17 de diciembre de 2015

666 y los daños colaterales



Mi Dama Oscura observa con ojos brillantes de emoción las convulsiones del niño que agoniza, su padre lo ha llamado Ricardito, tiene once años.
Tenía.
Su expresión es de fascinación, como si sintiera un éxtasis al ver el alma infantil salir libre y sutil con cada borbotón de sangre que mana de la tierna y pequeña yugular seccionada.
Una yugular que yo he seccionado con cierto aburrimiento y apatía no exenta de elegancia.
Amar a los niños en su vida y en su muerte es una pose de ese Dios estúpido que ejecuta sus crueldades pintándolas con una burda capa de fatídica bondad.
Yo le doy motivos para que luzca su infinita e hipócrita misericordia.
Como creó al hombre imbécil, el hombre no se ha enterado aún.
Y es que sus maldades son designios inescrutables, una frase que llena las bocas de los ignorantes.
Y a ella, a mi eréctil Dama Oscura, poco le importa. Solo siente el acto de la muerte con la misma fascinación con la que observa mi glande eyacular sobre las oscuras areolas de sus pesados pechos erectos.
Tal vez sea porque a sus mil años de edad, aún no ha sentido la apatía que da la eternidad.
Mirad si no a Dios el Celoso, el apático y aburrido Nerón de los Cielos, de su cielo de mierda.
El padre sufre un shock traumático, sus dos tibias sobresalen como madera quebrada de la carne que las cubre. Se las he partido con un mazo de acero del personal que hace trabajos en el exterior de su residencia, de un vulgar lujo de narcotraficante. Es el  ministro de interior del país más pobre de Sudamérica. Como todos los presidentes y militares de ese continente, es un corrupto de los que llamo campechanos, de los que no saben que lo son porque no conocen otra forma de gobernar. Se creen prácticamente mesías debido a su aberrante formación católica. De una forma paternalista, ordena matar a cualquier primate que obstaculice sus planes.
Es un quechua bajito y regordete llamado Hernando Montes. Su caro traje no le sienta nada bien. Es un indio sin remedio.
Ha firmado un acuerdo de cooperación con el país vecino, por sus confusas fronteras, para luchar contra el narcotráfico; lo he visto con aburrimiento en un titular. Así que he lanzado el periódico a las sombras y  le he dicho a mi Dama Oscura:
— ¿Te gustaría pasar una mañana en La Paz? Hay un asunto que hemos de estropear. Los torturamos, los humillamos, los desmembramos y nos vamos a comer un charquekan cuando hayamos acabado con toda la familia.
—Me encantaría.
Y ha metido su lengua en mi boca masajeándome los testículos.
Mi puñal insertado entre los omoplatos se removía inquieto mortificándome.
Le encanta salir de esta oscura y húmeda cueva. Le apasiono Yo y sentir el poder de la muerte desinhibida y sin moral que ejercemos sobre los primates.
Hace apenas cinco minutos hemos aparecido desde el interior de la tierra a lomos de mis crueles, que han decapitado a los diez guardaespaldas que vigilan la zona ajardinada de la residencia Montes. Uno de ellos corretea con una cabeza entre sus mandíbulas, de la que cuelga la lengua cárdena en una mueca de espanto y dolor.
Al entrar libremente en la casa-palacio, hemos encontrado al pequeño Ricardito jugando con un pequeño dron en el gran salón con decoración clásico-burdel.
—Llama a tu papá —le he susurrado al oído agachándome a su altura, con las manos apoyadas en sus pequeños y débiles hombros.
El pequeño ha mirado con curiosidad el mazo que he dejado en el suelo y al mirar mis ojos se le escapan unas lágrimas.
― ¡Papi!
Mientras el padre bajaba por la majestuosa escalera de mármol como el palurdo sin clase que es, he tomado al pequeño entre mis brazos, con su espalda en mi pecho, he sacado mi puñal de entre los omoplatos y le he puesto el filo en el cuello.
