22 de julio de 2006

Verdades y mentiras

¿Quién no ha conocido a alguien cuya principal virtud es la sinceridad? Alguien que a modo de salmo debe proclamar constantemente al mundo entero su sinceridad. Su ansia por que los demás sean tan sinceros como lo es él, o ella.
¿Se siente envidia ante esa sinceridad casi religiosa y compulsiva? ¿O es algo patético a lo que despreciar?
Los sinceros cuestionan las afirmaciones de otros porque su tremenda sinceridad parece ser la única e indiscutible. Reconocen la mentira a la legua, son intuitivos, ágiles y eficaces.
Es muy importante para ellos encontrar el porque de todo, es una constante en su vida; no se puede dejar nada a la suerte.
Claro que eso es ambición, la ambición de pretender saber más que nadie. Pero resulta que la ambición es la fundición de la mentira. Un sincero autoproclamado suele ser un cuerpo relleno de hipocresía.
Los sinceros son repelentes, tienen una antipatía casi palpable.
Bienvenidos al mundo sincero.

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Elsa era una mujer avispada, inteligente e intuitiva. De muy rápidos reflejos.
Julio en cambio, parecía estar siempre relajado, tranquilo y conforme; uno de esos tipos que se sienten bien con lo que piensan, nunca pregunta el “porque”, simplemente el “como”.
Llevaban ya 16 años de matrimonio, tal vez es la única forma de que una pareja sea duradera; una gran diferencia de caracteres entre ambos. Un defecto de uno es corregido por la virtud del otro y todas esas tonterías que se dicen.

La ambición de Elsa contrastaba con el desprecio que Julio sentía por ser “alguien” en la empresa. Julio era encargado del turno de tarde en una fábrica de automóviles y no se esforzaba más para subir puestos. No estudiaba porque decía que ya sabía suficiente. Estaba bien así, disfrutando de sus pequeñas aficiones.
Ella era publicitaria, siempre inmersa en batallas para ganar clientes y proyectos; un cliente, una campaña más. Ganaba el doble que él. Había conseguido en los últimos cinco años tres aumentos de sueldo, él ninguno en diez años, simplemente se limitaba a alcanzar la prima mensual por llegar a la producción estipulada.
Era sincera, de una sinceridad irritante; decía de Julio que no se promocionaba en la empresa porque carecía de picardía; porque no sabía mentir. Su falta de interés por ascender no era sencillez, si no falta de reflejos y agresividad.
Y siempre era sincera, sobretodo ante sus amistades, en cenas o tomando unas copas.

-No basta con ser bueno, has de saber a quien hablar y de que hablar. Si eres bueno en tu trabajo, jamás te moverán de ahí si sólo lo demuestras cumpliendo. Y es que sinceramente, tienes poco espíritu y se te ve venir.

Esta era su sentencia favorita y más humillante “se te ve venir”. Con el tiempo, Julio dejó de sentirse mal por estos comentarios y acabó sintiendo una total indiferencia hacia estas sentencias.
Luego venían los consejos de los amigos y el ejemplo que ellos mismos constituían de éxito laboral.

-A eso se le llama ser un lameculos.-respondía Julio.

-No seas borde.-le respondía Elsa.

A Julio le gustaba ser deliberadamente grosero para que Elsa se sintiera incómoda entre sus refinados colegas.
A pesar de su proceder en el trabajo, Elsa era ante todo un ejemplo viviente de sinceridad. Si había algo que le repugnaba y que la ponía “malísima” era la mentira.
Lo podía perdonar todo pero; no la mentira.

Cuando eran novios, le largaba frecuentemente este discurso a Julio sin que fuera necesario. Al menos para él.
A él no le preocupaba todo ese asunto de la sinceridad y la mentira.

Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama pero; Julio se levantó como siempre y a la tarde marchó a la fábrica.
Ocurrió algo con las prensas, un desajuste o un error en la programación, ciento cincuenta capós se tuvieron que tirar al contenedor de chatarra para fundición. La plancha se había desgarrado en todos ellos en la última fase del prensado. Julio fue el último en revisar los parámetros del par de prensado.
Fue sancionado con tres días sin empleo y sueldo con carácter inmediato; por supuesto, perdió la prima de producción.
Y aún debía agradecer que no lo hubieran despedido.
Salió abatido del despacho del gerente de recursos humanos, y casi se dio de bruces con el médico de la empresa.

-¿Tienes un momento para que revisemos los resultados de la analítica de la revisión médica?

-No es un buen momento, Tomás.

