30 de abril de 2015

El árbol humano, una novela de Iconoclasta


"La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo." (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

29 de abril de 2015

Niños malos, tintas indecentes


Los niños malos no van al cielo, ni los que no se integran, o los que leen solos, o los que ven en las letras más turbias lo que les gustaría sentir.
Esos niños tampoco van al infierno.
Ni siquiera hay un purgatorio habilitado para ellos.
Están condenados a mirar dentro, en su alma. Y ver lo que son, posiblemente lo que serán y lo peor: lo que no serán.
No serán de aquí, de este tiempo o este lugar y se clavarán un plumín en la piel para escribir de mundos mejores o peores, pero de una vívida intensidad.
Anotamos fracasos, frustraciones, errores nuestros y ajenos que nos joden también. El balance del inventario es de puta pena; pero si lo escribimos en un orden adecuado y crispando los dedos por dolores pasados y los que han de llegar, alardeando de las más altas cimas de la frustración, es fácil  convertir la vida en el infierno que no tenemos.
Porque el cielo, no es algo sugerente cuando te das cuenta de que allí no hay nadie que amaste y murió. Ni los amores muertos, porque los amores muertos se deberían transformar, es lo que ocurre con la energía.
Deben estar todos en el infierno, un enorme crematorio que hace arder la sangre en las sienes.
Hacer la vida interesante... De los intereses se encargan los bancos, mejor que sea dolorosa y el morir se convierta en descanso.
Dejamos de ser niños entre muertes dolorosas y muertes indiferentes.
Y la indiferencia se convierte en angustia de palabras que no se mencionan porque deprimen y dan miedo; a ellos, los otros.
Lo niños buenos sonríen y esperan follar ebrios con la más guapas niñas de la clase.
Asistimos a muertes siendo jóvenes, pero no fue suficiente expiación. Tenemos que seguir soportando la mediocridad y violar lo legal y lo sagrado. Y desgarrar y pervertir cuantas inocencias podamos.
Los condenados solo piensan que esto es una mierda, que los idiotas están bendecidos por otro idiota sagrado, más alto, más grande. No sé...
Hemos crecido picoteando carroña, verdades sangrantes que palpitan con las vísceras desparramadas en cunetas de carreteras tan transitadas, que confunden a la muerte y se lleva a quien no debe.
Así que clavo el plumín en las pocas venas sanas que me quedan, he querido conservar el pene íntegro, pero no va a ser posible.
Ninguna puta se lo querrá llevar a la boca, yo no lo haría... No hay romanticismo, ni siquiera en el dinero que siempre lo tuvo para los buenos, para ellos, los otros.
Cuando llegas al límite de la insania la prostitución reniega de ti.
Tal vez el día que podamos compartir y sentir la alegría de otros seres, seamos integrados.
Bajo el pantalón, como quien se va a inyectar insulina, tiro del elástico del calzón para liberar el pene y clavo el plumín en la vena más gruesa, la que da impulso a una pervertida erección.
Y la tinta es negra.
No me extraña, pero es sorprendente...
Prefiero la condena, no me apetece ser perdonado, no quiero vulgaridades.
Sangre roja y sonrisas de esperanza.... No jodas...
Ya es tarde, siempre lo fue.
Me quedo con la negra sangre de mi polla, con las palabras que hacen girar el rostro a ellos, los otros.






Iconoclasta

28 de abril de 2015

Papel y tinta


Soy un ser de papel y tinta,
y párrafos de alma diluyéndose
en ríos de colores desleídos,
                               aguados.

Perezosos torrentes de sudor
de obscenos deseos,
descontrolados. Impúdicos.

Sueños que invaden el día
y bañan de rocío mi glande,
ilusiones que hacen del mediodía
                               la madrugada.

Y el semen un ocaso blanco
                                lácteo...
que se arrastra lento
por el vientre y las ingles
y en mis dedos que escriben.









