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16 de abril de 2013

Antinacimiento




Solo las mujeres pueden parir; pero los antinacimientos (partos de ausencia y desesperanza) no conocen sexo ni biología. Los momentos de dar a luz y  antinacer se diferencian en someros detalles durante las primeras horas. Cambia una cosa: el final en un antinacimiento nunca será feliz. Es tan duro y tan doloroso que no se olvida jamás. Son losas pesadas con la que nos carga la puta vida en el pecho para que no podamos respirar.
Porque cuando alguien que amamos muere, muere solo él, no morimos con él; ni siquiera románticamente una parte de nosotros. Nos quedamos embarazados de dolor y pena; los que quedamos apesadumbrados, antiparimos.
Padecemos el antinacimiento.
No basta con despedirse, con sentirlo. Hay que sufrir largo y tendido, mierda de vida…
Me cago en dios…
Aunque no son muchos los antinacimientos: la gente no suele amar; solo se siente desolada con vacuidad y dramática pompa, solo cumple un ritual de mierda sin más trascendencia que una lágrima farisea.
La mujer al parir respira, exhala repetida y rápidamente la respiración. Grita de dolor y de repente se calma ante un final feliz, ante lo esperado.
El antinacimiento provoca una respiración lenta, abrimos la boca para captar un aire que nos roba un invisible puñetazo en el abdomen. Es un aire que necesitamos en esos momentos porque lleva la esencia de nuestros muertos. Y parece que mueren aún más cuando perdemos el aliento.
El corazón se para durante un segundo varias veces por hora, en el parto se acelera.
Son diferencias que uno se calla para no parecer derrotista, para no parecer dramáticamente herido; pero piensas sin poderlo evitar en la vida y en la muerte, y al final gana la muerte por puntos, nos roba mucho más aire y sangre que un nacimiento.
Tras la apnea del antinacimiento, no hay alegría ni descanso, no hay sudor, cansancio, ni unas lágrimas felices. Tras los intentos por aspirar grandes bocanadas de aire, queda la tristeza perfecta, la descomunal desolación que día a día provoca un vacío en el corazón. A veces no late pensando en quien murió.
Y deja secuelas como el molesto dolor que ataca sorpresivamente a lo largo de toda la vida, como un vértigo que no podemos controlar. Nos detenemos para tomar aire ante el abismo de algo que no volverá, que está irremisiblemente muerto.
Cuesta dios y ayuda sonreír cuando llevas ya unos cuantos antipartos.
Si has amado lo suficiente, claro. No todo el mundo tiene la desgracia de “gozar” de un antinacimiento.
Otra vez a antiparir, antinacer… Esto es una mierda…
Estas apneas durante la consciencia y las punzadas en el corazón y el vientre, es mi antinacimiento sin final feliz.
Lo acojo como mi prueba de cariño, de capacidad de amar, me jodo por ella. Si la amé es sus caricias, la amaré en su miedo y dolor.
Es un brindis y mi homenaje a un ronroneo dulce, unos ojos que se convertían en ranuras negras sobre fondo dorado, unas patas pequeñas y de fino pelaje carey que buscaban mi cara cuando estaba cubierta por una capucha. Un maullido casi infantil en demanda de una caricia. Una lengua pequeña y rasposa que aportaba una ternura de tal magnitud a mi piel, que me hacía dudar de que en mi vida hubieran ocurrido cosas malas. Se revolvía en el suelo para que acariciara su barriga. Pedía cosas posibles, bonitas, sencillas y hermosas. Nunca quise que hablara, no quería nada de humanidad en ella.
Era todo tan sencillo, tan hermoso en su simplicidad…
Es normal, es otro de los síntomas del antinacimiento: las manos se crispan involuntariamente con la absoluta certeza de que tras el antiparto (cuando pasan los años y se apilan los dolores) no volveré a experimentar ese tacto tan suave para el alma. No volverá jamás la suavidad de ese inocente cariño.
No quiero pensar en su miedo, tristeza, dolor y agonía, porque me retuerzo de pena y remordimientos.
