25 de mayo de 2010

666 y la ninfómana



La marrana se arrastra.
La primate se retuerce en el suelo deseando gozar de un profundo orgasmo producido por las fuertes vibraciones de un consolador enterrado profundamente en su vagina.
Cerda de coño dilatado...
Mi erección sólo se basa en el dolor y la muerte a la que la voy a someter. Tengo buen gusto para las mujeres y esta mona sólo me excitará cuando se convierta en un trozo de carne picada.
Casi grita presionando su clítoris, como si temiera que le fuera a reventar, lo aplasta. Con fuerza. Sus pechos están enrojecidos por el roce contra el suelo.
Pero está seca de placer.
Una espesa baba se le escapa con la última contracción en un vano intento por alcanzar el orgasmo, es la contracción de la frustración. Sus pechos se agitan con la angustia de la nada; se puede apreciar la cicatriz del relleno de silicona.
La primate ninfómana quiere atraer a todos los machos que pueda a costa de su cuerpo y naturaleza.
Aún no conoce el verdadero placer, para ello ha de experimentar el verdadero dolor. Es un sistema sencillo que se usa en los ratones de laboratorio.
Sólo que cuando yo educo, no hay esperanza alguna para vivir y lo aprendido morirá junto con vuestro cuerpo y no servirá absolutamente para nada, salvo para que yo pase un buen rato haciendo lo que deseo. Y deseo acabar lentamente con todos los primates del planeta y tirar sus ojos sin vida a los pies de ese dios maricón y sus amanerados querubines que ni polla ni coño poseen.
La cerda conocerá el placer más puro, el que nace de la más básica animalidad. Desde la sangre y con la sangre.
Estoy seguro, primates, que muchos de vosotros y vosotras, desearíais pasar unas horas sudando con una puta psicótica como ésta.
No sabéis lo que decís.
La ninfómana os destrozaría; hay que tener el cerebro tan podrido como ella para que podáis disfrutar de su a-orgásmico coño.
Se consumen en su deseo siempre insatisfecho y consumen a los que se encuentran.
Yo os mostraré como comportaros con una primate así.
Aunque con ella jamás podréis poner en práctica lo aprendido. Si es que sois capaces de aprender.
Os podéis consolar con que aún queda un buen número de estas monas calientes.
Aún hay unas cuantas para que podáis usarlas.
Os invito a la muerte en directo. Os daré una práctica lección de cómo llegar a torturar a un primate (uno de vuestra especie) hasta el punto de hacerle olvidar su propia locura. Hasta que el mono desee morir cuanto antes para escapar del inenarrable dolor.
Aunque al final, lo que más duele es el terror a morir.
No es popular morir y ver como la vida se escapa con cada herida, con cada uno de mis actos.
Me tengo que contener para no acabar con toda la humanidad en un mismo instante.
Encontrar a una ninfómana es muy fácil. Basta con acudir a un psiquiatra, a poder ser de un importante y gran manicomio, esperar en la sala de recepción a que la Dama Oscura haga su trabajo, contar hasta treinta y entrar sin llamar.
Abrir la puerta de la consulta y ver lo que ocurre, aún hoy día, me llena de ira. Soy un macho territorial y siempre me fastidia ver a mi Dama Oscura con sus muslos obscenamente separados dejando su rasurado y sedoso sexo completamente indefenso y a merced de una lengua que no es la mía.
A veces yo también sufro arrebatos de amor.
El psiquiatra aún tiene su facultativa boca metida en el coño de mi dama (es rápida mi puta), cuando se gira hacia a mí un tanto azorado y con los labios húmedos y pringados de flujo de coño.
— ¡Salga y espere su turno, joder!
— Ya es mi turno.
No es un buen psiquiatra, porque no ha sabido captar que de morir no se libra.
Como ocurre siempre, hay que infligir dolor para que un primate nos preste la debida atención.
Avanzo hasta él rápido sólo son cuatro pasos y al cuarto, mi pie se estrella contra su cabeza. Nunca deis un solo golpe, se podría considerar como accidental. El segundo golpe es muy importante.
Así que lo cojo por el rizado y engominado cabello y le estrello la cara contra el suelo. Los dientes se parten y los labios se convierten en pulpa.
