17 de diciembre de 2005

Paraíso

No es fiebre, no sudo; no tengo frío.
Ojalá no sea una pesadilla, que sea real.
Da igual, no importa lo que es; estoy viviendo el momento y no soy capaz de despertar porque pienso que es imposible recuperar la conciencia en la vigilia.
No hay asomo alguno de coherencia en mis paraísos de la angustia y la desazón.
Es mejor así, porque en el otro mundo, el vulgar; no hay nada que me emocione.
En aquel mundo multicolor y ruidoso todo es previsible. Ocurren cosas frívolas y la gente muere con absoluta normalidad.
Soy sabio.

Es este mundo repugnante, retorcido y violento el que me hace sentir vivo. Importante.
No puede hacer daño ser alguien.

La rodilla no se acopla, hay demasiada distancia entre las dos partes y cuando pongo el pie en el suelo, parece de goma la articulación, no soy capaz de plantar el pie firme y un cosquilleo me hace sonreír.
Pero es un llanto, es lo bueno de mi paraíso, todo se oculta tras máscaras indescifrables.
¿Es real? ¿Y este dolor infame que parece desintegrar el hueso en fina arena?

A pesar de que siento los ojos irritados por el chute de Euforimol en los lacrimales (se necesitan nervios de acero y un pulso de cirujano para poder clavar la aguja en la glándula lacrimal sin perforarse el globo ocular); puedo ya sentir que olvido que existe el mundo frívolo, e ingreso con plena conciencia en mi tormento.
Mi cuerpo responde jovial, la rótula se une y avanzo con normalidad por una calle extraña que no me interesa ni llama mi atención.

Es extraño y tenebroso. Las cosas bellas mutan en horripilancias sin previo aviso y con una escalofriante imprevisibilidad.
Ello me obliga a admirar la belleza con precaución.
A veces un niño se transforma en una rata nerviosa que mordisquea con avidez un trozo de excremento entre sus patas delanteras.
Cosas que dan asco y de las que me es imposible apartar la mirada.
Es fascinante el horror, la angustia, el asco.
Y yo piso su cabeza aunque intento no hacerlo, el sonido de la cabeza de la rata al ser aplastada por mi bota parece rasgar el universo entero. Parece que sangran las nubes.
Nubes pesadas, siniestras, mis nubes preciosas cargadas de ácidos vapores. De acre sangre.

Sigo caminando tras el repugnante acto de matar a la rata (¿al niño?) y me doy cuenta de que voy descalzo. Los huesecillos del cráneo se han clavado en la planta de mi pie. Podría hacer claqué con un sonido espectacular.
Aunque duela me joderé y bailaré con los huesos clavados…
Sacarse los huesos no duele, es una sensación de alivio, quisiera tener más huesos clavados para poder seguir sintiendo el alivio de extraerlos entre la sangre espesa y sucia.

Estoy sentado en un césped que huele a orines.
Doy vueltas a los huesecillos entre los dedos, hasta que me sobreviene una arcada y no vomito nada. Sólo bilis.
Una bilis que me quema la garganta.
Y el cigarro encendido entre los dedos conforta mi espíritu. El filtro es amargo como la hiel, pero el humo cauteriza mi subrealismo.
El meñique del pie izquierdo se ha transformado en un gigantesco dedo de rata, y se mueve nervioso.
Hundo el pie en el sucio césped sin prestar demasiada atención.
Y me relajo.

Ella me conoce, pero no sé quien es. Ni tengo necesidad de saberlo. Bajo su falda no hay bragas.

-Estás mal y estás bueno.- me dice con las piernas abiertas, sintiendo mi mirada clavada en su coño.

No le hago puto caso.
Se hace más agresivo el olor a meados, y su coño huele mal. Mi cabeza reposa encima de las manos en el césped.
El glande de mi pene duro asoma por encima de mi abdomen. Brilla excitado.
Y mi mano se mete en su vagina, provoco que se derrame de flujo, y ella se retuerce. Hay tanta gente…
Lo hago más espectacular y alzo su falda para que vean como mis dedos se han metido en su coño. Nadie mira.
Su coño es el centro del universo.
Me lo comería entero.

Ella va abriendo sus piernas y flexionando las rodillas, mi mano entrando en su coño profundamente.
Una puta contorsionista…
Y mi mano se contrae y dilata en su vagina. Ella gime, gime mucho.
A veces parece un profundo llanto y me excita más.
Agarra mi muñeca con fuerza para metérsela más adentro. Y yo siento como el glande se expande y necesita ser tocado, acariciado.
Ordeñado hasta morderme los labios de puro placer.
Extrae mi mano de su coño, empapada en gelatina.
Y se come mi polla, se agacha hasta rozarme con los pezones las piernas y traga mi pene.
Y yo embisto su boca desesperado, me aferro a su cabeza jalando de su cabello y siento todos esos gusanos viscosos entre su pelo.
Siento como se arrastran por mis antebrazos.
Aplasto sus gusanos entre mi orgasmo, eyaculando en su boca.
Se ríe como una rata.
Se limpia el semen con las patas delanteras, nerviosa.

Mi pene sangra. Y yo me retuerzo con una frenética carcajada.
Me asombra este mundo, el semen ya está frío y los gusanos campan por mi pubis.
Y todo es sorprendente, inquietante.
Escalofriante.

Me levanto sucio, soy meados y semen. Soy mierda pura.
La cojo por el rabo evitando que me muerda.
Los pezones los tiene aún duros cuando volteándola, estrello su cabeza contra el suelo. El chillido de dolor dobla el cielo, lo refracta y la gente se detiene, observa la rata entre mis manos.
De mi pene aún penden mocos blancos. Y me torno feroz ante ellos; mi hocico se acentúa: se prolonga y agudiza y mis patas delanteras les amenazan. Mi rabo rosado se mueve inquieto.

Es todo tan extraño, tan mágico…
No quisiera volver al otro mundo. Me agujerearía los ojos por vivir en este paraíso eternamente.

Tal vez otro chute de Euforimol en el ojo me dará la eternidad en el paraíso que ningún puto dios ha creado aún.
Es mío, mi paraíso.


Iconoclasta

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