Es duro cuando muere un humano; es espantosamente doloroso. Lo sé de la misma forma que conozco la enfermedad; pero cuando muere tu animal, tu amigo; muere la más pura inocencia, es la quintaesencia de lo puro. En ellos no hay bondad ni maldad, su naturaleza es perfecta y equilibrada.
No carecen, no necesitan y sienten.
Con el antinacimiento se desvanece toda esperanza de ternura sorprendente a lo largo del día.
No hay consuelo alguno en el antinacimiento y soy culpable de no haberla protegido suficiente. Yo sabía que en el mundo hay seres humanos y por ello: envidia y maldad.
Mi gata no tenía herramientas ni medios para saber que alguien la maltrataría, la robaría de su hogar o la mataría por capricho, por asco, por aburrimiento, por ignorancia; pero sobre todo por envidia. Hay perros y gatos más guapos que sus hijos, mejor alimentados, mejor educados, más inteligentes que ellos mismos. Es esto lo que desconocen los gatos, los perros y todos nuestros amigos irracionales cuando son pequeños. Y lo que es peor: cuando crecen mantienen intacta su idiosincrasia.
Y son siempre pequeños, cálidos, dulces…
No pueden entender ni creer que haya tanta mierda en el cerebro de los humanos.
No degeneran como el hombre.
No hay suficientes muertes ni guerras, no muere el prójimo en la necesaria cantidad para consolar mi antiparto. Falta algo más de dinamismo en la humanidad para que se renueve sangre idiota.
Para vengar la muerte de mi amiga.
Y no quiero consuelo, quiero joderme y cultivar la ira, aunque el cáncer me coma las entrañas.
Yo conozco a la mierda del ser humano y sé que mi gata no se tendría que haber separado de mis brazos. Mi antinacimiento es mi penitencia por ella, por lo que sufrió, porque me amaba y quedó solita ante los humanos.
Le falté cuando me necesitaba soy un traidor de mierda a su cariño.
Ojalá me muera.
Cago sangre por ella apretando los dientes.
La dejé libre lo que creía que serían unos instantes. Soy un hijoputa porque lo sabía, porque conociéndoos, la dejé a vuestro alcance.
Ya no habrá pasitos ligeros encima de las sábanas, el ronroneo de algo que te ama como fondo a nuestras respiraciones. No habrá un pequeño cuerpo cálido que respira tranquilo y feliz. Porque ellos son felices con nosotros, lo sabe cualquiera que no sea un subnormal endogámico que mata animales.
Llega un momento en la vida en el que dudas que puedas soportar otro antinacer.
Se suman los dolores, se apilan el uno encima del otro y cuando te das cuenta, llegas a la conclusión de que no hay esperanza para la inocencia.
Todo muere, todo es agredido por los que viven demasiado tiempo.
¿Por qué viven tantos años los idiotas y tan poco mis amigos animales?
El antinacer de mi gata es la reafirmación de la extinción de la ternura y el cariño. La absoluta certeza de que habrá un final en el que la envidia, la ignorancia y la imbecilidad, vencerán.
Han vencido los cerdos por enésima vez.
Si murieran sus hijos, yo albergaría esperanzas y mi antinacimiento sería menos doloroso.
A Xibalba también le debo mis engaños y mis fantasías sobre la ternura, el cariño y la inocencia. Ella también me hacía sonreír y recordar que aún puedo ser cariñoso. Con su muerte vuelvo a ser la bestia sin ningún tipo de escrúpulos que soy en esencia; y volveré a girar las cabezas de los bebés para matarlos por el simple capricho de sentir sus vértebras crujir.
Los antinacimientos, si no son buenos para mí, tampoco lo son para la humanidad.
Mi gata tenía tanto que enseñaros, envidiosos anormales…
Aprendo de nuevo a dormir antinaciendo, intentando anestesiar el dolor de mi cabeza e intentando no pensar en las tiernas caricias que no volverán.
Ya no sentiré miedo a abrazar ese cuerpo tan pequeño y romperlo de cariño. Hay miedos hermosos.
Joder…
Yo no quiero más antinacimientos, estoy harto.
Estoy cansado de tanta mierda.