—Quiero los datos de las pacientes afectadas de hipersexualidad. Ninfómanas.
No me escucha, ahora mismo está procesando el dolor.
Los primates difícilmente podéis pensar en varios canales.
Y yo amo el juego. Necesito jugar y olvidar que lo sé todo, que todo es soberanamente aburrido. La eternidad no es un buen reto para mi intelecto.
Así que necesito jugar a que soy como vosotros, que no lo sé todo.
La Dama Oscura se levanta de la camilla sin bajarse la falda; su pubis está empapado de saliva. Coge suavemente por los hombros al médico y le ayuda a incorporarse.
—Vamos, mi macho loquero, si no vas al ordenador y haces lo que dice mi negro dios, vas a sufrir más allá de lo que tu mente puede entender.
—Pero ¿qué queréis?
—Atiende bien mono de mierda. Busca a pacientes aquejadas de ninfomanía, me da igual que sean tuyas, de otro colega o de la puta perra que te parió.
La bata del médico está salpicada de sangre y mi tono es lo suficientemente hostil para que deje de pensar y acepte las órdenes.
Teclea en el ordenador e imprime un listado.
Cuando me lo entrega, sólo hay tres pacientes. Una de cuarenta y cinco años, una de dieciséis y otra de treinta y cuatro años.
La Dama Oscura apoya la barbilla en mi hombro para leer la lista y me acaricia los genitales.
— ¿Qué quieren de ellos? Son sólo gente normal, enfermos, pero sin nada que ofrecer —lloriquea el médico escupiendo sangre, sus ojos están amoratados por el golpe y sus labios rotos le dan un deje de deficiente mental al hablar.
La Dama Oscura se acerca aún con la falda elevada, con la raja húmeda de babas. De la cinturilla de la falda saca la daga ocultándola hasta que se abraza al cuello del psiquiatra y le lame la sangre de los labios.
Clava la hoja muy lentamente a la altura de un riñón, yo presiono sin ninguna dificultad la mente del hombre y éste sufre lo indescriptible sin poder mover un solo músculo mientras el cuchillo corta y trincha su apreciado órgano. Lo sé porque estoy dentro de él y siento su dolor, su frecuencia crea una aparatosa erección en mi pene dios.
Mi Dama clava ahora el cuchillo en el otro riñón, para que no quede ninguna duda de su muerte. Siento como la orina intoxica su sangre y el shock traumático lo coloca al borde mismo de la locura. Aunque sobreviviera, al masivo destrozo, nunca volvería a recuperar su cerebro.
Mis cerdos, mis crueles roncan excitados desde la otra dimensión, en el otro lado la muerte despierta su hambre. No les doy permiso para pasar. Que se jodan.
También los odio.
—Córtale el cuello, voy a dejar de presionar su mente.
Con la misma calma y precisión, corta en redondo el cuello. La boca del primate muestra la obscenidad del dolor y su nueva sonrisa sangrienta, unos dedos más abajo, deja ir burbujas de sangre y saliva que explotan como pompas de jabón sin abandonar la herida.
No hace ruido al morir, sólo el gorjeo de quien se ahoga con su sangre y el aire no acaba de llegar a sus pulmones.
La muerte está servida.
Y así, jugando a ser humano es como hemos conseguido llegar a la casa de la ninfómana treintañera.
La verdadera maldición de ser dios reside en el conocimiento total, no tengo capacidad para sorprenderme, duermo sabiendo exactamente qué pasará al día siguiente y qué ocurrirá en cien años.
Todo, absolutamente todo es conocimiento. Y las sorpresas las debo crear, tengo que tener un aliciente. De lo contrario, os desmembraría sin pasión, sin alegría.
Os aplastaría aburrido. Y la eternidad es un deja vu también eterno, es vivir eternamente en el pasado.
Hemos llegado con el Aston Martin a un barrio obrero de alguna ciudad que no importa, donde la pobreza se combate con electrónica de consumo, con un gran televisor que pagarán a largos plazos, con cámaras de fotografiar que sólo usarán dos veces en la vida porque sentirán asco de verse a si mismos. Las cámaras digitales les muestra demasiado pronto lo que de verdad son.
Para variar llueve.
A la entrada del edificio colmena donde vive la ninfómana, nos esperaba Ezutial, el ángel que protege a los locos. Dios está demasiado aburrido y todo lo que sea sexo, le llama poderosamente la atención.
