riada, antes de caer al suelo, ya se le agolpa la sangre en el cinturón. Amo a mi Dama por encima de toda la sangre y la muerte vertidas en este infecto planeta.
El resto de niños vendedores corren hacia sus cajas para guardar sus productos y escapar de la muerte. Un par de primates de mediana altura, que visten sucias sudaderas con capucha se acercan a los niños y los hacen sentar al lado de sus cajas llenas de golosinas e inútiles cosas, no se pueden ir. Ellos son los amos y no han dado permiso para que se muevan de su puesto de trabajo.
Un coche que se aproxima, frena con un chirrido de neumáticos y da media vuelta al observarme de pie ante la puerta abierta del utilitario y a la Dama Oscura sacudir con el pie el cuerpo del primate con gafas de pie y clavarle en la nuca el estilete. Por lo visto no se acababa de decidir a morir.
—¡Eh, idiotas! Vosotros no sois de la zona, esto pertenece a Don Armando. ¿Sois de la costa, verdad? —el del bigote se acerca alzando una vieja automática del 45.
Su amigo espera junto a los niños.
La Dama Oscura se acerca a mí, separa las piernas, levanta la falda y deja al descubierto su sexo. Con el puñal se acaricia el vértice superior de la vagina dejando un irregular dibujo de sangre en el pubis.
El moreno primate llega hasta nosotros y presiona encima de mi corazón el cañón de su arma observando con su mirada cerduna como la Dama Oscura se acaricia con el filo del estilete.
—¡Eres una linda puta! A ti no te mato ahora, serás el regalo de Don Armando; pero te puedes despedir del güero de mierda.
No soporto que un primate analfabeto me hable así, no soporto que me miren y siento naúseas cuando un mono y tan oscuro como éste, me toca.
Levanto rápidamente el brazo izquierdo y saco de entre mis omoplatos el puñal que llevo enterrado en la carne. Lo clavo con fuerza en sus genitales al tiempo que levanto el brazo que empuña el arma. Dejo el puñal clavado en su polla, apoyo el cañón de mi pistola en su muñeca y disparo. Con ello se pulveriza el hueso, y es fácil desprender la mano del brazo. Pego un pequeño tirón y me quedo con su arma y su mano. La mano la tiro dentro del coche para que jueguen con ella los tres niños muertos si pueden.
La Dama Oscura se agacha para abrir el pantalón del primate a punto de desvanecerse en el suelo y ver la herida del cuchillo.
—¡Tú! Mono de mierda, ven aquí o acabo de reventarle la cabeza a tu compañero.
No es habitual que se escapen los idiotas a los que voy a matar, mi voz no es melodiosa, ni amable. Es pura muerte, y tal vez por ello obedecen. Se dan cuenta los primates cuando van a morir, cuando es imposible alejarse de algo como yo. Sus instintos se cuajan de miedo y su voluntad se convierte en un mar de lágrimas por lo que nunca llegarán a ser.
Duda durante un momento y por fin deja caer la pistola en el suelo, junto a uno de los niños mendigos. Se acerca a nosotros descubriendo la capucha de su sudadera verde y grasienta.
La Dama Oscura ha descubierto la herida en los genitales del mono: el glande ha quedado partido en dos pedazos y el escroto rasgado deja asomar un testículo.
Hay poca sangre y se ve con claridad.
—No lo mates aún, mi Dama.
Ella me mira y acaricia el glande destrozado y se lleva los dedos ensangrentados a los labios. Mi erección es poderosa y me acaricio el pene por encima de la ropa, con mi natural obscenidad.
El mono tendido en el suelo balbucea algo ininteligible y mueve continuamente su muñón. Duele tanto el hueso reventado que poco le importan sus cojones.
Su compañero se ha detenido a un metro de nosotros, a pesar de lo sucio, se ve que tiene el cabello rubio y los ojos oscuros. Es un ejemplar de unos veinte años. El que se muere desangrado tal vez tenga quince años más. Sin embargo, el brillo de sus ojos, (de ambos) no da más que unos catorce años mentales.
—Sácale el puñal a tu compañero —le ordena la Dama Oscura mirándolo desde su posición arrodillada.
Ella sujeta los genitales con las manos para que el sucio mono rubio tire del estilete y no se lleve el trozo de glande.
El mono herido grita de dolor al sentir la presión de las manos ahí abajo y su amigo vomita manchándole los pantalones.
Son más limpias las matanzas de cerdos.
—¿Sabes que vas a morir aunque nos obedezcas, verdad? Hoy no verás como se pone el sol. No verás tal vez ni correr diez minutos en el reloj. Te odio por ser hombre, por ser mono, por ser sucio, por ser cobarde. Te odio como nadie puede hacerlo. No dejaré de ti ni el alma.
Cuando se agacha para empuñar el cuchillo, llora sin pudor alguno y durante un segundo se sujeta las sienes por un dolor. Es mi presión, es mi voluntad rasgando su red neuronal.
La ira crece en mí alimentada y avivada por las lágrimas de los primates.