Por Xibalba. Enero 2011 – Abril 2013.






Iconoclasta

10 de abril de 2013

Inhumanidad



Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.
Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.
Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.
Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.
Más…
Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.
La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.
Hasta sentir sus intestinos…
Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.
Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.
Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.
No soy nada conocido, ni posible.
Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.
Mi Reina de Coños.
La odio porque la amo contra mí mismo.
La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.
La amo y la jodo. Qué ironía…
Hasta aplastar mis testículos.
Hasta que salga sangre entre mi semen.






Iconoclasta

9 de abril de 2013

El terremoto



Han temblado las paredes, he oído como se ha rasgado la tierra y hay llantos de seres humanos ahí fuera, en la calle. El dolor y la desgracia siempre son de agradecer porque rompen lo plano. Aunque me joda.

Me levanto del sillón en el que me encontraba envuelto de oscuridad, la radio no emite música, los teléfonos no funcionan. No importa, no me apetece escuchar música ni llamar a nadie. Entre las lamas de la persiana descolgada entran rayos de sol hiriente que revelan el polvo del aire. Son horripilantes los días de sol deslumbrante, me molestan los ojos y me hacen arder la piel. Si ha ocurrido una catástrofe, encuentro que sería más adecuado un día gris, tormentas de rayos, toneladas de agua limpiando el polvo y la miseria que ha quedado…

Hay quien se siente confortado si algo le es familiar. Yo me siento desgraciado: “¡Oh no…! ¡Otra vez!”.

Irritado, peligrosamente herido…

Hay tanto tiempo vivido y tanto espacio, que me pudre volver a vivir lo mismo o algo parecido.

Carece de gracia repetir.

Los terremotos son novedosos siempre. Mi casa no se ha caído, he salido por mi propio pie; pero me ha interrumpido la lectura que me lleva al sopor de mediodía. Es surrealista que en un momento vulgar, ocurra algo así. Ya es casi la hora de comer, aunque pocos tienen ganas de hacerlo. Son las trece cuarenta y tres de un día diferente.

A veces la vida sorprende.

Los hijos muertos no son populares, no me gustaría saber de ellos. Hay cosas con las que soy flexible y me conformo con la monotonía. Pienso en hijos muertos porque hay padres llorando con trozos de ellos entre las manos, observan con incredulidad sus pequeños miembros sucios en los escombros de las casas.

Cuando acabo de follar me pongo en pie con el pene aún duro, aún vibrante. Y caen gotas de semen en mis pies. Son pequeñas moléculas, pequeñas suciedades que no me importan. No me limpio, dejo que se sequen mientras fumo, sintiendo-gozando la relajación del pene que se torna lacio sin que yo intervenga.

A veces me dejo llevar por el destino relajadamente. Como ahora, que tras el terremoto, me dejo invadir de pensamientos y obscenos dolores, patéticas muertes…

Un hijo mío nació por este proceso de follar.

Yo no quise, sucedió. El semen, una partícula, se enquistó en unas entrañas femeninas y se desarrolló mi hijo.

Es extraño que algo tan diferente y más valioso que yo, haya salido de mi polla.

Fumé con el vello del pubis apelmazado de semen sin imaginar que mientras tanto, algo corría por una vagina extenuada.

Siempre fumo, me gusta. Tener hijos es algo accidental, un problema más a resolver.

Tal vez follo para luego fumar. Soy raro y eso me consuela.

Soy impúdico y me niego a sentirme a gusto en un planeta que me ha sido impuesto.

Si existieran odiadores desapasionados profesionales, yo sería uno.

Lo acepto de buena gana.

Nací sin empatía, ni siquiera mi muerte me inquieta.

No puedo dejar de pensar que si mi hijo fue una cosa hermosa, se debe a la naturaleza y su instinto de conservación globlal: de algún modo se debe evitar que nazca algo como yo de nuevo. Mi genética es una aberración sin futuro en ninguna generación.

Mis vibraciones son potentes, cualquiera que no sea demasiado idiota, se dará cuenta de que no soy alguien a quien apreciar.