Iconoclasta

27 de abril de 2015

Pablo


No es una fotografía, es un collage solo para mis ojos.
Mi hijo está en ese momento de un presente concreto, buscando en su mochila, pero la imagen latente, la que conforta mi pensamiento, es que es Pablo bebé, Pablo niño, Pablo adolescente, Pablo adulto, Pablo hombre, Pablo y su padre muerto. Pablo fundando otros reinos, creando otros territorios que no veré; pero tengo imaginación aún que estoy vivo.
Hay miles de imágenes superpuestas que forman esa, yo las veo todas con cuchilladas de ternura.
No hay nada extraño en él, ni un solo ápice de su piel. Si acaso, solo admiración, solo una sorpresa por un tamaño sorprendente, por una voz más grave, por una seguridad, por una madurez. Por un conocimiento ya pleno de la vida.
Es hombre. 
Es mi hijo.
No puedo dejar de pensar en las infinitas emociones y cariños que han llegado a crear esa imagen que tengo en el escritorio. Imposible de evadir, es un viaje en el tiempo, al pasado, al presente y al futuro.
Es lógico que a veces los hombres lloren.
El amor es una máquina del tiempo que vence todas las distancias y todas las dimensiones. Alguien quiere cuantificarlo, direccionarlo y codificarlo para viajar por él; pero fracasará.
Porque deberá tener un hijo y amarlo por encima de toda consideración lógica e ilógica. Regalándole el propio sistema nervioso central, el corazón, los pulmones, los ojos, el hígado, los riñones, todo para él cuando sea necesario.
Cuando el amor te convierte en el almacén de repuestos de tu hijo, entonces viajas en el tiempo.
Y evocas sus dedos suaves, sus primeras lágrimas, sus risas que lo doblaban, la rabia, la fuerza por ponerse en pie, el miedo a nada y a pequeñas cosas. Sus ojos tan azules y grandes me daban miedo cuando chapoteaba en brazos de su madre en la piscina, parecía de otro planeta.
La protección que le otorgaba mi volumen. Mis brazos llenos de él, mi voz llena de él, de su nombre. Las canciones, las películas, los llantos y las preguntas.
Y su descubrimiento paulatino del mundo, y yo tras él.
¿Cómo es posible sentir esa indecible ternura, evocar sus manos en mi rostro, palabras inocentes, ideas hermosas de un mundo que nunca lo será, ante un hombre de esa talla?
De un hombre que navega solo por la vida.
Solo ocurre cuando es tu hijo del alma.
Cuando nada ni nadie puede ser amado tan orgánicamente.
Cuando bajo el hombre adulto, un niño sigue buscando en su mochila con idéntico gesto, con idéntico gesto en el baúl de juguetes, con idéntico gesto tomando un sonajero en sus manos, con idéntico gesto mirándome con sus ojos aún de bebé.
Cuando el amor y la ternura hacen presa en tu ánimo de forma inevitable y sabes que la vida no es viable sin él en el planeta, sin él en el escritorio, sin él mi mente, sin él en mis recuerdos y en mis sueños. Es entonces cuando se forman las infinitas imágenes que componen la principal.
Es Pablo, mi hijo.
Tengo todas sus risas, lágrimas y dedos en mí. Profundamente insertados en el tuétano de los huesos.
Ese hombre que busca en la mochila, ¡por favor... si tiene tres años, tiene ocho, tiene catorce!
¡Cómo lo quiero!
Mi vida depende de la suya.
De la tuya, hijo.
Rebusca en tu mochila, Pablo, te admiro silencioso tomándote una foto que son miles.
Pienso en lo inadmisible, en lo inconcebible que es que algo como yo, haya aportado algo a tu vida, a tu organismo, a tu esencia. Porque no me veo como tú, no puedo verme tan importante y tan perfecto.
Es imposible tenerte en el escritorio en todas las edades de la vida y no detenerse a evocar cada segundo que te he vivido.
Y preguntarme porque no he muerto colapsado por esas emociones. Soy mucho más fuerte de lo que yo mismo temo.
Eres un hombre, Pablo, pero tengo que controlarme para no abrazar con un llanto ñoño a los pequeños y grandes Pablos que hay en esa imagen, en ese gesto.
Mi vida depende de la tuya, y la tuya es solo de ti y tus decisiones.
Soy un remolque de mi hijo.
Un beso, amigo mío.








Iconoclasta

25 de abril de 2015

Maldito el viento


El viento te mima y juega contigo, la gata te asiste, es cuidadosa con la hermosa niña.
Mis dedos buscan el disparador de la cámara como si fuera entonces.
Tan feliz, tan bonita...
Fue el viento el que me arrastró a mí, como una hoja seca, muerta.
Se rompió la alegría como se rompen los huesos enfermos.
Se partieron las uñas aferrándome a la tierra y a las piedras.
Fui una niebla que se hizo jirones en un instante que se cierran los ojos o nadie mira la tragedia de no ser, no estar. De ser amputado de ese tiempo y espacio.
Como un tumor.
Solo un reflejo, un proyecto de imagen en una caja oscura.
Que duró nada.
Observo la imagen, intento verme ahí, aunque solo sea un trozo en el cristal de una ventana.
Es un espacio lleno de una añoranza triste, sin forma, sin presencia.
Quisiera ser el verde que añade otro color a tu vida.
Siento una náusea de tristeza.
Sé que estuve y conservo el calor de tus manos en las mías; es lo magnífico. Es mi sonrisa, absurda entre tanta melancolía.
Que te aman y cuidan seres más importantes que yo es agua bendita para mi alma.
Besos desde Las Montañas de la Añoranza, mi pequeña amiga.
Voy a pasear por ellas, son mi álbum de seres queridos.









Iconoclasta

24 de abril de 2015

Papeles y segundos


Escribo en papel sucio por tiempos y esfuerzos, como mi piel.

Y es porque tiendo (el papel) ha quedar abandonado en rincones por largos períodos de tiempo (el papel).

Las hojas de los árboles caen despacio y con ellas su propio tiempo.

Y  los segundos para mí son ráfagas de ametralladoras que parten el cuerpo en medio parpadeo.

Hay tiempos diferentes, cada cual tiene su medida para complicarlo todo.

Hay hojas (de árbol y papel) que tardan hasta veinte segundos en descender diez metros.

Yo tardaría dos segundos apenas, soy veloz (muriendo). Aunque a veces me da la impresión de tener el tiempo de los árboles, la muerte no llega.

Si estoy escondido en un cajón a salvo de ser usado, no puedo  caer.

Es curioso, el abandono da seguridad.

