16 de septiembre de 2006

Milésimas

Distancias, recorridos, velocidad, aceleración, segundos...
Y todo en milésimas... Es desesperante.
¿Dónde están los grandes momentos? ¿Las cantadas épocas de amor y de pasión? Porque sólo siento que duran milésimas de segundo.


Como el tiempo que tardan en rozarse los labios hambrientos. Una milésima de centímetro entre las pieles, una distancia ínfima. Tan ínfima como el tiempo que la vida nos concede para realizar ese pequeño recorrido a la sensualidad de tu boca.

Hace daño esa velocidad del tiempo, duele y desgasta; me reflejo en tus ojos y me derramo por el suelo como cera caliente en ellos, temo ser tan relativo para ti, que siento ser una distorsión en tu vida, algo que no importa demasiado, que pesa unos miligramos.

Soy tu aberración. La aberración que el infinito provoca en el tiempo, en mi tiempo.
Tal vez en el tuyo.
Te ruego atención, te exijo que por breve que sea mi beso, lo sientas. Y mi abrazo... Ya es suficiente sufrimiento esta velocidad, esta brevedad.
El sufrimiento no es una cuestión de milésimas de segundo, mi vida; son decenios.

No es largo el recorrido hacia tu boca, preciosa, simplemente nos conceden muy poco tiempo. Hay momentos en los que soy lento porque tus ojos me capturan, tus labios me distraen y me convierto en hombre satisfecho con sólo tenerte ante mí. Te sueño despierto y las milésimas de tiempo han pasado, me queda el rastro de tu sonrisa en la mente como el testimonio de una oportunidad perdida.

Soy un estúpido iluso y el tiempo es breve, calculadamente breve para la pequeña distancia. Calculado para que mis dedos se encuentren de pronto acariciando el aire, cuando hace apenas media sístole, tenía tu mano en la mía.

El universo es una cuestión de escalas, y sé que durante el beso ha llegado la luz hiriente de la implosión de una estrella. Y eso duele, duele ser nada; ser tan lento que hasta la luz de una estrella que explotó hace infinito tiempo, llegue más rápida al planeta que mi boca a la tuya.
Lo aseguran los astrónomos, ellos tienen más tiempo que yo.
Debo estar en una escala equivocada, mi amor. Temo envejecer tanto cuando llegue el próximo beso, que tus labios se comben en una mueca de desagrado.

Requiere gran concentración y reflejos llevar mi mano a tu mejilla tantas veces acariciada en mi mente por mis dedos de prestidigitador fracasado.
Sombras chinescas que no se sienten.
Recuerdo esa milésima de segundo que duró el roce de mis dedos en tu mejilla hace siglos.

Milésimas, miserias de un instante feliz, de unos ojos cristalinos y limpios que se cruzan, que se reconocen, que tal vez hayan sonreído; pero ya no estoy seguro.

Desgasta tanto esta velocidad... La desmesurada aceleración del corazón que colapsa mi respiración demasiadas veces.

Hay tan poco tiempo que podemos creer que ha sido un espejismo esa mirada de amor.

Milésimas de segundo es lo que tarda el corazón en detenerse ante el roce de tu piel.
En milésimas de segundo, surge mi vómito del alma y te arrojo a la boca mi amor; mi amor eterno y para el cual me conceden sólo esas milésimas de segundo, esas milésimas de milímetro de piel.
El corazón acelera tanto en tan poco tiempo...


Soy un fracasado, un atleta del amor que no sabe robar tiempo al universo que nos empuja, que nos estampa el uno contra el otro para arrancarnos de ese abrazo en el que nos envolvemos y dejarnos labios del uno en el otro.
Escuecen tanto tiempo los labios, necesito calmarlos con el calor húmedo de los tuyos. Hidratarlos con los tuyos.
Y esta pasión que es eterna, en constante lucha contra la expansión del universo, me desgasta. ¿Sabes que temo desaparecer? Ser devorado por la parábola del tiempo...
Mi corazón rompe el pecho ante ti, por ti.

Dímelo, dime que has tenido tiempo a sentirme, que mis labios han dejado la impronta de un amor que me enferma, que me encarcela y me desintegra a una velocidad a la que ni los cosmonautas pueden sentir.

Pero lo más importante, la razón por la que te cuento esto, mi vida: tú no me quieras igual, porque no soportaría saber que vives esta aberración de tiempos y distancias.
Unos prismáticos que enfocan por el lado contrario y nos acercamos sólo un instante donde todo está deformado y es extraño a nosotros. O nosotros ajenos al mundo.
Yo no sé tanto como para expresarme con claridad, para explicar toda esta irracionalidad.

No me quieras así o me mato, porque no podría, no quiero ese padecer para ti.
Si me quisieras como yo te quiero, me rajo el cuello, mi vida.
Sólo dime que he conseguido que me sientas durante esa milésima de segundo. Que he existido y que en tus labios aún sientes el calor de los míos. Que rozas tus mejillas allá donde se posaron mis dedos.
No me quieras así, mi amor, no me quieras que duele mucho.
Sería un hijo de puta si te pidiera amor, mi vida.

Es un dolor eterno y cósmico.
Y sin embargo, es mi tesoro, mi triunfo. Mi amor atesorado milésima a milésima de segundo.
Soy un ladrón de instantes.

Iconoclasta

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