5 de septiembre de 2011

Semen Cristus (16 final)



Candela y Josefina se dirigen charlando animadamente hacia el hogar de Semen Cristus, por el camino se encuentran con otras vecinas del pueblo.
Junto al camino de la casa se encuentra el todoterreno de la guardia civil y la cabo apoyada en él.
— Buenos días, Candela —saluda la cabo Eugenia.
— Buenos días Eugenia ¿vienes a misa?
— Hoy sí, por fin —dijo suspirando— ayer no pude asistir por un accidente de tráfico en la comarcal y me llevó mucho tiempo el atestado.
La mujer policía se unió al grupo de quince mujeres y enfilaron el camino hacia la casa. Un sendero de grava bordeado de macizos de margaritas y claveles rojos.
La fachada de la casa, restaurada y estucada en color salmón, tenía dos grandes letras caligráficas sobre la puerta de entrada SC.
Cuando entraron en la casa, la voz de Semen Cristus, bajó desde el desván:
—Benditas seáis, tomad mi cuerpo. Que el placer sea con vosotras.
El comedor se había transformado en un vestuario con dos filas de taquillas, y bancos en el centro. Las mujeres se desnudaron, y se vistieron con las bragas y sujetadores que llevaban en sus bolsos. Sujetadores negros translúcidos y bragas negras con una cruz roja sobre la parte delantera; estaban abiertas en la entrepierna. A medida que se vestían con aquella lencería, jadeaban excitadas. Candela se acariciaba contenidamente la vagina esperando que el resto de mujeres acabara de cambiarse.
Las mujeres subieron en silencio al desván. Sobre una cama sencilla y cubierto por una sábana roja con una cruz negra, se hallaba Semen Cristus.
—Te amamos Semen Cristus —pronunciaron las dieciséis voces al unísono.
Cada una de ellas se acercó a la cama y besó la sábana allá donde se encontraban los genitales de Semen Cristus
La última mujer besó un miembro duro y erecto que elevaba la sábana.
—Candela, madre querida. Libera el cuerpo.
La mujer se acercó a la cama y localizó en la sábana una abertura por la que metió la mano y sacó por ella el pene endurecido de su hijo dios. Acomodó también fuera de la sábana sus testículos y alisó la tela para que cubriera el resto del cuerpo.
Y así comenzaron todas a salmodiar una letanía de deseo y placer que se convirtió en un concierto de gemidos. Una a una durante su rosario obsceno, besaba y manoseaba el Sagrado Pene. Cuando todas hicieron su ritual, el pene de Semen Cristus se encontraba congestionado y sufría espasmos de placer, la respiración de Semen Cristus se había acelerado y trataba de demorar la inminente eyaculación. Su pecho hacía subir y bajar la sábana rítmicamente.
—Madre Mía, ven y ofrece mi leche, que gocen mi semen.
Candela volvió a acercarse a la cama, se sentó a un lado y aferró el pene caliente y viscoso. Las mujeres se llevaron las manos a sus sexos separando las piernas, sus dedos estaban brillantes de su propia humedad y Candela con la mano libre, acariciaba su clítoris casi brutalmente. Al tiempo que Semen Cristus gemía, las mujeres elevaban el tono de sus gemidos y el ritmo de las caricias.
Cuando las piernas de Semen Cristus empezaron a temblar ante la proximidad del orgasmo, Candela ya lamía el glande amoratado, para luego metérselo en la boca sin dejar de tocarse, torpemente. Había momentos en el que se le salía de la boca y volvía a metérselo desesperada.
—Madre ahí está mi leche para que el mundo se bañe en ella.
Candela se retiró y mantuvo el pene en su puño, firme y vertical para que todas lo vieran. Un primer chorro de semen se elevó unos centímetros por encima del miembro. La mano lo agitó con más fuerza y escupió más lefa viscosa, la mano de Candela estaba cubierta del caliente semen de su hijo.
Las mujeres gemían y llegaban al orgasmo desflorando sus vulvas hacia Semen Cristus.