-Bueno, te doy los resultados y si sale un asterisco en algún parámetro es que algo no está bien. Míratelos en casa y si tienes algo que comentar, vienes a la consulta. La verdad es que no he tenido tiempo aún de darles un vistazo.

Se metió el sobre en el bolsillo del pantalón y se dirigió al reloj de fichaje, donde marcó el código de salida y el de sanción.

Ojalá en este momento viviera solo y no tuviera que contarle a Elsa su metedura de pata. Era ahora lo que más le pesaba de todo aquello, explicarle a su mujer lo que había ocurrido hoy.
Elsa le preguntaría el “porque” le ocurrió algo así. No se iba a conformar con el “como”, una distracción que no se podía explicar más que como mala suerte. Un mal momento de esos que alguien padece de vez en cuando.
Le reprocharía que si hubiera tenido más interés por hacerse notar por sus superiores, se habría librado de la sanción, “una simple llamada de atención a lo sumo” era lo que peor que se hubiera ganado.
“Pero claro, tú no eres un lameculos y pasas de hacer la pelota a nadie” continuaría ironizando Elsa.
Se enzarzarían en una de esas discusiones largas y elevadas de tono que acaban repentinamente con un incómodo y largo silencio de horas.

A él le gustaría que ella dijera “No te preocupes, Julio, son cosas que pasan”. El se lo decía cuando ella llegaba de malhumor por algún contratiempo en su trabajo. Pero era algo impensable, Elsa tenía la firme voluntad de decir siempre lo que pensaba, la verdad. Era sincera incluso, por un bien de los dos.
Podría mentirla, decirle que están cambiando los moldes de las prensas, un trabajo que dura días y por eso no acudiría a la empresa en tres días pero; ella era tan buena reconociendo las mentiras que se daría cuenta de que algo no iba bien; era un libro abierto para Elsa.
¿Para qué esforzarse en imaginar mentiras? El era demasiado torpe, no sabía mentir. Le vería venir.
Subió a su auto y abrió distraídamente el sobre con los resultados de la revisión médica.
Crearía más verdades para Elsa.

Estaba sentada en un extremo del sofá, con el brazo relajado sobre el reposabrazos. La otra mano sostenía un baso de cerveza que condensaba gotas de agua por su frialdad.
Oyó la llave accionando la cerradura y las pisadas de Julio por el pasillo.

-¿Por qué llegas tan pronto, cariño?

Julio no se acercó a besarla, se sentó en el otro extremo del sofá tras dejar sobre la mesita de cristal una caja de zapatos.

-Me he tirado a tu hermana esta tarde, en casa de tus padres.-le respondió sin emoción alguna.

Si no fuera porque uno convive con alguien que sufre esa necesidad de saber la verdad de todo, no habría necesidad alguna para ser sincero. En la vida se solapan verdades y mentiras sobreviviendo holgadamente el mentiroso y el sincero en la mayor parte de los casos.
El afán de por decir y saber la verdad es una obsesión enfermiza, un complejo psicológico. Todo el mundo conoce la verdad y no es interesante. No hay beneficio ni amabilidad en la mayor parte de verdades. La mentira y la verdad es la vida misma.

-¿Y me lo dices así?-Elsa lo miraba con la mirada en un hito, le temblaban imperceptiblemente los labios sin saber bien que decir. Incrédula con su mano congelada en el aire aguantando el vaso de cerveza.

-Estás de broma…-sus ojos brillaban húmedos.

-Sabes que no sé mentir, que no se te puede ocultar nada. Tu hermana ha disfrutado conmigo como una guarra y acabo de masturbarme en el garaje por lo excitado que estoy aún.

-¡Cabrón, voy a llamar a Maica!

-Maica no te responderá.

Maica… Solía comentar con humor, que ojalá hubiera conocido a Julio antes que Elsa, siempre mostró una gran simpatía hacia su cuñado.
A Julio le gustaba Maica, no era tan guapa como su hermana pero; era de esas personas que aprecias de forma natural, sin necesidad de conocerla demasiado.

Al salir de la fábrica y a pesar de todo, recordó que tenía que recoger unas bolsas de ropa que Elsa había dado a su madre para que llevara a la tintorería.
Cuando llegó a casa de sus suegros lo recibió Maica.

-¡Hola Julio! Has venido pronto.-se besaron las mejillas-Mis padres se han ido de compras y ahí te han dejado la ropa.

-Hola, Maica ¿cómo estás?

-Lo de siempre, trabajo y más trabajo. Y entre medias, una cerveza bien fresca. Ven, tómate una.

