29 de agosto de 2015

Un reflexión misantrópica


Si mientras tomo este café hubieran a mi alrededor pequeños seres danzando con un sombrerito de fieltro verde, desnudos de cuello para abajo mostrando sus pequeños sexos y riendo como deficientes mentales, entendería mejor el planeta y lo que contiene. Confirmaría mis convicciones y entre las cuales cuenta que me encuentro rodeado de la más espantosa mediocridad y superficialidad sin ningún tipo de magia que equilibre la balanza del desesperado hastío. Porque hasta los duendes convertiría en idiotas la humanidad.
Sin embargo, me descoloca la aparición extemporánea de seres extraordinarios a los que sacar de las filas de humanos (idiotas míos de cada día, como el pan del padrenuestro de los católicos) que caminan hacia los acantilados de setecientos metros de altura con un mar embravecido que hace carne picada contra las rocas hasta de una sardina despistada. Y me descoloca la aparición de estos seres, porque por ellos vale la pena un poco de control, si los tratara igual que a la chusma, pecaría de la misma idiotez que respiro todos los días.
La dignidad y la ecuanimidad están profundamente intrincadas en  mi adn.
Así que tengo que tomarme un trabajo extra y sacar de la fila de la exterminación a los pocos que valen la pena, cosa que retarda la limpieza y me impacienta un poco. Todo se complica con los seres interesantes.
Porque una cosa es cierta y el respeto es absolutamente incompatible con la libertad de opinión: hay seres cuya existencia molesta y debe hacerse algo con ellos.
Es mejor que seamos pocos, muy pocos interesantes, que multitudes sin interés alguno y absolutamente innecesarias para mí y el medio ambiente.
El planeta hace lo que puede, pero sus recursos para controlar la plaga humana con hambre, sed, enfermedad y catástrofes sísmicas, es limitada.
Asaz limitada.
Debemos ayudar al planeta y controlar la proliferación gratuita e indiscriminada de ONGs, las cuales, si no hay enanitos del bosque inteligentes que salvar, no tienen ningún fin más que hacernos perder el tiempo y la paciencia. Y la verdad, lo de las ballenas... Pues como que ya hay tantos videos en yutup, que resultan de lo más aburridas.
Yo digo que así que existieran duendes, sirenas (siempre me he preocupado por donde se puede satisfacer una sirena, no creo que les baste un gusano retorciéndose en un anzuelo) y unicornios, tampoco sería justificación para soportar tanta mierda.
Los enanos danzantes no bastan para frenar la marcha de los idiotas al acantilado de la muerte, como tampoco son suficiente consuelo los seres excepcionales que le dan interés al planeta.
Aunque me descoloquen y sorprendan, hay que cosas que deben hacerse.
No hay que demonizar ni denostar alegremente la misantropía, cuando se trata de una filosofía de vida que enaltece las cosas más grandes de la humanidad y limpia la porquería que no nos deja ir con los pies descalzos, con libertad.



Iconoclasta

28 de agosto de 2015

El precio del amor


Amar es dedicación absoluta,
ergo tiempo.

Y el tiempo es el bien más preciado
dicen los que saben, los que triunfan.
Y si eres egoísta las cuentas no salen.
Y sientes que pierdes más que ganas.
Y amar es un mal negocio.

Ergo el tiempo es más fuerte que el amor,
y el amor se muere de decepción
asfixiado por el vertiginoso torrente
de la tragedia de la arena de un reloj.
Y no es justo.
Pero... ¿Qué lo es?

Y toma el pequeño reloj de arena
y cristal cruel
entre sus dedos de uñas granates
como sangre oscura
y el reflejo de los carnosos labios
de terciopelo negro,
para observar la ampolla del tiempo
y el rostro cuasi sepulto en la arena
sobre el que llueven unos últimos granos
sobre los claros y húmedos ojos
que lloran sin comprender aún
la atroz usura del tiempo
parpadeando barro de amor.

Y las cuentas comienzan a cuadrar.



Iconoclasta

Telegrafistas sin tiempo


ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Son breves momentos de amor y apresuradas palabras de alegría escritas en un morse eléctrico y rápido.
Fulgurantes trallazos de ternura electromagnética.
Son antiguos telegrafistas que en pleno siglo XXI, lanzan besos en código morse. Apenas hay tiempo, pobres...

ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Urgentes besos e ilusionados abrazos antes del trabajo, antes de comer, antes de la cena, antes de dormir, antes de todo...
Instantes que pueden hacer hermoso el día de una forma rotunda y sorprendente.
Como si existieran los milagros.

ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Durante una convalecencia se cuentan dolores de uno y otro con besos y alegría. Tecleando los pulsadores para enviar todo el amor posible en el menor tiempo.
No saben ni ellos mismo como lo hacen, no entienden como se puede transmitir tanto cariño y ternura tan velozmente.
Los enamorados baten extraños y absurdos récords secretos.

ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Telegrafistas que ganan tiempo no escribiendo de ansias incumplidas e inconsolables.
Telegramas de ilusión y besos, rápidos y eficaces, sin tiempo para las melancolías. 
La melancolía atacará con dureza luego, cuando el martillo del telégrafo quede en reposo en la oscuridad de la oficina de correos. Cuando estén solos y el tiempo no amenace la dicha del encuentro eléctrico.
Los telegrafistas enamorados imaginarán luego, en su aislamiento entre la multitud, los besos carnales, la humedad de las pieles acaloradas y cenar juntos en el mismo lugar sin despedidas con puntos y rayas.

ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Esperarán impacientes un año, un día del dragón que vuele llevando en sus garras palabras palpables de tinta y papel que den consuelo a la melancolía que a veces les detiene peligrosa y dolorosamente el corazón. En cualquier momento.
Que esas palabras combatan el vacío de las manos cuando los telégrafos dejan de sonar su morse de amor. Cuando la quietud de los martillos del telégrafo deja vía libre a tristezas, distancias, tiempos, esperanzas y alegrías. Cuando queda demasiado tiempo para que la realidad les aplaste el ánimo y esbocen una sonrisa cansada que nadie entiende.

ti-titi-tititi--titi--ti----titi--titi-ti-tititi--...

Por ello cuando el morse habla solo hay alegrías, amor y ternuras. Rápidos e inequívocos mensajes cortos: "Te quiero - Stop - Te pienso - Stop - Eres una mujer impresionante - Stop - Eres bárbaro - Stop...
Stop, stop, stop..."

¿Cómo es posible querer tanto en tan poco tiempo y con tan pocas palabras?
Porque el amor corre veloz como la luz, como la electricidad que lleva un código morse de amor y esperanzas.
Dragones de plata, hojas de papel embebidas en tinta de amor y pulsaciones electromagnéticas que dan vida al corazón...

Se quieren - stop - Sonríen cuando deberían llorar - stop - Combaten el tiempo a sabiendas que pierden - stop - Triunfan amando cada día robando tiempo al tiempo - stop.

Fin de la transmisión.




Iconoclasta

27 de agosto de 2015

Sonreír o no sonreír


Elegir es una hermosa ilusión de libertad, porque la libertad se encuentra muchas veces entre lo malo y lo menos malo.
Nunca es fácil elegir, hablo de ellos, de los ajenos a mí, que son todos. Porque yo elijo sin dificultad alguna.
Elijo sonreír poco, lo mínimo.
Hay tanto por lo que llorar o dejar el semblante grave...
Sin embargo, hay gente que ha nacido solo para sonreír, son voluntariosos en ello, como fanáticos religiosos de la sonrisa. Tienen la firme convicción y pueril esperanza de que sus vidas se arreglarán o mejorarán riendo continuamente. La sonrisa no conjura nada, no es un hechizo.
Y una mierda. Pueden reír hasta llorar, pero sé mirar mucho más adentro de una dentadura. Identifico con quirúrgica precisión las sonrisas neuróticas, las que esconden fracasos y complejos, las que nacen de la inseguridad y la frustración. Las ambiciosas, las interesadas, las cobardes...
Demasiado se ríe.
Yo no soy un negro de dentadura blanca como los de las viejas y malas películas que sonreían a su amo de mierda en cada palabra.
Con una sonrisa hablan de sus dramas y felicidades, contando cosas que los haga sentir sabios y experimentados. Pretenden ser didácticos y ejemplo a seguir esos apologistas de hilaridad idiota.
Dicen cosas que yo sabía de hace mucho, cosas que las conocía ya al nacer.
La previsibilidad y la iteración no me parecen graciosas si no es en un video en el que una y otra vez un ser humano se estrella contra algo en su coche. Entonces me parece hipnótico, pero tampoco río, le presto una seria atención intentando ver qué es lo que tiene de terrible, intento ver que es lo dramático de una muerte ajena.
Es necesario que los trabajadores y sobre todo los arribistas que pretenden escalar puestos en su empresa, a falta de prostituirse sexualmente con sus jefes por falta de recursos estéticos, sonrían y mucho. A los empresarios y sus secuaces les encanta el buen ánimo y la buena disposición de sus "colaboradores". Y una sonrisa luminosa al inicio de la cochina jornada es algo que me hace vomitar, pero a ellos les sienta mejor que la mamada que les gustaría que el soso de su cónyuge les hiciera.
Yo no sonrío, mi ademán es neutro, no quiero ser del todo hipócrita; pero tampoco puedo permitirme el lujo de perder mi trabajo ya que no tengo medios ni poder para ejecutar a tanta gente de mierda merecedora de ello.
Trabajo en un laboratorio de análisis de sangre y con el rostro neutro contamino las muestras para que muchos sonrientes pongan a prueba su filosofía feliz al saber que tienen anomalías en su cuerpo y que algunas son muy peligrosas.
Hay muestras que dan extraños niveles de orina en sangre. Me reiría si viera la cara del paciente cuando le digan que sus riñones están hechos mierda; pero yo jamás veo  al paciente, así que de risas, ni hablar.
En mi ambiente laboral ofrezco un rostro neutro, pero estudiadamente cordial que les hace desconfiar un poco, pero no se atreven a concluir porqué.
Es más o menos el mismo que uso cuando me follo a mi esposa.
Ella es solo un coño donde meter la polla. Si se la meto ahorro dinero con las putas.
Así que intento convencer a mi verga de que no es el coño de siempre, que es otro. Cualquier otro.
Me corro en su coño mediocre, sacudo los restos de semen en su vientre y me doy la vuelta en la cama dándole la espalda. Cuando acabo de follar, siento rechazo por el roce humano, mi cerebro no funciona bien en el rango de la ternura y la empatía. 
Su sola presencia me provoca rechazo me la haya chupado o no. Si tuviera posibilidad de quedar embarazada y se embarazase, la abandonaría sin una sonrisa y sin ninguna pena. Sonríe demasiado, no quiero hijos de mierda sonrientes. 
Mi semen es tan estéril como su útero mutilado en el quirófano.
Es muy simpática, pero folla de puta pena.
Dentro de unas horas me masturbaré para compensar el poco placer que he obtenido. 
Para correrme como a mí me gusta.
Hay cosas buenas por las que sonreír todo el mierdoso día. Cuando las encuentre sonreiré discretamente, porque cuando conoces algo por lo que sonreír sinceramente, suele durar poco.
La cotidianidad y la previsibilidad hacen mates todas las superficies.
Si alguna vez brillaron, claro.
Así que si un día mi cara neutra falla, seguramente perderé el trabajo y nadie querrá contratarme ante la imposibilidad de mi sonrisa.
Si llega ese día, le pegaré una buena paliza a mi esposa, se la meteré por el ano con todo mi asco y le clavaré un cuchillo en la nuca, luego meteré en el maletero del coche la escopeta de caza y mataré a todo  el que se cruce en mi camino en la empresa. Lo haré hasta que me maten o me detengan.
Y lo haré con mi mejor sonrisa.
"Buenos días, al mundo entero. Mirad como sonrío a todo y a todos. El amigo sonriente os da las buenas muertes".
Hay gente que no entiende porque un tipo, un buen día decide matar a unos cuantos seres humanos al azar.
Sonreír demasiado atrofia las capacidades intelectuales, es lógico que no entiendan. La risa tiene contraindicaciones.
Tal vez no sea así, tal vez no mate a demasiada gente; pero es en estos momentos, durante estas reflexiones, cuando sonrío sinceramente. Tengo mis buenos momentos, mis ilusiones y sueños. Sé como gestionarme en un mundo sonriente.
Por eso, con la afilada punta de un cuchillo escarifiqué un Mr. Smiley en mi rasurado pubis. Tuve la mala suerte de que se me infectara, pero valió la pena. Es ahí donde está mi sonrisa, es mi íntima broma en esta vida de mierda que estoy padeciendo.
Tengo treinta y  cinco años y espero no llegar a los cuarenta porque esto parece empeorar día a día.
Voy a ensayar alguna sonrisa en el espejo, aunque me duela la cara.
Así salvaré unas cuantas vidas en un futuro incierto, pero sugerentemente posible.
Me parto...