― ¡Por Dios, no le haga daño! — grita.
― ¿Por Dios, me dices, mono? ¿Sabes lo que dice Dios de los hijos? Te refrescaré la memoria sobre los consejos de Dios.
Y el filo del puñal muerde la piel de Ricardito.
―En tu biblia, el libro Eclesiástico, capítulo 30, sobre la educación de los hijos dice: "Mima al hijo y te dará sinsabores, juega con él y te dará tristeza.", versículo nueve.*
Y el puñal penetró en la carne.
El primer ministro Montes, se detiene al final de la escalera.
― ¡Deja a mi hijo, cabrón! Tengo mucho dinero en mi caja para ti y tu puta.
Me encanta cuando el miedo les hace caer su máscara afable.
― "No te rías con él, para no acabar llorando. Y rechinando los dientes.",  versículo diez ―prosigo con mi lección.
El  filo hiere la tierna y pequeña yugular al cortar cuello hacia la derecha. El pequeño patalea y el padre grita cuando la sangre comienza a teñir su guayaberita blanca.
Yo no siento nada. Si acaso, esa erección que siempre me sobreviene cuando a un primate le arranco la vida.
No puedo evitar una risa pensando en que el primer ministro es tan ingenuamente malo, que ni ante la muerte de su hijo, piensa en todas las familias que ordena matar en los campos de cultivo de amapolas y coca en los que trabajan y que ahora necesita quemar para que desde un satélite los dólares vean que se lucha contra la droga. Yo soy casual matando, muy natural y campechano también.
― "No le des licencias en la juventud ni pases por alto sus desvaríos.", versículo once.
Los niños pequeños mueren rápidamente, se desangran en la mitad de tiempo que un primate adulto.
Apenas me da tiempo a recitar el último versículo cuando el niño ya no tiene fuerzas para patalear.
El padre se lanza contra mí y la Dama Oscura saca una pequeña automática que junto con una daga lleva en el muslo derecho y le dispara derribándolo a medio metro de mis pies. Le ha herido en un hombro.
Su monte de Venus, luce impecablemente rasurado y terso bajo la falda.
Me humedece el glande...
― "Túndele las costillas mientras es niño; no sea que, indócil, te desobedezca.", versículo doce. ¿Lo ve, señor ministro? A los niños hay que tratarlos con mano dura. Es Dios quien lo dice.
Profundizo el corte hasta que los músculos no pueden soportar la cabeza. La sangre mana por su boca. Lanzo el cuerpo inerte de Ricardito contra el suelo, tomo el mazo y le destrozo las tibias al ministro Montes.
La Dama Oscura se tapa los oídos, no le gusta el crujir de los huesos.
Hay a quien le molesta el chirrido de las uñas arrastradas por una pizarra y a ella los huesos. A mí no me molesta nada que sea dolor y muerte.
Apenas se queja el boliviano, el hombro destrozado ya da suficiente dolor.
La Dama Oscura se acerca al pequeño y toca su piel delicadamente cuando aún escupe sus últimas bocanadas de sangre y su delicado pecho intenta aspirar un aire que no llega a los pulmones.
Cuando has matado tantas veces, por la piel sabes cuando se les va la vida. Es un arte que le he enseñado a lo largo de los siglos.
Preferiría masacrar a una familia paupérrima, porque da un efecto mucho más contundente sobre mi maldad y falta de consideración a los primates; pero de vez en cuando hay que dar a las clases altas una buena lección para que ni por asomo puedan pensar que son intocables.
Como ya es habitual en el mundo de los primates, a quien le dan un palo, le dan todos hasta acabar con él. Estos son aquí los indígenas agricultores, con sus muertes van a proporcionar los dólares a Bolivia, bueno, a Bolivia no; a su presidente, al ministro del interior y la pareja homónima del país con el que han firmado el acuerdo de cooperación.
Solo que ahora, el quechua Montes está potencialmente muerto.
