8 de septiembre de 2009

Amor de madre


Está visto que ni en el medio rural y sanote se puede uno zafar de la estupidez, si a ello le sumamos que es patológicamente rústica, podemos imaginar al palurdo en cuestión con una gorra de propaganda de abonos y con unas ubres de vaca en lugar de genitales.

Es desagradable la imagen.

Pero no más que el tatuaje que llevaba en el antebrazo: amor de madre.

Me encontraba en la terraza del único y pequeño bar de la aldea tomándome una venenosa coca-cola (los recios amantes del vino y el buen beber dicen que eso sí que es una bebida mala y artificial; ante lo cual miro mi hermoso paquete genital y mis poderosos brazos preguntándome porque siempre me toca escuchar las cosas más molestas y estúpidas. Reflexionando si mi destino es una broma de mal gusto o simplemente fui muy hijoputa en una vida anterior y ahora purgo mis pecados tropezando con tanto imbécil), cuando el andoba en cuestión, que se encontraba en la mesa situada a mi siniestra le dijo a otro cateto remangándose la camisa y mostrando el antebrazo: “Ésta es la única que nunca me traicionaría y la única que me quiere”.

En el antebrazo y tatuado con tinta azul (seguro que con un vulgar y baratísimo bolígrafo bic) estaba dibujado el rostro de algo parecido a una mujer y debajo de esa cosa horrenda se podía leer una infantiloide caligrafía: Amor de madre.

Pedí otra coca-cola nervioso perdido, se me encendió solo en los labios un nuevo Montecristo nº 1 y mi poderoso cerebro empezó a elucubrar.

Realicé una profunda y dolorosa introspección al infierno de los subnormales.

Es inevitable como el cáncer que mi mente afilada como un bisturí se sumerja en los superficiales cerebros de los otros humanos menos favorecidos por la genética que yo.

Esos tiparracos que se tatúan la sentencia, tienen un tremendo y refrescante morbo. No es que me exciten; a mí un tarado sólo me da asco; pero el rústico palurdo me hizo pasar un entretenido rato aspirando el delicioso humo del tabaco y dejando que la glucosa del refresco me inundara en aquel lugar de infecto olor y calor, abandonándome a mi poderosa imaginación.

A los “amores de madre” los imagino acariciando la cara interna de los muslos de quienes los parieron, con el rabo muy tieso y susurrándoles obscenidades en los oídos: “Guarra, trágatela entera, querida madre. Que no caiga ni una sola gota, mamá” y demás lindezas de este tipo.

Es algo sucio de imaginar, porque viendo como son los hijos, te puedes hacer una idea de cómo será la madre, y prefiero masturbarme mirando al hombre elefante antes que a sus guarras y queridas mamás.

Yo adoro a las mujeres en general y tengo muy buen gusto, no me tiro cualquier cosa; pero estos palurdos enamorados de su madre no se cortan ni un pelo y dicen abiertamente al mundo lo mucho que quieren a su madre y lo putas que son el resto de mujeres.

Me hacen sentir molesto, por decir poco. Por decir lo mínimo.

Y parece ser que a la peña se la pela bastante, nadie se siente necesariamente mal por este tipo de amor. Como aún tenía en mente a la dependiente de la tocinería, mi erección dispersaba y suavizaba mi ira.

Es el único caso de incesto ampliamente aceptado por la sociedad, incluso provoca ternura el rabo del hijo entre las piernas de la madre.

Lo precioso y sentido del tatuaje...

Y llegué así a pensar en la tremenda, dramática y a la vez romántica redundancia que la vida ofrece con estos seres: hacer madre a la madre de nuevo.

¿No es graciosa la endogamia rural y a la vez un poco inquietante?

Esto del amor de madre, es algo que no llegaré a entender jamás. Mi madre no me pone ni un poco y las embarazadas me desmotivan sexualmente.

Jamás podría tirarme a mi madre como lo hacen los que la quieren tanto, e incluso se lo tatúan.

Y tampoco considero a mi madre como algo beatificable, hay en el planeta mujeres más simpáticas y más follables, e incluso menos mentirosas.

Aún así, la imagen de esos hombres enamorados de su mama, arrodillados frente al chocho que les dio la vida y babeando profusamente, me parece de una ternura exquisita.

Cuando me acabé el puro entré en el lavabo, me masturbé pensando en las tetas duras y de marcados pezones de la dependienta y luego, como un romántico adolescente bulímico, me metí los dedos en la boca para purgarme de toda esa mierda de amor de madre.

Si es que me acosan los imbéciles. Al igual que en un conjuro, me acosan en todo tiempo y desde todas las direcciones.

Es un asco ser tan listo, tan macho.

Buen sexo.



Iconoclasta

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