11 de febrero de 2014

Caída al infierno


Caí hecho mierda por una pendiente sin fin, recorriendo etapas de un infierno cada vez más profundo y absurdo.
Las mil primeras profundidades eran millones de muertos que flotaban difuminados y me acariciaban y extendían las manos para detenerme y que me quedara con ellos, a ninguno le hice caso y seguí cayendo. Las siguientes profundidades o alturas, no sé que eran, nadie me hacía caso, pero los muertos se mordían unos a otros, vivían en un lodo de odio y envidia, seguramente como vivieron. Todos lloraban riendo con la boca torcida, lucían sus carnes rasgadas, heridas sin sangre, carnes rosadas abiertas y las orugas pulsando allí metidas como enormes granos de arroz. Nada que me interesara particularmente.
Al final caí, debieron pasar ciento cincuenta años, o tal vez dos segundos, o tal vez no me moví; pero ciento cincuenta años está bien para mi percepción del tiempo.
Se me rompieron los brazos y las piernas cuando aterricé, al cabo de veinte años se me pudrieron y se desgajaron de mi cuerpo.
Yo deambulaba como lo hacía cuando estaba vivo, sin mirar demasiado, sin que nada me importara más que por un instante. Me arrastraba como un gusano por encima de trozos de cuerpos: extremidades, cabezas, intestinos. Y todos aquellos trozos tenían algo de que lamentarse, los oía a todos, a todos los pedazos y los que estaban enteros.
Yo no me quejaba, solo me lamentaba en mi interior, de que como en vida me ocurría, aquí también tenía que escuchar estupideces que no me incumbían.
El infierno es demasiado ruidoso, parece un mercado de la mierda y la corrupción en fin de semana.
Satanás detuvo mi avance pisándome la cabeza. Y se me escapó la orina por mi desgarrado pene intentando vencerlo para seguir adelante.
Lo último que quería era hablar con un idiota que estuviera de pie, más alto que yo. Soy orgulloso.
A través de sus pezuñas de macho cabrío, en una de las cavernas de las infinitas que habían, se encontraba Cenicienta agachada, espiando por la cerradura de una enorme puerta tosca de madera. Sus dedos sucios de grasa y hollín, se metían en la vulva velluda y sucia, que dejaba escapar continuamente gotas de orina en un suelo de losas de piedra. La puerta se hizo de cristal para quien observaba la escena: se masturbaba llorando desesperada, con frenesí, espiando a sus hermanas que se bañaban felices e inocentes.
A mí me puso cachondo y se me puso dura, me dolió porque el glande estaba gangrenado; pero al dolor, al igual que al desprecio y la indiferencia, te acostumbras con una facilidad pasmosa.
—Vaya vida de mierda has tenido ¿eh?
—Sí, para cagarse en Dios.
—Yo soy un dios.
—Aquí no hay nada que perder. Me cago en ti y en el blanco que dicen que está arriba.
Lanzó una carcajada de milenaria sabiduría y sarcasmo.
No me impresionó. Ni vivo ni muerto recuerdo que haya habido algo que me impresionara demasiado.
Así que continué hablándole, cuando sé que no tengo nada que perder soy especialmente agresivo. Soy digno.
—Tampoco eres para tanto. Me suda lo que me queda de polla que te rías. No voy a reír contigo, a menos que me regales unas piernas y unos brazos para separarme más de toda esta mierda condenada que se lamenta continuamente frente a mis narices.
— ¿Y con qué me pagarías?
—Prestándote atención alguna vez, como si me importara que me hablaras, eso es bueno para tu orgullo. Porque lo cierto es que no tengo brazos ni piernas y me suda la polla lo que te rías, quiero decir que es el menor de mis problemas. No seré amable, no seré paciente y no reiré de mierda porque ni tú, ni dios, ni un bebé de meses me hace puta gracia. No te vayas a creer que he aprendido algo mientras caía en este estercolero.
No respondió, levantó su pezuña hendida y me partió la columna vertebral; quedé inmóvil sin posibilidad de arrastrarme, la cosa empeoró notablemente. Mis ojos solo veían un cráneo aún con carne pegada aleatoriamente (mi olfato no había perdido efectividad, joder) por cuyas cuencas entraban y salían koalas y osos panda en miniatura con trocitos de carne blanca y gelatinosa entre sus garras.
—Hablas poco y mal, Iconoclasta —díjome un tanto irritado.