Los pobres, a los que obligaron a plantar vegetales narcotizantes en lugar de comestibles, ahora caen bajo las balas de los mercenarios. Pero solo es temporal, cuando hayan recibido sus millones, volverán a obligar a los indios a crear plantaciones invisibles en las selvas y bosques.
Diez mil millones de dólares, eso vale justamente la deforestación de las grandes áreas selváticas y boscosas, donde en un secreto a voces, con discreción hipócrita, se planta opio, marihuana, amapolas y coca. Para llevar a cabo esa limpieza para acceder al crédito, se quema la selva y los cadáveres de las familias que la contienen.
El ministro va a recibir esa inyección económica en varios plazos, conforme se vayan cumpliendo los planes de limpieza de cultivos para la elaborición de narcóticos. Debe aparentar, como requisito, que él y su presidente se interesan por la salud de los jóvenes y adultos de Estados Unidos y los países más ricos de Europa.
Justifican sin problema alguno a su pueblo, que es el precio que hay que pagar para que los hijos de sus hijos un día puedan vivir en un país próspero y libre.
Los daños colaterales, son inevitables.
Yo digo que no los quiero evitar.
Siempre es lo mismo con Dios y con los primates que mal creó: todo es una esperanza para el futuro; pero la absoluta ganancia y satisfacción la agotan ellos en apenas unos días.
La gran obra de la fe es cegar lo que es obvio y vestir el crimen y la mentira con la túnica de los inescrutables designios.
Yo soy la luz, el foco sobre la hipocresía.
Un foco rojo y líquido.
Yo desmiembro con cegadora claridad los cuerpos de los primates. Los despellejo sin fe ni dogmas. Mi verdad son los intestinos desparramados de los monos a los que Dios tuvo el capricho de otorgarles la capacidad de hablar.
Que se merezcan morir o no es algo que no considero. Es mi trabajo, es mi pasión combatir lo que ese dios melifluo creó.
Mis actos, como  los de Dios, obedecen a mi volubilidad y aburrimiento. Os he de matar, es vuestro destino y el mío.
Un destino que dicto a veces a cara o cruz. O simplemente porque me apetece.
A Dios le es completamente indiferente lo que yo haga, él siente piedad por sus creaciones tapando un bostezo con la mano, vamos  por caminos distintos: él la desidia y Yo la pasión.
A veces intercede por las almas de los que por última visión de su vida tienen mi boca aspirando su alma y mis manos hurgando en el interior de sus cuerpos abiertos. Envía ángeles enormes, de una belleza homosexual, que montan su espectáculo piadoso y yo mientras tanto les amenazo de muerte y blasfemo contra Dios. Es un trámite.
Hace un tiempo, destrocé un arcángel en mi cueva y clavé su cadáver en las puertas del cielo. Si no los asesino a todos, es porque simplemente me aburre. Y en el fondo, es lo que desea ardientemente, ser mártires.
Todas las creaciones de Dios son de una previsibilidad deprimente.
En estos momentos, la Dama Oscura está acuchillando al personal de servicio: la cocinera y su ayudanta, las dos criadas que lavan la ropa y arreglan las camas y al viejo que cada día da brillo a los mármoles del suelo, incluyendo a su hijo, que ya tiene casi dieciséis años.
¿Habéis oído ese grito y gorgoteo? Ya no cumplirá los dieciséis.
El arcángel Isdriabel se materializa, me observa desafiante y se arrodilla para acariciar la frente ya bastante fría de Ricardito con un potente cántico tan viejo como yo mismo. Busca su alma, tranquilizando su espíritu que llora desorientado y desconsolado. Observando la escena con interés, enciendo un Cohíba. El ministro de interior gorgojea cosas ininteligibles, con mi pie presiono su cuello sin cuidado.
El ángel llora.
―Solo te permito esa alma, el resto son mías.
―Dios te pide que dejes de matar, Montes ha donado mucho dinero a la iglesia. Ha rezado mucho.