Iconoclasta

24 de agosto de 2015

Un pacto obsceno


Una mamada por unas horas más de vida.
No quiero alma, que se la queden.

19 de agosto de 2015

El polvo


Pasan los días y se crea una fina capa de polvo en los estantes de vidrio y los muebles. Siento un nudo en el estómago que se deshace cuando lo toco, porque es suave, es polen y trae aromas dulces y de vida.
Arrastro el trapo que se desliza suave y deja limpia la superficie casi con dulzura.
E intento limpiar los recuerdos del indecente polvo lejano en tiempo y distancia; pero es inevitable que surja como un mal sueño en la memoria.
Y paso los dedos por las superficies dulcificadas por el polen para palpar el presente y aferrarme a la dulzura cuando el polvo forma tristes torbellinos en mi memoria.
Con un suspiro de alivio, tomo conciencia de que ya no he de arrastrar los dedos en el áspero polvo que se posaba en los muebles y el suelo de aquella casa en Puebla, donde más que polvo, era una arena agresiva que molestaba al respirar, arañaba los muebles, mi piel y el ánimo.
Polvo y ceniza.
Una casa enferma con seres enfermos. Paranoias de la hipocresía y de inexplicables vanidades .
Cenizas de un volcán y cenizas de unas vidas quemadas por su propia apatía y mediocridad. Todo lo cubría una capa blanca insana, lastimosa. Algo de lo que huir para no convertirse en lo que ellos eran.
La madre polvorienta, los niños de polvo...
No había refugio en aquella casa, era peor dentro que fuera.
Héroes de un mal cómic que se deshacen en partículas de mentiras y llantos, de ebriedad e incomprensión hacia su propia naturaleza.
A veces miraba mis propias manos y temía que se me derramaran de un momento a otro en una catarata polvorienta.
Un polvo constante que caía de la piel de un ser ebrio, narcótico, hipócrita y frustrado que había contagiado a sus hijos.
La madre de todo aquel polvo, la empolvada malicia torpe.
La familia polvorienta...
Dos niños de partículas de ceniza, vestidos con pasto seco que crecían entre la paranoia que fermentaba la madre y su ropa íntima sucia de cenizas mojadas como un barro negro.
El polen es como una nieve, danza ingrávido en el aire,  a veces toma formas de seres alados blancos y respiras dando gracias a no ser alérgico y poder vivir entre toda esa vida.
Y sonrío sin darme cuenta hasta que siento las comisuras de los labios temblar.
En aquella casa de México se respiraba esmeril en la garganta, abrasivo que hacía sangrar las encías y los riñones. Llevaba el germen de la miseria, la vulgaridad y la decepción cada día, como una tormenta de mierda en el desierto.
 Una lluvia de partículas que caía mientras limpiaba, como una pesadilla recurrente y diaria. No se limpiaba jamás, como si el brillo de las cosas estuviera prohibido, condenado.
Era tan deprimente...
Amores incinerados,  abrazos nacidos de la desesperación, sin cariño. Ternuras falsas y de interés, lágrimas ebrias. Gritos que nacían de una garganta sedienta de vodka y dedos vacíos buscando marihuana que llevarse a los labios pintados de mentiras.
Cada fin de semana el desierto se comía más el horizonte.
Miradas de neurosis de las que huir entre la niebla sucia de las habitaciones. Sus vidas se iban entre mentiras y somnolencias vacías de sus mentes pobres durante horas.
Dormían histéricamente para anestesiarse de sí mismos.
La visión deprimente de aquellos dos niños que arrastraban cada tarde tras de sí las mochilas, trayendo consigo el polvo de la mentira y la paranoia.
Que lloraban de miedo por la lluvia y sin otra razón.
Acunando la paranoia de sus padres entre risas neuróticas y peleas enfermizas, entre ropas polvorientas y los asientos pringados, embarrados de miserias de un coche gris que los llevaba a la escuela gris de la gris ignorancia.
La paranoia hipócrita de su madre y la del indigno padre que no conocía el trabajo y vivía aún metido en el coño de su madre. La vida más triste...
Era desesperante perder la vida entre tanta miseria que cultivaban celosamente, como escarabajos haciendo afanosamente pelotas de los excrementos.
Indignas vanidades que ofendían el pensamiento mismo.
Pobres niños alimentados de polvo y miseria.
Se convirtieron en el puro y nítido reflejo de aquellos dos que los parieron.
Padres erróneos, futuros previsibles. Una historia escrita de antemano con tinta de agua, polvo y cenizas.
El reloj corría lento para salir de aquella prisión de polvo y recoger a la pequeña en la guardería, el momento esperado y ansiado para comer unos tacos con una horchata y estar a salvo durante un tiempo de aquella casa polvorienta y sucia. 
Los momentos hermosos son tan difíciles de ver entre el aire opaco de la ceniza  y el polvo... La podredumbre lo enturbia todo.
Un helado que comprábamos y que duraba horas para no estar allá dentro, entre el polvo y bajo el polvo. Aunque el precio final fuera que la madre polvo llegara tarde a la heladería e impusiera su inmundicia sobre la mesa limpia en la que comíamos el helado.
La mujer que dejaba tras de sí una estela de polvo amarillento y viejo.
El polen se ha enganchado en mis dedos y lo amaso hasta formar una bolita suave como la mirada y la voz de la pequeña. La amaso pensando en los amigos que conjuraban el polvo, que barrían la niebla de la hipocresía y la miseria durante un tiempo y daban descanso a mis ojos y garganta con su presencia y charla. Hubieron momentos de luz y cafés entre todo aquel miserable polvo. Había un lugar llamado Crystal y era la claridad que combatía el polvo apestoso y asfixiante, un refugio...
Ahora el aire es absolutamente limpio y el polen hace tranquilizadoramente difusa mi visión cuando se prende en las pestañas.
Y pienso en mi fortaleza, en la voluntad y en la decisión, en el trabajo y en la ética, en las sonrisas y en la tristezas francas; en las cosas que jamás podrá reflejar el polvo que es ciego y lo ciega todo, alimentándose de sí mismo como un tumor.
Es una atmósfera ya lejana, añoradamente salpicada por  la brillantez de cordialidades, palabras, sonrisas, bondades y bellezas; a pesar de los seres de polvo y su empeño psicótico por anular todo brillo en la superficie de las cosas.
Pasan los días y el polen se acumula, dejo que así ocurra para poder palparlo al limpiar.
Me conforta... Me  hace sentir táctilmente que estoy lejos de aquellas cenizas flotantes humanas.
Es mentira lo que dicen, no soy polvo ni en polvo me convertiré.
Cuando muera, mi piel se desprenderá en jirones de polen, jamás seré aquello ya innombrable.