—Hace mucho tiempo que dejé de hablar, me limito a afirmar o negar. No es conversación, no espero respuesta. Yo digo y otros escuchan, es así de sencillo.
—Dime: ¿Qué crees que te espera?
—Desaparecer evaporarme. De alguna forma, lo malo y los finales los consigo con facilidad. No estaré mucho tiempo aquí —le dije intentando levantar mi cabeza; pero solo conseguí mirar su pezuña moviendo los ojos hacia arriba.
—Eso no va a poder ser, esto es la eternidad.
De repente me sentí cansado, muy cansado y con ganas de cerrar los ojos, pero mis ojos no se querían cerrar, no podía descansarlos y mucho menos dormir.
—¿Me entiendes ahora? ¿Alcanzas a vislumbrar el infierno ahora?
Habían pasado trescientos años desde que me partió la espina dorsal y yo me mantenía en el mismo lugar. Mi único amor me besaba y se clavaba a mi pene acuclillándose sobre mi vientre, cubriéndome con un manto de cariño y humor sexual que yo le devolvía con un semen que se derramaba entre nuestros pubis con los cuerpos tensos por las descargas del placer. Blasfemábamos con cada riada de placer... Cuando yo era joven, cuando ella aún vivía también. Es lo que veía entre las patas de Satanás, en una de las múltiples cavernas, reflejado en negras piedras donde algo se movía inquieto. Yo no podía por menos que llorar.
—Eso  es lo que no volverá, esos recuerdos es lo que acaba con toda posibilidad de esperanza a aquel que se arrastra por este lugar —decía mientras defecaba y sus líquidos excrementos salpicaban mi rostro.
Vomité algo, que me ardió en la garganta y el sabor a óxido de la sangre invadió mi boca. De cabeza para abajo estaba desapareciendo, vomitaba mi cuerpo.
—No te preocupes, siempre habrá algo de ti en el infierno para que puedas seguir sintiéndote enfermo y triste, nunca acabarás de desaparecer del todo.
Llevo tanto tiempo en este lugar que tengo la sensación que no me quedan intestinos, aunque no los necesito, siempre se siente uno mejor con ellos.
Echo de menos caminar.
Satanás ha desaparecido, o desapareció hace doscientos años, no lo sé.
El cielo es de color azul oscuro, la tierra es roja, tan roja como caliente. La piel arde sin piedad. Hay que fijarse en los detalles, en las sórdidas imágenes que decoran el infierno. Sea o bueno o malo, hay que observar y olvidar que la muerte es un fuego que no consume y acaba lentamente con la razón.
Mahoma grita en un idioma que no entiendo, pero está blasfemando contra Alá; sus calzones están sucios de mierda y sangre, los lleva a la altura de las rodillas. Intenta meterse el extremo de una media luna, intenta metérsela toda por el ano; pero no deja de sangrar cada vez que se sienta con fuerza sobre la afilada punta.
Debe haber sesión de videoclips teológico-fetichistas, porque Buda toca el pene de un niño de cinco años y suda copiosamente intentando acariciar su propia picha enterrada en grasa.
—Hay más, es como la pornografía para los humanos: primero ofende, luego excita y al final aburre, porque te das cuenta de que todos la meten igual, todas la chupan igual. El infierno es la amplificación de la vida, simplemente más de lo mismo; pero sin los ratos felices —me dice Satanás en su  periódica visita de cada cien años.
Sigo pensando que hace tan solo unas horas que he muerto.
Intento mirarlo a la cara, pero mi cuello no puede doblarse tanto.
—¿Me puedes sacar esa rata que ha hecho un nido en mi nuca? No puedo rascarme y me da comezón.
—¿Es todo lo que se te ocurre pedir?
Observo sus pezuñas hendidas doblarse y se agacha, toma mi mentón con el dedo índice y me obliga a observar como se come una rata con su quijada de cabra chascando los dientes. Lo cierto es que no me picaba la nuca, el hecho es que no siento absolutamente de boca para abajo. Lo que quiera que quede.
—¿Si te diera extremidades no te gustaría estar con ellos?
Y lleva mi mirada hacia unos escenarios, tan vívidos, que siento los olores, capto hasta las miserias que corren por las venas de todos esos personajes.
Thor sodomiza a Odín con el mango de su martillo. Las valkirias se frotan sus sexos abriendo desmesuradamente sus piernas, coño contra coño. Odín llora de vergüenza cuando Satanás mete su lengua de cabra en su oreja y Thor muestra un pene pequeño y arrugado que no puede usar.
