4 de febrero de 2006

Contorsionismo

Voy a practicar una contorsión que dará la vuelta del revés al cerebro, y no será verse en un espejo. Creo que estas cosas son más complicadas.
Si la llamo asana, tal vez suene más exótico. Y más creíble.
Asana cerebral bajo tremenda presión por nada en concreto.
He visto anunciadas películas de arte y ensayo con títulos más feos.
Y la vida es penosamente lisa. Las cosas son tan sencillas que le restan emoción a la vida. Saberlo todo es no necesitar saber más y una forma de escaparse de esta certeza es realizar una complicada contorsión.
Es lo que tiene aburrirse, uno hace cosas que no son posibles sabiendo que duelen.
Es incoherencia. El cerebro no está contento con este ejercicio y me hace escribir ideas grotescas.
Patéticas.
Y se ven cosas complicadas por dentro; como una lágrima que está formada por demasiados dolores, por excesivas penas, por pocas alegrías. Es difícil destilar y separar los distintos elementos; requeriría una centrifugadora y no estoy dispuesto a vomitar.
Se me escapa la risa, y es que el cerebro ha dicho cosas blasfemas, me mira a mí mismo y dice que me podría dedicar a clavarme astillas entre uña y carne en vez de molestarle. A veces es sarcástico con un toque de ira. Un lujo que se permite conmigo porque sabe de mi paciencia. De mi resistencia a lo anodino.
Quiere tranquilidad y seguir gobernando el cuerpo, provocar pesadillas por las noches.
Vanas esperanzas en la vigilia.
En el profundo universo de las descargas eléctricas de mi cerebro simple todo son clics y luces; son tan rápidas que parecen repetirse millones de veces, la misma sinapsis, la misma neurona. Siempre lo mismo.
Por lo menos ahora comprendo porque este aburrimiento autodestructivo. Mi cerebro es fuerte, tantos años soportando esto…
Temo intentar mirarme las manos con los ojos que ahora miran adentro y lloran al revés pero en la dirección correcta; porque sangrarían, creo que todo iría al revés y la sangre saldría disparada a través de los poros de la piel. Por la palma de las manos.
Y el vello saldría entre las uñas.
Todo confuso, todo imprevisible.
Sangrienta contorsión de un cerebro doblado.
Ahora confuso.
Es otro buen título para este momento de creación literaria.
¿Y si en esta extravagante doblez practico un doble salto mortal?
Yo creo que tal y como están las cosas las piernas se meterían hacia el vientre y las manos se fundirían con las costillas.
No tiene sentido, ni falta que hace. El sentido ahora mismo es el rugido atronador de la sangre en las venas no hay nada del exterior y Urano (una neurona que se me antoja románticamente lejana) pulsa de tal forma que creo que se está creando una idea.
Margaritas a los cerdos… No necesito ninguna idea mierdosa, yo sólo quiero algo que me distraiga sin necesidad de pensar.
Si me lo propongo, el riñón funcionará al revés y la sangre tendría otro color, otra textura.
¿Se reflejaría en mi sonrosada piel el dorado color de la orina?
La ocurrencia es asquerosa.
Y el cerebro aúlla advertencias de muerte ante la visión de la dorada ducha interior: que si estoy en la cuerda floja, que si una psicosis, una depresión suicida, que si ya no veré jamás a los que amo (como si hubiera tantos), bla, bla, bla…
Como si fuera un drama.
Mejor me desdoblo, el cerebro tampoco es un lugar acogedor.
Consigue hacerme extraño a mí mismo.
Que estupidez, que estúpido soy.
¿O era aburrimiento?
Y entre húmedos chapoteos, enfoco un conjunto de edificios más sosos que un ataúd vacío. Más de lo mismo.
No me dedicaré al yoga, no es lo mío.


Iconoclasta

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