8 de mayo de 2009

666 en Ciudad Juárez


No existe mejor sitio para matar, despedazar y exterminar, donde el asesinato, la cobardía y la falta de cerebro en los primates es algo común y cotidiano.
Una de las abundantes ciudades que cumplen estas expectativas, es Ciudad Juárez.
Aquí me puedo mover con total impunidad (tranquilidad) y nadie se extraña cuando los muertos se pudren por docenas en cualquiera de esos barrios pobres construidos encima del polvo.
Matar a doce primates en un lugar como éste, se hace más rápido de lo que tarda el sol en prolongar veinticinco centímetros la sombra de la cruz de Jesucristo el loco.
A veces tardo más llevado por la concentración y el sufrimiento de los monos.
Lo verdaderamente hermoso de estos lugares, es que aunque sus gentes estén habituadas al dolor y a la constante del miedo, cuando los matas sufren como cualquier otro primate o incluso más. Esta tierra ardiente, también les da un calor extraño a sus pasiones y amplifica dolores y penas. Pero no las alegrías.
Se mortifican en su agonía pensando que no es justo que tan mal vivir, acabe con una muerte tan cruel y dolorosa.
Mueren pensando que la vida es una mierda.
A veces los primates tenéis algún arranque de sabiduría.
Cuanto más se acerca uno a la frontera con Estados Unidos, los barrios de Ciudad Juárez degeneran y las casas se convierten en módulos prefabricados y barracones con techo metálico que alguna grúa ha dejado caer por accidente en mitad de un barrizal. El asfalto se convierte en polvo y las casas se distancian cada vez más unas de otras para dejar espacio a la basura, la mierda y los escondrijos de droga.
No es difícil pasar las ruedas de mi Aston Martin por el cadáver de una cría de primate.
—Detén el coche, mi Señor, quiero sus ojos.
Hemos pasado por encima de un primate de unos doce años con la espalda manchada de sangre, por el retrovisor puedo ver las piernas destrozadas por los neumáticos de mi excelente coche. De cualquier forma, no ha debido sentir dolor por haberle aplastado la patas, seguramente está muerto o insensible con la espina dorsal deshecha por el balazo.
A los niños los matan como aviso a sus padres, que en su mayor parte se dedican a trapichear con las drogas de los capos, para que entiendan que han de seguir trabajando para ellos sin robarles un solo centavo. No hay mayor muestra de crueldad que matar a un hijo. Los primates os escudáis en vuestra descendencia y los muertos para justificar la cobardía y el abuso a otros.
Yo mato cachorros de primates a menudo, aunque me parece bastante aburrido. Mueren enseguida y sin gritar demasiado. A medida que los primates crecen, se hacen más miedosos y su capacidad para soportar el dolor mengua.
La Dama Oscura se lleva la mano entre las piernas y saca de ahí (como me gusta pensar que de su coño) un puñal de doble filo. Afilado como un estilete.
Por el espejo retrovisor veo su culo. La falda cortísima se la ha subido y sé que no lleva bragas, porque ha dejado una mancha oscura en la tapicería del asiento.
Siempre está caliente, penetrable, follable, violable...
El calor es insoportable y forma una atmósfera densa como la mantequilla. Los olores a mala comida y excrementos de la única calle de este poblado lo empeora todo. Aún así, he bajado las ventanillas del coche y apagado el climatizador.
Llegado el momento de mi gozo, me gusta sudar, me da un aire más patológico.
Cuando los párpados se me escaldan, mi visión vira al rojo, la ira se desata con rapidez y mi odio llega a matar con sólo aproximarme a mi presa.
Mi Dama Oscura arrastra el cadáver del pequeño y lo cuelga de la puerta del coche, doblado en el vano de la ventanilla. Sus largos cabellos sucios se apoyan en la blanca tapicería y siento deseos de arrancar esos repugnantes pelos de su muerta cabeza y follarme a la Dama Oscura frente al inmóvil primate. —¿Quieres su alma? —me pregunta mirándome intensamente, con expectación.
Elevo la cabeza de la cría de primate cogiendo sus cabellos y uno mi boca a sus labios muertos, siento el aliento de la podredumbre invadir mis correosos pulmones. Las vísceras han comenzado a descomponerse, es la muerte pura.
