9 de mayo de 2016

Llueve dulcemente



Llueve dulce, suavemente sobre mí.

Solo sobre mí, porque los humanos, los pocos que se encuentran en la calle, se apresuran como si lloviera con fuerza. Se aferran a sus paraguas, sus precarios techos protectores.

Suave y dulcemente, el tiempo parece quedar suspendido en las gotas, como yo gravito inmóvil sobre el puente que cruza el río.

Como si cada segundo fuera un ahorcado prendido en cada una de las gotas.

Tiempo muerto...

Porque el pasado es eso, un tiempo muerto. Un rosario de melancólicas añoranzas. Contagioso, se prende en el ánimo a través de la indefensa piel y causa una triste metástasis en el alma.

Y sin darte cuenta, te conviertes en gota devorada por el río; por el arrollador presente. Frente a unas murallas seculares que observan el mundo, el tiempo y sus consecuencias con desdeñosa indiferencia.

¿Y si soy muralla, una piedra del muro?

Porque no me entristece el paso del tiempo y camino bajo la lluvia sin prisas, dejándome empapar por tiempos muertos.

En ese caso, estoy muerto y por alguna razón sueño que camino.

Es confuso, tal vez no existo. Simplemente soy una molécula flotante de lo que fui, un recuerdo que caerá al río también.

Porque a mi piel no le sorprenden las frías gotas que caen en las manos y atraviesan la ropa. El tiempo muerto tiene mi misma temperatura.

¿O es lluvia?

La lluvia debería ser el llanto de dolor de Dios, un justo sufrimiento que tiene que padecer por haber hecho las cosas mal.

Los humanos, afortunadamente, mueren pronto y sus daños son leves en los geológicos tiempos.

Sí... Quiero que sea el llanto de Dios y sonreír por una casual justicia.

Observo mis manos y están mojadas como cuando  ella se corre. Ese momento en el que rompe sus aguas de placer, para después gemir y arquearse apretando con fuerza su coño contra mí. Como si le fuera a estallar...

No es un tiempo muerto, definitivamente. Es presente y futuro.

Y por ella tengo la certeza de no ser muralla, de no estar prendido  de una gota que se desintegra en el río cantor.

Lo noto en el calor de mis cojones, en el cosquilleo del pubis.

Sin embargo, Dios debe, tiene que llorar sus errores. Dios tiene que aprender o dejar su puesto a alguien que tenga gusto y sentido de la justicia.

Amarla y desearla, no me convierte en un ser bueno.

No me resta ni un ápice de mi hostilidad instintiva. Mi territorial agresividad puesta a prueba en un mundo con demasiados individuos. 

El amor no puede frenar mi odio hacia lo que no existe y sin embargo, llora de dolor y vergüenza.

Que se joda el tiempo y Dios, que se jodan y se los coma el río.

Yo hundiré mis manos entre sus muslos y lloverá mi saliva hambrienta sobre su piel.

Llueve dulcemente sobre mí y el puente parece sentirse a gusto soportando mi carga.

Solo el puente parece saber quién es y lo que debe hacer.

Llueve dulcemente y todo es maravillosa y poéticamente confuso.



Iconoclasta
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