20 de marzo de 2009

El hombre sierpe (final)

Cuando llega a casa abre la puerta del salón que da al balcón para que entre la bestia. Se angustia al salir al balcón y no ver sus ojos opacos ojos verdes.

—No pienses más, te estás obsesionando. Fue terrorífico —intenta convencerse vertiendo en una cazuela un salteado congelado.

Un siseo en sus tobillos y un aliento frío eriza su piel con un escalofrío. Los ojos de la serpiente la miran fijamente desde el suelo y su cabeza sube por sus piernas delgadas de carnosos muslos.
El animal supera su vientre y se interna por dentro de la camiseta, siente su cuerpo resbaladizo entre los senos y su cabeza aparece por el escote. Se eleva hasta que sus ojos se encuentran frente a frente. La lengua bífida palpa sus labios con brutalidad, entrando entre ellos. Su sexo está cubierto y presionado por el cuerpo de la bestia. La respiración de la serpiente hace vibrar su clítoris y unas gotas de humedad se desprenden de la vulva para rodar por los muslos.
Linda ha abierto las piernas apoyándose en la encimera de la cocina y la serpiente bajo su falda, lanza la lengua rápida por toda su vulva. Se muerde los labios cuando la serpiente se abre paso en su vagina de forma brutal y siente que va a estallar “mi puto coño”. La mitad del cuerpo de la serpiente se ha arrollado en su pierna y sólo puede abrir más la otra para poder mantener el equilibrio.

Vosotras no sois repugnantes, sólo carnales.

La serpiente sale de la vagina, abre la boca y clava lentamente los colmillos en el pubis; la lengua castiga el clítoris durante unos minutos hasta crear un orgasmo bajo la falda que se propaga a través del vientre para estallar directamente en el cerebro de Linda.
Y mientras jadea e intenta regular su respiración, la serpiente repta ahora por su espalda, y sisea en su oído provocando en la mujer una sonrisa tierna.
Cuando Linda consigue mantenerse en pie sin apoyarse en la encimera, la serpiente ya ha desaparecido.
Se estira en el sofá sin haber comido y duerme absolutamente relajada a pesar de un calor pegajoso que provoca un sensual mador brillante en su piel.
Las venas de sus brazos resaltan con un brillante fulgor amarillo que se apaga paulatinamente hasta desaparecer al mismo tiempo que la respiración se normaliza.

Me erijo en Dios ante vosotras y me adoráis con los muslos abiertos y los pezones duros.

Linda se ha depilado el pubis y la vulva, cuando camina se excita con el roce íntimo de la braguita entre los labios y siente que se hace agua.
Hace ya ocho días que la serpiente la visita, que la usa. Ocho días en los que sólo piensa en ella, en sus escamas arrastrándose por la pared de su coño y en esos ojos que durante la oscuridad de la noche y el sueño, parecen flotar muy cerca de ella. Ocho días en los que tiene que dejar su puesto en la oficina para masturbarse en los lavabos dos o tres veces al día.
Cuando llega a casa se desnuda y corre la puerta del balcón. Escucha el suave roce del animal al deslizarse tras ella. Se arrodilla en el suelo y apoya también las manos. La serpiente avanza entre sus piernas separadas y hacia su rostro, arrastrándose por sus pechos plenos que penden pesados. La lengua recorre sus labios para jugar con ellos. La cola presiona en la vagina sin entrar y ciegamente tantea sus nalgas en busca del ano. Entra con tanta fuerza que le fallan los brazos y su rostro queda pegado al suelo. La cabeza de la serpiente repta por su espalda. Se siente acariciada y empalada. El ano está tan dilatado con la penetración, que le tensa la vulva. Alarga una mano hasta su sexo y acierta a encontrar el clítoris menudo y duro entre los pliegues de la piel. Cuando lo descubre, siente que se le nubla de visión, la lengua de la bestia ha aparecido entre sus dedos y fustiga con vehemencia esa dura perla rosada. La viscosa y pegajosa lengua... Es casi doloroso el castigo al que la somete.
La cola ha dejado de invadir su ano y ahora busca la vagina, tanteando e insinuándose por entre sus labios dilatados y blandos. Se lleva una mano a las nalgas para encontrar la cola del animal y ella misma la conduce a sus entrañas, la empuja sin cuidado, con ansia.

—Jódeme hasta reventarme, cabrona. Empálame zorra arrastrada.

El cuerpo de la bestia se tensa y se pone rígido; la cola se le escapa veloz de entre los dedos para penetrarla con un ataque veloz y violento. De la cópula se derrama un líquido lechoso blanco que lubrica el sexo y da un brillo mojado a las escamas.
Linda grita su placer acompañando con un vaivén de sus nalgas el ritmo de la penetración. Cuando aúlla ante el orgasmo, se encuentra con la cara de la bestia, sus ojos verdes se han tornado casi azules y hay un asomo de tristeza en ellos.
La lengua roza sus labios con lentitud, y le transmite una extraña sensación de pérdida. Cuando de su sexo resbala la cola del animal, siente vaciarse y un nuevo placer la obliga a entrecerrar los ojos.
La serpiente se aleja hacia el balcón.