Iconoclasta

17 de agosto de 2015

Dos cosas que Yo no sabía


Vivir es un continuo aprendizaje de mierda.
Hoy Yo me he dado cuenta de que si te estás meando, meas y punto. No importa lo ridículamente pequeña que la tuviera. Se ha sacado su indignidad casi frente a mí y ha soltado su chorro sin pudor.
Y me he dado cuenta gracias a él, que puedo mear donde sea y cuando sea y permitir que me hagan fotos para satisfacer sus deseos y mi gran vanidad.
Incluso una mamada si así lo desean ellas.

La otra cosa que Yo he aprendido es que una familia en bici, sigue en 100 de cada 100 casos el siguiente esquema, avanzando hacia adelante y en perfecta fila india:
1. Mamá/Papá bicicleante.
2. Hija/o bicicleante.
3. Hija/o 2 bicicleante.
4. Papá/Mamá bicicleante.
Más o menos como orugas procesionarias.
Los papás así, envuelven y protegen a sus crías. Y continuamente y con profesional celo, los animan durante todo el puto recorrido con gritos de "dale fuerte". O lanzan gritos histéricos cuando van a pasar por un túnel para que la familia unida, grite al unísono como deficientes : Túuuuuuuuunneeeel.
No callan ni debajo del agua e intimidan a los pájaros.
El esquema que seguía yo con mi hijo cuando íbamos en bici (mi santa no, decía que pedaleara yo, mi hijo y mi puta madre, pero ella no), era absolutamente errático:
Mi hijo al sur, repentinamente salía el niño por el sudsudoeste, y al instante siguiente por el nornordeste.
El resultado es que cuando por fin conseguía localizarlo tras fumarme dos o tres cigarrillos a la sombra, llevaba ya varios minutos sangrando y/o llorando en el suelo.
Bueno, con esto de las bicis no he aprendido nada, al menos útil. Porque Yo no voy a cometer el error de volver a ser padre.
Pero sí que me ha dado entendimiento para comprender porque mi hijo en muchas ocasiones, me observa con cierta antipatía.



Iconoclasta

15 de agosto de 2015

Ven conmigo


Ven conmigo,
ven conmigo.
Estoy tan muerto...
Es una mañana fresca
nos prometeremos el necesario calor.
Una serena e incontenida pasión.

Ven  conmigo
ven conmigo...
Para que caminar no pese
porque eres vida que falta,
fantasía e irresistible realidad
el palpable y desesperante deseo.

Ven conmigo,
ven conmigo...
Quiero hablar en susurros secretos
con íntimas sonrisas sin sentido
en la cena más hermosa
y las sábanas plenas de ti.

Ven conmigo
ven conmigo...
Eres creación y cuerpo
refugio de mis tristes albas,
carne brutal que desafía mis venas.
Desbordas mis lágrimas agotadas.

