5 de junio de 2015

Tres horas


Tres horas sin cruzarme con un solo humano, tres horas sin escuchar más que el ruido del bosque, de mi respiración y pisadas.

Tres horas de liberación, en las que he dudado que conservara mi capacidad de hablar.

Una ardilla de cola roja ha corrido delante de mí, sin miedo.

Y un águila a un millón de metros de altura, daba círculos buscando qué cazar.

De vez en cuando algún animal grande hacía ruido en lo frondoso, invisible. Yo observaba sudando lo oscuro, pero solo presentía la presencia de algo que contenía la respiración.

Está bien, es más de lo que he visto en otros tiempos y lugares. Es mejor.

La libertad estaba servida, sabía que yo era de aquí, de las montañas, de lo salvaje, de lo cansado.

El dolor de la puta pierna apenas molestaba, es mi compañero, me hace caminar despacio y observar todo con minucioso detalle, gracias a la podredumbre de una pierna aprendo más allá de lo que veo en lo salvaje de las montañas.

Observo tragedias, observo a los animales calientes por reproducirse, a los animales hambrientos. No es gracioso, ellos sufren y viven el nerviosismo de la incertidumbre, como yo.

Y sigo subiendo hasta llegar a la más alta de las torres de la línea de alta tensión.

Los humanos están abajo y yo les obsequio el sudor que gotea de la visera de mi gorra empapada.

El reloj marca 970 metros de altitud, no es demasiado si no eres un lisiado.

Los tarados tenemos récords mucho más humildes de mierda.

No hay más donde subir y la pierna parece que da gracias a los duendes del bosque.

Dejo que el sol haga arder la piel de mi torso, al fin y al cabo, las bestias no llevan ropa. No cuesta nada soñar con la brutalidad y ceder a ella.

Tengo una buena tolerancia al dolor.

Y cuando el cuerpo pide bajar, llegar a casa, mojarse, beber, comer. Me dejo deslizar abajo, es fácil pero más doloroso que subir, los tendones se irritan tanto...

Y mi mente resbala también hacia lo más profundo de la conciencia y padece una revelación: ahora ya sé dónde ir a morir cuando llegue la parca. Porque uno sabe muy bien cuando va a morir, salvo si se le parte el corazón o se asfixia durmiendo. Lo supe una vez y lo sabré de nuevo.

Lo saben los animales de aquí y los elefantes, dicen que tienen sendas de la muerte.

Pues yo soy un elefante, coño.

Y sacaré fuerzas para morir en la montaña, caminaré con ese bastón de mierda montaña arriba hasta que escupa sangre por la boca, o la mee. Hasta que lance un ronquido como mi padre cuando su corazón se partió y caeré en mitad del sendero.

Sea joven o viejo, me la pela, yo no me muero aquí entre ladrillos y asfalto.

Y llevaré agua, por si la agonía es larga, y una libreta y un bolígrafo para intentar contar como muero. Y por supuesto una cajetilla de cigarros y dos encendedores, uno de repuesto.

Hace ilusión morir si se convierte en un acto de libertad y libre albedrío.

Ya lo tengo todo claro, ya lo sé todo.

Todo cuadra.

Solo me queda tener algo más de suerte de la que he tenido hasta ahora para un buen morir.



Iconoclasta

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