Solo que no dura más que un suspiro aliviado, siempre hay alguien dispuesto a curiosear, alguien que no soporta ver olvidados papeles (hombres) en cajones.

Siempre hay alguien excepcional que gusta de escribir en papeles (pieles) amarillentos.
Hay que dar las gracias para parecer educado.

¿Y si un día nadie abre el cajón de los papeles sucios? (se pregunta el papel. Yo no).
Entonces descansaremos más tiempo (se responde el papel). Morir lo define mejor (aclaro).

Aquí no hay dolor, no tenemos que caer ni caminar. Genial (respondo yo, el hombre).
La ocultación es protección, hay avestruces que lo demuestran.

Hay seres que mueren abandonados (hombres).
No importa, qué más da, siempre se muere (el papel amarillo se dobla sobre sí mismo incómodo, no es hombre; pero la muerte se contagia por medios desconocidos a todas las cosas).
Es triste.

¿Para quién?

...

Para nadie...

Qué rápido... Diez metros, dos segundos.

Somos profesionales (del abandono).

Sí (papel y hombre).









Iconoclasta

23 de abril de 2015

El árbol humano, una novela de Iconoclasta


"La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo." (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

20 de abril de 2015

Hoja dominical


Esa lluvia que cae sobre vuestras cabezas es la piel de Dios deshaciéndose por la vejez.
La sangre que corre por vuestras venas, es la misma que menstruaba la madre de Jesús, el bastardo de un carpintero.
Dios se deshace en lluvia furiosa por los remordimientos de sus errores creados.
Los truenos son mis estentóreas carcajadas.
Me río del patético cuarteto que se forma con el propio Dios, su paranoica virgen, el cornudo carpintero y Cristo el idiota predicando: "todas las mujeres son prostitutas ante Yahvé, menos mi madre que es una santa" (sic). Ellos inventaron un pastiche pseudo filosófico, aberrante y sectario. Solo apto para primates de escasas luces y cobardes hasta el vómito.
Yo lo vi.
El nazareno solo era el hijo de una degeneración endogámica, nació de una menstruación de María.
"—María, deberías hacerte una revisión, esos coágulos no son normales —díjole José". (sic)
"—No es un coágulo, es un hijo ". (sic)
"A lo que José respondiole:" (sic)
"—Puta". (sic)
(La verdad de 666, pag.: 4678, párrafo 15003)

José creyó firme e inocentemente que era enfermedad o basura aquello que expulsó su mujer por aquella vagina inviolada.
Y Dios reía con ganas, ante todo ese expresionismo en estado puro.
No lo creáis, Cristo no tuvo dignidad alguna cuando lo sodomizaron y luego crucificaron: chillaba como un marrano en el sacrificio. Blasfemó contra su madre, su padrastro y Dios.
"—¡Judíos de mierda! Que crucifiquen a vuestra puta madre y a vuestros hijos. Ojalá os coma la lepra a todos —gritaba ante la vergüenza de María, su madre". (sic)
(La verdad de 666, pág.: 7083, párrafo: 23134)

Hay que decir que en arameo sonaba mucho peor y más largo.
Esta es la verdad revelada, la auténtica que sostengo porque soy el eterno testigo del fraude y la misería. Por eso Dios se preocupa más en desacreditarme por medio de sus sacerdotes, que en proporcionaros paz y amor.
Dios y sus miserias...
Vosotros, deficientes creaciones, no podríais aceptar ni entender la verdad aunque os la metiera en el cerebro con un martillo y un clavo sucio de la sangre del crucificado.
Éste es mi sermón para todos los días de vuestra vida de crédulos, hasta vuestra muerte, necios.
Por mí como si usáis mi hoja dominical para limpiaros el culo.
Os mataré a todos, lo mataré todo.
Siempre sangriento: 666






Iconoclasta

19 de abril de 2015

Mi compañero Cooper


No sé si fue una maquinación del destino. Una situación creada por el planeta, un acto de empatía voluntario: la de la Tierra con uno de sus habitantes.
O simplemente fue un azar, algo fortuito.
Prefiero escribir que tuvo la magia de lo primero, porque simplemente, es más bonito así.
A pesar de lo que escribo, mi pensamiento no se engaña. Soy un espécimen adulto que jamás he experimentado más magia que la creada con mi imaginación.

