24 de enero de 2009

El probador de condones: el amor es anal

Encontrábame haciendo sudokus en la consulta del traumatólogo por un dolor bastante fuerte que tenía en un dedo tras pillármelo en el archivador.
Estaba buscando la ficha de los nuevos condones Obama’s Maricuelas Black (ahora es imprescindible que todas las pollas luzcan la cara de Obama con la misma histeria que en todas las series televisivas aparezca un maricón y una tortillera ingeniosos y superinteligentes), la nueva línea de condones para liberales me tenía angustiado, ya que no sabía si eran aptos para la fuerte tracción anal y peluda de los más aguerridos juláis, la ficha técnica me iba a desvelar el secreto. El cuarto de archivadores estaba atiborrado de armarios y la maciza Yoli también buscaba documentos. Fue ella quien quiso rozar sus pechos contra mi espalda buscando ayuntamiento carnal en aquel estrecho pasillo, me empujó con sus tremendos pitones, se cerró el cajón y me pilló el dedo.
Yo grité, insulté y blasfemé contra Dios, cosa que si hubiera existido, ya me habría castigado haciendo que la polla se me cayera a pedazos y la Virgen devolviéndome los insultos arrebolada ella.
— ¡Uy, perdona! ¿Te he hecho daño? —dijo soltando una carcajada sin inteligencia alguna.
— ¡No, qué va! —dije con ganas de pegarle un tiro entre los ojos.
La falangina del dedo índice de la mano derecha había cogido un color oscuro, casi negro y si no fuera por el dolor, me hubiera quedado contemplándolo un rato largo con curiosidad y pensando sobre la extraña forma en la que el cuerpo reacciona ante las agresiones y traumas.
Cogió con delicadeza mi dedo sangrante y lo besó manchándose los labios (los de la cara) de sangre. Todo lo puta que era se hizo patente en aquel beso que me puso duro el miembro a pesar del dolor que se ocultaba tras mi sonrisa.
Gracias a mi innata naturaleza sexual, el dolor pasó a segundo plano. Invité a Yoli a que se diera la vuelta y apoyara sus tetas en los archivadores que había a su espalda, levanté su falda, hice a un lado sus braguitas manchándolas de sangre y la penetré con violencia. Su vagina estaba inundada de flujo, me encanta el chapoteo de los sexos en cópula. Le pellizqué un solo pezón, el izquierdo, el derecho no podía ya que si movía el dedo destrozado, corría el riesgo de eyacular precozmente debido a lo complejo de mi mente. Como nos encontrábamos en un sitio tan estrecho, ella no pudo doblarse bien y la penetración fue muy intensa, ya que el ano recibió un fuerte masajeo. Me corrí balbuceando: “Hija de puta subnormal” y acaricié la cara interna de sus muslos por los que bajaban dos pequeños ríos de blanco y cremoso semen.
Se dio la vuelta de nuevo y me besó vigorosamente cogiendo mi bálano aún pulsante, exprimiendo las últimas gotas de semen.
—Eres un cielo —susurró con aquellos labios aún manchados de sangre.
Me limpié bien el capullo en la tela de su falda antes de irme al departamento de Recursos Humanos a recoger un volante para que me visitaran en la mutua.
—Pero la polla la tienes bien ¿no? —preguntó evidentemente alarmada la jefa de personal.
Es normal que hagan estas preguntas, trabajo con el pene todo el día y la peña cree que paseo mi terso glande por las pestañas de las carpetas archivadoras dejando un rastro húmedo como una babosa.
Después de tres horas en la sala de espera de urgencias, desde una consulta una enfermera gritó mi nombre; recogía su negro cabello bajo una cofia, una mascarilla con una cruz roja dibujada no dejaba ver más que sus oscuros y crueles ojos. Un ajustadísimo uniforme se pegaba a su cuerpo como una piel. Yo calculaba con frialdad y con el miembro en plena expansión que no debía llevar bragas, no se notaba costura alguna en su pelvis bajo aquel prieto uniforme.