Llueve y antes de entrar en el portal, me he quedado bajo el aguacero, apoyado en el capó de mi bólido. He encendido un puro enorme que Dios no ha conseguido apagar con su lluvia de mierda.
La Dama Oscura le ha susurrado a Ezutial algo en el oído y ha llevado la mano entre sus piernas
—Estás vacío... —dijo mirándome y riendo hace unos instantes.
Ezutiel se hizo niebla dejando un triste y lamento en el aire.
Son tan melodramáticos los ángeles.
Ese dios maricón debería decirles que la sobre-actuación es un recurso ya aburrido.
Ha sido la puta mona quien ha abierto la puerta cuando tras llamar, me ha visto a través de la mirilla.
Ni siquiera ha preguntado quien soy.
Ha visto un hombre, es suficiente.
La puerta da directamente al salón, y si parece grande es porque sólo hay una pequeña mesa redonda, una mesita con ruedas para un viejo televisor y un par de sillas.
Las cortinas raídas no dejan pasar la escasa luz de este día, el ambiente es opresivo y el suelo está sucio y pegajoso.
Su madre es una anciana que se encuentra en una silla de ruedas, su cabeza ladeada e imbécil, deja caer un hilo de saliva. Su pecho está rodeado por un cinturón que abraza a su vez el respaldo de la silla.
Su puta hija le estaba obsequiando con una monumental paja cuando hemos llegado. En el regazo de la vegetal vieja hay un pequeño vibrador rosado. A veces los primates tenéis arrebatos de verdadera genialidad y negro humor. El viejo trozo de carne es como una mesa camilla.
En la casa huele a meados y mierda. Hay un orinal lleno de excrementos al lado de la silla de ruedas.
Me molesta la vieja. Y me produce tanto asco, que no me apetece nada arrancarle el corazón con mi puñal.
Mi Desert Eagle dorada, brama dos veces. La primera bala destroza su mama izquierda y la sangre le salpica la cara. Parece que le ha devuelto la inteligencia porque me ha mirado con el supremo terror que cualquier primate me debe.
La segunda bala ha hecho un pequeño agujero en su frente, pero le ha arrancado la mitad posterior del cráneo. Las balas expansivas producen un hermoso arco iris de sangre, sesos y huesos.
La Dama Oscura se aproxima a la ninfómana, que tras el estruendo de las balas, se ha quedado paralizada con el gran vibrador abrazado entre sus tetas.
Ni siquiera ha gritado.
—Estás seca, cielo. ¿Cómo pretendes correrte así? —habla con cariño a la psicótica.
Se arrodilla ante sus piernas y apoyando las manos en sus rodillas, le obliga a separar las piernas.
Yo me he sacado el pene por la cremallera del pantalón.
La Dama escupe en su coño y le extiende la saliva.
La ninfómana, terriblemente fea, con pelos en el bigote y la barbilla, con sus muslos gordos y fofos, ennegrecidos por el roce de treinta años de una vida repugnante, gime desesperada sin hacer caso al cadáver de su madre.
—Eso no me cabe dentro, me va a partir en dos —dice atónita mirándome la polla—. Párteme en dos hijo puta, párteme el coño de una puta vez, clávamela hasta el corazón y haz que me corra.
La Dama Oscura le ha dado una fuerte palmada en la vulva para llamar su atención.
—Calla mona de mierda —la adoro cuando deja de ser cariñosa.
Ezutiel se ha hecho corpóreo y reza a su amo maricón con la mirada clavada en el suelo, casi pegado a la espalda de la ninfómana.
Algunas plumas de sus gigantescas alas están manchadas de sangre. La sangre de la madre muerta. Los pisos de los trabajadores son muy pequeños y es inevitable rozarse con cosas y cadáveres.
La primate se llama Abelarda.
—Métemelo —le pide a la Dama Oscura ofreciéndole el sucio consolador.
Yo estoy acariciando mi pene, endureciéndolo, las venas se hacen gruesas para irrigar todo el tejido. Cuando hago retroceder el prepucio, se descuelga un filamento de fluido. Es un extra con que les obsequio a los muertos que aún no se han dado cuenta de que lo son.
