3 de enero de 2017

De lo profundo



Debes creerme, debes entenderme cuando te digo que follarte es un verbo que no puede abarcar lo que sufro por tenerte en mí, contra mí, empalada en mí.
No se puede definir con "follarte".
Mucho menos con besarte.
Y follarte no es una banalidad, es la cosa más extraña y extraordinaria. Mi pene clavado en ti es un acto religioso. Es un símbolo como una cruz, una media luna o un buda en la faz de la humanidad.
No me basta el beso que hace filamentos de babas impúdicas entre nuestros labios.
No es suficientemente profundo. Eres un abismo, mi amor.
No es suficientemente hondo el beso más intenso y largo que pudiéramos cometer. Es superficial lo que otros humanos consideran el súmmum del amor.
Por ello besarte es llevar los dedos al elástico de tus bragas, porque en ese momento tu lengua se hace más ávida en mi boca.
Recorro el monte de Venus y acaricio el vértice de tu coño para que el clítoris se te endurezca y los ocultos y entreabiertos labios se humedezcan y mojen mis dedos.
Por favor... En ese momento me muerdes los labios pegándote más a mí.
Y no puedo explicar lo que siento, todo el ansia que me ciega cuando siento tus pechos aplastarse contra mí sin ningún cuidado. Tu brutalidad...
Feroz mía, nada es suficiente para saciarme de ti.
Te meto los dedos, te follo con ellos y tus piernas se separan.
Quedas en precario equilibrio abrazada a mi cuello, prendida de mi boca.
Y es entonces cuando siento que acaricio lo más profundo de ti, me lo dice tu respiración presurosa, entrecortada. Deseosa.
Mi puta...
Y sé que tu alma es así: acogedora, cálida, pulsante, húmeda.
Deseada, deseada, deseada...
Confundo el coño con tu alma.
Y tu alma reside en tu coño, o a través de él la toco.
No sé... Es demasiado profundo ese instante, soy un cosmonauta desorientado en tu inmensidad.
Es tan confuso y caótico desearte tan brutalmente...
Abismalmente.
Solo puedo llevar los dedos mojados de ti y tu orgasmo hasta nuestras bocas y  besar un trozo de tu alma por si pudieras entenderme.
Mi profundo y feroz amor...
Y la locura no se acaba nunca.



Iconoclasta

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