Su alma aún está perdida, no acaba de asimilar la muerte del cuerpo y sigue ahí, como el cachorro que se hace un ovillo junto a su madre muerta. Está perdida, su alma está asustada, lo siento gritar, y a medida que me trago su alma, siento su miedo entrar como un torrente en mi ser.
-Soy Dios —siseo con el pene dolorosamente erecto.
Cuando acabo con él y lanzo la carcasa hacia la calle, la Dama Oscura le extirpa sus vulgares y mediocres ojos pardos y me los muestra en la palma de su mano.
—Para sus padres. Están ahí, escondidos en algún lugar.
Con toda probabilidad, el macho y la hembra están vivos. Los primates cuanto más pobres más se reproducen; por lo tanto es de suponer que tengan más hijos. En muchas civilizaciones simplonas, tener muchos hijos hace del macho un reproductor digno de admirar y suelen exhibir a su hembra preñada por sus territorios.
Cuando una familia se queda sin hijos, los sicarios de los señores de la droga, decapitan al matrimonio y exponen sus cabezas durante unos días en la puerta de su casa.
El sol cae tan vertical que ni siquiera los perros que se meten bajo el suelo de los barracones, nos ladran. Desde que hemos dejado el cadáver, hemos recorrido ochocientos metros lentamente, haciéndonos ver y oír. Dos cadáveres de adultos machos, se encontraban a pocos metros el uno del otro.
Los pezones de la Dama Oscura se marcan rotundos contra la sutil tela de seda de la blusa rosa pálido de Versace, que contrasta gozosamente con su minifalda negra.
Por su escote bajan gotas de sudor en las que empapo mis dedos. Cuando oprimo su pecho, ella lleva la mano a mis genitales y todo es fuego.
Ha separado sus piernas, sus muslos están brillantes de humedad, y sangre. Se ha tocado con los dedos manchados.
En su puño, derecho mantiene los ojos infantiles ciegos a pesar de estar tremendamente abiertos.
Son las dos y media de la tarde y cuando paro el motor del coche, se extiende por todo el poblado un silencio sepulcral. Una vez los oídos se han acostumbrado, se capta la actividad en las casas: televisores, gritos, murmullos, peleas.
De una casa se escuchan los llantos de una hembra, la madre del primate. El padre calla, seguramente colocado con la mercancía con la que trapichea en la ciudad; coca, mescalina... Hay demasiados cactus de peyote en este árido poblado.
—¡Miguel deja de beber, cabrón! Nuestro hijo está ahí fuera pudriéndose.
—¡Calla Juanita! Preocúpate de Sara, la vas a despertar; ándale puta. ¿No sabes que Don Senén no deja retirar los cuerpos hasta el anochecer? Matarían a Sarita también si nos traemos a Julito.
—¡Cobarde chingón!
Lo bueno de estos primates es que sus conversaciones, son cortas y así tanta deficiencia mental, no se llega a hacer pesada. Cuando descuartizas a un intelectual, no calla ni bajo el agua; encuentra cientos de razones convincentes para él por las que seguir viviendo.
Estamos frente a la puerta de la casa y siento que nos vigilan desde las ventanas de la casas vecinas: he escuchado cerraduras girar para asegurar la puerta y algunos televisores han bajado su volumen. Los miserables están muy cerca de parecer animales y conservan sus instintos casi como lo tenían antes de evolucionar. Si hubiéramos sido unos vulgares primates de turistas, nos habrían robado el coche y secuestrado, tal vez lo intenten. Siempre hay algún mono que destaca por ser más tarado que otros.
Clavado entre los omoplatos, siento el metal del puñal latir por salir y cortar carne de mono. En la sobaquera, bajo la americana de lino beige, pesa con orgullo una Desert Eagle Mark XIX, 44 magnum. Es excesivo este calibre para los disparos que buscan intimidar o inmovilizar, puesto que causa hemorragias masivas, muy intensas y arranca importantes trozos de carne y hueso.
Si se me acabaran las balas, les arrancaré la vida a mordiscos.
Los idiotas, pobres y cobardes jamás se ayudan entre sí, será raro que alguien intente ayudarlos mientras los destrozamos. Piensan que somos los importantes amigos del capo del cártel local.
