7 de agosto de 2015

La bella y la bestia (revisada y mejorada)


Es luna llena, noche de ritos tan antiguos como las montañas y el mar. La luna luce para desgarrar la oscuridad de las almas y mostrar lo horrendo y las más primitivas pasiones sin pudor ni contemplaciones.
Tras una copiosa y alcohólica cena en una taberna de Sutton, han salido a caminar bajo la claridad de la luna. 
La mujer besa al hombre frente a la iglesia abandonada de muros derruidos y éste se deja envolver por la sensualidad de una lengua que combate contra la suya y los opulentos pechos presionando contra el suyo. Apenas siente una pequeña punzada en la base del cráneo. Con la claridad de un rayo de luna, antes de dejar de ser, observa en la clavícula derecha de la mujer dos letras escarificadas en la piel: AK.
Y pronto le faltan las fuerzas para preguntar su significado.
Alice Kyteler ha cumplido con precisión la primera parte del ritual, el primer encuentro, el primer hechizo, la siguiente luna llena acabará el proceso y durante esos días, se apropiará del dinero y pertenencias de Sean Lamotte, soltero y dueño de unos cuatrocientos acres y más de quinientas ovejas, en el municipio de Kilbarrack, Dublín. 
Sujeta al hechizado hacendado, con cadenas ya usadas otras veces, a los lóbregos muros del sótano oculto bajo el derruido altar de la iglesia. Día a día, con la comida, le suministra medidas dosis de la pócima de la animalidad, como un preciso tratamiento diabólico. Alice la bruja es hermosa, es hábil, es ambiciosa. Es perfecta en su hambre de dinero y placer.

Caerá el justo hilo de baba de mis labios a tu sexo y se abrirá como el Mar Rojo para los judíos. Seré Moisés con una obscena vara venosa orgánica y palpitante dirigiéndome a tu consagrado coño.

Es el lenguaje estremecedor y sexual de la pócima de la animalidad, cada palabra se extiende por la piel de Alice como una caricia hiriente.
La mujer de cabello negro y corto, deja deslizar de su puño un metro de cadena que corre veloz por entre las argollas con un ruido estridente. Es la justa medida para que el hombre o lo que queda de él, le lance el aliento en los más íntimo de sus muslos sin herirla. La falda de su largo vestido está recogida en la cintura. Las antorchas hacen de las sombras seres que se agitan prisioneros en las piedras grisáceas que forman los centenarios muros de la mazmorra de la iglesia. La cadena sacude  las argollas violentamente cuando el hombre bestia de ojos feroces se abalanza hacia ella.
Cierra los ojos para no ver, pero acaba mirando a la bestia que ha creado y separando las piernas.

Soy una bestia hambrienta, hociqueando en tu sexo, cuasi amenazante. Procura no moverte cuando la lengua caiga pesada entre tus sexuales labios. Es por tu bien y por no perder lo poco que queda de humano en mí, te arrancaría el coño con los dientes si te movieras.

Con la cadena enredada en su puño, se tiende en una tosca mesa de piedra y separa las piernas ofreciendo casi en sacrificio su vagina brillante y ya resbaladiza de humor sexual.

Los dientes tienen un hambre atroz y que amenacen tu monte de Venus, es un acto inevitable, lógico en mi deseo ronco y recio.
Soy un hombre descendiendo sin freno a lo más primitivo que anida en algún lugar de mi atávico deseo y lo huelo en tu coño trémulo y ahora empapado de mi baba y de ti misma.
No estoy hablando de un sueño, es la realidad, es la maldición de desearte que me transforma en una bestia de dudoso intelecto. Tal vez este sea el último pensamiento coherente e inteligible antes de entrar en ti.
Soy un susurro reptante lamiendo tus ingles, tan cerca de tu coño que oigo tus jadeos endureciendo el clítoris de forma irracional en tu mente, como si fueras bestia también. Soy un ronquido que se arrastra por tu piel más íntima, indefensa que sin control me ofreces.
Soy la mirada oscura como oscura y húmeda es ahora tu mente y tu cuerpo.
Suéltame las manos, deja que hiera tu piel, que la rasgue y beba tu sangre. Que se deslice suave y dulcemente por tu sexo.

El hombre bestia habla y habla, cada palabra es una caricia directa a su clítoris, excitado por las frecuencias graves de aquella voz profunda.
La mujer toma la muñeca izquierda de la bestia y libera su mano grande y ancha de dedos con uñas melladas y peligrosas, el grillete se arrastra por el suelo tintineando y parece sincronizarse con la voz oscura que nace de una garganta inhumana.
Y se arquea cuando la mano se dirige violenta a su pecho, desgarra el escote del vestido liberando un pecho pesado y pálido y las uñas amenazan con sus filos el pezón hasta que se hace insoportablemente duro.
El  pene del hombre-bestia está en contacto con  su piel, en las costillas, en la cara externa de su muslo. Siente los rastros de la tibia humedad del glande como sangrías de desbocado deseo.

Te gusta así, me lo dice toda mi bestialidad, te gusta que rasgue la suave la piel del abdomen, que arañe el monte de Venus dejando un rastro de dolor. Mira ahora, hermosa, observa lo que te voy a clavar.

