13 de diciembre de 2015

Odiada mía


Debería odiarte porque por mujeres como tú los hombres son idiotas.
Hay una frecuencia en tu voz que me hace perder el hilo de mi propio pensamiento y balbuceo incoherencias de amor en tu oído. Olvidando lo que debía decir como hombre formado.
Con tu voz me haces adolescente provocándome una punzada en el pecho que solo puede calmar tu abrazo, tu respiración.
Tus pechos presionando el mío.
Me deshaces. Por favor...
Debería odiarte porque tu llanto es  mi canto de sirena. Porque buscas el consuelo de mis brazos y los labios para recoger las lágrimas. Destruyes mi fortaleza construida con tesón a lo largo de los siglos, amén.
Provocas una ternura infinita que desconocía poder sentir.
Me siento vulnerable, indefenso frente a la apabullante carga de tu sensibilidad.
Debería odiarte porque has destruido mi independencia, ya no puedo concebir los días solo. Te odio...
No hay paz sin ti.
Debería odiarte porque haces de mí un absurdo trípode cuando clavo la mirada en tu escote.
Debería odiarte porque tus labios hermosos secan los míos cuando los contemplo.
¿Te das cuenta, odiada mía, que haces de mí lo que me esforcé en no ser?
Estás rozando la ilegalidad, es prácticamente secuestro lo que haces conmigo.
Debería odiarte por llevarme por sueños imposibles, cuando ya era hombre que ensuciaba sus manos y pies con el polvo en el que se convierten los seres al morir.
Odiada mía, debería odiarte cuando dices amarme y siento que no soy de acero forjado, si no de piel y carne temblorosos ante ti, encima de ti, dentro de ti...
Pienso que nunca conseguiré besarte tanto por lo que te odio. Tu piel es inabarcable como un universo en mi mente pequeña y simple.
Cuando tus ojos brillan al verme, siento el vértigo de los años cientos en los que nadie me miró así. No lo sabía todo, odiada mía.
Qué equivocado estaba...
Me doblo con una arcada ante tanto tiempo perdido sin ti.
Y te odio cuando la melancolía de tu ausencia me hace llorar.
Porque los hombres no lloran, cuando lloran están derrotados. Mírame, soy tu trofeo encima de una chimenea.
Antes no sentía esas "cosas" brotar de mis ojos, eso no iba conmigo.
¿Qué me has hecho, detestada mía?
Te odio porque dividiste mi vida en "a. de Ti" y "d. de Ti" (antes y después de Ti), como si fueras un hermoso y divino Jesucristo de cuerpo rotundo y sensualidad perfecta.
Partiste mi vida con "Piénsame" y un "Te pienso".
Convertiste una parte de mis oscuras edades en prehistoria.
No sabes lo que sufro al escribir "debería odiarte" o "te odio", porque la sola idea de odiarte, me provoca convulsiones. Duele imaginar que por un milisegundo pudiera aborrecerte.
¡Te odio!
No...
Te amo con toda mi alma. Es la única forma de concluir este listado de reproches por lo que has hecho de mí.
Te amo a pesar de que has hecho avanzar el tiempo a velocidad de híper-espacio. Hay tan poco tiempo y tanto que amarte... Me falta vida ahora, cielo.
Pero ¿sabes, odiada mía? Vendería la mitad de mi vida al diablo o a dios si existieran, para que mis últimas horas fueran contigo.
Pacto morir a tu lado.


Iconoclasta

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es uno de los textos que más me gusta. Me gusta porque es tierno, dulce, apasionado, usas la paradoja con destreza y ese es mi recurso poético favorito. Muy bien tejido, me conmueve.
Salutes mi Iconoclasta

Pablo López dijo...

Gracias y mi vanidad henchida por dejarte conmover, es un lujo que no se da todos los días.
Salutes, anónimo mío.