La Dama Oscura se ha abierto la camisa arrancando los botones y sus pechos asoman libres y enhiestos, musculosos... Bajo la cabeza hasta coger un pezón entre los dientes y lo amenazo con una presión contenida. Ella cierra los ojos y separa las piernas llevándose un dedo a la raja; si le arrancara este duro pezón, se correría ante mí con el seno manando sangre.
Entraría en esa repugnante madriguera de primates con ella clavada en mí.
Estoy tan caliente que le reventaría todos los agujeros de su puto y deseado cuerpo.
Es hora de matar y morir. Del grito que rasgue esta cortina de calor ponzoñoso. No es uno de los lugares más peligrosos del mundo, hoy será el más doloroso y temeroso.
De una patada abro la puerta y el primer disparo va directo a la cama donde duerme Sarita. Cuando recibe el impacto de la bala, la primate de unos cuatro o cinco años, se golpea contra la pared a la vez que sus brazos se elevan como los de una muñeca rota. La sangre ha dibujado una mancha con forma de cresta de gallina en la sucia pared. De su desnuda espalda asoma un trozo de columna vertebral rota.
—Vamos güey. Es hora de morir. Y chingarse a la Juani. ¿Cómo lo ves?
Aún está mirando mi cañón humeante y no creo que haya asimilado mis palabras. Estoy ante él, lo suficientemente cerca para que su borracha nariz capte mi olor corporal a carne en descomposición. Cuando intenta reaccionar ya es tarde, y le he clavado el puñal por debajo de la axila izquierda, justo entre dos costillas. He atravesado el pulmón y hace ruido a fuelle roto al respirar.
Por supuesto no puede lanzar grandes gritos, sólo una aguada sangre comienza a manar de su hocico y boca. Su torso esquelético se hunde desmesuradamente para captar un aire que no le da consuelo.
La Juanita no ha gritado, la Dama Oscura la mantiene amordazada con su mano y ha clavado su fino puñal bajo la teta izquierda. En su blusa blanca y sucia, se extiende lentamente un manchurrón de sangre.
Lamería esa sangre que mana por la morena piel de la primate. La Dama Oscura obliga a coger a la Juani los ojos de su hijo y al verlos intenta zafarse de la presa. La Dama Oscura lleva el puñal al sexo.
—¿Te apetece este consolador? Si te sigues moviendo, te lo meteré para que te folles con él.
El primate no hace ni caso. Un macho de su edad, normalmente aguanta mejor el tipo ante estas heridas, pero Miguel no debe ser un hombre fuerte ni muy sano. Le doy un manotazo al mango del cuchillo que se mantiene firme contra su piel y cae al suelo hecho un guiñapo, haciendo ruido al intentar coger más aire. Error, cuanto más fuerza el pulmón, más se llena de sangre.
—No me he quedado ni con un peso de la mercancía de Don Senén, se lo juro, señor.
—A mí eso me da igual, lo que quiero es hacer una obra de arte con vosotros. Dicen que este es un mal lugar para vivir. Que convivís tanto con la muerte, y sois tan violentos, que no hay nada parecido en todo el planeta. Mentira, puedo hacer que empeore.
Le desclavo el cuchillo sin ningún cuidado, corto el pantalón por la cinturilla y como no se está quieto, le hago un profundo corte en la cresta ilíaca, no me gusta el roce del filo con el hueso. Me da dentera, soy un dios delicado.
Si no fuera por el humor...
Como es normal, no lleva calzoncillos, lo agarro por los genitales y lo obligo a ponerse en pie.
—Llama a Don Senén y dile que has perdido parte de su mercancía, que esta tarde no podrás acercarte a la ciudad para venderla. Y dile también, que te traiga pasta o quemas la coca que te queda.
Lo que pretendo con esto, es que los primates se acerquen a mí, y no hay nada más efectivo como el último mono de la manada, retando al jefe. Vendrá.
Le entrego mi teléfono y durante una eternidad marca los números en el teclado. La Dama Oscura, manosea el coño de la primate mirándome con una sonrisa burlona. La primate llora y parece decir el nombre de su macho en una estúpida letanía.
De su coño mana el olor a hembra preñada y es por ello que la Dama Oscura acaricia su vientre con sádica ternura.
