20 de marzo de 2008

666: a pedradas

No hay nada más refrescante para la mente que matar unos cuantos primates y luego quedarse con uno para pasar el rato mientras te fumas un puro y reflexionas. Los hay que hacen toda suerte de ejercicios mentales para buscar la paz espiritual, yo no. Yo soy uno con el universo cuando siento y veo como se muere un primate. Es el mayor placer (aparte de tirarme a la Dama Oscura) gozar de la lenta agonía de un humano, de cualquiera.

¡Bum! Detonación… Es ella…

No es tan sencillo torturar, sobre todo si se pretende disfrutar de la intensa y dolorosa agonía de vuestra víctima. Requiere una serie de habilidades milenarias conseguir que un primate viva el tiempo suficiente como para disfrutar de una prolongada y dolorosa agonía. Sobre todo cuando se busca algo sereno y sin demasiados gritos. Esas torturas chillonas, me dan dolor de cabeza.

Me encuentro en una sucia cabaña de metal y uralita en una de las repugnantes y feísimas calles de Kabul, en Afganistán. El hedor del río es insoportable.

Suelo acudir a los sitios más pobres y miserables para disfrutar de mi afición y trabajo, porque así mis actos adquieren un carácter más cruel. Matar a un millonario o poderoso haría feliz a muchos primates, y no quiero haceros felices, os quiero matar a todos y colgaros de ganchos para ahumaros como sardinas.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

El calor que hace no mejora mi humor y creedme, cuando estoy de malhumor, todo empeora para vosotros, primates.
Mirad si no, a que pocos esquimales cazo. El fresquito me pone de buen humor. Siempre ha sido así desde que ese dios cabrón y melifluo me largó de su paraíso de mierda.
Es igual, al final no hubiera aguantado tanta bondad de mierda y le hubiera pegado fuego a él y sus querubines.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Hace poco menos de media hora, acaban de matar a pedradas a una puta, su marido la ha acusado ante un palurdo con barbas que hace las veces de guía espiritual, de haberle sido infiel. Y tras darle una buena paliza, la ha llevado por los pelos hacia el viejo primate; éste ha dictado sentencia.

La han enterrado hasta las tetas, le han atado una sábana a la cara y una panda de tarados la han apedreado hasta que ha quedado inmóvil.
Cuando le han quitado la sábana de la cabeza, su cara parecía una hamburguesa poco hecha y no tenía un solo diente sano.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Durante ese tiempo, no he tenido más remedio que masturbarme pensando en su dolor; pero sobre todo, pensaba en ese miedo que la atenazaba y que sin duda alguna era mucho más letal que las pedradas. Y se me han escapado unas gotas de leche pensando en lo que les haría a alguno de estos machos.
He decidido averiguar si su marido es tan hombre como para aguantar una conversación conmigo.

No lo es, tiene las manos atadas a uno de los tubos que soportan el techo de la chabola y ahora se le escapa la vida por el culo, le he reventado el esfínter con unas cuantas piedras que ha usado para matar a su esposa. Con precisión, le he estado golpeando entre las piernas y en el centro del ojo del culo, hasta que ha manado la sangre.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Su mujer se había acostado con el vecino que vive enfrente y que también ha participado en la lapidación de la adúltera. Cuando le he clavado el puñal en la nuca, estaba bebiendo té que había calentado en una lata de tomate oxidada. Cuando mueren así de rápidos, es como una pequeña erección que apenas me proporciona placer, no me llena. Por ello, en el pequeño patio trasero que hace las veces de mísero huerto, he violado a su mujer por el culo y acuchillado a los dos niños. Claro que han gritado, pero es una pequeña calle poco transitada y con pocos vecinos. Mi Dama Oscura, los estará matando en este momento.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

A la mujer la he dejado viva, pero le he cortado la lengua. De vez en cuando dejo primates vivos para que den testimonio de mis creaciones.
Si no hubiera matado a esta familia antes de ir a por el marido chivato, el ansia me hubiera llevado a un trabajo más apresurado. Cuando tengáis que matar y disfrutar con la agonía de algún congénere vuestro, lo que tenéis que hacer es lo mismo que los que llevan mucho tiempo sin follar: una paja.
Es el mismo principio.

