22 de abril de 2009

Amor sereno

Observa su alrededor con una mirada líquida. Con un desánimo calculado.
La vida ya no le muestra nada, no puede enseñarle nada más; conoce el mundo y su incapacidad para sorprenderlo.
Goza de una indiferencia serena y cultivada.
No es falta de ilusión, es una sabiduría casi ancestral. Hay un momento en la vida en el que lo aprendido se olvida. Se debe olvidar para no sentirse frustrado; para ser uno mismo. O renovar indecencias.
Y por eso su amor también es calmo y pacífico.
Es la simple bocanada de humo del cigarrillo, lo único que aún puede aspirar y gozar. El aire es como siempre, no aporta nada nuevo ni limpio.
Aunque esté ella a punto de romper la sucia realidad con su presencia.
No se fía, no puede haber un final feliz cuando toda la vida ha transcurrido mal. O cuando ni siquiera ha transcurrido.
Ella es humo, es etérea y cuando aspira del cigarrillo, traga su olor y su esencia. Su historia le ha enseñado que el amor es efímero y la belleza se disipa como la niebla cuando se agita una mano.
Lo hermoso es un ciervo tímido que al sentirse observado huye.
Ya no hay hormonas efervescentes sacudiendo sus instintos, ahora es sólo un hombre que se mimetiza entre otros seres adocenados, un camaleón que se confunde con asfalto y cemento. Pisando mierda de palomas en el suelo y basura destilando veneno de contenedores rotos.
No es una buena arquitectura para el amor; pero no le importa. Si está ella, nada molesta.
No es fácil amarla serenamente, requiere toda su atención. Hay detalles que demuestran que la quiere más adentro de lo que el humo penetra en sus pulmones. Si tuviera la mano fuera del bolsillo del pantalón, se podría ver como clava las uñas en la palma al cerrar el puño con ansiedad.
Contiene el amor como el cazador la respiración en el momento de tensar el gatillo. Retiene el ardiente humo en los pulmones porque le horroriza pensar que la pierde.
Cuando aparece por fin por la boca del metro, saca la mano del bolsillo: pende relajada y abierta. La ruda mano se apresta a prenderse de la amada.
El sonido de los autos se enmudece, y los que respiran a su alrededor, los ajenos, ya no interfieren en su espacio. Han quedado relegados a un mundo irreal donde son meras refracciones de luz que se mueven veloces e indefinidas.
Impersonales.
Cuando sonríe la bella y su rostro ilumina su sombrío ánimo, él tiene la certeza de ser amado; es un hecho. Y el tiempo parece rasgarse y dejar de funcionar; sus latidos se hacen lentos y espaciados.
Sentirse amado detiene el tiempo y queda colgado durante un segundo eterno de un amor que pesa hasta arrancarle el aire de los pulmones.
Si pudiera elegir un final feliz, sólo podría ser ese: asfixiado por todo ese amor que aplasta el tiempo, que lo aplasta a él.
Si alguien prestara atención podría apreciar un ligero temblor en su mano. Es ansiedad contenida; si se dejara llevar por la emoción, si hiciera caso a lo ya olvidado en su vida casi gastada, le gritaría; le rogaría que estrechara su mano ya. “Hace milenios que te espero”.
Se ha de morder los labios para no decir lo obvio: que los pulmones le queman de tanto aspirar su esencia y que necesita su carne para tocar la realidad y algo terso.
Está cansado de sus manos rudas.
Y no cuesta nada sonreír cuando ella lo hace; no cuesta nada tragarse y olvidar rencores y errores. Beberse por dentro las lágrimas vertidas.
Debería haber nacido pegado a ella.
Encontrarla en la mitad del camino ha sido arduo y cansado.
A veces desesperanzador como un astronauta se siente en el espacio, lejos de su nave. Flotando-muriendo.
Un dedo en la sien como el cañón de una pistola, y a solas frente al espejo ensaya lo que se su cobardía jamás le permitiría hacer.