Los niños pobres lloran sentados en la hierba, lloran en silencio porque alguien es más malo que sus amos. Huelen la maldad como yo huelo la mierda que hay pegada en sus pieles.
Por fin arranca el cuchillo, ha salido fácilmente.
—Límpialo con la lengua. El filo también.
Y lo lame. Se corta la lengua sin quejarse.
Se ha meado encima.
El moribundo a su vez, ha lanzado un grito atroz. Y no parece que acabe nunca.
Meto la mano en su boca y aferro su maxilar superior para arrastrarlo por el suelo hacia el bordillo de la acera. Elevo su cabeza y la golpeo contra el borde de granito. La parte posterior del cráneo se revienta con el primer golpe y ahora además de gritar sus piernas se convulsionan, haciendo que sus ensangrentados genitales se agiten ridículos en su pubis. Con cada grito que lanza mi ira crece.
Ya no sé cuantas veces le he golpeado, en algún momento dejó de moverse y ahora su cerebro está deshecho entre el bordillo y la calzada.
No soporto los gritos de los primates, no soporto tocarlos y cuando eso ocurre no existe fuerza en el universo que pueda mantener mi control.
La Dama Oscura posa una mano en mi espalda.
—No le queda ya ni alma, mi Dios. Deja el cadáver, deja el mono que ya no respira.
Los niños lloran, lanzan chillidos de pánico sin atreverse a mover de allá donde sus amos los obligaron a quedarse.
Hay miradas desde las casas, tras las ventanas. Cobardes monos que observan la muerte y callan rezando a su patética virgen y dios para que mis ojos no miren los suyos. La policía no aparece y hacen bien si no quieren morir.
Enciende un cigarro y me lo pone en los labios, sus manos acarician mis genitales en un masaje que me tranquiliza. Un grueso hilo de baba me cae de la boca y noto una tranquilizadora humedad en el pecho.
Se acerca al sucio primate que se frota las manos ensangrentadas. Con su fino estilete, le empuja en la zona lumbar para que camine hacia el grupo de niños que lloran ahora en silencio. A pesar de que la Dama y el insignificante hampón se acercan a ellos, no despegan su mirada de mí, de mi cara sucia de sangre, de los hilos de baba que se descuelgan de mis labios. De mi inmenso pecho expandiéndose para llenarse de este apestoso y caluroso aire. De mis ojos que prometen el tormento absoluto que aniquila el corazón y la mente al mismo tiempo. No hay tiempo para pensar, sólo existe el dolor.
Y los pequeños lo saben mejor que nadie, su instinto está aún a flor de piel en sus pequeños cerebros. Aún no se han hecho las callosidades en los sesos que los hacen idiotas.
Aspiro fuertes bocanadas de humo, admiro a mi Dama a través de la niebla suavemente narcótica.
—¡Atención, niños! Este señor no es nada. Está muerto. Solo pertenecéis a un único ser y es Él. Él decide vuestro momento de morir, a él le debéis terror y obediencia absoluta —les habla suavemente, y me señala a mí, como si les contara un cuento infantil, al mismo tiempo y situándose a la espalda del joven, le rebana el cuello al tiempo que tira hacia ella de su pelo sucio.
La sangre brota como un sifón y ensucia las ropas y caras de los niños, que ahora no gritan, gimen como pequeños cachorros de perro ante la desmesurada muestra de violencia.
Mi Dama es fuerte y aún aguanta el pesado cuerpo inerte por los pelos. Cuando la sangre deja de manar con fuerza, lo deja caer al suelo. Se derrumba como una serpiente con el espinazo roto.
Me he sosegado, mi visión del pútrido planeta que ese dios idiota creó en siete días de mierda, ya no es sanguínea. He recuperado mi visión y la sangre que cubre las piernas de mi Dama, como si de una menstruación se tratara, me provocan una poderosa erección. Voy hacia ella y sin girarse, sabiendo que estoy cerca, eleva su falda y me ofrece sus nalgas.
La penetro ante los niños pobres y miserables, entre sus nalgas encuentro su agujero infinito y húmedo y mi pene se desliza forzando una vagina que me adora.
Bombeando en su coño, provocando que sus ojos se entornen de placer, les hablo a los niños pobres. Les aviso, les comunico que su vida depende de mi humor. La Dama Oscura se hace un ligero corte en el pubis para desahogar toda la presión que le estoy metiendo por el coño. La sangre caliente riega su clítoris enorme que sobresale por entre los labios como un pequeño pene. Yo lo toco y lo castigo sin cuidado.
—Vais a sufrir, este terror que estáis sintiendo, os preparará para vuestra edad adulta, nada podrá ser peor que lo que veis, que mi voz. En parte agradeceréis mi presencia, en parte la aborreceréis porque temeréis a lo largo de vuestra vida encontraros conmigo. Seré la guillotina a punto de caer sobre vuestro cuello. No lo olvidaréis.