A través de la ventana, del comedor-cocina-dormitorio-fumadero de esta choza, puedo ver al vecino de enfrente fisgar. A mí se me da bien matar con lo que sea, y si hubiera habido cuatro ventanas por en medio, le hubiera reventado la cabeza con la misma precisión.
A los pocos segundos, sale una mujer de dentro de la casa, seguida por dos jóvenes.
A la hembra le acierto en un seno y se le desintegra en el aire como un balón. A uno de los jóvenes le vuelo la cabeza y al otro le encajo una bala en la barriga; ahora un riñón cuelga por la salida de la bala. Éste y la hembra, quedan tendidos en el polvoriento suelo retorciéndose bajo el sol abrasador. Los únicos que se acercan a ellos, son los famélicos perros que lamen la sangre que mana de sus cuerpos y muerden tímidamente la carne cruda de las heridas.
Me está entrando hambre.
Los perros se pelean por la comida y sus rugidos me hacen sentir bien, se parecen a mis crueles en mi oscura y húmeda cueva.
Cojo una de las manos de Miguel, le fuerzo a que las extienda en la mesa y con la culata de la Desert, le reviento los dedos. Escupe sangre cada vez más espesa, le queda poco tiempo hasta que la hemorragia le colapse el pulmón sano. Le rompo la otra mano también asegurándome que no las podrá usar en lo poco que le queda de vida, clavo mi puñal en la mesa atravesando su pene. El glande parece una cabeza casi decapitada. Y contra todo pronóstico, ha gritado el primate; poco pero lo suficiente para que mi Dama Oscura se excite y acerque la mano para acariciar el ensangrentado pene clavado a la mesa, como si fuera un trozo de Jesucristo. El primate resopla y resopla moviendo espasmódicamente los brazos pero sin tirar de la polla, el dolor los hace inteligentes.
Me arrodillo frente a la Juani, le arranco la falda negra y las gruesas bragas de algodón. Hundo la lengua en su coño. No la noto predispuesta, así que tengo que invadir su mente. Cuando mis dientes amenazan su clítoris, el flujo empieza a manar y se olvida de la herida de su teta para gemir como una perra en celo con mi lengua hurgando su apestoso coño.
La Dama Oscura hunde el cuchillo en su vientre sin que la primate se percate, siento sus orgasmos en mi lengua. Y la sangre que baja por su monte de Venus viene a mi boca con todo su intenso sabor.
Cuando corta hacia un lado, he de apartar los intestinos de mis ojos para no perder visión. El Miguel intenta por todos los medios mantenerse en pie de puntillas para no rasgar definitiva y dolorosamente el pene tan bien fijado a la mesa. Y así, ante el dolor del macho y el enfermizo placer de su hembra, de mi pene mana tranquilo un semen espeso que provoca un círculo oscuro en mis pantalones caquis. A veces me corro con la misma tranquilidad que si me meara. Para eso soy un dios. Vosotros no lo intentéis, o simplemente os mearéis encima.
La Dama Oscura se está masturbando con la mano oculta tras las nalgas de la mona que se me está corriendo en la boca. Su respiración profunda se transmite hasta a los huesos de la mona.
Sin dejar de lamer en su coño, hundo los dedos en su vientre y encuentro el feto que arranco de un tirón.
Y ahora, es el momento en el que dejo de presionar su mente y dejo que la naturaleza siga su curso. De una patada la echamos a la calle para que el poblado se haga una idea de lo que está ocurriendo. El dolor de la Juani se extiende por toda la tierra caliente. Tropieza con sus propias tripas al bajar el escalón de la casa y cae de bruces al suelo provocando un extraño y sucio barro con la sangre.
Hago girar entre mis dedos el feto de primate y lo dejo al lado de la polla destrozada de Miguel que aún sigue pegado a ella. No parece haber prestado mucha atención a su mujer y se tambalea casi ya desmayado. Sin fuerzas para mantenerse en pie. Dentro de unos segundos, le importará muy poco lo que le queda de pene y decidirá que es mucho mejor dejarse caer y morir de una puta vez.
Pero morirá cuando yo diga y en el preciso instante que me plazca y ningún ser vivo, animal, humano o divino podrá distraer mi atención del dolor de este primate. Sufrirá lo que yo crea necesario.