El hombre se llama Ahmer y hace ya rato que ha dejado de llorar y gritar, ahora sólo respira con dificultad.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Acaba de vaciársele el vientre y se mezcla la sangre con la mierda. Es curiosa la anatomía, rompes un músculo y mana mierda. Los primates tenéis tanta suciedad en vuestro interior…
Era inevitable esta desagradable excreción. Sin embargo, soy astuto y he cerrado su pene estrangulándolo con un alambre, sabía que se mearía cuando con esas mismas piedras, he roto las costillas lentamente y en ambos costados, hasta que sus pulmones se han perforado.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Es por eso que se cuida muy mucho de gritar: cada intento por coger aire se convierte en un vómito sangriento. Una bocanada de sangre sale de sus labios.

Y la verdad, a pesar de ser un dios, no puedo por menos que sentirme un poco inquieto al ver esa morcilla amoratada, casi negra e irrecuperable como órgano. Es igual, está muerto, no necesita recuperar su polla apedreadora; no hay cirujano ni dios que le pueda salvar la vida. Sólo se le puede acortar sufrimiento y eso no es algo a lo que esté dispuesto a hacer.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

¿Veis? Siempre pasa lo mismo con estos machos primates: muy territoriales, muy reproductores, pero cuando se enfrentan a la muerte, se cagan y se mean.

Bueno, si no hubiera matado a pedradas (lapidación le llaman algunos intelectuales eufemistas) a su santa, lo hubiera asesinado igualmente; Alá mira a otro lado hoy.

Le cojo el casi podrido pene que cuelga dolorosamente entre sus piernas (no es tan largo como dicen que estos monos lo tienen) y cuando se lo agito, un chorro de sangre en lugar de un grito se desliza desde su boca por el pecho.

Me pongo malo, de excitado… Saco mi pene por la bragueta del pantalón y acercándome a su boca, respiro el hedor de la sangre, masturbándome con mis poderosos y musculosos brazos. El humo de mi puro no le molesta al entrar en sus ojos, le duelen demasiado los pulmones y la poca sangre que le queda, la está cagando. El humo es soportable en una situación así.

De hecho, fumar no tiene nada de malo, lo malo es lapidar.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Cuando eyaculo en sus pies, me limpio el semen con el cabello de la cabeza que le he cortado a su hija (imagino que es suya, ya que si su mujer era tan puta…). El cuerpo de la pequeña descansa pálido y sin sangre a nuestros pies.

Su hijo, un ejemplar mayor, de unos doce años ha muerto con mi puñal clavado en la garganta.
Y este primate afgano, lo ha visto todo. Soy mejor que dios creando dolores y penas; y eso que él se emplea a fondo. Ocurre que él es vago, yo no; yo hago personalmente mi trabajo.

¡Bum! Detonación… Otra vez…

Para acelerar su muerte y provocarle más dolor, le corto esa morcilla hinchada y negra en la que se ha convertido su polla.
Sus mocos salen disparados de la nariz intentando no gritar para evitar el intenso dolor de sus pulmones y su vientre se encoge tanto que por puro mimetismo, hace que se contraiga el mío.

Con el pene aún goteando leche, me siento encima del cuerpo del niño y sacando el cuchillo de su garganta doy una fuerte calada al cigarro.
Del muñón del pene apenas mana sangre, un hilillo fino cae vertical como una meada desde su ano y sus ojos se cierran.

Ya está perdiendo el control de su cuerpo y su pecho se infla y desinfla con rapidez haciendo caso omiso a las costillas que desgarran los pulmones. Yo cierro mis ojos y abro la boca aspirando con glotonería la vida que se le escapa.
Y por fin queda inmóvil, sus ojos están tan inyectados en sangre que no se le aprecian las escleróticas.

Hay un silencio maligno que me emociona.

Salgo de esta mierda de choza dando una patada al cuerpo de su hijo.

Mi Dama Oscura me espera al final de la calle, no lleva la cara cubierta, y viste una minifalda que deja sus musculosas piernas visibles hasta casi el inicio de las ingles. Es una gozada verla así.
Me gustaría saber cómo han reaccionado los primates que ha estado matando en las otras cabañas. Seguro que se les ha puesto dura antes de que ella les volara la cabeza de un tiro. En su mano sujeta con elegancia y erotismo una humeante Glock de 9 mm. negra como mi pensamiento.


Cuando llego hasta ella, levanto su falda; como siempre, no lleva bragas y hundo los dedos en su coño: está empapado. Sonrío con ternura a un niño que llora abrazado a un cadáver.

Me la voy a follar, mi Dama Oscura necesita de mí, la pobre no aguanta más.
Os dejo.
Ya os contaré más cosas interesantes en otro rato.
Siempre sangriento: 666.


Iconoclasta

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