―Que baje Dios, que deje de toquetear a tus hermanos y venga a hacer su trabajo. Ve con cuidado, pájaro cantor, o mis crueles devorarán tus alas y tu cabeza. No serás el primer arcángel muerto.
La pequeña alma de Ricardito se desprende totalmente de su propio cadáver y flota para protegerse tras la poderosa espalda del enorme Isdriabel. Temblorosa, sin saber aún que está muerto. Montes se ha desvanecido por la falta de oxígeno y he levantado el pie de su cuello.
Me acuclillo y le doy palmadas en las mejillas para que se recupere, cuando abre los ojos le meto el cuchillo en la boca y corto desde la comisura de los labios hasta que topo con el maxilar. A pesar de lo que muchos creen, cuando  haces eso, no aparentan sonreír.
Jamás haría algo que hiciera sonreír a nadie. Solo Yo y mi Dama Oscura sonreímos.
― ¡Mi vida, mi amor, mi Ester! Mi hija no, mi hija no...
Una mujer grita en la planta de arriba, casi al mismo tiempo, algo cae por el hueco de la escalera y se estrella sordamente contra el albo suelo de mármol. Es hermosa la sangre en el blanco puro. Y pienso en la indecente y obscena imagen del ángel con las alas manchadas de sangre. Isdriabel no puede imaginar lo cerca que está de la muerte. Aún arrodillado frente al cadáver de Ricardito, lanza su canto potente mirando al techo de la casa con la pequeña alma entre sus brazos, como si pesara. Con un ridículo gesto de padecimiento en su rostro perfecto.
Histriones...
Siente mi inmensa hostilidad, mi paranoia por la muerte de todo lo que habla por la gracia y el efecto de Dios.
Tiene miedo.
Montes se arrastra con gritos hacia su hija agonizando. La cabeza de Ester está pornográficamente deformada por el golpe. Sus cuatro años aún patalean en el suelo de forma caótica por un devastador daño cerebral. Su camisetita de Dora la exploradora se empapa de la sangre que de sus oídos y boca cae al suelo.
Con un pie detengo a Montes.
―Tal vez la debería haber quemado. O envenenado con los herbicidas tóxicos. Tú lo haces ¿te hubiera parecido mejor? Tal vez lo haga con tu presidente.
Atravieso clavo el cuchillo entre el tendón de su talón derecho atravesando la piel y tiro de él.
No puedo dejar de reír, como tiene las tibias rotas, su carne parece goma y no consigo arrastrarlo sus gemelos se estiran y estiran. Montes grita y grita.
Hasta que pierde la conciencia por el dolor, a estas alturas su presión arterial está a punto de hacer reventar arterias importantes.
Así que meto la mano en la cintura del pantalón y tiro de él para separarlo de su hija.
Me arrodillo ante el cuerpo aún convulso de la pequeña Ester y le giro la cara para cubrir con mis labios su boca ensangrentada.
Y aspiro su alma profundamente.
La Dama Oscura me observa conteniendo un llanto desde arriba, con una mano amordaza la boca de Magdalena, la esposa de Montes, con la otra mano retuerce el brazo de la mujer obligándola a mirar el suelo.
La pequeña entra en mí, asustada y temerosa. La envío sin demora al infierno para que sufra eternamente el miedo y la más profunda desesperanza.
El alma de Ricardito grita y el arcángel la consuela sobre su hombro, susurrándole cantos de bondad y esperanza. El melodramático y megalómano Dios los baña con una luz dorada y a mí me suda la polla.
―Dios hace lo mismo cuando le apetece ―le digo a Isdriabel que me mira con rostro derrotado.
― ¡Mentira!
― ¿Acaso tu padre no te enseña como ayudaba a sus judíos? Arcángeles idiotas... Lee Jueces, capítulo 3. Aflicción de Israel. Débora. Versículos 15 al 22. Escucha y arráncate tus alas cosidas con mentiras.
