14 de mayo de 2010

Podrido por dentro


Tengo un virus que me pudre la sangre, hace agujeros en mis venas y sangro orugas que cavan túneles en mi carne hacia el exterior.
Como un cerdo con triquinosis que no consigue morir a tiempo para escapar de lo inevitable. De lo degradante.
Matar una oruga es un delectación patológica, tirar de ella a través del gordo poro en la piel donde anida, se retuerce y me martiriza, es arrancar frustraciones y vergüenzas.
Mis ojos se cierran ante el mórbido cosquilleo de la carne que jamás ve la luz.
Me metería una aguja larga para rascarme las venas por dentro.
La oruga que estalla entre mis dedos, deja un miasma innombrable que miro hipnótico con un cigarro sucio entre los labios.
Me excita.
Anidan en mi pene y cada vez que tiro de una, siento la sangre llenar su espacio y nos expandimos mi polla y yo en medio de asco y miserias.
La eyaculación es furiosa y amarilla, es sulfuro y pus. Es volcán de infecciones.
El semen negro de lo no humano.
Nunca quise ser puro. Nunca quise ser humano. No quise ser ángel, tampoco diablo. Sólo quiero ser miseria, porque no hay nada en el universo parecido a mi profunda depravación.
Me conformo con ser el único del cosmos que está podrido, que es alimento de gusanos en vida.
En una mano el antibiótico, en la otra, los restos de una oruga que doy vueltas como plastilina entre mis dedos.
Doy vergüenza ajena y asco.
Nací para ello, porque otra cosa no he podido inspirar jamás.
No quiero curarme, y el antibiótico se va junto con el cadáver de la oruga a la alcantarilla. Con toda la mierda que los otros tiran. Que esconden tras su espalda para que nadie la vea. Son podridos cuidadosos y cautelosos.
Aseados.
La cucaracha me mira con las antenas inquietas y abre sus alas para lanzarse en caótico vuelo hacia mi piel infecta. La rata se la come con un crujido a algo frito.
Me pica tras la oreja y cuando llevo la mano, un gusano se retuerce ensangrentado entre mis dedos.
De la rata muerta saltan pulgas que se prenden en el vello de mis piernas.
No pican, tal vez mi sangre es demasiado venenosa. La rata ha muerto porque sus roedores incisivos han crecido demasiado y se han clavado en su cerebro. Sucios de restos de cucaracha y una antena aún entre sus patas rosadas, obsceno color para la mierda.
Las pulgas me hacen cosquillas moviéndose nerviosas, asomándose a los nidos de orugas.
Soy el santo patrón de la humana miseria. ¿No os apetece tirar de una oruga?
Soy la sangre podrida de dios. Soy la orina al pie de la cruz del judío rey de míseros que fue crucificado.
Semen de ahorcado. Una gacela que se descompone sin estar muerta del todo y asiste con los ojos tristes al festín de los buitres. Como si sus vísceras no fueran de ella.
Se toma su esfuerzo por no darse por aludida en el asunto de sus tripas.
Yo sí que me doy por aludido, porque acudo demasiado a menudo a mi pene para consolarlo de tanta oruga. Para correrme cuantas veces pueda.
Tal vez no soy yo, tal vez soy el sueño ponzoñoso de mi propia muerte.
Y qué más da... No confío en la bondad de los tiempos, en esperanzas creadas por desesperación. Demagogia del alma.
Me conozco y no quiero amar y sentirme dios. Es cuestión de tiempo que te muestren tu verdadero lugar en el mundo. Que te enseñen que no tienes nada de especial y todas las ilusiones se hagan trizas ante la risa de todos los seres vivientes.
Prefiero que giren la cara con asco a que se rían de mi fracaso.
Quiero ser infecto antes que patético.
Soy ofensivo, hace tiempo que dejé de ser lastimoso.
Prefiero las orugas que ese ridículo.
Los gusanos no engañan, son lo que soy, son mis hijos. Soy padre y útero de mierda y miseria. Aborto y doy a luz según mi humor.
Devoro a mis propios hijos cuando salen del interior de mi boca.
Soy un sueño negro de un pintor enfermo.
Tirad de la oruga que asoma por mi espalda, no llego bien a ella.
Tal vez seáis mis carroñeros que picotean mis últimas miserias.
Las cucarachas vengativas cubren el cadáver de la rata y froto las manos nervioso, porque siento miles de patitas en mi piel.
Tal vez el espejo no funciona bien. Los espejos se estropean y los cuerpos se pudren.
Las ilusiones rotas hacen un daño irreparable del que el ratón Mickey no hace caso esnifando una raya de cristal molido que le hace sangrar la nariz.
Yo no soy un ratón. Sólo algo podrido y sangro gusanos.
Prefiero la repugnancia a la pena. No voy curarme, definitivamente.
Es tarde.


Iconoclasta
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1 comentario:

Iconoclasta dijo...

"La fe reposa aborrecida..."
Es un placer asistir a tu extraño divagar.
Besos, Anónima.
Buen sexo.