Acababa de romper una relación enfermiza, de hecho estaba muerta hacía más de dos años. En aquellas fechas en las que conocí a Cooper, se puede decir que más que una ruptura, conseguí la libertad y el bienestar, aunque a costa de sacrificios y tristezas batidas con esperanzas.
Solo que las alegrías no pesan suficiente para luchar contra las tristezas, la vida es así.
Al menos la mía.
En esas fechas me compré un buen reloj, me hice tatuajes nuevos y... Conocí a Cooper un  domingo, era 9 noviembre del 2014. Ya hacía muchos meses que iba solo al cine, solo a todos los sitios.
Me senté en la butaca muy cerca de la pantalla, como siempre.
Iba a ver Interestelar.
Desde que iniciaron las primeras escenas me olvidé por completo de los malos años de engaños, corrupciones, vanidades hipócritas y enfermedades mentales ajenas que viví.
¿Por qué disfruté tanto de Interestelar hasta el punto de convertirse un hito en mi historia, en mi vida?
Las analogías surgieron luego, tras el impacto visual y emocional de la película. Argumentadas a mi conveniencia, es inevitable; pero había razones para ello.
La música penetró profundamente en mi cerebro. Marcaba con su persistente ritmo un tiempo urgente, que se comía la vida velozmente. La vida de la familia de Cooper, la de él mismo.
Aquella música se convirtió en una banda sonora de mi vida, que marcaba segundos de engaño, estafa, avaricia y paranoia corrupta de aquella mujer. Un tiempo que se lo comía todo, como se comía todo lo que Cooper amaba.
En aquellos momentos, cuando el astronauta lloraba ante mensajes viejos de sus hijos y por los años perdidos en un instante, en un error; yo en mi butaca sentía en mi carne el cáncer que comía a Cooper y el alivio de haber dejado atrás ese tiempo de mierda. Yo estaba a salvo, fui Cooper, hasta que pude escapar de la relatividad del tiempo y de la órbita de un planeta venenoso.
Tenía que decirle a mi compañero que todo se arreglaría, amigo mío.
Debía partir en busca de un planeta mejor porque la Tierra estaba enferma.
Y decidió sacrificar el tiempo de vivir con sus hijos, con su familia.
Se equivocó, pobre...
Yo tenía que partir de aquella casa que no era mi hogar. Todas sus paredes evocaban una torpe e ineficaz estafa, la hipocresía de una mujer ambiciosa y su más vulgar vanidad.
Y mi angustia, como la de Cooper, era la de dejar atrás a los seres queridos. Tenía que sacrificar el amor, el cariño y la ternura de una muy pequeña amiga. Una niña que vi crecer y aprender a hablar y caminar; la ayudé un poco en esas cansadas tareas. Sacrificaría a mis amados amigos, dejaría atrás a dos preciosas gatas que me querían con maullidos y suaves garras, se sentaban en mi regazo para dar y recibir calor en las  noches, fueran cálidas o frías.
La angustia de Cooper la entendía tan bien, que me encajaba en el estómago como un puñetazo.
Mi hijo estaba lejos, y necesitaba acercarme a él, me quisiera o no.
Al igual que Cooper, eligiera lo que eligiera, de un modo u otro causaría dolor la decisión.
Mientras tanto, el tiempo para nosotros, pasaba veloz sufriendo tristeza y miedo a perder lo que queríamos por cada segundo que pasaba.
Sufría pensando en como resolver el asunto de una partida amando a tantos seres, unos en el punto de origen, otros lejos.
Ambos mirábamos por las ventanillas del Ranger, de la nave espacial. Cooper observaba la Tierra corrupta y peligrosa para la vida, cada vez más lejos y pequeña. Yo evocaba el rostro de aquella mujer ya borroso en el espacio y el tiempo. Tan irreconocible ya, que llegué a no entender como un día pude sentir algo de aprecio por ella.
Fue a través de la pena y tristeza de Cooper, de todo aquello que perdió en el viaje: años en los que sus hijos se hicieron adultos sin él, esa juventud inhumana que le dio la relatividad del tiempo y le hizo sobrevivir a ellos.
A través de toda esa tragedia tuve el consuelo de que yo no viviría esos horrores. Mi pequeña amiga, mis amigos y mis gatas me sobrevivirían, moriría antes que todos ellos, no sería como Cooper  y su triste e inacabable soledad.
Cooper y yo iniciamos el viaje de partida con el peso de los muertos en nuestras espaldas. Ambos perdimos seres amados mucho antes del gran viaje. Eso nos hizo valientes, pero no certeros.
Hubieron errores.
Llegó el final y la hora de viajar a otro lugar y hacerlo bien, si fuera posible.
A pesar de toda la tristeza, la decepción y la soledad; partimos con esperanzas, con ilusión y ánimo rumbo a otro lugar  donde no teníamos que respirar el engaño, el dolor, la corrupción, el peligro y la muerte. Cruzamos el espacio y el tiempo en busca de amor y serenidad.
Salí emocionado del cine y comparé tristezas. Concluí que yo tuve más suerte que Cooper, obviando que yo era real.
Aquella mujer, su forma y palabras se desintegraron en el momento que encendí el primer cigarrillo al salir del cine. Sonreí y se iluminaron con fuerza los rostros de aquellos a quien amaba y de los cuales sabría a cada momento como se encontrarían, podría saludarlos, hablar, expresarles cariño y añoranzas. Vivir con ellos en un presente común.
Con aquella música de un tiempo veloz y voraz aún en mis oídos, me sentí libre y afortunado.
Interestelar se constituyó así en un hito en mi historia, en mi vida. Como el toque de un hada buena... Se convirtió en el agujero negro que se tragó una era de meses y meses de engaño y paranoia, representados en aquella silueta desdibujada de una mujer de la que ya apenas recordaba su rostro.
Verifiqué y chequeé los sistemas de navegación de la nave con alegría, sabiendo que mi viaje no sería tan triste y solitario como el de Cooper hacia una nueva galaxia.
Ambos nos equivocamos en algún momento, concienzudamente, porque creíamos hacer lo mejor, lo que menos dolía. Que nadie nos haga pagar errores, mi amigo Cooper, que nadie sea juez. Porque todos los seres de este planeta son imperfectos y falibles.
Yo llegué, estoy bien.
Seguro que también has llegado feliz a tu destino, Cooper, me lo dice mi alma.
Se acabó, compañero. Cambiamos un tiempo atroz por el de la esperanza y la sonrisa franca.
No te olvidaré, amigo mío, te recordaré siempre. Recordaré el día y la hora en que te conocí, igual que disfrutaré de mis seres queridos en este presente, ahora.
Programa a TARS con estos parámetros, compañero:
Nivel de humor: 100 % (aunque no te guste).
Nivel de felicidad: 100 %
Nivel de sinceridad: 0 %, no la necesitamos, conocemos si algo es sincero sea cual sea el parámetro programado.
Tal vez nos encontremos en algún agujero negro que nos haga compartir un ahora común, espera a que muera, no tardo.
Un abrazo a ese personaje, su dolor y esperanzas que de una forma (quiero creer mágica) compartimos.