La tierra ha temblado, a lo mejor es por mí. Soy vanidoso.

Mi hijo se dio cuenta de lo que soy hace tiempo. Es feliz ahora que no estoy cerca de él.

Todo el mundo conoce o vuelve a revivir la felicidad cuando me alejo de sus vidas.

Yo no tengo la culpa; la mierda huele, el filo corta y a mí me parieron así.

Debería cabalgar a lomos de un caballo con el vientre abierto con una guadaña en mis manos. Con una capucha negra protegiéndome del infecto sol.

Me alegro de que los demás sean felices sin mí. Es algo que me libera.

Que nutre mi orgullo, mi vanidad.

Un perro sin patas se cuece al sol sin que nadie lo aparte, sin que nadie lo cobije en la sombra. Estaba ahí antes del terremoto, pero no ha tenido suerte de morir, aunque yo diría que se le ve feliz.

¿Por qué vive un ser tan desvalido? Me entristece que sea feliz, que agite su rabo mientras el sol lo seca, lo deseca. Quiere vivir como sea.

Lo mata. Puto sol creado por un puto dios…

Tal vez yo no quiera morir, tal vez camino entre las ruinas y el olor a muerto buscando otro planeta; con otros seres tendría oportunidades de ser feliz. Aunque lo dudo, me conformaría con no sentirme un muñeco al que levantan un brazo y siempre dice lo mismo, sin esperanza de levantar el otro. Sin esperanza, siquiera, de sangrar.

Un hombre ha caído en la sima que ha abierto el terremoto en la calzada y la tierra se ha vuelto a cerrar a la altura de su estómago antes de que pudiera salir.

—No estires —le dice con apenas un hilo de voz a un joven que pretende sacarlo tirando de sus manos—. No quiero ver lo que queda de mí, no quiero saber en qué me he convertido. No sé si aún estará el resto pegado a mí. Es humillante.

Cojones, no sé porque; pero siento ganas de bendecirlo. No lo pienso hacer, lo que está mal, mal se queda. Como yo también.

He visto un pez con las aletas cortadas caer al fondo del mar, con los ojos muy abiertos por el miedo, dejando una estela de sangre. Sus agallas trabajaban rápidas, asustadas.

La muerte se refleja en los ojos de los seres por muy fríos que sean. Por mucha sangre fría que tengan.

Es inmoral verse mutilado. Sonrío al hombre sin piernas, tiene razón.

—No fume usted —me dice escupiendo sangre viendo como enciendo mi cigarrillo—, ya es mayor para eso, los pulmones deberían descansar.

—Soy viejo para todo. Mi semen se enfría mucho más rápidamente que cuando era joven. Son detalles sintomáticos —le respondo con pocas ganas, ya más tranquilo con el humo en mis pulmones.

Con la mierda y el polvo en suspensión que hay a mi alrededor no puedo hacer nada para mejorar mi calidad de vida. No es un buen momento para dejar de fumar. Nunca lo es.

—A mí me pasa con la sangre, mire que fría está. Soy más joven que usted y me voy a morir antes. No es justo.

A mí no me parece justo ni injusto, simplemente es una cuestión de suerte que nada tiene que ver la divina providencia de san Indio, la mejor cerveza del mundo. No respondo a su delirio de agonía. No sé si dice tonterías porque muere o toda su vida ha sido así.

Mi gata aparece con un polluelo en la boca. Pía aterrorizado sin que ella se sienta aludida. Lo deja frente al hombre aleteando herido y lame sus manos ensangrentadas.

— ¿Es suya? ¡Qué cariñosa es! —habla con un rictus de dolor. Le queda muy poco que decir, a pesar de ello sonríe. Yo no.

—Está muy delgada. Suerte —me despido.

La gata me sigue y se enreda entre mis piernas para jugar. Me araña el tobillo sin pretenderlo y pienso que no es nada comparado con tener medio tronco amputado.

La vida es una mierda, padre murió sin darme tiempo a decirle una palabra y con este extraño he mantenido toda una conversación filosófica. Mierda para Dios.