Ven conmigo,
ven conmigo.
Estoy tan muerto...
Eras razón de mi tristeza
ahora no me queda ni eso
ven conmigo ahora que existes,
no puedo
no quiero morir ahora que estás.

Ven conmigo,
Ven conmigo.
Por favor...




Iconoclasta

14 de agosto de 2015

El pabellón de los enamorados


Hay un ala especial en el manicomio: el pabellón de los enamorados.
Somos los enfermos más ridículos del mundo.
Dicen que amar no es locura, es virtud, es necesidad; pero somos la práctica demostración de que el amor tiene sus leyendas.
La enfermedad comienza al convertir el amor en sueño o fantasía, en esforzarse en otorgarle toda esa importancia que lo constituye como un elemento necesario en la atmósfera para poder respirar.
Ahí radica el problema, porque hacer sueño del amor es despertar y sufrir la paranoia de que es una pompa de jabón estallando en el aire.
El amor es demasiado volátil, voluble... 
Te despiertas aterrorizado ante la posibilidad que el amor sea el sueño que muere al despertar. Requiere convencerse de que es táctil y suplicas palabras de amor a quien amas.
Y quien amas, se asusta de toda esa paranoia.
Dime que no me faltarás nunca, mi bella diosa de la locura...
El amor requiere no despertar jamás, estar en ese limbo de romanticismo y sexo. Porque si un día faltara, faltaría el aire.
Si un día no está ocurre esto: la cordura es la que estalla en el aire.
En el pabellón de los enamorados los locos observamos inmóviles durante horas el aire a través de las ventanas enrejadas, buscando el amor en forma de amebas translúcidas, que es el ideal de espejismo para algo tan sutil y tan efímero como es el amor. 
El amor no se entiende sin lo carnal y el sexo se convierte en devoto, sagrado, puro, pornógrafo, cruel, humillante, sucio, sangriento... Según la paranoia de cada cual.
Demasiado sexo, demasiado complejo, el amor lo complica todo.
O tal vez sea que complicamos el amor. No podría asegurar nada, al fin y al cabo estoy loco.
Al sexo le basta con ser brutal en su pasión.
Ojalá lo pudiera decir siempre y no solo bajo el efecto de los medicamentos.
No debí convertir el amor en una representación teatral; pero mi vida, mi rostro es el ejemplo que figura en las enciclopedias como mediocridad tipo.
Soy aquello que nadie jamás debe ser.
Tuve la ilusión de que el amor me haría especial.
Me dosifican drogas para no soñar con el  amor. Y sueño que soy lo que veo en el espejo, algo anodino, algo banal que no importa.
Me despierto con la certeza de ser un mierda y todo está perfectamente controlado para no desangrar toda esa miseria que soy con una cuchilla, o colgarla por el cuello de un cinturón, o de una sábana en una tubería. No me dejan intimidad ni libertad para salir de aquí en una camilla con ruedas hacia la morgue.
Los sueños son efímeros, ergo el amor lo es.
Y por ende la cordura.
Todas estas consecuencias, hacen la vida desesperadamente larga.
¿Cómo no estar loco? Es una condena, un filo constante en el cuello ante la posibilidad de morir asfixiado porque faltas en el aire.
No puede ser... Fue un sueño. No te corté la cabeza, para tenerte siempre cerca de mí y besarte al despertar. Fue una pesadilla, no fue real.
Yo no follé tu cuerpo sin cabeza. ¿Cómo pueden pensarlo?
Toda aquella sangre que inundó mi boca al besar la tuya...
Aquella erección brutal...
El sueño a veces se hace pesadilla.
Es la pesadilla de ellos, los que no tienen amor.
Los enfermos del pabellón de los psicópatas asesinos son los seres más patéticos del mundo cuando no pueden bañarse en sangre.
Los celadores del pabellón de los enamorados no nos dejan suicidarnos, pero nos lastiman los genitales con cigarrillos y nos dicen que no es real, que es un sueño.
 Y ríen, y ríen, y ríen, y ríen...
Y sueño que beso tu lengua púrpura sin sangre sosteniendo tu cabeza entre mis manos, cuando la brasa del cigarrillo crepita en la piel de mi glande y ellos ríen.
Pero no duele porque te sueño, porque te amo.



Iconoclasta

12 de agosto de 2015

Autodestrucción


"Este hombre se autodestruirá en diez segundos."
Si es más, es porque el software no ha sido suficientemente depurado.
Y el  chip no se activa.
"Soy un error pegado a un error.
Y lo que nace de errores, son errores al cuadrado, al cubo, a la enésima..."
El chip solo ha liberado la droga de la culpa, que sume al suicida en un depresión veloz como un rayo.
"Y es desesperanzador, es un callejón sin salida, hasta que te aplasta el peso de las potencias."
El hombre salta a las vías del tren. Las ruedas le amputan la pierna izquierda, la mitad de la derecha y un hombro. Muere desangrado en quince minutos. El video está en Yutup.
Este fue el primer caso del chip Autodestrucción implantado en humanos. Fallaba mucho, el tiempo y la temperatura elevada del cuerpo, provocaba serios deterioros en la electrónica.