Hay que encontrar poesía en todos los actos de nuestra vida para poder vivir esta existencia desabrida que os ha tocado en suerte.
La Dama Oscura ha clavado con fuerza brutal el consolador en la vagina de la gorda mantecosa. Ha lanzado un grito de dolor y sus muslos se han ensuciado de sangre.
Con esa obscenidad intenta acercarse hasta mi divino pene arrastrándose como una babosa. La Dama Oscura hace volar con rapidez la daga en el aire y corta y corta la pálida piel de la espalda.
La túnica del ángel se salpica de sangre, en ningún momento me mira a los ojos.
Es tímido.
Es necesario quitar presión. Drenar la sangre es bajar también la fogosidad, el sangrado es algo que ha caído injustamente en el olvido de la medicina.
Podéis apuñalar doscientas veces a un primate con el cerebro tan podrido como lo tiene ésta, que apenas lo sentirá.
Su único fin en la tierra es sentir un orgasmo que jamás le llegará en toda su puta (nunca mejor dicho) vida.
Mi Dama Disfruta:
—Tranquila, cerda, mi Negro Dios te partirá en dos, a su tiempo. ¿No quieres dar un besito a mamá? —le gira la cara para que me observe.
Yo he cogido la mano de su madre, como si de una marioneta se tratara y la he movido de un lado a otro, haciendo un saludo a la perra hija. Los ojos de la primate lloran, pero sus tetas se agitan con una respiración excitada.
Es tan corrupto, está tan estropeado su cerebro, que estoy tentado de llevármela entera al infierno, porque algo tan estropeado sólo puede ser una obra maligna.
La lengua de la gorda cuelga de su boca, mirando ahora fijamente el glande descubierto. Jadea como una perra encelada.
La Dama Oscura se eleva la falda, retira el tanga a un lado y deja sus dilatados labios al descubierto.
—Bébeme cerdita.
Ha cerrado el puño en su cabello negro y sucio. Y la obliga a chuparle el coño.
El ángel ha elevado el tono de su cántico. Se siente verdaderamente avergonzado. Sufre el muy bendito.
La espalda de la primate es un continuo gotear de sangre, no es consciente de ello; pero el sangrado la ha aplacado un poco.
Me encanta el ruido de succión de la cerda, me gustan los gemidos fuertes y sin concesiones del goce de mi Dama que se separa los labios de la vulva para que la lengua se cebe en su clítoris duro y tan pequeño como sensible. Me basta acariciárselo por encima del pantalón para que sus muslos tiemblen y se le haga agua el coño. Toda ella es una maravillosa máquina de follar.
—Ezutiel, reza más bajo, tu dios julandrón te oye hasta el pensamiento. No me jodas o te arrancaré la cabeza —le digo deslizando peligrosamente cada palabra entre los dientes.
Es obediente el querubín. Ahora el ruido líquido de la mamada, la respiración forzada de la gorda y los jadeos de la Dama Negra, forman un concierto impresionante.
Yo dejo escapar un grueso chorro de semen que cae lento encima de mis zapatos.
Meo lo que me apetece. Lo que quiero, para eso soy el puto Satanás.
La gorda mira de reojo mi blanca ducha y gime con impaciencia desatendiendo el coño de la Dama.
Me limpio los dedos en el pelo gris de la vieja muerta y me arrepiento de ello, su repugnante cabello me ensucia aún más. Siento un ataque de ira hinchar las venas de mis sienes. Le doy una patada a la silla y la vieja cae con ella de lado.
Para llamarla al orden de nuevo, mi Dama le pincha la mama derecha sin profundizar demasiado, pero lo suficiente como para que se forme un abundante reguero de sangre que cubre el pezón.
La gorda ni siquiera ha cambiado el ritmo de su respiración y se lleva el pecho a la boca, abre sus piernas ante mí mostrándome su vagina ensangrentada e invadida por el vibrador y me muestra como se bebe la sangre que riega su pezón blando y pequeño que asoma discreto en el centro de una enorme areola.
— ¡Córrete otra vez así!
Yo sonrío con afabilidad y dejo escapar otro chorro de semen, a veces soy demasiado complaciente.
Cojo un brazo de la madre muerta y uso la mano para acariciarme distraídamente el bálano. Los brazos de la vieja no son muy largos; pero mi polla sí.
