23 de julio de 2009

Viejos

No soporto a mi suegro, es uno de esos repugnantes seres que como cerdos hocicando en mierda, buscan miserias, fallos de los demás con los que alimentarse para creerse a si mismos un asomo de lo inteligentes que no pudieron ser y que su podrido cerebro es ya incapaz de hacerse.
Ancianos venerables... (ahora mismo me froto la entrepierna excitado por tanta respetabilidad, no te jode).
Estos especímenes son ideales para ceniceros, deberían estar mejor repartidos a lo largo de las calles.
Los cerdos no son tan repugnantes; pero mi suegro sí.
Esto es sólo una introducción sobre lo que es la vejez de los ignorantes, de los desgraciados que en su vida han destacado en nada, ni siquiera para reproducirse; porque su genética la han transmitido estropeando así una generación o dos.
Porque mi suegro es sólo una representación subatómica de la Gran Verdad.
¿Sus calaveras llevadas al oído dejarían oír el rumor del mar? Bien pulidas y barnizadas... Cualquier cosa vacía nos provoca la ilusión de rumor de mar.
Si alguna vez los ancianos han sido los sabios y consejeros de la sociedad, fue cuando la esperanza de vida del hombre rondaba los treinta y pocos.
A esa edad el cerebro no se ha licuado aún y es razonable pensar que tuvieran suficiente amplitud de miras e inquietudes. Algo de humor inteligente en aquellos primeros ancianos de la humanidad.
Porque lo que yo veo ahora, son deshechos que se agarran como chinches a las vallas de las obras y juzgan trabajos que no han tenido valor, inteligencia y ni entereza para realizar.
Y esta es una pequeña muestra, la mínima.
A veces mean en rincones, como perros que no pueden alzar la pata.
Perros viejos...
Se les puede escuchar criticar a los jóvenes, llamarlos guarros y otras lindezas. Evocan tiempos en los que sí que había respeto y nadie le ensañaba la polla a nadie en la calle.
Encima de idiotas, miopes. Deberían ser sacrificados como toros viejos y liberarlos de esta vida llena de cosas malas que los rodean en todas direcciones.
Viejos idiotas que sólo hablan del tiempo, del tiempo, del tiempo... Las ofertas del supermercado y de la economía que sus deficientes cerebros no comprendieron jamás y que ahora su vejez les hace alucinar que son capaces de asimilar.
Viejos de reflejos gastados para los que el mundo va demasiado rápido.
Tienen la falsa creencia de saber hacer algo más que metérsela a su vieja mujer de muslos ennegrecidos y de coño seco.
Lo del coño seco, es un regalo gratuito de obscenidad para hacer el texto más ameno. Soy un zorro.
Alguien dirá que hay viejos muy dignos; pero a mí lo que me interesa son los de cerebro liso que consiguen que mi pensamiento se torne hostil como el filo de una navaja en el glande henchido de sangre, baboso como las viejas bocas envidiosas que recelan continuamente creyendo que en sus pequeños cráneos hay algo más que un cerebro primitivo de reptil.
Desgraciados...
Sus arcos superciliares se desarrollan como los de un cromañón y sus cejas se pueblan de desconfianza y miedo.
Y repiten muchas veces al día lo mucho que han trabajado en su vida, como si quisieran que aturdido ante ese chorro de horas de trabajo y como si yo me hubiera rascado los cojones toda la vida, me arrodillara ante ellos y les comiera la polla en señal de sumisión y respeto.
Precioso.
Viejos muertos de hambre, corruptos de ignorancia que con sus porcinos ojos desconfían del camarero, del cocinero, del carpintero que les hace un trabajo y de la cajera del supermercado.
No se mueren nunca.
Vagos y ahora viejos, con coches de marca de lujo, la versión más básica que su limitada economía les deja comprar y que será el último coche de su anodina y prescindible existencia.
Podrían aprender a leer y a escribir en lugar de practicar la envidia y la desconfianza, no puede hacer daño. Y tal vez, con un poco de suerte, una mañana al despertar se darían cuenta del imbécil que ven frente al espejo y vomitarían de asco de si mismos. La sabiduría no da consuelo ni mejora la percepción de uno mismo.