—El doctor no está, le haré la primera cura.
Me hizo sentar en la camilla.
Yo soy de naturaleza simpática y amable con las mujeres, a los tíos que les den por culo. Y díjele con un derroche de ingeniosidad:
—¿Quieres que me baje los pantalones?
Lanzó una enigmática sonrisa ante mi ingeniosa pregunta, una especie de ¡Je! un tanto despectivo, socarrón e inquietante. Yo diría que no le gustó mi broma a la borde.
—Sí y apóyate en la camilla.
—No jodas —le respondí con la voz contrita.
Soy un bocazas.
Se hicieron añicos mis ilusiones al comprender que me iba a banderillear contra el tétanos. Pensé por el ruido a lata desgarrada que debían tener las vacunas en conserva. También escuché el inconfundible ruido que hacen los guantes de látex, he visto muchas películas y conozco muy bien ese sonido, siempre precede a los dedos que invaden el interior de los hombres. Dedos impíos de proctólogos sin corazón.
—Relájate, salao —dijo con un sarcasmo que no me tranquilizó.
Sentí algo frío presionar el ano y mis peores temores se hicieron realidad: enema. Esa enfermera debía estar confundida. Yo no necesitaba una lavativa para calmar el dolor del dedo.
—Me parece que te has equivocado. Yo vengo por un dedo destrozado, mis intestinos y mi culo están perfectos.
—Pues si sabes tanto ¿por qué no te curas tú solito?
Intenté incorporarme; pero me puso la mano en la espalda obligándome a quedar en aquella absurda posición.
—¿Qué tiene miedo el machote?
Aquella mujer era un diablo, una psicóloga potente y preparada, no pude evitar picarme y quedarme quieto para demostrar mi valor y coraje.
Tampoco se trataba de una lavativa; tras la presión inicial se me dilató el ojete y luego se cerró tragándose el extraño supositorio. No me sentía nada excitado, mi sexualidad es muy sana.
Cuando me introdujo el décimo me lagrimeaban los ojos, ya me estaba aburriendo y tenía el culo dolorido. Me incorporé intentando mantener con dignidad todo aquello que me había metido.
Sostenía en la mano una lata de aceitunas rellenas y se estaba comiendo una tan plácidamente, la muy golosa.
—¿Me has metido en el culo media lata de aceitunas?
—Pues sí, me apetecía algo de cerdo relleno.
Qué rencorosa era la hijaputa.
La llamé guarra y alguna cosa más que no me acuerdo. Ella impasible y sin quitarse la mascarilla, cogió el teléfono de la mesa:
—¿Seguridad? Un paciente está nervioso.
Pasaron apenas unas décimas de segundo cuando apareció el guardia y me pillaba aún con “uta” entre los labios.
Me aporreó en mis tersas nalgas y salió disparada una aceituna que impactó en su camisa. Yo grité, él dijo algo descortés y me soltó otro golpe.
Salió otra aceituna a la velocidad del sonido con estampido que jamás hubiera pensado que mi cuerpo pudiera producir.
Se quejó y se llevó una mano a la mejilla, se le había quedado pegado el relleno de anchoa.
—¡Qué cabrón! Ahora en la jeta...
Los seguretas no son muy listos, pero aprenden bien si los sometes a intensas sesiones de comportamiento condicionado. Ya no me pegó con la porra en el culo.
Cogiome por el pescuezo sin dejarme subir los pantalones y me echó a la puta calle. La enfermera gritaba con voz afectada:
—El cerdo quería que se las quitara yo.
Ya una vez en la calle y antes de subirme los pantalones para evitar que cualquier mujer o julandrón que pasara por allí se amorrara a mi exuberante y lustroso pilón, intenté librarme de mi carga; me apoyé en un árbol doblé la cintura y tras un gran esfuerzo lancé una andanada de aceitunas acompañadas de una sonora ventosidad. El mundo entero se detuvo guardando silencio con los ojos fijos en mí.
Los vecinos se asomaron a las ventanas sin sospechar siquiera la procedencia de aquel estampido. Debían temer que se tratara de una bomba de ETA o Alcaeda.
Hubo un daño colateral que no revistió gravedad: una vieja que salía de comprarse unas bragas de fantasía en un bazar chino, se estaba quitando de la dentadura los restos de una aceituna.
Si aquel era un día aciago para la anciana, pensé que en cuanto se probara aquellas bragas y dadas las noticias sobre las reacciones alérgicas que producen ciertos productos chinos, se le pondría el chocho del tamaño de una calabaza. Hay personas a las que el destino sólo les depara sinsabores y aceitunas rellenas con olor a mierda.
Y por lo visto también era un día aciago para mí; un policía venía a toda hostia, probablemente porque mi rabo escandalizaba y el cagar olivas no es algo que te haga popular.
Como quiera que el dedo no afectaba a la motricidad de mis piernas, salí corriendo a pesar de que el policía me pedía por favor, que me detuviera para ayudarme a subir los pantalones y llevarme al gastrointestinal para revisar el porqué de aquellas extrañas, violentas y exóticas deposiciones públicas.
Tras un par de travesías a la carrera, el poli se dio por vencido (son las ventajas de vivir en un país con pocos recursos) y yo me metí en un bar a fumar tomándome una cocacola y un bocadillotortillapatatas.
Pensé en volver a la mutua y ponerle los cuernos a mi esposa, me había enamorado de aquella sanitaria traviesa y perversa.
Mi psique es tan compleja...


Iconoclasta

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