Si soy completamente insensible hacia la vida (hacia la vuestra), la muerte es que me da risa.
La Dama se acerca a mí gateando felinamente, y sin levantar un solo miembro del suelo, lame mi pene con fruición, lengüetazos que obligan a mis testículos a contraerse y endurecerse. El glande parece resbalar por el interior del prepucio por lo lubricado que está. Aparece sólo ante el mundo, como cayendo.
El paroxismo parece apoderarse de Abelarda y se lanza con inusitada rapidez para apartar a la Dama y ocupar su lugar.
Su vehemencia es tal, que sus dientes hieren la piel hipersensibilizada de mi glande. Mis pectorales se tensan, mis músculos abdominales se endurecen por los embates de un dolor profundo que me hace feliz.
Mi puño se cierra con fuerza y golpeo su sien.
La primate cae al suelo con fuertes convulsiones. Se orina y caga descontroladamente. Su ojo derecho se ha cerrado completamente y toda la mitad derecha de su cuerpo ha quedado inmóvil. Necesitaba llegar profunda y contundentemente a la zona límbica del encéfalo.
Si hubierais matado a tantos primates como yo, estas cosas os resultarían familiares y una actuación puramente instintiva.
No podéis aprender, os falta vida.
Aquí ha empezado el verdadero tratamiento. Ocurre como con el cáncer: matar células malignas también lleva la masacre de células sanas.
Su cerebro es lo mismo, la mitad está podrido.
Cuando has torturado, desmembrado y diseccionado a tantos primates, el conocimiento se torna instinto y se actúa en consecuencia.
Parte de su cerebro ha muerto con el golpe, y esa parte muerta contenía una zona “confusa” donde las corrientes eléctricas de su sistema nervioso, no llegaban a traducirse en placer.
Ahora está casi tan inválida como lo estaba su madre hace unos minutos; pero con el poco cerebro que le queda útil, receptivo.
La Dama Oscura vuelve a separar sus piernas y encuentra un clítoris cubierto con una gruesa capa de piel encallecida, casi insensible.
¿Y ningún primate médico se había fijado antes en esto? La sanidad pública es una mierda, decididamente. Sus archivos son violados, los médicos asesinados, los pacientes ignorados... Sólo falta que llueva mierda.
Mi Dama va a resolver el problema.
Cojo los pies de la Abelarda y los elevo y separo, hasta que sus piernas quedan completamente separadas, incluso provocando alguna dolorosa rotura en los abductores.
El olor de esta cerda es insoportable.
No invadiré su mente, quiero que sienta el dolor.
La Dama se coloca frente a su vagina, arrodillada. Con la afilada daga practica varios cortes rodeando el clítoris de la cerda. No le ha quitado el consolador porque así los pliegues de la vulva se mantienen tensos.
Abelarda está sufriendo lo indecible. Cuando pellizca la piel del clítoris y tira de ella desnudando ese duro núcleo fibrado y repleto de nervios, la espalda de la gorda se arquea y de su inválida boca sale un grito atroz.
Me acaricio el pene tras soltar sus piernas y pinzo con fuerza uno de los endurecidos pezones de mi Dama, que gime y a su vez acaricia mi glande resbaladizo y colapsado de sangre.
El coño de la gorda es como el nacimiento de un rojo río y la sangre corre dulcemente creando un pequeño lago en el suelo, entre sus muslos.
Cuando toco su clítoris se convulsiona de dolor, pero también hay una frecuencia distinta entre el dolor: el placer que nace en su clítoris y se extiende como una marea oleosa por su sistema nervioso para por fin, llegar a la parte de cerebro sano que le queda.
Su sexo se inunda de fluido. Me arrodillo y ahora es Mi Dama Oscura la que separa los gruesos labios de su vagina para mantener descubierto el clítoris.
Lo golpeo con mi pene hirviendo, aplasto su pequeño nervio del placer extendiendo la sangre, difuminándola en su piel, entre los pelos de su coño.
Sus grandes tetas se agitan y los pezones se endurecen de una forma desconocida para ella hasta este mismo instante que la he elegido para morir.
Le retiro el consolador y sin miramientos la penetro. Siento su útero contraerse de dolor. Las extremidades izquierdas de su cuerpo se tensan, contraen y arañan su propia piel llevada por el paroxismo del dolor y el placer.