Hablar con extraños siempre me ha parecido una tarea tediosa, penosa.

Mi caballo come de una bolsa de basura en una de las esquinas de la calle y una rata sarnosa roe la tripa que le cuelga. Se ha destripado al pasar por encima de las planchas metálicas del techo de una casa que se ha tragado la tierra al temblar.

Algo extraño, algo anómalo me tiene que ocurrir, no son habituales estas situaciones.

El caballo me huele y alza la cabeza mirándome con sus ojos ciegos, están blancos como pelotas de golf. Es un toque de color en un pelaje negro. En su quijada sostiene  el torso de un bebé parcialmente devorado. Pobre caballo, no sabe lo que come.

La gata se arquea y su pelaje se eriza. Nunca le ha gustado ese caballo que no es mío; pero si lo reconozco como tal, por algo será. Los terremotos derriban también los muros de las mentes y rasgan la realidad, el coraje y la cordura.

Estar loco es bueno, rompe cualquier asomo de repetición.

Me gusta, me enternece la valentía de mi gata; ella cree que puede contra todo. Como yo de pequeño.

El caballo se encabrita y con una pezuña trasera aplasta a la rata que se alimenta de su miseria. Hay tanto sol, tanto calor…Y polvo que flota como una enfermedad en el aire, densa y tangible. Identificable como la muerte en un corazón roto.

El torso del bebé ha caído de la quijada que lo devoraba, sus ojos vacíos me miran acostado de lado en una bolsa de basura blanca. No tiene labios y me sonríe muertecito.

No voy a subir a mi caballo, no me gusta. Me incomoda, parece peligroso.

Estoy de acuerdo con la gata, si pudiera me arquearía y si tuviera pelaje, lo erizaría.

Aunque tengo rabo no es elegante una erección hostil en un día de destrucción masiva. Mejor pensado: no es higiénico.

Estoy cansado y aburrido de que interfieran en mi vida los demás a pesar de mi falta de empatía. Yo no tengo la culpa de que me hayan parido así. Si yo he tenido que soportarlos, otros tendrán que soportarme. Que se jodan.

Me sobreviene una arcada al pasar frente a un edificio derribado, se oyen voces entre las ruinas pidiendo ayuda; pero sobre todo, sube el hedor a sangre y carne que se calienta. Es un olor particular, aunque no se haya olido jamás, se identifica claramente como la muerte.

El caballo me sigue lentamente, con los belfos encogidos mostrando sus dientes con ira, arrastrando la tripa por el suelo. Y por alguna razón que no entiendo, caga también a pesar de su intestino destrozado.

Me interno en una estrecha calle que está extrañamente en sombras, todas las casas se han caído, no es lógico, debería llegar el sol. Mi olfato se ha saturado tanto de muerte que ya no siento náuseas. El calor se ha esfumado y me siento bien.

El caballo se acerca y con su hocico agita mi mano buscando una caricia. La gata está subida encima de la cabeza de una mujer muerta y maúlla también exigiendo su cariño.

Acaricio los ollares de mi caballo y me acerco hasta mi gata que cierra los ojos al sentir la caricia de mi mano.

Todo está bien, y la muerta no huele.

Elevo la vista al cielo para agradecer el frescor; es una pared gris como el plomo. Más allá, en la calle central de donde vengo, el sol arranca espejismos del suelo, lo hace hervir.

Espejismos de vapores de muerte… Reflejos del dolor…

La estrecha calle es larga como el infinito, como una Vía Láctea de escombros y destrucción, no hay peligro, no hay calor, no hay muerte, ni hedor.

Me agacho y meto la tripa podrida del caballo en el vientre para que no la arrastre, para que no se haga más daño si no es necesario. La gata trepa a mi regazo y avanzamos lentamente.

Los cascos del animal pisan muertos, ropas sin cuerpos, cepillos de dientes y fotografías.

Siento que la humanidad no merece perdón, una corriente de aire que da paz a mis ojos secos, me da la razón. El planeta está de acuerdo conmigo.