Iconoclasta

16 de abril de 2015

El árbol humano, una novela de Iconoclasta


"La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo." (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

15 de abril de 2015

Dientes de león


Paseaba por la montaña, cerca de un río y las cimas nevadas a lo lejos, pensaba si algún día podría llegar a ellas, si sería capaz porque hay días que duele caminar.
Y de repente he reído feliz al ver un diente de león, amiguita.
Esos que soplabas cuando íbamos a casa cuando salías del kinder.
Estamos unidos en muchos lugares, unidos por tiempos, recuerdos, perritos, gatitos, pájaros, lagartijas, gusanos, pollitos, gallos, guajolotes, algún robot de trapo y flores.
Cuantas cosas habían en nuestros paseos, Paulita.
La gran magia eran los dientes de león que cada día encontrabas con esa sonrisa satisfecha. Un pequeño logro, una muestra de que conseguirás lo que te propongas, porque así lo queremos todos los seres que te amamos.
Dientes de león preciosos que están en todas partes. Cada uno lleva tu sonrisa, tu ilusión, tu aire cálido que lo sopla ofreciendo belleza al mundo, un regalo que nos haces.
Cada diente de león eres tú y un recuerdo imborrable.
Aprendí el placer de soplarlos observándote fascinado, disfrutando del cariño que sentía, que siento ahora tan fuerte como aquellos días.
No se puede pasar por alto, no puedo borrar esa imagen grabada a fuego en mi cerebro, en el tiempo ni en la distancia; esa ilusión y la sonrisa que la acompañaba cuando lo soplabas y se desintegraba en una nube de hadas que se pegaban a tu ropa y cabello para protegerte, para quererte.
Todos te queremos, el mundo, tus papás y yo...
El diente al deshacerse en una nube de hadas pequeñitas, también te amaba.
Observaba la luz hacer un halo a tu alrededor difumando lo que te rodeaba y así, todo eras tú y el diente de león en tus manos, con tu cuidadoso y emocionado soplido deshaciéndolo en el aire, con inusitada ternura y alegría.
Hoy he soplado uno y he reído feliz. He cerrado los ojos y soñado que esas hadas serían arrastradas por el viento hasta llegar a ti con todo mi cariño.
He mirado las montañas y he escuchado el río. Estabas en cada flor y en cada árbol, en los trinos de los pájaros y en las lejanas campanadas de una iglesia.
A veces te caías por correr al ver uno. Lo soplabas con lagrimitas en los ojos porque te habías arañado las rodillas, pero con una sonrisa... Por favor...
Pero casi siempre era el mismo ritual: te agachabas con tu uniforme y la mochila del kinder, tomando tu diente de león y me lo mostrabas con el brazo en alto, orgullosa. Y luego una, dos y tres veces soplabas, hasta que me mirabas con el tallo en la mano, ya desnudo. Mostrándomelo: ¿Has visto qué bien lo he hecho?
Soplo a soplo me hechizaste y fue tan potente tu magia, que eres el aire y el tiempo que me rodean.
Estás ahí, en imprevisibles y emotivos momentos.
Es inevitable quererte y recordarte en todo momento, amiguita mía del alma.
Soy tu amigo para siempre "hasta el infinito y más allá", sí ya sé que no tengo casco, pero dame tiempo, lo encontraré aunque mi cabeza sea muy grande.
Una risa, un helado, un beso...
Paula, mi amiguita, el abrazo más grande.
Con cariño y con una conmovedora emoción, te ama: papi.