La siguió hasta la cocina y abriendo la nevera, Maica le preguntó:

-¿Y a ti qué tal te va en la fábrica? ¿Me aconsejas algún nuevo modelo?

-Que va, aún no se ha diseñado nada nuevo. Y no sé si llegaré a verlo, he metido la pata y este mes me quedo sin prima y sin cobrar tres días. Un desastre.

-Pues necesitarás dos cervezas.-dijo con una sonrisa radiante sin demostrar preocupación o pesar alguno.

-¿Y a ti…-comenzó a preguntar él en el momento en que ella se acercó para darle una botella de cerveza abierta. Se interrumpió para besar sus labios tan próximos y aún sonrientes.

Se desvistieron con urgencia y allá en la cocina lo hicieron, la penetró, la mordió; la acarició sin pensar en mentiras ni verdades. Sin ambiciones, tan sólo llevado por el deseo carnal. Algo se liberó hoy en su interior y Maica lo sintió.

-No verás nunca más a Maica. He tenido un mal día, Elsa; me equivoqué en la regulación de las prensas y se ha ido a la mierda la producción del turno de noche. No puedes quejarte de mi sinceridad. Sí, ya sé que podría haberme excusado con que alguien hubiera tocado algo después de mí pero; no sé mentir. Me lo has dicho tantas veces que ni lo he intentado.

-Tú no estás bien, Julio. ¿Te has drogado? ¿Estás borracho? Dime la verdad, me das miedo.

-Nunca me he drogado, ¿qué verdad quieres que me invente? Me han dado los resultados de la revisión médica anual.

Su memoria retrocede una horas atrás, en el instante en el que Maica recitaba entre suspiros: “más fuerte, pégame en el culo” y él la penetraba por detrás golpeándola con fuertes y sonoras palmadas en las nalgas. Un chorro de agua salía del grifo que se había abierto cuando ella se apoyó en él para no perder el equilibrio ante las embestidas de Julio.

Y su memoria retrocede más aún. Elsa con aquel chulo en una cena de amigos; un idiota ya maduro con un corte de pelo demasiado juvenil y desenfadado, en media melena. Se llamaba Lorenzo y quería que le llamaran Loren.
Elsa reía mucho con su compañero de trabajo; con Julio sonreía así cuando iniciaron su relación. Elsa era tan sincera y directa que no cabía pensar que mantuviera una relación sexual con aquel idiota. Aunque se rozaran las manos furtivamente bajo la mesa.
Coincidencias…

-Tu Loren te ha pegado el SIDA y tú a mí. Porque hasta ahora, hasta hace unas horas, no he follado con nadie más que contigo. ¿Soy sincero, verdad?

A Elsa se le escurrió el vaso de entre los dedos, ninguno hizo caso al estrépito que produjo el vaso al romperse contra el suelo.

-Tu hermana sí que era sincera cuando me pedía que sorbiera con fuerza el clítoris con mis labios, cuando sus manos presionaban con fuerza mi cabeza para que me comiera todo su coño.

-¡Hijo de puta! ¿Qué te has creído?-gritaba Elsa-¿Qué coño es eso del SIDA?

-¿Y para llegar a esta mierda me has machacado tantos años con tu sinceridad de los cojones?-Julio continuaba hablando con la voz templada, demasiado tensa, conteniendo una mala emoción.-He dado positivo de anticuerpos. A pesar de traer el mismo aroma de la colonia empalagosa del chulo del Loren, no te he pedido que fueras sincera ¿verdad? Y ahora tampoco te lo pido, ni me importa el porque. Conozco el como y ya tengo suficiente.

-Ahora sólo me importa Maica. Tu hermana se ha tragado todo lo que he sacado por el pijo.

Maica se arrodilló ante él y con la boca lo obligó a correrse, a pesar del dolor que le producían los dedos en sus cojones. Se los estrujaba con vehemencia. Pensar en eso le provocó una fuerte erección de nuevo.

-¿Y tú, cabrón? Siempre tan aposentado en tu ridículo trabajo, falto de ambición. Si hubieras sido más hombre ahora viviríamos en el centro, como mis compañeros. Te queda mucho por hacer aún, desgraciado.
Y la mosquita muerta resulta que se lo ha hecho con la guarra de mi hermana. Eres un lerdo.-Elsa echaba chispas por los ojos.

-Soy tu libro abierto, cariño, como siempre has dicho. Maica no se ha puesto a llorar como tú cuando le he petado el culo; no ha llorado como tú cuando intenté presionarte el ano con el dedo chupándote el coño. ¿Te acuerdas que histérica llorabas diciendo “eso no”? Sé sincera cariño, ¿el Loren te lo ha petado? ¿Te gusta ahora?