Una pequeña figura avanza hacia nosotros. A medida que nos acercamos, se define su rostro  delgado y anguloso, su cabello rizado y oscuro, sus pechos libres bajo un vestido de gasa blanca. Los ojos son oscuros y brillantes… Sus pechos se agitan con cada paso.

Me apeo del caballo, la gata salta a unos escalones rotos, sus pupilas están dilatas absorbiendo toda la luz posible observando la figura que se acerca, ronronea plácidamente.

La mujer ha llegado hasta mí.

—Amado Jesús, cuanto tiempo, mi amor. Te extrañado cientos y cientos de años —dice mirándome con intensidad.

La amé en algún momento, lo sé, me lo dice cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

—No lo sabía, no sé si esto es realidad, tal vez duermo —le respondo confuso.

Se arrodilla ante mí, saca mi pene del pantalón y se lo lleva a la boca. Sus rodillas sangran porque se asientan en escombros de azulejos cortantes.

El caballo escarba con su pezuña delantera y muerde una mano gris de uñas sucias y piel herida que ha hecho emerger de la miseria.

Mi vientre se tensa ante la succión de María Magdalena. La recuerdo…

Parece que me arranca la polla, que me arranca la piel de hombre y me convierte en Dios.

Recuerdo mi semen corriendo por sus muslos poco antes de mi crucifixión y ahora son sus labios los que rezuman mi leche. Sus pechos se han mojado.

Acaricio y beso sus labios, trago mi propio semen.

Entre la masa de cielo gris, veo la silueta de mi padre, de Dios. Me espía inquieto, teme mi juicio. Teme mi despertar de la conciencia.

Soy mi propia revelación.

—No hay premio ni redención para ellos, María. No es necesario que venga la Bestia, no habrá lucha entre el bien y el mal. Porque todo es mal. Porque aún recuerdo los clavos en mi carne y no quiero perdonar. Mi padre se equivocó, el viejo no supo hacerlo bien, es hora de acabar con su gran obra.

—Lo sé, mi amor. Dios ha estado llorando porque sabía que su hijo no tendría compasión de sus creaciones.

Abrazo a María Magdalena, la beso con un ansia milenaria y lamo sus pezones erectos en esta estepa del caos y la muerte.

El planeta sigue crujiendo, sus entrañas se abren como el vientre de mi caballo, la muerte no ha hecho más que comenzar, el terremoto solo es un preludio.

—Sube, mi amor. Sigamos condenando, sigamos disfrutando del dolor de las creaciones de mi bastardo padre; como ellos disfrutaron con nuestra separación. Con mi tortura y muerte —le digo al tiempo que monto mi caballo.

Alza su mano y la subo delante de mí, entre mis piernas; para follarla ante la muerte de los idiotas, de los falsos, de los cobardes. Para amarla con la misma fuerza con la que deseo condenar a todo hombre, mujer y niño.

¿No querían juicio final? Ha llegado por fin. Que se jodan como yo me jodí. Como me jodieron ellos y mi padre.

La gata ha clavado sus uñas en la grupa del caballo para no caer, para no separarse de nosotros. El caballo ama el dolor, eso es todo, se jacta de ser valiente.

Llega un gemido desde lo lejos. Es un ladrido débil a la entrada de la calle, en la frontera con el sol y la penumbra. Es el perro sin patas que se arrastra como un gusano hasta la calle de la condenación.

—A ti te perdono, perro —musito en un idioma que no creía ya recordar.

A lo lejos, el perro parece crecer, sus patas se han desarrollado y se dirige a la carrera hacia nosotros, contento; tanto como cuando no tenía patas.

— ¿Cómo vas a llamar a tu primer milagro tras tu segunda venida? —pregunta María Magdalena, que intuyo, sonríe con picardía.

—Le voy a llamar Yahveh, aunque no le guste.

Mi hermosa y amada María lanza una carcajada y toma mis manos con las suyas para que abrace su cintura con fuerza.

Esta vez el juicio es correcto y los malos sufrirán su castigo, sin que ningún inocente muera por ellos.

Todo fue un error y yo no moriré otra vez en vano.

Sonrío por primera vez en más de dos mil años.






Iconoclasta