26 de diciembre de 2010

Amargas sonrisas



–Hola, me llamo Adriano y se me ha roto la sonrisa –el hombre miraba al suelo con timidez.
–¡Hola Adriano! No sonrías pues. Te saludamos –corearon al unísono los integrantes del grupo de Amargas Sonrisas Anónimas.
El grupo estaba formado por ocho personas formando un semicírculo en cuyo centro se encontraba el psicólogo, Roberto.
Adriano se volvió a sentar en su silla sin decir más.
–Amado ¿Por qué crees que las sonrisas se rompen? –preguntó el psicólogo a un hombre calvo.
–Porque las usamos mal, cuando los labios sólo quieren gemir por un dolor o una vergüenza, formamos una sonrisa insana. Y el organismo a la larga, crea anticuerpos que las destruyen, cualquiera que sea.
–Eso lo sabe todo el mundo, Amado. Es la introducción de nuestra sociedad Amargas Sonrisas Anónimas. Dime lo que crees tú.
Amado, que empezaba a esbozar una sonrisa, de repente enderezó sus labios.
–Porque después de muchos años de vivir, no conseguimos sentirnos bien, no encontramos nuestro lugar en el mundo. Estoy solo –Amado esbozó una sonrisa que no llegó a vivir más que medio segundo.
–¿Por qué has intentado sonreír si tan solo te sientes?
–Porque la soledad me avergüenza, y no quiero que nadie sepa lo mal que estoy.
Adriano observaba con interés a Amado, no se daba cuenta de que estaba apretando fuertemente los puños. Temía que si le hacían una pregunta como esa vomitaría.
Roberto observó con discreción a Adriano y anotó en su cuaderno: “Adriano: sonrisa totalmente destrozada. No conviene presionarlo aún, hay mucha tristeza en su rostro. Durante las tres primeras sesiones se aconseja que su participación sea pasiva. Se le ha de sorprender.”
Ninguna sonrisa había en todos aquellos rostros, sin embargo, tampoco había tensión alguna. Se encontraban relajados, sin presiones.
Adriano se sintió cómodo ante aquellos que sin sonreír, parecían estar en paz.
Aflojó la presión de sus puños y su espalda se relajó en el respaldo de la silla.
–Elvira, dinos, ¿has sonreído hoy?
Elvira encendió un cigarro con nerviosismo, sus manos temblaban.
–Sí. Dos veces.
–¿Te apetecía o era necesario?
–Era necesario, mi jefe ha propuesto un desarrollo de negocio y debía demostrar que era de mi agrado.
–¿Y cómo te sientes?
–Tengo miedo de haber perdido lo que había recuperado en las últimas sesiones.
–Elvira ha actuado correctamente –Roberto dirigía su mirada a todo el grupo–. Un error muy corriente es caer en el extremo de no sonreír jamás. No es viable, debéis sonreír cuando sea necesario. Es simple supervivencia en esta sociedad. Elvira no ha perdido nada de lo que ha avanzado en las últimas sesiones. Todo lo contrario, ha sabido dominar el temor al dolor de una sonrisa superflua, cortés.
–Yo he sonreído por alegría, mi novia estaba preciosa –intervino Lorenzo con entusiasmo–. A Carmen le ha gustado mi sonrisa, ha dicho que era fresca y limpia, hoy mojo... ¡Ja!
El psicólogo dio fin a la sesión, algunos sonrieron y otros no.
Adriano se dirigió al psicólogo cuando los integrantes del grupo desalojaron la sala.
–Tengo miedo de no sonreír jamás. Duele la tristeza de los errores acumulados.
Roberto lo miró fijamente.
–Hay que joderse, ya me ha tocado un derrotista en el grupo.
Adriano no pudo evitar una sonrisa de sorpresa y salió con ella aún dibujada en el rostro. Roberto suspiró aliviado y casi sonrió también.


Iconoclasta
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ese club tan exclusivo parece hacerse con el secreto de una paz sin dobleces, la justa medida de una sonrisa tranquila.
Una sonrisa a veces fresca y a veces amarga, pero siempre producto de una decisión consciente.
No sé... tal vez yo sonría también, gracias por la sesión de hoy Máster, voy aprendiendo.
Buen sexo.

Pablo López dijo...

No soy Máster de nada, solo tu cómplice en esa sonrisa plenamente consciente.
Tú aprendes y yo recuerdo lo olvidado.
Besos y buen sexo.