"Voy a autodestruirme, soy un hombre moderno, soy de los primeros implantados con el Chip Infartivo."
Así comienza la publicidad del Chip Infartivo, la evolución segura y sin fallos del anterior chip Autodestrucción.
Es un rompecorazones, si antes lo que se instalaba eran los marcapasos, ahora nadie los quiere y se instala lo contrario.
La gente sufre tanto estrés y frustración, que este aparato se ha hecho popular con el eslogan: "Tú tienes la última palabra".
Así que si un día te despiertas y te sientes tristísimo, tecleas una contraseña en tu móvil y el miocardio a la mierda.
La grandeza de este sistema de eutanasia o autodestrucción, es que antes del infarto, libera una dosis de heroína. Una dosis tan elevada, que nadie se entera del trauma del corazón cuando revienta por la activación de una pequeña cápsula que contiene un compuesto cuyo principio activo es la nitroglicerina; pero mucho más estable gracias a un elemento que protege el núcleo explosivo. Este elemento es el secreto mejor guardado junto con la fórmula de la cocacola.
Por otra parte, también tienen la opción de configurar la subida automática del video de su muerte a Yutup.
La droga para sumir en la depresión al suicida, fue otro error, porque pocos querían morir con tristeza. No hubiera tenido éxito comercial. La heroína ha sido lo que realmente ha hecho popular el chip.
Actualmente hay más de ocho millones de hombres, mujeres y algunos niños que psicológicamente han pasado las pruebas de madurez, que disponen de esta salida de emergencia alojada en el corazón.
Ya no es necesario (si tienes tarjeta de crédito) esconderse, idear un plan, pasar miedo, dudas finales y dolor.
Hay pocos seres humanos capaces de realizar un trauma directo contra su cuerpo: lanzarse desde una gran altura, cortarse las venas, envenenarse...
El suicidio suele ser muy doloroso. El más suave de los casos, cortarse arterias profundas como las de las muñecas, es más brutal de lo que muchos se piensan, un tendón cortado y que se retrae, es un auténtico tormento.
Y no hablemos ya de lanzarse desde una gran altura.
Ahora tenemos más de ocho millones de cobardes alardeando de que no les da miedo morir y que ellos eligen.
Soy un hacker y dentro de siete minutos, van a morir en el mismo instante ocho millones, trescientos treinta y seis mil ochocientos trece seres humanos.
Yo no pretendía sacar beneficio con esto, se trataba de simple diversión. Un reto personal que me puse como meta; pero todo tiende a perfeccionarse y pensé que una vez muertos, el dinero no  les hace falta, y lo más importante: no van a ir a una comisaría a denunciar que sus cuentas bancarias han quedado en blanco.
Lo que más destacará de estas emocionantes horas que les quedan de vida, es que morirán felizmente todos.
Lo que más me llena, es que morirán cuando yo lo disponga. Me meo en el eslogan: "Tú tienes la última palabra".
Mi padre y mi tío están entre ellos, pero no puedo ser selectivo, y de todas formas, ya están mayores. Y si se implantaron el Chip Infartivo, por alguna razón sería ¿no?
Dentro de unos minutos, las televisiones van a empezar a emitir los especiales informativos, os lo pasaréis bien viendo testimonios y entrevistas idiotas.
Con el Chip Infartivo, todos ganamos.
Es una maravillosa sociedad si sabes como matar con eficiencia.
Pulsando "intro".



Iconoclasta

9 de agosto de 2015

Las nubes y la inocencia



Crees posible caminar por ellas, dentro de ellas y saltar. Eras niño.

Las nubes eran tupidas masas de algodón elásticas y suaves, un lugar hermoso y sin filos para los niños tristes.

De pequeño querías escapar de aquí, identificabas mundos y lugares mejores, con una ingenuidad que a veces remuerde la conciencia. ¿Cómo pudiste ser tan inocente?

Creces y las nubes se convierten en un vapor desesperadamente impalpable.

No es extraño observar las nubes y no sentir demencia al oír reír al niño que murió para que el adulto ocupara su lugar, dando volteretas muy solo él, pero firmemente sostenido por la nube que lo cuida.

Ahora el hombre se conforma con admirar la intocable majestuosidad del vapor.

Ahora el hombre se enciende un cigarro bajo la masa de vapor mientras escucha con los ojos cerrados unas risas que bajan del cielo.

Y se alegra de estar solo porque los ojos van a perder la batalla contra la melancolía.




Iconoclasta

7 de agosto de 2015

La bella y la bestia (revisada y mejorada)


Es luna llena, noche de ritos tan antiguos como las montañas y el mar. La luna luce para desgarrar la oscuridad de las almas y mostrar lo horrendo y las más primitivas pasiones sin pudor ni contemplaciones.
Tras una copiosa y alcohólica cena en una taberna de Sutton, han salido a caminar bajo la claridad de la luna. 
La mujer besa al hombre frente a la iglesia abandonada de muros derruidos y éste se deja envolver por la sensualidad de una lengua que combate contra la suya y los opulentos pechos presionando contra el suyo. Apenas siente una pequeña punzada en la base del cráneo. Con la claridad de un rayo de luna, antes de dejar de ser, observa en la clavícula derecha de la mujer dos letras escarificadas en la piel: AK.
Y pronto le faltan las fuerzas para preguntar su significado.
Alice Kyteler ha cumplido con precisión la primera parte del ritual, el primer encuentro, el primer hechizo, la siguiente luna llena acabará el proceso y durante esos días, se apropiará del dinero y pertenencias de Sean Lamotte, soltero y dueño de unos cuatrocientos acres y más de quinientas ovejas, en el municipio de Kilbarrack, Dublín. 
Sujeta al hechizado hacendado, con cadenas ya usadas otras veces, a los lóbregos muros del sótano oculto bajo el derruido altar de la iglesia. Día a día, con la comida, le suministra medidas dosis de la pócima de la animalidad, como un preciso tratamiento diabólico. Alice la bruja es hermosa, es hábil, es ambiciosa. Es perfecta en su hambre de dinero y placer.

Caerá el justo hilo de baba de mis labios a tu sexo y se abrirá como el Mar Rojo para los judíos. Seré Moisés con una obscena vara venosa orgánica y palpitante dirigiéndome a tu consagrado coño.