-¡Vete con la puta de Maica, cerdo! ¡Lárgate de aquí!-Elsa se puso en pie y agitando el dedo índice le indicaba la puerta de casa.

-Ya no puedo volver con ella, Elsa, es una sincera como tú. ¿Tus padres son sinceros, aman la verdad?

Cuando recuperaron el aliento, Maica le expresó su deseo de contarle lo ocurrido a su hermana. Que lo supiera por ella misma y no por él.

-¿Y por qué? Tal vez no lo volvamos a hacer nunca más, Maica. Ha sido un ímpetu, nada que debamos prolongar si no queremos. Ella no tiene porque enterarse.

-Pero es mi hermana, Julio, ahora me siento fatal.

Julio sintió un calor que le abrasaba el cuerpo.

-Eres otra hija de puta como tu hermana. Os voy a enseñar lo que es la verdad, familia de tarados.

Cogió el cuchillo jamonero y comenzó a asestarle puñaladas, Maica se protegía con brazos y manos y el cuchillo arrancaba uñas, cortaba carne y tendones. Dos dedos colgaban de un hilo de piel de la mano cuando Julio consiguió cortar su garganta y luego ensartarle el corazón.
Contempló el cuerpo desnudo de Maica hasta que dejó de fluir sangre por las heridas.
Se duchó y se volvió a vestir con cuidado de no resbalar en el enorme charco de sangre, sacó una cerveza de la nevera y se la bebió esperando la llegada de sus suegros.

-¿Mis padres? ¿Qué tienen que ver en esto?-gritó Elsa aún histérica.-Estás loco.

Cuando los padres metieron la llave en la cerradura, corrió hacia la puerta con el cuchillo ensangrentado.

-Hombre Julio… -dijo su suegro al verlo.

Clavó el cuchillo en el vientre del viejo, con el filo hacia arriba y subió el tajo hasta cortar el cinturón. El hombre cayó al suelo sujetándose las tripas que salían como una especie de salchicha sangrienta por entre sus dedos.
La vieja gritó hasta que la punta del cuchillo se enterró en la gola, le arrancó el cuchillo para clavárselo repetidamente en el pecho hasta que por fin se derrumbó desmadejada.
El viejo había relajado sus manos y los intestinos se extendieron por el parqué.
Se largó de allí al cabo de unos minutos con una caja de zapatos bajo el brazo.

-Esa caja es para ti.

Elsa se agachó y levantó la tapa, dentro había una sucia bolsa de supermercado. Cuando la abrió y miró lo que había dentro, la lanzó lejos de si. El corazón de Maica cayó al suelo con un sonido apagado y pesado. Un corte longitudinal lo partía casi por la mitad.

-Quería saber como era el corazón de un sincero; lo compararé con el tuyo y no será igual, porque tú no tienes nada sinceridad en tu idiota cerebro.

Julio recorrió lentamente el pasillo hasta llegar a su despacho, una simple mesa de escritorio con un ordenador y unos cuantos libros en la pared. Cogió un bate de béisbol de aluminio que adornaba la pared y volvió al salón en silencio, paseando y blandiendo distraídamente el bate.
Elsa hablaba por el móvil, estaba dando su nombre y dirección a la policía.

-Por favor, vengan rápido.

Elevó el bate y lo estrelló contra la mano de Elsa, la que sujetaba el móvil que se rompió en su oído y en la mano.

-Tú no desarrollarás el virus, Elsa. Te lo digo sinceramente.

Cayó al suelo aturdida.
Otro golpe se estrelló en la coronilla y al instante la sangre comenzó a brotar escandalosamente.

-Me vas a matar.

-Claro que sí, cariño.-le respondió Julio.

Otro golpe desencajó su mandíbula y escupió dientes rotos entre un lamento.

El siguiente golpe, letal en su crujir, deformó la sien y le cerró definitivamente los ojos.
Aún golpeaba su cuerpo cuando los dos agentes irrumpieron en el piso tras forzar la puerta.

-¡Os juro que ha tropezado! Se ha puesto nerviosa al ver el corazón sincero de su hermana y se ha dado un golpe en la cabeza. De verdad… No miento…-les decía entre carcajadas a los policías.

-No me creéis, ella tenía razón, la muy sincera. No sé mentir.

Y continuaba riendo esposado cuando lo metieron en el coche patrulla.

Iconoclasta

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