Alice pone los ojos en blanco sin perder el control de las cadenas en sus puños cuando la bestia toma sus muslos y los alza hiriéndole con las uñas. Grita desesperada cuando la penetra y siente el vello crespo de la bestia en los labios vaginales. Se siente invadida, indefensa ante lo que se ha metido dentro de ella que bombea sin cuidado. Le duelen los pechos por la violencia de las acometidas. Llega al orgasmo antes que él y tensa las cadenas de nuevo para separarlo de su vagina y llevarlo contra la pared.
La bella Alice tiene una fuerza que el hombre-bestia no capta, no analiza. Su sexo aún lanza ecos de placer que expanden por dentro de sus entrañas. Jadea... 

No me hagas esto, no me dejes así, suéltame, quiero inundarte con mi leche. Quiero soltar toda mi animalidad dentro de ti, hasta que rebose por entre la cópula como una pornográfica crema.

Alice se arrodilla ante él, ante su pene erecto. El glande está púrpura por la sangre que se agolpa y un líquido lechoso y denso empieza a asomar por el meato.
Se lo lleva a la boca.
La mano libre la lleva a algún lugar de su revuelto y desgarrado vestido y extrae un pequeño cuchillo cuyo filo está sumergido en un pequeño frasco con la pócima de la animalidad.
Libera el lacre forzando el mango, el hombre bestia gime y gruñe abandonado a la boca que lame su glande, su bálano entero con lamidas lentas.
Los cojones le duelen porque Alice los castiga con sus dedos, retorciéndolos sin cuidado.

Te voy a ahogar con todo lo que me va a salir , te voy arrancar hasta la vida con mi leche, te llenaré los pulmones y el corazón con toda esta carga que has provocado en mí.

Alice hace cuatro pequeños cortes indoloros a lo largo del bálano y la pócima, la dosis necesaria para culminar el hechizo, entra en el torrente sanguíneo veloz como una flecha. El hombre bestia no siente dolor, no ve lo que ocurre en el pene que la bella mantiene húmedo y caliente con su boca y sus dedos.
No puede ver la boca de Alicia dejando derramar  la sangre que mana de su bálano herido, no ve como la sangre mezclada con la saliva se escurre por su barbilla, por su cuello, por entre sus pechos pesados, por su estómago y su vientre...
La bestia lanza un rugido y deja ir su carga de semen. Alicia deja que desborde en su boca y ahora el semen es rosado por la sangre con la que se mezcla.
Las uñas de los pies del hombre revientan y salen duros espolones cónicos, su pene se hace negro y encallecido, retrayéndose de su boca y manos.
La boca de la bestia sangra para cambiar su dentición humana por grandes colmillos que revientan las encías, la piel se hace negra como la noche y un rayo de luna llena que se filtra por una ventanuco alto del muro, marca una quemadura entre la negritud de su piel arrugada y rasposa como la de un elefante. Entre gritos de dolor, sus dedos caen y emerge un hueso puntiagudo que convierte cada mano en la punta de una lanza orgánica y sangrienta. 
De sus glúteos ha salido una enorme y repugnante cola de rata venosa a la que pronto se aferran varias garrapatas.
El hombre es ahora algo indefinido, una bestia imposible que no obedece más que al tormento del dolor y de la locura.
Alice lo libera de las cadenas y el monstruo escapa hacia el exterior ya sin conciencia de que una vez fue hombre.
Los aldeanos patrullan los alrededores del pueblo las noches de luna llena, cuando está a punto de amanecer y los diablos yacen cansados de sus maldades a los pies de los árboles muertos de las bajas y desgastadas montañas irlandesas.
Son tradiciones que nadie se atreve a cuestionar, cuyo origen se pierde entre los tiempos anteriores a sus bisabuelos.
El que fue hombre yace durmiendo tras unas rocas al borde del  camino que lleva a la costa.
En silencio se acercan y cada uno de los hombres, clava su horca en el cuerpo del diablo. La bestia no llega a despertar.
Alice flota a treinta metros por encima de sus cabezas.
Y se acaricia la entrepierna evocando su orgasmo mientras los hombres arrastran por la cola lo que fue el hacendado Sean para quemarlo en la plaza del pueblo antes del mediodía.


Relato inspirado líbremente en Alice Kyteler, la bruja más antigua que se conoce en Irlanda y en el mundo. Según dicen, era hermosa y sofisticada. Y algo muy raro en aquellos tiempos, una mujer independiente.
Tenía fama de manipular a los hombres para su provecho.
Nació en Irlanda, en 1280 y fue ejecutada como bruja en Dublín, en el 1324.
Sus años de actividad como bruja fueron del 1302 al 1324.
Un pequeño homenaje y simpatía hacia otra víctima de la ignorancia, la envidia y la idiotez humana.




Iconoclasta

1 comentario:

Pablo López dijo...

Ensartado por las orcas, a dos segundos de morir, evoca el pezón. Ese pezón que casi devora, y cuya imagen ahora inunda su cerebro, manteniendo una erección casi ilegal. Y sueña muriendo en acariciarlo y mancharlo con su glande.
Maltrarlo hasta que se haga duro.
El pezón oscuro y lamible, es lo último que ve desangrándose.
Una foto en su cerebro que lo ayuda a llegar al Hades.
Un abrazo forte, un beso bermejo.