Es el lenguaje estremecedor y sexual de la pócima de la animalidad, cada palabra se extiende por la piel de Alice como una caricia hiriente.
La mujer de cabello negro y corto, deja deslizar de su puño un metro de cadena que corre veloz por entre las argollas con un ruido estridente. Es la justa medida para que el hombre o lo que queda de él, le lance el aliento en los más íntimo de sus muslos sin herirla. La falda de su largo vestido está recogida en la cintura. Las antorchas hacen de las sombras seres que se agitan prisioneros en las piedras grisáceas que forman los centenarios muros de la mazmorra de la iglesia. La cadena sacude  las argollas violentamente cuando el hombre bestia de ojos feroces se abalanza hacia ella.
Cierra los ojos para no ver, pero acaba mirando a la bestia que ha creado y separando las piernas.

Soy una bestia hambrienta, hociqueando en tu sexo, cuasi amenazante. Procura no moverte cuando la lengua caiga pesada entre tus sexuales labios. Es por tu bien y por no perder lo poco que queda de humano en mí, te arrancaría el coño con los dientes si te movieras.

Con la cadena enredada en su puño, se tiende en una tosca mesa de piedra y separa las piernas ofreciendo casi en sacrificio su vagina brillante y ya resbaladiza de humor sexual.

Los dientes tienen un hambre atroz y que amenacen tu monte de Venus, es un acto inevitable, lógico en mi deseo ronco y recio.
Soy un hombre descendiendo sin freno a lo más primitivo que anida en algún lugar de mi atávico deseo y lo huelo en tu coño trémulo y ahora empapado de mi baba y de ti misma.
No estoy hablando de un sueño, es la realidad, es la maldición de desearte que me transforma en una bestia de dudoso intelecto. Tal vez este sea el último pensamiento coherente e inteligible antes de entrar en ti.
Soy un susurro reptante lamiendo tus ingles, tan cerca de tu coño que oigo tus jadeos endureciendo el clítoris de forma irracional en tu mente, como si fueras bestia también. Soy un ronquido que se arrastra por tu piel más íntima, indefensa que sin control me ofreces.
Soy la mirada oscura como oscura y húmeda es ahora tu mente y tu cuerpo.
Suéltame las manos, deja que hiera tu piel, que la rasgue y beba tu sangre. Que se deslice suave y dulcemente por tu sexo.

El hombre bestia habla y habla, cada palabra es una caricia directa a su clítoris, excitado por las frecuencias graves de aquella voz profunda.
La mujer toma la muñeca izquierda de la bestia y libera su mano grande y ancha de dedos con uñas melladas y peligrosas, el grillete se arrastra por el suelo tintineando y parece sincronizarse con la voz oscura que nace de una garganta inhumana.
Y se arquea cuando la mano se dirige violenta a su pecho, desgarra el escote del vestido liberando un pecho pesado y pálido y las uñas amenazan con sus filos el pezón hasta que se hace insoportablemente duro.
El  pene del hombre-bestia está en contacto con  su piel, en las costillas, en la cara externa de su muslo. Siente los rastros de la tibia humedad del glande como sangrías de desbocado deseo.

Te gusta así, me lo dice toda mi bestialidad, te gusta que rasgue la suave la piel del abdomen, que arañe el monte de Venus dejando un rastro de dolor. Mira ahora, hermosa, observa lo que te voy a clavar.

Alice pone los ojos en blanco sin perder el control de las cadenas en sus puños cuando la bestia toma sus muslos y los alza hiriéndole con las uñas. Grita desesperada cuando la penetra y siente el vello crespo de la bestia en los labios vaginales. Se siente invadida, indefensa ante lo que se ha metido dentro de ella que bombea sin cuidado. Le duelen los pechos por la violencia de las acometidas. Llega al orgasmo antes que él y tensa las cadenas de nuevo para separarlo de su vagina y llevarlo contra la pared.
La bella Alice tiene una fuerza que el hombre-bestia no capta, no analiza. Su sexo aún lanza ecos de placer que expanden por dentro de sus entrañas. Jadea... 

No me hagas esto, no me dejes así, suéltame, quiero inundarte con mi leche. Quiero soltar toda mi animalidad dentro de ti, hasta que rebose por entre la cópula como una pornográfica crema.

Alice se arrodilla ante él, ante su pene erecto. El glande está púrpura por la sangre que se agolpa y un líquido lechoso y denso empieza a asomar por el meato.
Se lo lleva a la boca.
La mano libre la lleva a algún lugar de su revuelto y desgarrado vestido y extrae un pequeño cuchillo cuyo filo está sumergido en un pequeño frasco con la pócima de la animalidad.
Libera el lacre forzando el mango, el hombre bestia gime y gruñe abandonado a la boca que lame su glande, su bálano entero con lamidas lentas.
Los cojones le duelen porque Alice los castiga con sus dedos, retorciéndolos sin cuidado.

Te voy a ahogar con todo lo que me va a salir , te voy arrancar hasta la vida con mi leche, te llenaré los pulmones y el corazón con toda esta carga que has provocado en mí.