—Eres un astuto, Satanás. Tus hologramas son perfectos, pero posiblemente tan falsos como este infierno y como yo mismo.
—Idiota... —me dice al tiempo que desaparece.
Y ahora escupo mis dientes podridos, estoy tan cansado que no puedo ni alzar el cuello sin sudar, sé que algo corre por mi espalda, algo que me agita. Y hasta mi cara se acerca una abeja grande que empuja su aguijón peligroso contra mi globo ocular derecho. Me dan asco los insectos, me da miedo el dolor que podría provocar. La pezuña de Satanás la aplasta.
—Este mundo es hostil, afortunadamente. Siempre hay algo dispuesto a martirizar. Me debes tu ojo. Entiéndeme, no soy bueno, si pierdes tus ojos, debería conectarme a ti para llenarte de toda esta mierda y tengo demasiado trabajo para perder el tiempo.
Jesucristo está besando la boca de Pilatos, profundamente, con su espalda despellejada por los latigazos, mete la lengua en la boca del romano y ambos se acarician los genitales.
La verdad es que siempre pensé que podría ser así.
Yo tenía un hijo que jamás hubiera pensado como yo, él estaba a gusto con la vida, no era un renegado como yo. Como lo adoraba y lo adoro. Qué suerte que no se pareciera a mí y no hubiera toda esta mierda en su cabeza. Seguramente, a estas alturas está muerto y no está aquí.
Jesucristo está clavado en la cruz, ya muerto. María Magdalena acaricia la avejentada y gris vulva de la virgen María para consolarla de la muerte de su hijo a los pies de la cruz. María gime de placer avergonzada y la orina del nazareno las riega como una ducha dorada.
—Eres un genio, la meada es una obra maestra, cabrón. Eres un figura —grita Satanás entre carcajadas Satanás alzándome en brazos —. Sabía que tenías potencial, cabrón Iconoclasta.
María y Magdalena nos observan con miradas tímidas y avergonzadas, sin poder dejar de tocarse.
En el pesebre de Belén, tras el buey y la mula, María está arrodillada encima de un montón de estiércol haciéndole una mamada a José, que tiene su cabeza entre las manos para marcarle el ritmo.
El buey está excitado y su pene yace entre la paja sucia, cubierta la carne desnuda de garrapatas, la mula lo observa con indiferencia.
El bebé Jesús llora pataleando entre excrementos con su carita sucia. Y se calla y se calma cuando le ofrece oro un rey que pasaba por allí.
Consigo darle algo de interés al infierno, si es verdad lo que dice Satanás.
—Esto es una obra maestra, Iconoclasta. Te voy a dar piernas y brazos, te voy a devolver tu físico. Continuarás aquí por toda la eternidad. Serás el encargado del castigo y mortificación de los que mueren por bondades y creencias religiosas, eres bueno, hijo de puta. Castígalos, que vomiten, que se deshagan en heces viendo su fe convertida en mierda.
Y desde hace mil años ya sonrío. Puedo evocar a mi amor, a mi hijo y algunos momentos que valieron la pena en mi vida sin sentirme perdido, sin la necesidad de consolarme; pero por encima de todo, me siento bien con este trabajo. Nací para morir y caer aquí. Me gustaría ahora que quien en su día me amó, viera lo feliz que soy.
Porque sonrío y la eternidad es mi sorpresa, mi gran triunfo. Valió la pena una vida de mierda para llegar al triunfo total.
Los condenados aúllan, Pinocho se ha encontrado con su creador y le ha metido su enorme nariz en el culo. Los bebés corruptos, se agitan en el suelo como gusanos ante algo que no comprenden pero les hiere: un bautismo con ácido les deforma los rostros. No crecerán jamás, y en los próximos cien mil años, no quedará absolutamente nada de la inocencia con la que murieron.
Sigo con mi trabajo, en la sección de mujeres musulmanas con clítoris extirpados, tengo una sesión maratoniana de sexo con crucifijos y navajas de afeitar.
Y así por toda la eternidad. Mi eternidad, mi mundo, mi paraíso.
Nos veremos aquí, crédulos y santones, os espero con impaciencia, mi imaginación no tiene límites, no se acabará nunca, como vuestro tormento y vergüenza.
Es hora de morir, venid a mí.








Iconoclasta

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