15 de febrero de 2014

Mi desierto


Mi jardín no tiene flores ni árboles. Mi jardín es un arenal con un viejo toldo rasgado para que dé sombra. Es un trozo de desierto puro y árido.
Es duradero.
La arena no muere, la arena es eterna.
En cambio, las flores y los árboles mueren siempre y rápido. Las hay que duran muchos años y los árboles llegan a los trescientos años; pero no conmigo.
No sé que ocurre conmigo, con mi suerte.
La arena no muere y cubre a los muertos, tal vez sea lo que me toca, tal vez me llevo bien con la muerte y con la nada.
Los árboles y las plantas se secan y mueren cuando los miro. Sin apenas dar una flor, sin tiempo para un fruto. Es tan triste...
Me cago en mi suerte.
Mi jardín es un trozo de desierto en el que nunca habrá un oasis. Y eso es bueno, es único, soy la hostia puta de la innovación. Y acepto esa imposibilidad de vida en mi desierto como el único lugar del planeta en el que no crecerá nada jamás mientras viva.
Me gusta la exclusividad, no soy humilde.
Y como la situación era cuanto menos irritante, sino frustrante, cubrí las flores y los árboles muertos con arena. Enterré a la muerte lenta y desecante en más muerte.
Más que nada porque aquel cementerio de vegetales, parecía el reflejo de mi vida: cuando algo está a punto de florecer,  cuando va a rendir frutos, se me escapa como esta arena blanca y seca se me escurre entre los dedos.
Cuando miras el brote y crece y piensas que vas a tener un bonito árbol, se muere.
Y se genera cáncer y enfermedades y ya no quieres estar en la tierra y pierdes la esperanza y todo es tan triste como la cabeza decapitada de un delfín que se hunde en el océano sonriendo.
Así que me ahorro la metáfora de mierda que constituye el maldito jardín de las flores muertas.
Porque si la vida intenta darme una lección, me cago en la vida y hago exactamente lo contrario de lo que la puta experiencia dicta.
Y así es como en mis tardes solitarias, hasta el anochecer, me tiendo en la arena, encima de la muerte.
Con dos cojones.
Con un arrebato de valentía.
Un tanto enojado con la vida.
Demasiado enojado si he de ser sincero. Haces algo con ilusión y siempre hay alguien vigilando para estropearlo, como si cometiera un delito cuando me siento bien.
Plantas un árbol y el perro de un deficiente mental te lo pudre con su orina.
Una planta se seca con una flor a medio brotar bajo el asqueroso sol por mucho que la riegue.
Tienes un hijo y se muere o nace idiota.
Tienes una mujer y se hace fea.
Tienes un perro y te lo envenenan, porque si de algo hay, son cantidades industriales de cerdos de dos patas.
Son habitualidades de la vida, no son raras, ocurren a menudo, solo hay que escuchar el mundo atentamente y te das cuenta de que la felicidad es un pequeño y breve claro en una lluvia de mierda.
Y soy optimista...
Un vecino llamó a la puerta para recolectar dinero para los arreglos del jardín comunitario y lo invité a pasar porque soy un tipo solitario y sé que algunos piensan cosas raras porque no me relaciono. Lo invité a un café.
Un tipo listillo, ingenioso, chistoso de mierda. De esos que una vez ha abierto la boca para decir sus subnormalidades, te das cuenta de que es mejor que estuviera muerto.
A mi jardín, a mi desierto, se accede desde el salón, queda en la parte trasera de la casa.
Y se acerca hasta las cortinas y las separa para atisbar cuando me dirijo a la cocina a por unas tazas de café que ha aceptado con rapidez.
"La verga... Parece el arenero de mi gato pero en grande. Y eso sí, limpio".
"Mi jardín es un arenero de gato; pero no cago ni meo en él, tío mierda hijoputa" Pienso sintiendo como el veneno de su puta envidia invade mi organismo.
La envidia es malísima para las plantas y los árboles, para los jardines.
Me pregunto si puede ser mala para un desierto.
"Hay arenas y piedras de colores. Precisamente, donde trabajo, al lado hay una tiendita que vende cosas de jardinería, te traeré algo a ver si te gusta".
Otro que tiene fabulosas y buenas ideas, otro que tiene que mejorar lo que no es suyo y dar sus putos consejos e ideas a alguien que apenas conoce. Y eso porque ve un espacio tan grande y tan extraño, que se caga de rabia de la mediocridad que tiene en su casa.
"Tómate el café de mierda y vete, puerco. Tómatelo y vete ya..."
Me costó tanto no decírselo...
No sería la primera vez, ha habido gente que no conocía y he insultado con calma, pero aquí, en el barrio no quiero malos rollos con los vecinos.
"Pues has tenido una buena idea", le miento apretando los puños con ganas de acuchillarle los ojos y cortarle la lengua.
Y la polla.
Después de unos cinco minutos de decir cosas a las que no le presté atención, se marchó.
A los siete meses, el vecino ingenioso y simpático, su mujer, su hija de doce, su hijo de ocho, el pequeño de cinco, su suegro y su madre, murieron asfixiados por un fallo en la evacuación de gases quemados del calentador de agua. Murieron apaciblemente de noche.
Sinceramente, me sentí feliz. Sentí el aire más limpio sin ellos.
He sentido más pena por las flores muertas de mi jardín.
Y compré la casa que nadie quería, al menos nadie que supiera de su historia.
La vacié completamente, la desinfecté, la pinté por dentro y por fuera de un color amarillento semejante a la arena y llené todo el piso de arena, dos palmos de arena en cada habitación y rincón.
Y los fines de semana, como si de un viaje o una expedición se tratara, me meto en mi desierto con un saco de dormir, un libro y un farol de gas. Es más grande que el de mi jardín, más estéril aún y con el inevitable aroma de la muerte en su paredes.
No puedo ver las estrellas del cielo, pero maldita sea la falta que me hace ver algo que ni siquiera sé si existe en estos momentos. Hay estrellas que podrían estar tan muertas como las flores bajo mi desierto, o como la familia que vivía en esta casa.
Y así no hay engaños y este cansancio de cada día, de cada día lo mismo, de cada hora lo mismo; se desvanece entre la arena de este desierto que es obra mía.
A veces me siento tan cansado que desfallezco, cansado por dentro, como si en la cabeza tuviera músculos en lugar de cerebro.
Y soy razonablemente feliz así. Todo lo feliz que mi suerte de mierda me permite ser.
No es poco, es solo mi mérito, soy soledad y soy arena en el desierto, en mi desierto.
Al fin y al cabo, soy un árbol sin frutos, el vegetal más solo y seco del planeta.
Es mi opinión, es mi experiencia.
Es mi eterna tristeza, mía y solo mía, exclusiva, intransferible.









Iconoclasta

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