Alice hace cuatro pequeños cortes indoloros a lo largo del bálano y la pócima, la dosis necesaria para culminar el hechizo, entra en el torrente sanguíneo veloz como una flecha. El hombre bestia no siente dolor, no ve lo que ocurre en el pene que la bella mantiene húmedo y caliente con su boca y sus dedos.
No puede ver la boca de Alicia dejando derramar  la sangre que mana de su bálano herido, no ve como la sangre mezclada con la saliva se escurre por su barbilla, por su cuello, por entre sus pechos pesados, por su estómago y su vientre...
La bestia lanza un rugido y deja ir su carga de semen. Alicia deja que desborde en su boca y ahora el semen es rosado por la sangre con la que se mezcla.
Las uñas de los pies del hombre revientan y salen duros espolones cónicos, su pene se hace negro y encallecido, retrayéndose de su boca y manos.
La boca de la bestia sangra para cambiar su dentición humana por grandes colmillos que revientan las encías, la piel se hace negra como la noche y un rayo de luna llena que se filtra por una ventanuco alto del muro, marca una quemadura entre la negritud de su piel arrugada y rasposa como la de un elefante. Entre gritos de dolor, sus dedos caen y emerge un hueso puntiagudo que convierte cada mano en la punta de una lanza orgánica y sangrienta. 
De sus glúteos ha salido una enorme y repugnante cola de rata venosa a la que pronto se aferran varias garrapatas.
El hombre es ahora algo indefinido, una bestia imposible que no obedece más que al tormento del dolor y de la locura.
Alice lo libera de las cadenas y el monstruo escapa hacia el exterior ya sin conciencia de que una vez fue hombre.
Los aldeanos patrullan los alrededores del pueblo las noches de luna llena, cuando está a punto de amanecer y los diablos yacen cansados de sus maldades a los pies de los árboles muertos de las bajas y desgastadas montañas irlandesas.
Son tradiciones que nadie se atreve a cuestionar, cuyo origen se pierde entre los tiempos anteriores a sus bisabuelos.
El que fue hombre yace durmiendo tras unas rocas al borde del  camino que lleva a la costa.
En silencio se acercan y cada uno de los hombres, clava su horca en el cuerpo del diablo. La bestia no llega a despertar.
Alice flota a treinta metros por encima de sus cabezas.
Y se acaricia la entrepierna evocando su orgasmo mientras los hombres arrastran por la cola lo que fue el hacendado Sean para quemarlo en la plaza del pueblo antes del mediodía.


Relato inspirado líbremente en Alice Kyteler, la bruja más antigua que se conoce en Irlanda y en el mundo. Según dicen, era hermosa y sofisticada. Y algo muy raro en aquellos tiempos, una mujer independiente.
Tenía fama de manipular a los hombres para su provecho.
Nació en Irlanda, en 1280 y fue ejecutada como bruja en Dublín, en el 1324.
Sus años de actividad como bruja fueron del 1302 al 1324.
Un pequeño homenaje y simpatía hacia otra víctima de la ignorancia, la envidia y la idiotez humana.




Iconoclasta

4 de agosto de 2015

Introspección psicótica



-Baja.

-No quiero.

-Baja aquí con nosotros y recuerda, y comprende.

-Es que duele y decepciona.

-Perdí tiempo, no quiero perder más.

-Has bajado.

-Me ahogo.

-Y yo contigo.

-Morir no es paz.

-No te preocupes, sufriendo, la vida vale doble.

-No puedo, no quiero recordar toda aquella sangre. Resbalé y caí en ella.

-Lamiste la herida que destrozó su femoral, se te puso dura de nuevo.

-Y su coño.

-Estaba muerta toda ella.

-Aún conservaba calidez.

-Era verano.

-Te mereces morir, deberíamos morir.

-Te corriste dentro de ella y no puedes olvidar esa carne agitándose sin control con cada embestida que le dabas. Me das asco.

-Quiero subir de nuevo, contigo todo es peor.

-Es necesario, necesitas reconocer tu insania. No debe ser obra de un idiota.

-Cuando el filo se metió en su ingle y corté, sentí la muerte correr de mi mano, por el acero y descargarse en ella como electricidad.

-¿Por qué gritan tanto? Quise salvarla, taponar su herida para que callara.

-Pero golpeaste su cabeza contra la roca una y otra vez, con aquel río de sangre que brotaba violenta de su muslo y bañaba su coño.

-Estoy caliente.

-Dime que no te arrepientes.

-No me arrepiento, lo haré de nuevo.

-Lo haremos.

-Noto el frío de la muerte envolver mi pene.

-Estás loco.

-No. Solo soy malo.

-Ya podéis subir tú y tu maldad.

-Lo mataremos todo ¿verdad?

-Sí.




Iconoclasta

3 de agosto de 2015

Borrones, miseria y alquitrán

Prólogo.

 "A ver si te dicen algo" me dice Óscar en un mensaje adjuntando estas dos fotos. Y yo pienso con el cerebro aún legañoso: Joder, claro que me dicen. Cómo no me van a decir algo. Son como bofetadas a la conciencia.

Y así que frente al arte de mi amigo Óscar, me pongo a desmenuzar la gris ciudad como profundo conocedor que soy de lo artificial y gris.

Así que aquí, junto al arte de mi colega y amigo, dejo ese "algo que me han dicho sus imágenes". Un algo mucho menos importante que el impacto de su mirada objetivada, pero no domada ni condicionada.


Borrones, miseria y alquitrán.

Tal vez eso sea lo que quede de los ciudadanos cuando mueren, porque mueren, por muy jóvenes que se crean.

Por muy adoradores que sean de Peter Pan.

Borrones de lo que fueron... Un gigante pinta rayas con sus dedos pringados con el alquitrán que son los restos de un urbanita, tal vez un ciudadano ejemplar, digno espécimen de la mediocridad nuestra de cada día. Como el pan de Dios, que no lo es, es el pan que ganamos con nuestro tiempo prostituido por una miseria.



O tal vez aplaste a algún humano dejando su silueta borrosa en otro muro como muestra de la miseria y la denigración de las ciudades donde la libertad degenerada y la total ausencia de naturaleza, mata instintos y valentía haciendo de los seres humanos esos insectos que se aplastan sin ninguna preocupación.



Los grises muros urbanitas son borrosos nichos de alquitrán y miseria.



Fotografías de Óscar París París.
Texto de Iconoclasta.