Cobardía... No es verdad; la verdadera cobardía, es tener esperanzas y ser esclavo del momento árido que no trae nada.
Es cansado ser valiente e indiferente. Un día, si ella no aparece, y como no tiene pistola, se meterá la goma del gas en la boca hasta hincharse como un globo que venden los gitanos en los parques los domingos.
No puede uno engañarse, la bella durmiente no despertó jamás y unas feas llagas se infectaron y pudrieron su carne.
Es la inamovilidad el tumor del ánimo, uno se hace viejo y agota la vida sin moverse del mismo momento. Se hacen llagas en la piel que infectan la mente.
Hasta que ella, motor de vida, gira la corona que dará cuerda a su mundo desértico y monocromo.
Porque sin ella, la vida no tiene esencia. El tabaco sólo es humo acre en su boca. Y la comida un proceso orgánico. La sed se saciaba con un pequeño trago.
Y ahora bebe con las manos plenas, con ansiedad; la bebe a ella; salpicándose la camisa.
No deja de ser preocupante que a mitad de la vida todo se haya precipitado tan deprisa. A pesar de lo que sabe, a pesar de lo olvidado; esa monada de mujer se ha convertido en su punto de apoyo vital.
Toda su autosuficiencia se ha hecho trizas con ella.
La ventaja es que no necesita ser autosuficiente, es delicioso vivir por ella.
No es habitual, y tampoco puede hacer más daño que pudrirse día a día esperando que algo cambie.
Maldito cinismo... Aunque a veces ella ríe con él. Está cansada de amores puros y hombres blancos. Ha olvidado muchas cosas aprendidas también.
Hacen una buena pareja de olvidadizos.
Si el mundo pudiera, los mataría, los descuartizaría en pedazos y los echaría a los cerdos. El mundo es una bestia de mirada aviesa de sucio pelaje cubierto de envidia e ignorancia.
Él lo sabe, son cosas que ha podido experimentar toda su vida. El mundo no perdona que alguien esté bien a pesar de lo que le rodea.
Y ahora la abraza, hunde los dedos en su cabello con la misma fuerza con la que clava los dedos en la tierra cuando intenta arrancarle los ojos al planeta.
A ella le gusta esa fuerza, le gusta ese odio contenido que transforma el hombre en pasión por ella, con voluntad, con frialdad.
Y así dos enamorados se encuentran en una calle anónima, en medio de humo y ruidos de tubos de escape, de voces impersonales y mendigos que piden con las manos llenas de mierda y verrugas.
Saben que el mundo los mira envidioso, que aquel abrazo sereno de fuerza apenas contenida, de íntimas lágrimas y de años de búsqueda; es algo que han de pagar caro.
No se puede ser feliz con tanta serenidad, con tanta voluntad. Nadie puede amar y ser amado con la alevosía que da la completa comprensión del universo.
Tal vez por eso no se extrañan cuando el uno ve en los ojos del otro la deflagración que les incinera el cabello y convierte en cenizas la piel.
Tampoco sienten apenas el dolor de los miembros amputados.
No les extraña que precisamente en el mejor momento de su vida, una bomba colocada en un vehículo por un ajeno, por un extraño a ellos, los haya matado.
Y nadie se ha dado cuenta que por encima del rugido de la deflagración, el mundo ha soltado una sonrisa prolongada y asmática; el pensamiento universal abominable, se muerde la mano conteniendo una mala carcajada, observando la sangrante y serena mano que tiene un mechón de cabello entre los humeantes dedos muertos.
Los ajenos no saben; los otros, los borrones, corren espantados con las ropas rasgadas, sin escuchar, oyendo sus propios balidos y temiendo por sus prescindibles vidas.
Tampoco el mundo ha estado muy atento y no ha podido ver los finos dedos quemados de la mujer, encañonándose la sien con una sonrisa cínica y ensangrentada. Riéndose del mundo y de su envidia. Burlándose de la vida, de la mala vida.


Iconoclasta

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