20 de septiembre de 2011

gggata



Hace tiempo que llevaba una cicatriz en su vientre. Profecía mortal. Por las tardes relamía el sabor a carne viva de un útero inexistente. La áspera lengua ayudaba a mantener pequeños hilos de tejido abierto, evitando la completa cicatrización.
Se acurrucaba a los pies de él, soltando ronroneos de dolor, quejidos desolados buscando alivio. Enroscaba el lomo cuando su mano le frotaba el triste llanto sin lágrimas.
Y se daban calor. Tibieza que no llenaba el ombligo vertical de profundidad infinita.
Pasaba las tardes maullando en silencio al borde de la ventana, mirando la estrella añeja que la llevaría al sitio donde su vientre recuperara la humedad y el bordado cósmico dibujara de nuevo la cuna natural que le habían arrancado.
Una bolsa con retazos de venas se pudre en algún rincón de esta tierra, llevándose consigo la brújula que le podría borrar las costuras de costras rancias.
Odia la cicatriz y el tiempo que la ha castigado.
Se arrepentía de ser un esqueleto infértil sin autonomía de movimiento, de vida.
Estaba cansada de ser la quimera hecha carne, saliva y sed.
Arrastraba con sus uñas la arena que no entierra la mierda de su vida y permanece cubriéndola por horas para tratar de borrarla un poco. El hedor la desesperaba y le regresaba el cansancio con mayor intensidad.
A veces, estiraba su cuello pidiendo un gesto de ternura que le arrullara… Y cerraba sus ojos conteniendo los ácidos que le carcomieron las retinas. Mirada borrosa de una realidad con claridad decepcionada.
Pedía un alimento que nutriera sus venas y le hiciera válido su celo.
De sus tetas fluía leche amarga que se perdía en el suelo. Caían gotas inválidas al no encontrar sentido al momento en que brotaban involuntarias. Se las bebía relamiendo angustia y pena.
Mató ratas viejas por instinto asesino con la rabia de haber sido parida inservible en la última vida. Les destruyó la cara con los colmillos dejándolas a medio morir para disfrutar su agonía.
No quiso ser más un adorno calefactor de noches de invierno. Mira un cielo morado como la cicatriz que detesta, que no borrará nunca.
Dejó que el mundo rodara sobre ella y que la densidad fuera la cirugía estética para borrar finalmente la incisión obligada que la dejó estéril. Medicina garantizada para su realidad infecunda e insoportable.
Se arrastra por en medio de la calle. La mitad de su cuerpo es una calcomanía en el asfalto. Las pupilas dilatadas enuncian su despedida. Nadie recoge una gata que no es de raza, nadie ayuda a morir al animal. El dolor que siente es el último y más pequeño que el que llevaba en vida. Los intestinos revientan y su sangre alimenta las piedras. Nunca sirvió, no tenía caso…
Yo… Miro al cielo morado como la cicatriz que no se borra.
Maúllo en silencio.
Ronroneo pena y nadie me ayuda a morir.
Aragggón

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