Y aún, yendo más lejos, con un poco de suerte, se abrirían la garganta con una vieja y mellada navaja de afeitar dejando correr su sangre sucia que desafortunadamente han eternizado jodiendo a la cerda de su mujer.
Y me ahorrarían parte del trabajo sucio.
Sé que puede resultar cacofónico tanto mentar a los cerdos; se trata de una astuta licencia literaria que me he tomado la libertad de introducir en un texto de carácter científico y social para acentuar el dramatismo que yo mismo padezco en mis paseos de tullido.
Hoy he visto a un viejo sentado a la sombra con un bolígrafo y una libreta más grande que él. Y escribiendo sonreía. Sonreía desde adentro, disfrutando.
No babeaba, sólo gozaba de lo que se le escapaba entre los dedos.
Son cosas que saltan a la vista.
Pero es sólo uno entre miles: ancianos tristes como una mancha de negro aceite en el asfalto acarreando una bolsa de pan que sacan cuatro céntimos más barata en un supermercado que se encuentra a más de media hora de camino de su piso de mierda: su máxima ilusión y fin último de su vida, propietarios de algo.
Viejos animales que luego suben a su cochazo comprado como si fuera el gran puto premio de su vida y conducen inmaculado.
Y lento.
Y mal.
No es justo ni conveniente que el ser humano sea tan longevo. Hay viejos (tantos que la cifra causa vómito) que deberían haber muerto; que hubieran muerto si vivieran en consonancia con la naturaleza y no en esta degenerada sociedad.
La sanidad es la culpable de la involución del ser humano.
Mi suegro es un mierda, al igual que los otros miles que huelo.
Porque huelen a carne vieja y sucia, por debajo del olor a colonia barata dejan su tufo de sudor rancio.
Sucias estelas invisibles tejen un entramado de miseria añeja en el aire urbano.
Sus cerebros porcinos, ante la situación de la economía y su básica y primitiva visión, padecen por lo ricas que se hacen las compañías distribuidoras de energía y de comunicaciones a su costa. Miran su teléfono móvil continuamente y se angustian con el saldo, es otra de sus grandes preocupaciones.
Y escatiman agua en su higiene.
Su principal misión ahora que son jubilados, es ahorrar.
El hombre que escribe a la sombra, no se preocupa de ello, que viva largos años y sonría tanto como los viejos idiotas desconfían y porfían. Un abrazo ¿quieres ser mi padre?
Queda una esperanza: que la gripe porcina (conocida por el eufemismo de gripe A), limpie en los próximos cambios de estación, toda esta manada de viejos que viven pendientes de los demás. Malas personas que buscan ahora justicia y rectitud. Que las putas leyes se cumplan porque de lo contrario, todo sería un caos.
Esos viejos que tienen el absoluto convencimiento que todo el mundo les quiere engañar, que no se fían de nadie. Que necesitan que a los hijos de los demás les den disciplina y severidad.
Porque sus hijos de mierda sí que son ejemplares.
Y pretenden enseñarnos a ser como ellos, para que no nos engañen.
“No se puede dejar pasar una” rezan en grupo los viejos monos.
Porque estos tarados, piensan que los demás son idiotas y no sabemos ir por la vida.
Es la desconfianza del ignorante, del que su cerebro ya no da más de sí.
Zotes.
La vejez no es buena, acentúa la podredumbre genética.
Ojalá la gripe porcina ponga las cosas en su sitio.
Aunque temo que al final, de tanto tiempo que viven los indeseables, conseguirán hacer mutar el virus y se lo devolverán amplificado a los pobres cerdos.
Si Buda existiera, sus pequeños genitales enterrados en grasa, se aplastarían bajo la desagradable barriga agitada por una carcajada burlona.
Si los dioses existieran, los oiríamos reír a carcajadas dando puñetazos encima de la mesa donde nos joden.
Los cerdos sólo han dejado de mi suegro un trocito de uña que aparece absurdamente impoluta entre el barro y la mierda. Su gran aportación y último legado a la humanidad.
No pueden salir buenos embutidos con semejante alimentación.
Aunque antes de echarlo a los cerdos he desangrado convenientemente a mi suegro y reservado la sangre, creo que no voy a hacer morcillas, no creo que puedan ser sanas ni buenas.

Iconoclasta

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