Le arranco una oreja de un bocado y a pesar de que me desagrada su sabor, me la trago ante sus enloquecidos ojos.
Dos todoterrenos y una ridícula limusina blanca ruedan por la única calle del pueblo levantando una polvareda tras ellos. Salimos a la calle.
Un perro ha entrado en la casa y lame el pene destrozado de Miguel subiendo las patas delanteras sobre la mesa.
La Dama Oscura se unta con sangre el rasurado monte de Venus y yo me toco el pene distraídamente observando los vehículos avanzar.
Lo normal para una pistola de este calibre, es disparar a diez metros, pero vosotros no intentéis hacerlo a sesenta metros como yo, fallaríais.
Con ocho disparos, mato a los siete sicarios que van sentados en los furgones de los todo terreno. Cambio el cargador y ya se encuentran los vehículos a cuarenta metros.
Mato a los conductores y las lunas delanteras, se cubren de sesos y sangre.
La limusina es blindada y sólo he podido reventar los faros.
—Mi Oscura, colócate tras de mí.
Y lo hace, mete una mano en la bragueta de mi pantalón y apresa el glande amoratado de sangre, resbaladizo y mojado. Sabe que cuando me toca la polla, mi odio se acentúa hasta derretir la materia que me rodea. Ahora me masturba y mis ojos se tornan rendijas donde el odio se confunde con el placer y la muerte es mi vida, el dolor mi fin.
Deseo mataros a todos y que ni uno solo de vosotros deje de gritar hasta su último aliento.
—¡Miguelito! ¿Qué has hecho, güey? Don Senén quiere hablar contigo, sal de ahí o quemaremos la casa.
Es uno de los esclavos de Don Senén, el matón que va al lado del conductor. Cuando deja de gritar, el potente ruido del motor del Cadillac, apaga cualquier otro sonido.
—¿Eh güey? Te lo saco ahora ¿vale? Espera y te pongo al Miguel delante de las narices.
La Dama Oscura se toca obscenamente frente al matón mientras entro de nuevo en la casa.
—Ya está, Miguel. Te quedan unos segundos de vida. Saluda a ese marica de dios, no quiero tu alma apestosa.
Dicho esto, tiro de sus hombros hasta liberar su pene clavado a la mesa. Ahora entre las piernas tiene una especie de carne picada que le cuelga lastimosamente.
Lo acerco a la puerta de la casa.
—¿Quieríais esto?
El sicario me apunta muy profesional él, con las piernas separadas y bien afianzadas, con la automática sujeta con ambas manos.
Pego la cabeza del cañón a la sien de Miguel. Tras la detonación, de la cabeza del primate sólo queda colgando del cuello la mandíbula inferior.
Ya os lo he dicho: disparar con este calibre es una auténtica gozada. Da igual que disparéis a blancos, negros o asiáticos, niños, o embarazadas. Compráosla, la disfrutaréis.
Y ya como me apetece, le pego un tiro en la rodilla al pistolero de Don Senén.
Dejo caer la carcasa de Miguel fuera de la vivienda y con el cuchillo aún sucio de sangre, le corto los testículos al pistolero. Grita como un cochino.
Le he metido sus propios huevos en la boca a modo de mordaza. La Dama Oscura acaricia la herida de su entrepierna, y se unta los pechos con la sangre.
El chófer ha salido y dispara, una bala indolora se clava en mi abdomen y me da risa.
Le acierto de un balazo en la boca y dientes y huesos quedan estampados en el techo del blanco vehículo.
Lo blanco me trae siempre a la memoria la vanidad de Dios y su pretendida pureza y toda esa mierda. Los ángeles no follan porque no tienen coño ni polla, pero si por ellos fueran, se tirarían a los putos apóstoles. Los muy promiscuos...
Dios ha tapado el sol con una nube, siempre hace eso cuando los primates gritan demasiado. Cuando siente envidia de mi poder.
La Dama Oscura ha pegado su vagina a la boca del primate que está perdiendo la vida por el agujero de sus cojones. La boca rellena de testículos que intenta respirar masajea accidentalmente su vagina siempre brillante, resbaladiza, húmeda.
Don Senén es un macho de cuarenta y pocos años, viste traje de lino blanco. Oculta el rostro tras sus manos cuando abro la puerta y le apunto con el arma a la cara.
