11 de abril de 2015

Secretos

No hay secretos.
No existe el misterio. El único misterio es el mundo, es lo ajeno a nosotros. Somos extraños a ojos de la humanidad, somos ignorantes de lo que pasa allá afuera.
Te amo con tanta importancia, que no existe nada en ti desconocido. Las sorpresas que me deparas no lo son realmente. Es magnífico intuir que iba a ser así.
Y sé de la misma forma, que cuando me observas, sabes donde estoy, adonde llegaré.
No es inteligencia, sabiduría o experiencia. No somos genios, no tenemos poderes especiales. Es tan simple que no hay secreto alguno: nos amamos con una singular importancia, como nunca antes había amado.
Nos engendraron para descubrirnos el uno al otro a cada segundo, sin sorpresas, sabiendo que solo podía ser de esa forma cada acto que realizamos.
No somos misterios. Somos pergaminos, yo soy tu escribano en la turgencia de tu espalda y tú eres la mía en mi pecho. Escribimos el presente, sin decepciones como milagrosamente esperamos. Y cuando salimos al mundo, ignorantes de él volamos como hojas al viento sin saber adonde vamos, hacia adonde nos arrastran.
Sabes cómo me gusta escribir, trazar con mis dedos mis pensamientos en tu piel y empujarlos hasta el alma, hasta allá adentro.
Somos aburridos a ojos del mundo; sin embargo, el mundo es nuestro descubrimiento, caminamos con los ojos muy abiertos; y lo que llevaba años en pie, lo descubrimos a través de un beso, de unas palabras que no son secretas.
Hemos hecho del mundo un planeta extraño que nos sorprende día a día.
Sí, eso somos: antiguos pergaminos al viento entre calles y alamedas en un tiempo nuevo e inesperado.
Nos olvidamos del mundo y lo que guarda cuando cerramos la puerta de casa a nuestras espaldas.
Y lo hicimos bien, lo hacemos bien.
Si guardáramos algún secreto, es que algo salió mal, en algún momento no nos amamos. En algún instante se nos olvidó mirarnos.
Está bien, no somos perfectos, amarse es imperfecto, porque la necesidad es una carencia de ti en algún momento de mi respiración.
Simplemente digo que no es ni bueno, ni malo. Es como debe ser, la única forma posible entre tú y yo. 
Tú tomas la copa de vino por el pie y la inclinas hacia tus labios con una gracia que siempre me conmueve, sé que estás bien, que todo está bien en ti, tu humor, tu alegría. Y me hace reír esa insolente elegancia tuya. 
Cuando la tomas con tus dedos cerca del borde, entonces necesitas que te rodee con mis brazos cuanto antes.
No hay secretos en el lenguaje del cuerpo.
No es un secreto saber que cuando el licor baja por tu garganta, tu piel busca el calor de mis manos para equilibrar el calor que hay en tu alma.
No es un secreto que observo tu sonrisa, oigo tus palabras y digo que todo está bien. Que no quiero nada. Que no necesito descubrir más. Tú eres el único conocimiento que ansío.
No es secreto que tú duermas y yo te observe. Que dormite con el sonido de tu respiración.
Tú lo sabes, no soy bueno durmiendo. Soy bueno como el ángel guardián de tus sueños, y sabes que tampoco es cierto, porque me excitas, me excitas tanto...
Soy el guardián de tus secretos, los que tienes con el mundo y no conmigo.
Y tú eres la destructora de los míos, me dejas desnudo ante ti y no siento frío, solo siento el calor de tus ojos escrutadores, eternamente curiosos. Es mi privilegio.
Hay tantos secretos en el mundo, hay tantos misterios de amantes que no sé si hacemos bien. Como si tener secretos diera más valor a la vida.
Se equivocan.
Eso es mediocridad, porque yo sé de secretos, antes de amarte mi mundo estaba plagado de ellos. Pensamientos y emociones que ocultaba a todos los seres y a todas las cosas.
Los amantes y sus secretos... No entiendo como pueden tener secretos, como pueden desconocerse si son amantes.
Si no estás cerca me siento perdido. Y lo mantengo en secreto, como una vergüenza.
No puedo asimilar que algo en ti pueda ser oculto a mis ojos. Puedo asimilar que no me quieras en algún momento, pero no podría ignorarlo, no podría dejar de intuirlo.
No quiero ser misterioso, mi único misterio es como he vivido sin ti. Ese es el misterio que se me ha planteado desde el momento en que te conocí.
También sé cual es el momento de alejarme, de salir de tu órbita. Ese instante que precisas para ti, para poner en orden pensamientos  y actos.
Sé cuando he de apartarme, lo que no sé es adonde ir en esos momentos, porque el mundo es una incógnita para mí. Se hizo caótico e incomprensible desde el momento que escuché tu voz.
No es extraño que me siente en las escaleras, un piso más abajo. No me gusta el mundo allá fuera cuando estoy solo. Sus misterios me destrozan los oídos y tensan mis nervios.
Y no es un secreto que no soy de aquí. Soy de ti.
Tal vez algún día descubramos un secreto el uno del otro, tal vez llegue ese día en el que haya una decepción; no soy ingenuo aunque te ame con locura.
Los locos no tienen porque ser necesariamente tontos.
Así que cuando llegue ese día, en el que un secreto flote entre nosotros, los pergaminos caerán en un charco de agua deshaciéndose.
Y atesoraré secretos de nuevo: cada uno de tus gestos y cada palabra.
No olvidaré que un día no necesité nada, que un día fui un pergamino en el que escribías lo que yo era, lo que yo sentía.
Y volveré a caminar solo, seré caos con el caos, un ruido dentro de otro ruido, algo vulgar y desapercibido en este mundo de mierda.
Es una posibilidad, no nací ayer. Estar sin ti me llena de pesimismo, mi amor.
Mientras tanto, continuaré esperando en el rellano de la escalera, fumando los secretos, incinerándolos.
Esperando el momento de abrazarte y besarte, como sabes que haré al entrar en casa.








Iconoclasta

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