Iconoclasta

14 de abril de 2015

Un epitafio

Ahí debería estar sentado yo, a un lado de mis cosas.
Ya viejo, como he envejecido la imagen; que todo hubiera pasado ya. Que las fuerzas me hubieran abandonado y ya solo esperara tranquilo y sin prisas el final.
No como ahora, con ansias de llegar a no sé donde y hacer no sé qué.
Cuando se tiene fuerza, el cuerpo y el pensamiento quieren hacer uso de ellas, no hay freno.
Y así viejo, le pediría a algún excursionista que me hiciera una foto.
Sin embargo, mientras comía el bocadillo, pensaba en que sería un poético epitafio el que yo no estuviera ahí. Que tan solo me representara el bastón de tullido tenaz, mis infalibles cigarrillos, mis inseparables cuaderno y bolígrafo, el agua y la mochila que todo contiene y que por mucho que pese, jamás aligeraría. Jamás sacaría nada de dentro. Hay una brújula, dos mapas, una lupa, unos guantes, unos prismáticos, la cámara de fotos y una navaja.
Un epitafio en sí mismo; si mi cuerpo no estuviera en la foto, me definirían esos objetos y no mi viejo cadáver con una mancha de orina en el pantalón.
Es más romántico así, haría pensar a extraños que mi vida era libre, intensa, interesante.
Los detalles importan quieras que no.
No me parece mal engañar a alguien, no puede hacer daño; y por otra parte, siendo realistas, a nadie le importa una mierda si tu vida es intensa o si esos objetos definen algo de alguien.
En cualquier caso, si alguien leyera el cuaderno, seguramente pensaría que tampoco ha sido un gran drama que muriera.
Esos objetos no bastarían para definirme como un aventurero, pero me libraría de definirme como un desgraciado que murió entre cuatro tristes paredes.
Ya que hay un buen paisaje, hay que aprovecharlo.
Y si no hay miedo a morir, también.
Imaginar no mata.
Aunque sé por casualidades vividas, que cuando alguien habla de morir, es que algo huele a podrido en Dinamarca, y se muere en poco tiempo.
Bueno, muchas veces digo: "Si existe dios, que me parta un rayo".
Mañana más, como si se acabara todo, con la misma ansia.
Y así hasta envejecer como la foto epitafio y un día no estar en el encuadre.
Como hace unos días vi en un cuadro de un museo, las palabras escritas entre unas tibias y una calavera: Memento mori.










Iconoclasta

11 de abril de 2015

Solo heridos


Nada tengo que ver con una artista como Frida. Soy la absoluta oposición a lo que ella era: arte, sensibilidad y emoción.
Solo hay una cosa que podría tener en común: el dolor del cuerpo; pero hasta ese dolor en mí es ridículo comparado con el suyo.
Si insisto en buscar algo común, sería que estamos ambos en los extremos: ella en su universalidad y admiración. Yo en mi mediocridad y ocultación.
Pero eso es una trampa burda que intento por dar algo de importancia a mi existencia, un sofisma.
Solo tenemos en común haber sido heridos.
No puedo evitar al ver su dibujo, pensar que soy una bestia herida en los huesos y el pensamiento. Siento una especial simpatía por ella, herida.
Sé que hay mucha gente dolorida, pero no me interesa esa gente. Es mi intimidad, mi pensamiento. Yo elijo quien está en él. Siempre que puedo. Y en mi pensamiento no existen multitudes, dos o tres seres a lo mucho. Exagerando.
Soy el dibujo de un gato con los cuartos traseros aplastados, maullando en la cuneta de una carretera llena de coches veloces que no prestan atención.
No vivo como quiero, como ella, ni siquiera así padezco.
Solo hago lo que puedo, soy lo que puedo, muy lejos de lo que me gustaría.
Sin clase, sin elegancia, con los dientes rotos de apretarlos al soñar lo que no soy y no seré.
Ojalá su dolor haya cesado, pronto me toca a mí también.