El arcángel eleva el tono de su cántico hasta el punto de que las paredes tiemblan. Yo lanzo un rugido que se sobrepone al ruido del mundo mismo. La furia ha inyectado mis ojos en sangre y los tres seises escarificados y siempre infectados, purulentos, parecen palpitar en mi antebrazo.
― "Clamaron entonces los israelitas a Yahveh, y Yahveh les suscitó un libertador: Ehúd, hijo de Guerá, benjaminita que era zurdo. Los israelitas enviaron por medio de él un presente a Eglón, rey de Moab."**
―Así obra tu Dios, escucha y conoce lo que ese puerco os esconde.
Me enciendo el habano que se ha apagado salpicado por las sangres de Montes y su hija.
La Dama Oscura, desde la baranda de la escalera, aún en la planta superior, desgarra la blusa de Magdalena y me ofrece su sacrificio: clava la daga bajo los pliegue de sus pechos y corta. La sangre se derrama por el suelo para gotear encima de mí.
Sus manos se meten dentro de los pechos abiertos cobijándolas en el calor de la sangre y la carne. La mujer grita tanto...
El habano se me vuelve a apagar, cosa que me intranquiliza.
― "Habíase fabricado Ehúd un puñal de doble filo de un codo de largo, se lo ciñó debajo de sus vestidos, sobre el lado derecho, y fue a presentar el regalo a Eglón, rey de Moab, que era muy grueso."
― ¿Recuerdas esta historia, Isdriabel? O tal vez negáis ésta y otras mil en el fondo de vuestra conciencia hipócrita a imagen y semejanza de vuestro padre maricón?
―Tira a la mona, como a su hija, mi Dama Oscura. Que la sangre se funda con la sangre ―le grito observando desde aquí abajo su vagina perfecta, de labios entreabiertos, excitada y húmeda. Evoco la dureza de su clítoris y me quito el pantalón para que mi erección se expanda en la dimensión de la muerte y la desolación.
― "Cuando terminó de ofrecer el presente, despidió a la gente que se lo había llevado. Pero él se volvió desde los ídolos que hay junto a Guilgal y exclamó: «Tengo, oh rey, para ti un mensaje secreto». Eglón dijo: «¡Silencio! ». Y salieron todos los que con él estaban."
―Ehúd era Yahveh, Isdriabel ―le digo con voz sibilante―. Vuestro Dios misericordioso que dice ser pura bondad, es un psicópata astuto.
― ¡Calla, maldito...
El estrépito del cuerpo de Magdalena  al estrellarse contra el suelo lo deja mudo. La cabeza de la mujer se abre dejando ver los sesos como una excrecencia entre su pelaje negro. Montes, apenas reacciona su rostro es un constante derrame de sangre y su respiración es débil y penosa; pero lo ha visto. Ha visto la muerte de lo que amaba, es lo que importa. Era el fin.
― "Entonces Ehúd se dirigió hacia él, que estaba sentado en la cámara alta, fresca, reservada exclusivamente para él. Ehúd le dijo: «Tengo para ti un mensaje de parte de Dios». El rey se levantó de su asiento."
― "En aquel instante, Ehúd, deslizó su mano izquierda, tomó el puñal de su lado derecho y se lo clavó al rey en el vientre. Incluso la empuñadura penetró tras la hoja, que quedó tapada por la grasa, pues no le extrajo el puñal del vientre Y se le salieron las heces."
―Dios es una bestia de pelaje blanco, tu Dios es una blasfemia en sí misma. La única coherencia que rige su pensamiento es la vanidad más pura. Su absoluta y desquiciada vanidad que todo lo empaña con hipocresía de fe. Él ordena quemar a sus primates en las selvas para que le recen, para que le rueguen por sus almas sin valor. Y él se crece en la muerte de los inocentes cuando hacen misas de difuntos y claman por las almas de sus muertos. Es todo tan sencillo, que defrauda ¿verdad, arcángel ingenuo?
