12 de enero de 2015

Un momento para la ternura


Hay una exquisita ternura en como toma en brazos el maltrecho cuerpecito. Hay un cariño extraterreno en la forma de cortarle la carótida al bebé, mientras entre sus brazos susurra en los inútiles y pequeños oídos ancestrales palabras de amor y compasión.
Es solo un pequeño tajo con el indoloro filo de su puñal. El cobertor que envuelve a la criatura se tiñe de rojo y la poca sangre que contiene su cuerpo se vacía en apenas un minuto.
Deposita el cadáver del bebé en su cuna de la sala de cuidados intensivos de pediatría.
El pequeño de espina bífida deja de sufrir a los cuarenta y tres minutos de haber nacido.
Lo observa con una milenaria mirada, vieja como las rocas del planeta.
Desaparece hundiéndose en el suelo para aparecer desnudo en su sillón de piedra, a millones de kilómetros infierno adentro.
La Dama Oscura toma su pene y lo endurece con lamidas y besos.
Los ojos de 666 tienen un brillo de tristeza.
A veces 666 siente alguna necesidad de cometer una ternura y todos callan esa debilidad en la fresca, oscura y húmeda cueva.
La Dama Oscura derrama el semen en sus pechos y 666 lanza un grito atroz que hace temblar a los ángeles y al mismo dios en el cielo.
Los crueles y los condenados guardan un silencio de terror escondidos entre las penumbras de la cueva, como inquietos insectos que temen una catástrofe.
Siempre sangriento: 666.









Iconoclasta

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