El pequeño de trece años y el mayor del grupo, parece ser el más valiente y me mira directamente a los ojos, desafiándome. Yo continúo follando a mi Dama. Sin perder el ritmo disparo mi Desert Eagle en su desnudo torso. La bala hace desaparecer su hombro y su cuerpo sale despedido fuera de la zona ajardinada. El brazo izquierdo pende ahora de un pellejo de piel y nervios y durante un hermoso y largo minuto, respira forzadamente, hasta que se vacía de sangre.
Y muere el pequeño primate.
Cuando sus pequeñas costillas cesan en su movimiento, mi semen resbala de la vagina de la Dama fundiéndose con la sangre. Con el pene erecto y goteando esperma, me pongo frente a ellos. Sus ojos están inmensamente abiertos y no son conscientes de las lágrimas que riegan sus rostros.
—Cuando alguien os mire como ha hecho Miguelito conmigo, lo debéis de matar como yo acabo de hacer. Sois unos muertos de hambre y no tenéis nada que perder. Matad a vuestros padres borrachos, dadle una buena paliza a vuestra madre sumisa, le encantará. Tú, Arsenio —el más pequeño de todos, de unos seis años— estás predestinado a morir por la diabetes en poco más de cinco años, no te doy la fecha exacta porque no puedes saber más que yo. Tus padres nunca te llevarán a un médico para curarte de todas esas llagas que te salen en la boca. Ni siquiera tendrán dinero para la insulina. Te quedarás ciego, te amputarán miembros y morirás.
Saben que digo la verdad, Arsenio mira sus manos y entre ellas caen las lágrimas. Está tan sucio que quedan marcados los regueros que provocan.
La Dama Oscura los obliga a ponerse en pie y desnudarse de cintura para arriba. Un coche patrulla de policía que circula por la travesía se detiene a cincuenta metros de nosotros, los once niños los miran con los ojos llenos de esperanza cuando bajan del coche y se acercan con las manos encima de las fundas de sus automáticas.
Soy mortal a cualquier distancia y disparo a sus gafas de sol. Sus cráneos se abren con una nebulosa roja por la parte posterior de su cabeza. Os aseguro que se han vaciado de masa encefálica en una décima de segundo. Sus brazos se elevan como si saludaran a la muerte por la potencia de los disparos y caen al suelo convertidos en dos monigotes. Son tranquilos hasta para morir en esta parte del mundo.
Los niños rompen a llorar de nuevo, a Axel de ocho años le doy un fuerte puñetazo en la mandíbula y se la disloco. Es la única forma de que las crías de primate presten una máxina atención: provocar el dolor.
Sus pequeños y oscuros ojos se han amoratado en el acto, los incisivos y el colmillo inferiores, se han quedado colgando de la encía. No tiene fuerza para llorar. El silencio es absoluto. Los vecinos continúan espiando cobardemente a través de las ventanas de sus pisos de mierda. Disparo a una ventana en la que he observado movimiento en las cortinas y al instante en el que el vidrio se rompe, en la cortina se forma una aparatosa mancha de sangre. Hay gritos y una mujer pide auxilio histérica, he matado a su padre, un vago de sesenta años tan cobarde como ella.
Clavo el puñal justo en el esternón de Axel, está quieto ya que se encuentra en estado de shock, cuando siento el hueso en la punta de acero, dejo de empujar y corto hacia abajo. Su dolor es inenarrable y me alimento con ello. Cuando llego al ombligo, acabo mi obra haciendo una línea horizontal cruzando la vertical: una cruz invertida para que Dios se joda.
La Dama Oscura capta la idea y en poco menos de diez minutos, hemos marcado a los once niños. Serán nuestros involuntarios apóstoles del dolor.
El temor que han vivido, los convertirá en perros salvajes y antes de que cumplan los dieciséis años, ya habrá matado cada uno a más de treinta personas. Todos salvo Paco de nueve años que morirá dentro de dos días por la infección de la herida (es débil). Y Salvador de ocho años, al que he destripado y dejado sus pulmones colgando como mantos de carne rosada en su torso.
Ningún primate de mierda tiene derecho a maltratar a los niños o esclavizarlos, y si lo hacen es porque me aburre hacer siempre lo mismo. Tengo otras cosas que hacer.
Niños pobres… Los habéis creado vosotros, los mantenéis; pero sois tan putrefactos en vuestra maldita hipocresía, tan cobardes, que jamás erradicaréis la miseria infantil.
Y yo mataré todo lo que se mueva, mataré todo lo que sea grande o pequeño, infantil o viejo. Embarazadas y vírgenes.
Mi Dama Oscura se arrodilla y saca mi miembro aún empapado en semen, bajo los pulmones de Salvadorcito que gotean sangre en nuestras ropas, ante las miradas ya casi desfallecidas de los pequeños.
Mi semen resbala de su boca por el cuello y yo relincho como el mejor de los sementales andaluces.
No existe la virgen, pequeños. Ni Dios os ayudará.
Subimos al Aston Martin y pasamos por encima de los cadáveres de los policías.
Vamos a comer unas enchiladas, tenemos hambre.
Siempre sangriento: 666



Iconoclasta

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