La Dama Oscura ha hundido la Daga en su ano para retrasar el orgasmo retenido durante más de tres décadas. Me molesta porque mis cojones golpean el mango; pero no soy demasiado delicado. Es más, hundo los dedos en el charco de sangre y me los llevo a la boca.
Sus dedos útiles se crispan y las uñas se parten en el suelo, de su boca sale espuma con el inicio del orgasmo.
Alguien llama a la puerta.
Presiono su cerebro podrido: es divorciada, su enfermedad amargó la vida de los que le rodeaban: sus dos hijos y su marido. Hace un año y medio la madre sufrió un ictus y se vino a vivir a este piso para cuidarla. Hace meses que está cobrando el subsidio de desempleo porque nadie quiere a una tarada como trabajadora.
El que ha llamado es su hijo de trece años, cuando sale del colegio, suele visitar a su madre sin que el padre lo sepa. Abelarda llora por su único ojo abierto.
La Dama Oscura abre la puerta y el niño nos mira sin entender. La estoy penetrando, bombeando con tal fuerza en ella, que necesita llevarse las manos al vientre y sujetar lo que se está formando en él.
La mente de su madre grita que corra y se vaya mientras un orgasmo devastador la desconecta de la cordura y deja escapar una riada de flujo que empapa mi pene.
Con un disparo consigo destrozar medio rostro del niño que cae muerto como un pelele cuando el eco de la detonación aún retumba en las paredes.
Ezutiel grita, y corre hacia él, a tiempo de coger su alma nívea entre sus brazos.
La gorda llora y jadea. Es esquizofrenia pura. Es la locura más absoluta. Es el dolor-placer que jamás hubiera deseado sentir.
Antes de cortarle el cuello, la Dama Oscura arranca la daga de su ano y vacía sus pechos de las prótesis de silicona mientras yo me fumo un cigarro sin invadir su mente. Para que le duela y se joda, sólo cuenta con el consuelo de un simple y desgarrador grito emitido por su semiparalítica boca.
Cuando le hunde la hoja en la papada, es capaz incluso de agitar levemente la parte paralizada de su cuerpo. La hoja asoma entre sus dientes atravesando la lengua.
Mi Dama se masturba sentada en su cálida y gorda barriga mirando mi pene ahora fláccido gotear semen.
Ezutiel intenta coger su alma entre sus manos.
Pero no se lo permito.
—La cerda se viene conmigo al infierno.
Ezutiel me mira con los ojos tristes, es su forma de pedir clemencia. Está cansado, es natural. No son seres preparados para estos trabajos. Dios no debería haber permitido que llegara tan pronto, sólo al final.
Pero ese idiota quiere saberlo todo desde el principio.
—Llévate al joven primate, porque la cerda se queda, no insistas. Vete antes de que mis crueles te arrastren también al infierno.
Y doy permiso a mis crueles para que entren en este mundo y se lleven su negra alma que grita desaforada y llena de terror.
Ezutiel se hace incorpóreo con un sonido a cascabeles divinos y un lamento en arameo.
De los cadáveres brota ya el olor de la muerte, la sangre se descompone muy rápidamente y deja un acre olor en el aire en pocos minutos. Me gusta y tomo aire con avidez.
Mi Dama Oscura está en el lavabo lavándose la vagina.
Pienso que todo está bien, mi trabajo me calma por unos instantes. La muerte es una dulce presencia que serena mi ánimo. Mi respiración es tranquila y el cigarro sabe a gloria.
Cuando sale la Dama Oscura del lavabo con una amplia sonrisa, orino en los cadáveres.
Volvemos al infierno.
En mi húmeda y oscura cueva dormitamos tranquilos; ella hecha un ovillo a mis pies y con las manos apretadas entre sus muslos. Y yo en mi trono con mi pene descansando en la dura y fría piedra. Mi mente odiando tan intensamente como siempre.
Imagino cosas, sé cosas que ocurrirán, y un manto de rojo y espeso líquido cubre la faz del planeta.
Dulces sueños primates.
Habrá más muertes y más dolor. Y más semen y sangre.
Y sólo el semen será mío.
Siempre sangriento: 666.


Iconoclasta
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