Iconoclasta

Secretos

No hay secretos.
No existe el misterio. El único misterio es el mundo, es lo ajeno a nosotros. Somos extraños a ojos de la humanidad, somos ignorantes de lo que pasa allá afuera.
Te amo con tanta importancia, que no existe nada en ti desconocido. Las sorpresas que me deparas no lo son realmente. Es magnífico intuir que iba a ser así.
Y sé de la misma forma, que cuando me observas, sabes donde estoy, adonde llegaré.
No es inteligencia, sabiduría o experiencia. No somos genios, no tenemos poderes especiales. Es tan simple que no hay secreto alguno: nos amamos con una singular importancia, como nunca antes había amado.
Nos engendraron para descubrirnos el uno al otro a cada segundo, sin sorpresas, sabiendo que solo podía ser de esa forma cada acto que realizamos.
No somos misterios. Somos pergaminos, yo soy tu escribano en la turgencia de tu espalda y tú eres la mía en mi pecho. Escribimos el presente, sin decepciones como milagrosamente esperamos. Y cuando salimos al mundo, ignorantes de él volamos como hojas al viento sin saber adonde vamos, hacia adonde nos arrastran.
Sabes cómo me gusta escribir, trazar con mis dedos mis pensamientos en tu piel y empujarlos hasta el alma, hasta allá adentro.
Somos aburridos a ojos del mundo; sin embargo, el mundo es nuestro descubrimiento, caminamos con los ojos muy abiertos; y lo que llevaba años en pie, lo descubrimos a través de un beso, de unas palabras que no son secretas.
Hemos hecho del mundo un planeta extraño que nos sorprende día a día.
Sí, eso somos: antiguos pergaminos al viento entre calles y alamedas en un tiempo nuevo e inesperado.
Nos olvidamos del mundo y lo que guarda cuando cerramos la puerta de casa a nuestras espaldas.
Y lo hicimos bien, lo hacemos bien.
Si guardáramos algún secreto, es que algo salió mal, en algún momento no nos amamos. En algún instante se nos olvidó mirarnos.
Está bien, no somos perfectos, amarse es imperfecto, porque la necesidad es una carencia de ti en algún momento de mi respiración.
Simplemente digo que no es ni bueno, ni malo. Es como debe ser, la única forma posible entre tú y yo. 
Tú tomas la copa de vino por el pie y la inclinas hacia tus labios con una gracia que siempre me conmueve, sé que estás bien, que todo está bien en ti, tu humor, tu alegría. Y me hace reír esa insolente elegancia tuya. 
Cuando la tomas con tus dedos cerca del borde, entonces necesitas que te rodee con mis brazos cuanto antes.
No hay secretos en el lenguaje del cuerpo.
No es un secreto saber que cuando el licor baja por tu garganta, tu piel busca el calor de mis manos para equilibrar el calor que hay en tu alma.
No es un secreto que observo tu sonrisa, oigo tus palabras y digo que todo está bien. Que no quiero nada. Que no necesito descubrir más. Tú eres el único conocimiento que ansío.
No es secreto que tú duermas y yo te observe. Que dormite con el sonido de tu respiración.
Tú lo sabes, no soy bueno durmiendo. Soy bueno como el ángel guardián de tus sueños, y sabes que tampoco es cierto, porque me excitas, me excitas tanto...
Soy el guardián de tus secretos, los que tienes con el mundo y no conmigo.
Y tú eres la destructora de los míos, me dejas desnudo ante ti y no siento frío, solo siento el calor de tus ojos escrutadores, eternamente curiosos. Es mi privilegio.
Hay tantos secretos en el mundo, hay tantos misterios de amantes que no sé si hacemos bien. Como si tener secretos diera más valor a la vida.
Se equivocan.
Eso es mediocridad, porque yo sé de secretos, antes de amarte mi mundo estaba plagado de ellos. Pensamientos y emociones que ocultaba a todos los seres y a todas las cosas.
Los amantes y sus secretos... No entiendo como pueden tener secretos, como pueden desconocerse si son amantes.
Si no estás cerca me siento perdido. Y lo mantengo en secreto, como una vergüenza.
No puedo asimilar que algo en ti pueda ser oculto a mis ojos. Puedo asimilar que no me quieras en algún momento, pero no podría ignorarlo, no podría dejar de intuirlo.
No quiero ser misterioso, mi único misterio es como he vivido sin ti. Ese es el misterio que se me ha planteado desde el momento en que te conocí.
También sé cual es el momento de alejarme, de salir de tu órbita. Ese instante que precisas para ti, para poner en orden pensamientos  y actos.
Sé cuando he de apartarme, lo que no sé es adonde ir en esos momentos, porque el mundo es una incógnita para mí. Se hizo caótico e incomprensible desde el momento que escuché tu voz.
No es extraño que me siente en las escaleras, un piso más abajo. No me gusta el mundo allá fuera cuando estoy solo. Sus misterios me destrozan los oídos y tensan mis nervios.
Y no es un secreto que no soy de aquí. Soy de ti.
Tal vez algún día descubramos un secreto el uno del otro, tal vez llegue ese día en el que haya una decepción; no soy ingenuo aunque te ame con locura.
Los locos no tienen porque ser necesariamente tontos.
Así que cuando llegue ese día, en el que un secreto flote entre nosotros, los pergaminos caerán en un charco de agua deshaciéndose.
Y atesoraré secretos de nuevo: cada uno de tus gestos y cada palabra.
No olvidaré que un día no necesité nada, que un día fui un pergamino en el que escribías lo que yo era, lo que yo sentía.
Y volveré a caminar solo, seré caos con el caos, un ruido dentro de otro ruido, algo vulgar y desapercibido en este mundo de mierda.
Es una posibilidad, no nací ayer. Estar sin ti me llena de pesimismo, mi amor.
Mientras tanto, continuaré esperando en el rellano de la escalera, fumando los secretos, incinerándolos.
Esperando el momento de abrazarte y besarte, como sabes que haré al entrar en casa.








Iconoclasta

9 de abril de 2015

El amor que todo lo confunde, de Iconoclasta


El amor que todo lo confunde, una novela de Iconoclasta.

Una pareja tan degradada, unos cerebros tan podridos...
El amor entre un psicópata asesino y una deficiente mental, el sexo y la sangre.
Y ahogada en todas esas miseria, un amor aberrante.

"Yo soy su muñeco de plastilina y para mí ella es una tía real a la que me follaría hasta subida en un cubo lleno de vísceras, revolcándola entre los restos de la jornada de una casquería; entre hígados y riñones podridos, entre cabezas de cordero anidadas por larvas blancas; entre ojos empañados por cataratas de muerte afilada que derraman lágrimas de sangre por el suelo. Y cuando al dejar ir la carga de mis cojones grito, las cabezas quieren cerrar los ojos, pero no tienen párpados que los protejan. Siento que las avergüenzo, que sienten asco de mí incluso muertas."
(de El amor que todo lo confunde)

En ISSUU:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el_amor_que_todo_lo_confunde_edici_

En Binibook:
http://binibook.com/details.php?id=1716

El árbol humano, una novela de Iconoclasta


"La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo." (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