Elevo el torso de la primate madre agarrándola por los pelos y aspiro también de su boca ensangrentada su alma, que no estará cerca de su hija. No tendrá ese consuelo en la eternidad. La Dama Oscura me ha rodeado con sus brazos desde la espalda, haciéndome sentir sus pechos, tomando mi pene y masajeándolo durante mi éxtasis.
Es perfecta, la amo. Aunque no sé si es amar, porque a veces siento deseos de llevarme su cabeza decapitada a mi entrepierna. Intuye ese peligro siempre latente que la excita. Hija de puta... Qué valiente es...
Isdriabel se dobla atormentado como en una náusea y se diluye en el aire con otro de sus irritantes cánticos.
Me obliga a girar su rostro hacia ella y la beso profundamente, la beso hasta sentir que mis sienes ya no palpitan.
― ¿Puedo acabarlo yo, mi 666? ―me pregunta en un ruego ansioso empuñando su daga que señala a Montes.
―Hazlo ―le concedo encendiendo por enésima vez el habano.
Sin cuidado gira el cuerpo de Montes que vuelve a gritar ante el dolor que le provoca cada ligero movimiento. Con la daga corta los pantalones, los calzoncillos y la camisa. Lo desnuda en unos segundos.
En el esternón le practica un corte longitudinal que hace llegar hasta el vientre. Yo fumo tranquilo, se está bien con los gritos y los balbuceos de un moribundo.
Ahora está haciendo espacio para los dedos a la altura de la boca del estómago, cuidadosamente separa la epidermis del músculo a una profundidad y longitud adecuada para sus manos. Me observa con los ojos brillantes de expectación
Yo asiento.
Entonces mete los dedos entre las incisiones que separan piel y carne, para abrir con un tirón violento y seguro los brazos.
La piel de Montes ahora está haciendo de alfombra en el frío mármol. Parece un animal extraño, con membranas a los costados. Los pezones no dejan que la piel quede tersa en el suelo, pero nada es perfecto.
El grito que ha lanzado no ha sido nada espectacular, pero para las pocas fuerzas que le quedaban, no ha estado nada mal.
Mi Dama se desabrocha la camisa blanca y con el torso desnudo se extiende encima del cuerpo ensangrentado, para que sus pechos se pinten de sangre.
Cuando se levanta el efecto es increíble, se luce ante mí y se apoya sobre la baranda de la escalera con las piernas abiertas para que la penetre por detrás.
La penetro y la bombeo hasta que por sus muslos se derrama un semen negro como petróleo. Me insulta con su orgasmo, me llama cabrón, puerco. Me dice que me arrancará mi puta cabeza. Se gira hacia a mí, me rodea el cuello con sus brazos para besarme la boca y desgarra mis labios con sus dientes. 
Todo es sangre, todo es rojo, todo es maldad y poder...
Todo soy Yo.
Y relincho como un caballo de un millón de toneladas, grande como un buque, antes de comerme el alma corrupta de Montes.
Que nadie se crea que la destrucción de las plantaciones y campesinos se va a detener. Eso no ocurrirá, no quiero que ocurra. Quiero todos los males, todos los abusos aplastando a cada primate de Dios. Que las drogas les envenenen a ellos, a sus hijos y nietos. Que se pudran con las narices deshechas, con las venas podridas, tosiendo sus propios pulmones...
Tan solo he expuesto los daños colaterales que se derivan de un acto.
Un asunto meramente instructivo.
―Mi Dama, ¿No tienes hambre? Vamos a comer ese charquekan del que te he hablado. Y luego, si nos apetece, podemos hacer una visita al presidente. Este asunto de la familia Montes ha sido muy breve. El presidente tiene seis hijos, la mujer y dos putas en una casa anexa.
Me mira con una sonrisa arrebatadora.
Y paseamos por las calles de La Paz como dos enamorados ensangrentados buscando un buen restaurante.
Siempre sangriento: 666


Iconoclasta
*: La Biblia. Eco 30, 9-12
**: La Biblia. Jue 3, 15-22

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