No me quedan balas.
Saco mi puñal de entre los omoplatos y lo clavo en su muslo, tiro del cuchillo y él con gritos y prisa, corre por el asiento hacia a mí.
Recupero mi cuchillo y sale un chorrito pequeño de sangre.
—¡Así, así, así...! —grita en pleno orgasmo la Dama Oscura.
Su ensangrentado monte de Venus me excita. Sus pezones hirientemente duros provocan que se deslicen dos gotas de fluido de mi glande, que se extienden por el pantalón. Da igual la humedad, sea de donde sea, es bienvenida en este lugar.
—Ándele, don Senén. Entre en nuestra casa, que tenemos que hablar de lo que vale de verdad la vida y del dolor. Pero no tengo mescalina, ni coca para amenizar la charla.
Le doy una patada en el culo y le obligo a caminar. La Dama Oscura está sudando y con el fino estilete, dibuja una amplia sonrisa en la garganta del moribundo. No se ha molestado en sacarle los cojones de la boca.
—¿Quiénes sois? ¿Os envía Alcázar? Yo os pagaré el doble, ese cabrón tiene los días contados. Una patrulla del ejército viene para acá. Y espero que estéis de mi lado cuando lleguen.
—Calla, idiota.
Le he empujado reteníendome de clavarle el puñal en la médula.
Cuando entramos en la casa de Miguel y Juani, el acre olor de la sangre se extiende por la estancia. El perro está lamiendo la sangre espesa de la pequeña Sarita.
El feto aún permanece en la mesa. Me pregunto porque, si Dios es tan perfecto, os hace pasar el mal trago de la gestación en lugar de nacer ya formados.
Le encanta que sufráis, es un hipócrita vuestro dios. Todos los dioses lo son. Sólo yo cuento verdades y no prometo nada. Margaritas a los cerdos, nunca entenderéis nada, Dios os creó idiotas.
Agarro el feto y obligo a Don Senén a tumbarse de espaldas en la mesa, dejo que aplaste el glande de Miguel con su espalda. La Dama Oscura se ha arrodillado frente a mí, ha sacado mi endurecido pene y se lo ha llevado a la boca.
Crispo los dedos de los pies de puro placer.
—A ver, Senén. ¿Cuántos de los capos habéis muerto en las últimas semanas?
—Ninguno.
—¿Y no os aburre matar siempre a estos monos?
Mi Dama produce fuertes ruidos de succión con la felación y siento que me va a estallar el pene entre sus labios.
La obligo a que se ponga en pie, la tumbo encima del pecho de Senén y la penetro furiosamente. Sus pechos se mueven frenéticos con las embestidas y sus muslos tiemblan como gelatina.
El estilete continúa en su mano, tan peligroso como su coño, como su amor por mí. Contrayendo su coño, oprimiendo mi polla dentro de ella, clava el cuchillo en la ingle de Don Senén. Es precioso el contraste de la sangre en el lino blanco. No es una sangre muy clara, así que presumiblemente ha pinchado un ganglio linfático y duele tanto que Don Senene no deja de subir su abdomen arriba y abajo para sacarse a mi Dama de encima. Y me ayuda follarla sin que lo sepa.
Si quieres que un primate haga lo que quieras, le has de proporcionar un dolor sin contemplaciones. Sólo de esa forma, puedes conseguir una total atención.
Cuando suelto mi carga de leche, la Dama Oscura se golpea el clítoris con tanta fuerza que temo que se lo rompa.
Se corre, se corre como una puta. Como una perra en celo.
Con la polla aún tiesa me acerco hasta el rostro de Don Senén.
—¡Estáis muertos, hijoputas!
Me molesta que un primate me dirija la palabra y le meto el pequeño feto en la boca. Le clavo el puñal en la glotis, cortándola con cuidado para que no se me desangre enseguida.
Ahora sus ojos se abren desmesuradamente, la Dama Oscura está clavando sus manos a la mesa con unos clavos y un martillo que se encontraba en un capazo a la entrada de la casa.
—No me jodas, Senencito, que tú eres uno de los grandes asesinos de este poblado de miserables. Que tú, primate de mierda, has sido capaz de imponer el terror entre esta piara de idiotas. Eres sólo un hombre, un mono. No deberías haber usurpado el poder de un dios —le sermoneo dirigiéndome ahora a su pies.