6 de abril de 2015

Estudio del peso y tamaño de la tristeza


Se pueden escribir y describir las tristezas, enumerar, clasificar por motivos y por sensaciones innombrables, situarlas en el tiempo y el espacio; pero las palabras no pueden describir con claridad y precisión ese momento en el que los dedos se crispan sobre el corazón para dar un consuelo que no será posible, para detener esa hemorragia de pesadumbre que es obscenidad para la vida y la alegría.
Es un instante que dura un segundo, un fracción de segundo en el que el dolor es tan grande que nos aboca a la locura y la confusión.
Si alguien observara esos dedos crisparse en el corazón, apartaría la mirada como si fuera contagioso; porque conocemos ese instante caótico donde la tristeza se hace física y dimensional, nos ha atacado en algún momento de la vida. Y no queremos eso, no queremos siquiera, aproximarnos a ese estado.
Los dedos crispados nos hacen leprosos a otros humanos.
El corazón quiere otros dedos, otras voces y otro calor.
Y los dedos, confusos, hacen lo que pueden.
Pobres dedos vacíos que pretenden sosegar todo eso, se romperán al retorcerse escarbando en el pecho para sacar ese tumor del corazón.
Como si los pensamientos dolientes se hicieran piedras, algo físico.
Y buscan los dedos en el aire donde un día hubo un cariño en un pagano ritual ancestral que habla con el aire.
Hacen falta medios más técnicos y avanzados para llegar a esa descripción, a ese momento de enajenación en que el pensamiento duele tanto que los dedos creen que algo se rompe en el corazón.
Se necesita una cámara ultra rápida que pueda fotografiar en la completa oscuridad con una alta velocidad de obturación, se precisa por ello también un diafragma de una luminosidad indecente, para poder abrirlo al máximo y tener la menor profundidad de campo posible para que los dedos sean los protagonistas de ese momento de insania. Se necesitaría una película de un grano ultrafino capaz de captar el vello de los dedos en esas condiciones.
No servirían los infrarrojos, porque convierten la piel en algo que no es. Y no somos seres que viven en la oscuridad, somos seres que morimos solos y  en la oscuridad, a salvo de la vergüenza de la luz.
Los infrarrojos nos convertirían en murciélagos, nos robarían trascendencia y no quiero eso.
Se necesitan unos ojos claros libres de lágrimas que puedan enfocar todo ese pesar.
Tal vez sea mejor así, sin fotografías, sin grandes medios. Que jamás nadie pueda retratar el descontrol y la paranoia en el que nos deja sumidos la tristeza.
Que baste pedir un tiempo de soledad y que nadie nos vea.
Baste decir que a veces duele tanto la vida, que no tiene sentido respirar. Que nos otorguen el beneficio de la palabra y nos libren de la humillación de una cámara de cien mil millones de megapixels.
Que me entierren cerca de las piedras viejas que dan testimonio con su milenaria vida que no fui el único loco que crispó los dedos en su pecho confundiendo alma con materia.
Porque sé que no saldré vivo de este dolor, los dedos lo intuyen.
Se rompen las uñas y los huesos.
Hostia puta, qué daño...









Iconoclasta

2 de abril de 2015

Las frías noches


Y llegó la noche con su manto negro y frío, empujándome a lo profundo de una caverna.
Como si una oscuridad pudiera cobijarme de otra oscuridad.
Soy una bestia sin cerebro.
Mi instinto no se equivoca, me protejo del frío que llega de las estrellas; las noches son frías sea invierno o verano. Es por ellas, por las estrellas que brillan como plata. Metales fríos que hienden la piel cuando estás solo. Cuando no hay otro calor cerca.
El cielo nocturno no es para mí. Es el privilegio de otros.
El firmamento es la cúpula que da abrigo a los enamorados, los demás somos ajenos.
Con ella las estrellas devolvían calidez y amparo. Siempre había un astro brillando entre el aire de nuestros labios cuando se aproximaban para el beso.
Hundo los dedos en mi cabello, algo corre por él. Lanzo un gruñido incómodo, aunque las chinches no prestan atención.
La soledad viaja más rápida que la luz hacia las estrellas, y éstas devuelven toda esa tristeza y añoranza en forma de flechas y lanzas que obligan a buscar protección en la cueva de la vergüenza y el desasosiego.
Como si el cielo se avergonzara de mí, pedradas al perro abandonado...
Me llevo a la boca un animal pequeño y crujiente que repta por mis piernas.
Soy el origen de los hombres, cuando la calidez llegaba de la piel aún ensangrentada de animales muertos que colgaban de los brazos tras la caza. Donde no había tiempo para el amor, solo para sobrevivir esa noche.
Es todo tan sencillo otra vez...
El frío y el peligro, la soledad y la oscuridad.
Y el amor tan lejano, tan imposible,  tan improbable. La paranoia de amar se convirtió en sangre y el deseo se hizo ocultación.
Soy una blasfemia para las noches estrelladas.
Hubo un tiempo para amar y hay un tiempo para esconderse.
Husmeo en el aire el aroma de alimañas y cubro mi cuerpo con la piel ensangrentada de dos perros que he matado, me arrastro hacia la grieta de una roca para ser oscuridad en la oscuridad.
Es la sangre al coagularse la que combate el frío del firmamento.
Y la profunda soledad de la caverna la que da el coraje y el valor que un día olvidé tener.
Dormito en un sueño inquieto.
Nunca debí haber sido racional.
Me masturbo con la mano encostrada de sangre seca y el placer se hace mortificación.
El frío se combate con indignidad y dolor, es la única forma, la única que conozco.









Iconoclasta

El árbol humano, una novela de Iconoclasta


"La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo." (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656