4 de abril de 2007

666 a la vera del río


Estoy harto de oír filosofía barata que se transmite de padres a hijos y de maestros a alumnos. Los refranes, las medias lecturas de los libros. La ignorancia. Las memeces pasan de generación en generación como un código genético defectuoso. De imbécil en imbécil.

Uno ha de filtrar todas esas cosas para no verse tan idiota como es la humanidad; sobre todo cuando estás relajado viendo fluir el agua de un río.

Te sientas con tu mejor actitud positivo-idiota-optimista y piensas que nunca es la misma agua, que todo muta en este mundo cambiante y que a la mierda la experiencia porque es todo irrepetible. Vamos, que si te dan una patada en el culo, no hace falta que te apartes la próxima vez que veas una bota volar, porque seguramente tu culo ya no será el mismo y el zapato tampoco, por lo tanto es imposible aplicar la experiencia, como imposible es pues, tropezar dos veces con la misma piedra.

Joder, pues yo lo veo todo igual, tan igual que da asco y me siento mal y aburrido.

No será la misma agua porque alguien se ha debido entretener en seguirla y asegurarse que no da media vuelta para volver río arriba y fluir de nuevo por todo el curso del lecho, no tiene ganas de ir a la mar salada.

Esta tontería sólo es digna de aparecer en el orden del día de una sesión de diputados.
Si el agua siempre fuera la misma, sería un lago muy largo y estrecho en vez de un río; como una meada en la rodada de una rueda.

La cuestión no es que sea la misma agua, la cuestión es que es agua. Porque el agua no tiene identidad, no tiene cara, ni voz. El agua, por mucho que digan, no saluda al filósofo que está sentado en la orilla ni le dice:

― ¡Eh, tío, que detrás de mí viene otro litro de agua y es más fresca que yo!

En este caso sería correcto decir que no es la misma agua. Una es más fresca que la otra y se ha debido entretener a charlar con la piedra que siempre ha sido la misma pero, según el filósofo, cambia porque cada agua la moja de otra forma distinta. Y así de esta maravillosa forma las piedras del río con más de cuarenta toneladas, también son cambiantes. Y se rascan los cojones aburridas.

Es para darle de patadas al ingenioso hasta que las suelas del zapato pierdan el dibujo.

Esta reflexión viene a cuento porque el planeta cambiante, a pesar de que las hojas son arrastradas por el viento y no parece el mismo suelo que hace unos segundos; es demasiado pequeño. Creía que podría estar tranquilo y no tener que oír a más primates idiotas rajar sus tonterías.

No ha sido así, no me ha dado tiempo a acabar el cigarro cuando un padre le explica a su hijo unos metros más arriba, la maravillosa fábula del agua que siempre es distinta.
¿Es que no puede uno tener un poco de paz y silencio? Yo sólo quería oír correr el agua, el sonido que provoca al chocar con las rocas, ver pasar una rama flotando.

Los condenados hoy gritaban más que de costumbre y me he sentido agobiado en mi cueva.

He subido bordeando la orilla hasta donde padre e hijo se entretienen charlando y tirando cosas al río; ramas y piedras. Estoy seguro de que han meado, todos los primates lo hacen. Se encuentran en un pequeño vado del río con un flamante todo-terreno nuevo a la espalda, un frondoso árbol les hace sombra y unas preciosas piedras que la naturaleza ha dispuesto ahí para que ellos se sienten, crean un rincón de gran belleza.

Es para vomitar toda esa idílica idoneidad del momento. Para cagarse en Dios.

El padre, con su gran cochazo, se ha debido despertar trascendente y le ha dado utilidad mística al vehículo. Los primates ven demasiados anuncios.

― Buenos días. ― les saludo.

― Buenos días. ― me saluda el padre.

El niño me mira sin interés y tira una rama al río que se va flotando, llevada por un agua que no sé si es diferente pero seguro que moja. Debe tener 11 o 12 años, si fuera mayor ya hubiera enviado a su padre a la mierda.

― Apetece sentarse en la orilla, hace un calor horroroso.

― Desde luego, nosotros venimos de la ciudad, es insoportable. Menos mal que me he comprado el todo-terreno y ahora podemos venir aquí con tranquilidad.

― Precioso coche. Este año viene muy crecido el río, hay mucha nieve allá arriba.

― ¿Ves Borja? Este señor ha dado en el clavo, el agua es la nieve derretida de las montañas, cada gota es un copo de nieve deshecho y por lo tanto el agua es diferente.