—¿Adónde vas? Quiero ir contigo —susurra entre jadeos la mujer que ahora yace acurrucada en el suelo.

La serpiente gira la cabeza hacia la voz e inmóvil fija sus verdes ojos en los de la mujer de suave pelo rubio, hasta que una lágrima se desborda dejando un reguero negro de rímel en su pómulo. Se arrastra de nuevo a la oscuridad y a la inmundicia de las cloacas.

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No llega, la serpiente no aparece. Linda se asoma al balcón y escudriña los setos por donde ha desaparecido estos días.
Los setos se agitan y la cabeza de la serpiente asoma entre ellos, los ojos se encuentran, la serpiente yergue la mitad del cuerpo y agita la lengua, suavemente. Desaparece entre los setos. Linda llora.
Se masturba en el sillón, se toca y gime casi gritando. Intenta que la bestia la oiga, que la bestia acuda llevada por su lujuria.
Pero no aparece.
Al día siguiente, el animal asoma su cabeza de nuevo entre los setos para clavar su mirada en la de ella.

—Ven, ven, ven... —le suplica Linda aferrando a la barandilla, sus brazos se han tensado y bajo la piel, las venas pulsan amarillas.

La bestia desaparece de nuevo.

—Lin, tienes mala cara, no te encuentras bien. Vamos a urgencias. —le propone su marido al llegar a casa y verla tumbada en el sofá con unas profundas ojeras.

—Estoy bien, Loren —le miente.

Linda no come, no duerme. Sus ojos empañados de lágrimas impiden la buena visión para trabajar frente al monitor de su mesa. Hay momentos en los que rompe a llorar de forma intempestiva.
Dice sentirse mal y se va de la oficina. El jefe de la sección, lo comprende al ver las venas amarillas que como raíces se extienden por el cuello bronceado de Linda.

—No volverá, no me tomará —musita con la cabeza apoyada en la ventanilla del tren.

Camina despacio hacia casa, el calor parece hervirle la sangre.
No abre la puerta del balcón, al llegar a casa y eso la lleva a llorar de nuevo. Conecta el aire acondicionado y se desnuda.
Lleva la mano al sexo y no siente nada, no hay nada en su coño moviéndose, no se arrastra nada por su cuerpo. Está vacía.

Me arrastraré entre vuestras sábanas y me anillaré en vuestros pechos con mi cuerpo. Os arrancaré gemidos impúdicos; os tocaréis cuando os sisee en el oído y mi lengua roce vuestros labios entreabiertos.

El cuchillo que sostiene en la mano está agradablemente frío.
Sale al balcón, allí está la bestia.
Linda se clava el cuchillo en el cuello, y debe esforzarse por enterrar completamente la hoja en la carne. Los ojos de la serpiente la distraen de la sangre que sale entre sus labios. Los pulmones se inundan de sangre y ella no hace esfuerzo alguno por respirar. Su cuerpo cae sobre la barandilla y la cabeza cuelga inerte; de su boca un hilo de sangre cae en la cabeza del animal que se ha arrastrado para bañarse en ella.
Hasta que no cae una gota más de sangre, el animal no se mueve. Sus escamas están terroríficamente salpicadas de un rojo que ya se ha hecho casi negro, el calor seca la sangre y le roba su color vital.
Trepa por el tubo de desagüe hasta el cuerpo de la mujer. Sus ojos ávidos y brillantes miran con expectación las nalgas del cadáver. Del muerto sexo emerge con rápidos movimientos una pequeña culebra amarilla que la serpiente devora sin que llegue a tocar el suelo.

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El rostro del hombre sierpe está iluminado por el monitor del ordenador portátil. Teclea “mujer muerta” en el buscador del diario digital que normalmente lee.
No hay fotos, la breve noticia hace mención a un posible suicidio en la nueva zona residencial y de la víctima, sólo destaca su edad: treinta y dos años y sus iniciales: L.S.M.
Es mejor así. Recorta la noticia con el cursor y la guarda en Constrictor.
Su último amor de verano.
Los rayos del sol caen con fuerza y se siente melancólico y deprimido. El otoño se ha llevado a la bestia a hibernar en algún lugar de su cuerpo humano. El intenso dolor de la transformación, dejará paso a la monotonía diaria.

—Maldito... ¿Por qué no es el hombre el que duerme?

Nada es perfecto.
Nueve meses para ser Dios de nuevo. Nueve largos meses de vulgaridad y hastío.
De un violento manotazo cierra la pantalla del ordenador y desnudo se hace un ovillo en la penumbra del cuarto y llora la maldición de ser hombre.

Hurgaré en vosotras, en lo más íntimo, una y otra y otra vez hasta que me otorguéis vuestra vida; hasta que en vuestras entrañas se haga un hijo mío que devoraré para seguir siendo bestia hasta el fin de los tiempos.
Porque así lo ha querido algún Dios.



Iconoclasta

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