Le estoy tatuando 666 en la planta del pie con mi cuchillo.
No, no corro ningún peligro de que me de una patada, la Dama Oscura a encontrado clavos muy largos y se los ha clavado en ambas rótulas también.
Las piernecitas del feto asoman por entre sus labios dándole un aire lastimoso. Tanto poderío y ahora se ha convertido en un vulgar.
No necesito milagros para transformar a los hombres.
Huele a mierda. Senén se ha cagado y meado encima.
Es normal que pasen estas cosas, cuando el primate está sometido a un fuerte dolor durante cierto tiempo, pierde el control del esfínter y la próstata y así, una vida que ya de por sí es mediocre, acaba de una forma humillante. Aunque no creo que les importe mucho morirse con dignidad, de hecho, sé que no quiere morir.
Mi Dama Oscura observa mi mano cortar la piel, jadeando aún por el esfuerzo de clavar a Senén en la mesa. Es adorable y me acerco a ella para besar sus labios y hundir mi lengua en su boca. Chuparla por dentro...
Su alma me dice que quiere unirse a mí.
—Aún no, mi perra preciosa. Eres mía te parieron para mí. Mi esclava...
Se relaja, la siento feliz.
Me aburro de estar aquí, me apetece acercarme al centro de la ciudad para tomar algo fresco y subir al hotel y follarla mil veces.
Lo cierto es que es tan repetitivo matar, que empiezo a perder el interés por verlos sufrir.
Me acerco ahora al rostro bien tonifiicado y bronceado de Senén, le hago un corte continuo bordeando su cara por debajo de los maxilares hasta llegar al cabello elegantemente implantado en su frente.
De un tirón le arranco la cara, ha sido casi perfecto. Lástima que el labio superior se haya roto. Me encanta cuando gritan, ni ellos mismos saben de lo que son capaces de emitir.
Mi Dama se acerca con un salero y espolvorea el tejido ensangrentado con él.
Eso duele. Duele tanto que ha conseguido escupir el feto. Ha caído al suelo y el perro se lo come con voracidad. A veces mato perros también por puro aburrimiento y le he cortado el cuello.
Cuando empiezo una faena la acabo y nunca dejo un ser vivo que pueda ser testigo de mi sacratísima maldad. Y si apareciera una rata, le arrancaría la cabeza de un bocado.
Cuelgo el rostro del primate en el pomo de la puerta de entrada.
—Vámonos de aquí, mi Dama. Hace demasiada calor.
Me muestra el arma del matón de la limusina con una sonrisa y una mirada suplicante.
Acepto.
Abandonamos el Aston Martin en este sucio poblado y volvemos caminando al hotel, por donde hemos venido; entrando en las casas, degollando y tiroteando todo lo que sea humano, todo lo que se ha creado a imagen y semejanza de Dios. Si supiera que cada primate muerto es una herida a Dios, acabaría con toda la humanidad en un instante. Una columna de soldados está acercándose al poblado, tal y como dijo Senén.
Aquí ahora sólo huele a muerte y al coño húmedo y hambriento de mi Dama Oscura. Mi pene se encabrita... Mis dedos se hunden en su raja y ella me llama Dios.
Dejaremos que vivan los militares, sólo un tiempo más.
El ángel Sienidín, canta un aria divina bajo el ardiente sol. Sus músculos se marcan bajo la túnica blanca y sus poderosas alas se baten dulcemente. Le lanzo una patada de polvo para que se calle de una puta vez.
—¿Por qué no le llevas a Dios el rostro de su imagen y semejanza? Se llama Senén. Que se cubra su bondadoso pene con ese pellejo.
Dicen que en Ciudad Juárez hay una media de doscientos cincuenta asesinatos al mes. Gracias a nosotros, batirá records esta semana.
Aunque noventa primates tampoco es como para tirar cohetes. He hecho mejores trabajos.
Pero quedan miles, millones.
Mi odio no se calma, se calienta cada día más como el planeta, como este sucio y polvoriento suelo.
Dejadme, mi Dama Oscura me está masturbando, no quiero hablar más.
Os contaré más crueldades, más aventuras. Secretos...
Siempre sangriento: 666.


Iconoclasta

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