― Pues siempre parece la misma.

― Sí pero no, cada gota es un agua independiente en sí misma, que al unirse a otras…

Aquello iba para largo, el padre sufría una crisis de sensiblería y estaba firmemente dispuesto aburrir a su hijo y a mí.

― Es difícil hacer comprender a un niño que el agua podría ser un conjunto de entes. El agua es indivisible e idéntica. El agua del río es una cinta continua, un ciclo sin fin.

El padre me miró evidentemente molesto por mi interrupción.

― Técnicamente no es la misma agua. Su opinión no ayuda a explicar que el mundo está en continuo cambio y reparación.

― Tampoco se puede decir que cambie el mundo, simplemente se gasta y se rompe.

― Es demasiado simplista.

― Primate de mierda…

No puedo aguantar más. No soporto a los primates y su cháchara. He sacado el puñal de la parte posterior del pantalón, y con un paso rápido se lo he clavado en la papada. Le ha salido por la boca pinchando la lengua.

El niño no lo ha visto, estaba pendiente de cómo desaparecía otra rama que ha lanzado al agua. La camisa de aventura del hombre se ha empapado en sangre y se debate inutilmente para zafarse del cuchillo. Subo el brazo y él sujeta mi puño con las dos manos intentando bajarlo. Está de puntillas y no articula palabra, pero parece un perro gimiendo.

En cuanto el niño se da la vuelta hacia nosotros, le doy una patada en la cara aplastándole la nariz con un feo crujido, se estrella contra el árbol. Un brazo ha quedado extrañamente doblado y en el antebrazo ha aparecido un bulto que tensa tanto la piel que la empalidece.

― Mira mono, que técnicamente no es la misma agua, lo sabe hasta el subnormal de tu hijo. ― al padre, además de la sangre, se le escurren unas lágrimas.

Más agua.

No puede ver a su hijo porque no le dejo mover la cabeza. Adopta un gesto forzado, a pesar de que con el mango del cuchillo le obligo a mirar el río, sus ojos se dirigen al árbol. El niño está aturdido y gimotea tirado entre las gordas raíces. Su papá no puede verlo.

­― El agua es la misma, aquí que diez metros más abajo o arriba; a menos que me mee en ella y llenes la botella en ese momento, no encontrarás diferencia alguna. Pregúntate mejor si durará el agua lo suficiente para dar de beber a tu hijo o a tus nietos. Y pregúntate algo interesante ¿es necesario pensar cosas tan tontas, perder el tiempo con una idiotez que no lleva a ninguna parte y aburrir a tu hijo. Arruinar mi momento de meditación? ¿A que ahora hubieras deseado estar deslizándote por el tobogán de un parque acuático sintiéndote fluir a ti mismo, oyendo los gritos emocionados de tu hijo?

Pienso en que lo verdaderamente distinto es la sangre de cada primate, sus células, su viscosidad, su color.

Tiro del puñal y grita desesperado de dolor. Le golpeo por detrás de las rodillas con una patada y hago que caiga de cuatro patas al suelo, de su boca mana abundante la sangre.
Le agarro por el cabello obligándolo a gatear hasta que sus manos se hunden en el agua. Levanto su cabeza sin soltar el cabello y le hago un profundo corte en el cuello. La impresión es que está vomitando sangre, como un borracho vampiro de película.

El hijo llora aterrado y se arrastra por el suelo en dirección al coche.

― Mira ahora todas esas aguas diferentes y mientras mueres, cuéntalas. Es una forma de pasar el rato hasta que no te quede una sola gota de sangre en el cuerpo. ― le grito zarandeándole la cabeza.

A los dos minutos está muerto, acerco mi boca a la suya, tanto que mis labios se han manchado de sangre y aspiro su alma.

Lo empujo hasta que el agua lo arrastra, pero sólo unos metros, no hay mucha profundidad y se ha quedado varado sin que el agua lo cubra del todo, sus ojos sin vida, como los de un pez en el mercado, miran el lecho del río. Mi pene está duro y me masturbo con la mano ensangrentada, con la eyaculación lanzo un grito feroz que detiene el agua del río durante unos segundos. Flotan peces muertos ante mí.
Me voy de aquí.

A medida que me alejo, los sollozos del niño dan paso al rumor del agua. A veces dejo vivir a primates para que alimenten la posibilidad de mi existencia, para que hagan de mí un mito, para que los psiquiatras tengan más trabajo.
Tengo una sed…

Ya os contaré más cosas.
Siempre sangriento: 666
Iconoclasta

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