Candela se untó la vagina con el caliente esperma y gritó cuando el orgasmo la obligó a arquear la espalda.
Las mujeres desfilaron ante la cama del hijo de dios y mojándose la punta del dedo corazón con el semen derramado entre la sábana, se santiguaron en el pubis y se tocaron el clítoris.
Salieron en silencio de la habitación.
Antes de salir, Candela le preguntó a Semen Cristus que aún jadeaba.
—Dime Semen Cristus ¿está bien mi hijo?
—Tu hijo es feliz, María. Tu hijo sonríe y canta en un mundo de luz y sonidos celestiales. No necesita nada, no te necesita. Sólo te ama y desea verte pronto.
Candela descubrió el rostro de Semen Cristus, al que ya no reconocía como al hijo que parió y le besó la frente.
Aquellos ojos no eran los de Fernando.
Ya llegaban las voces animadas de las devotas desde el vestuario.
—¿Convoco a misa de ocho?
—Sí, Madre querida.
Cuando llegó al vestuario se formó otro revuelo de risas y voces y las dieciséis viudas satisfechas, tomaron camino del pueblo para continuar con sus quehaceres diarios.
Alguna le pidió a Candela que la anotara a la misa de la tarde para el día siguiente.
Para el turno de la tarde, había doce viudas apuntadas para la misa.
A medida que iban saliendo de la casa, las mujeres depositaban dinero a través de la ranura de una caja de madera que había a un lado de la puerta principal de la casa.
Ecijano es el pueblo con más viudas por metro cuadrado.
La cabo Eugenia redactó y mecanografió debidamente los atestados por las muertes de los catorce varones que murieron por distintos accidentes en aquella “quincena negra”, como la llamaron los forenses.
En su profunda paranoia las devotas Sementeras han acordado pedir la beatificación en vida de Semen Cristus en el Vaticano.
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El padre José no olvidó la conversación con Carlos, simplemente hubieron muchas muertes en aquel pueblo durante las dos semanas siguientes a su charla con el marido de Candela. Muchas misas fúnebres, muchos servicios. Demasiados para aquel pueblo.
Dos semanas de pesadilla, y de un mal interpretado dolor de las viudas.
Era todo demasiado extraño, fue demasiado fácil que murieran tantos hombres en tan pocos días.
Se dirigía a pasar la tarde con su colega el párroco del pueblo vecino. Al llegar a la altura de la casa recién remodelada de María detuvo el coche a la entrada del camino de grava y se dirigió a la casa para hablar con María con el pretexto de que le diera un remedio para su tobillo. Se lo debía a Carlos.
Tras llamar varias veces al timbre nadie respondió.
Se dirigió hacia el establo, una de las puertas estaba abierta, sin entrar gritó desde la entrada.
—¡María!
En la penumbra de aquel maloliente establo, no se podía atisbar movimiento alguno; pero sí podía escuchar sonidos de pisadas y el ronquido tranquilo de un cerdo.
Entró y la penumbra lo envolvió también a él.
—¡María, soy el padre José!
Silencio.
Avanzó hasta la pocilga del cerdo, acostumbrando sus ojos a la penumbra.
Cuando llegó a medio metro de la jaula, el animal se puso en pie apoyando las patas delanteras en el barrote de acero de su pocilga y lo miró directamente a los ojos, mostrándole amenazador sus enormes colmillos.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Y sintió humedad en su zona lumbar y un gran dolor en el vientre.
Cuando se dio la vuelta llevando las manos a las púas de la horca que lo había atravesado, vio a Jobita, la viuda de Gerardo empuñando el astil de la herramienta.
El cerdo roncó con ira y sintió como los colmillos de aquel enorme animal le destrozaban el cuello.




Iconoclasta

Las imágenes son de la autoría de Aragggón




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